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En febrero del 2002, un grupo
representativo de más de cuarenta coaliciones y redes de ONGs y movimientos
sociales latinoamericanos y del Caribe, dedicados al seguimiento y promoción
de múltiples temas, constituimos el Foro de Diplomacia Ciudadana (FDC).
Muchas de estas organizaciones gozamos de status consultivo en la ONU y la
OEA y habíamos intercambiado opiniones durante tres años, sobre la necesidad
de elevar los niveles de profesionalidad y eficacia de nuestro trabajo en
los foros multilaterales. Convenimos entonces, con ese objetivo, en celebrar
una reunión que permitiese constituir un espacio de intercambio, reflexión,
aprendizaje y concertación que incrementara la calidad de nuestra incidencia
sobre las instituciones multilaterales. Meses antes del fatídico ataque
terrorista del 11 de septiembre contra Estados Unidos, habíamos comenzado a
trabajar en los preparativos para la constitución del Foro de Diplomacia
Ciudadana (FDC).
Los participantes en este Foro tenemos una visión no-lineal
del desarrollo de la Historia. Consideramos que no hay un destino pretrazado
para el desarrollo de la humanidad y que el mundo en que vivimos – y el
futuro en el que viviremos- es el resultado de las acciones y omisiones de
todos. Por ello, todos nos sentimos responsables de lo que acontece en el
presente y del futuro que legaremos a nuestros hijos e hijas. Por ello
también creemos que no hay un solo futuro posible, sino varios. El mundo del
mañana se está construyendo hoy. Si encontrásemos la imaginación, la
sabiduría y el coraje necesarios podríamos alcanzar un futuro mejor al que
hoy se nos viene encima como resultado de las tendencias prevalecientes.
Necesitamos imaginación para concebir y diseñar un futuro mejor. Requerimos
sabiduría para asegurarle a ese futuro alternativo los caminos que lo hagan
viable. Estamos precisados de un gran coraje, no para reafirmar nuestros
presupuestos tradicionales, sino para cuestionarlos encontrando otros nuevos
que hagan menos cruenta esta transición global hacia el porvenir. El 11 de
septiembre hizo palpable los nuevos desafíos de seguridad militar que se
plantean en un mundo de información y comunicaciones globalizadas. A
aquellos que no hubiesen despertado a la espiral de violencia que se venía
desarrollando en el Oriente Medio, el ataque terrorista les recordó –del
modo más brutal, artero y cruel- que, en un mundo globalizado, el fin de la
Guerra Fría entre las grandes potencias no se traducía automáticamente en un
medio ambiente internacional más seguro para ellas. La capacidad de
cualquier grupo o país para ejercer la violencia –y por lo tanto la
necesidad de prevenir y dar solución pacífica y colectiva a los conflictos-
se ha globalizado.
En ese contexto, el Foro de Diplomacia Ciudadana (FDC)
decidió desde su creación que los temas referidos a los conflictos y su
prevención - particularmente los regionales- ocuparían un lugar destacado y
permanente de su agenda. Nuestra percepción de que se estaba próximo a un
nuevo deterioro de las relaciones internacionales y el agravamiento de
diversos conflictos en nuestra región, particularmente en Colombia, nos
impulsó a la realización, en noviembre del 2002, de una consulta regional
especial sobre temas de seguridad hemisférica, prevención y resolución
pacifica de conflictos, consolidación de la democracia y el estado de
Derecho, la guerra contra el terrorismo y el respeto y promoción de todos
los derechos humanos.
La Consulta Regional decidió impulsar en EEUU un diálogo con
diversas ONGs de este país así como con diversas instituciones
multilaterales sobre las proyecciones del FDC, ofreciéndoles tanto nuestras
percepciones como nuestra voluntad de cooperar con ellas en estos temas,
desde América Latina. Este diálogo se realizaría a través de una serie de
encuentros en la última semana de marzo. La inminencia de la guerra contra
Irak creó dificultades con la obtención de los visados y con la confirmación
de las entrevistas previstas en la capital estadounidense. Tuvimos por ello
que cancelar la visita. Ante esa situación decidimos, no obstante, celebrar
una reunión de emergencia en Ottawa con cuatro de las redes que asumimos
compromisos de seguimiento a la temática de los conflictos: el Consejo de
Educación de Adultos de América Latina (CEAAL), el American Friends Service
Committee (AFSC), la Coordinadora Regional de Investigaciones y Estudios
Sociales (CRIES) y Human Rights Internet (HRI).
Somos organizaciones que creemos en la necesidad de escoger
las mejores herramientas en la búsqueda y construcción de un mejor futuro
para nuestros hijos e hijas. Pensamos que no es la violencia sino la
democracia, el estado de Derecho, el respeto y promoción de todos los
derechos humanos (políticos, civiles, económicos, sociales y culturales)
-integrados todos en un paradigma de desarrollo sustentable- los que pueden
acercarnos a ese futuro alternativo que merecemos. Sabemos que muchos otros,
después de innumerables frustraciones, no piensan de igual modo en nuestra
región y otras partes del mundo. Comprendemos su dolor, pero no compartimos
sus concepciones y métodos para obtener los cambios necesarios. Tampoco
compartimos la visión de aquellos que creen tener derecho a acudir a
cualquier método para combatir al terrorismo. Pensamos que éstos tampoco
valoran de manera suficiente la democracia y el estado de Derecho como vías
adecuadas y eficaces para erradicar la violencia y resolver conflictos. No
creemos que ven la conexión existente entre el desarrollo sustentable, la
protección y promoción de todos los derechos humanos y la consolidación de
culturas democráticas, con los retos a la seguridad, nacional e
internacional, que se vienen enfrentando.
Como latinoamericanos y caribeños venimos de una amarga
experiencia. Sufrimos en carne propia las consecuencias de haber tenido en
el pasado doctrinas de seguridad nacional y hemisféricas enjauladas en una
estrecha visión militarista y aplicadas sin reconocer ningún límite
democrático o legal. Cientos de miles de personas - hombres y mujeres de
todas las edades e incluso miles de niños- fueron arbitrariamente detenidos,
torturados, asesinados y a menudo desaparecidos en muchos de nuestros países
como resultado de ciertas visiones de la seguridad nacional y regional que
se impusieron por más de una década. Por otro lado, algunas fuerzas
políticas que inicialmente enarbolaban valores legítimos de justicia social,
también terminaron pervirtiendo su agenda al emplear métodos criminales
inaceptables. El retorno de la democracia, sin embargo, no ha venido hasta
el presente acompañado de una reforma sustantiva de los paradigmas de
desarrollo para hacerlos más socialmente inclusivos además de ecológicamente
sustentables. Tampoco creemos adecuadas ni suficientes la calidad
participativa y la transparencia de nuestras restablecidas democracias. Esta
lamentable situación abre nuevas ventanas de oportunidad a líderes demagogos
y autoritarios de diverso signo ideológico, al agravamiento de los
conflictos en curso y la aparición de otros nuevos, así como al culto a las
falsas soluciones violentas de los conflictos sociales.
A lo anterior se suma la cargada atmósfera internacional en
torno a Irak. Al tiempo que creemos que el gobierno de ese país tiene que
cumplir con las resoluciones al respecto aprobadas por la comunidad
internacional desde su intervención militar en Kuwait, nos preocupa la
creciente tendencia a la actuación unilateral y al empleo de la fuerza por
parte de un grupo de potencias, en particular la actual Administración de
los Estados Unidos de América. Pero, a nuestro juicio, el modo de alcanzar
el cumplimiento de las disposiciones de la comunidad internacional no puede
ser el que un país, o una coalición de ellos, desate una guerra
unilateralmente contra el infractor. Nos oponemos a esta guerra no solo por
compartir convicciones generales respecto al empleo de la violencia en la
solución de conflictos sino, adicionalmente, por tratarse de una guerra
iniciada contra la voluntad expresa de las Naciones Unidas. Enfrentar a un
régimen violador de resoluciones de Naciones Unidas, que tenga armas de
destrucción masiva y ocupe o haya pretendido ocupar territorios de otras
naciones, no puede resultar automáticamente en el empleo colectivo –mucho
menos unilateral- de la fuerza preventiva para ponerle coto a sus acciones.
Existen otros casos de países a los que se cree en posesión de armas de
destrucción masiva y que han desacatado importantes resoluciones del Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas, y, sin embargo, eso no autorizaría a ningún
país o grupo de países a iniciar una guerra para imponer su versión de la
justicia. Ese no debe ser nunca el camino.
Creemos que del mismo modo que los Estados regularon el
empleo de la violencia monopolizándolo en manos de gobiernos nacionales,
después de dos terribles guerras mundiales, la comunidad de naciones también
decidió regular y monopolizar el empleo de la violencia en las relaciones
internacionales. Al igual que nos sucede con nuestra insatisfacción con el
funcionamiento democrático en nuestros países, tampoco estamos satisfechos
del modo en que, en cada ocasión, la comunidad de naciones ha decidido
autorizar el empleo de la violencia en ciertos casos específicos o ha
rehusado hacerlo en otros. Sin embargo, igual que nos ocurre con la
democracia, creemos que el mejor camino es reformar y fortalecer la calidad
del funcionamiento de Naciones Unidas en lugar de demoler la única
institución mundial con la que contamos y todo el entramado del derecho
internacional que la acompaña. El debilitamiento de la legalidad global en
favor de tendencias de actuación unilateral y guerreristas no dejará de
tener nefastas consecuencias en todas partes.
La presente crisis ya afecta nuestra región de diversos
modos. No se trata solamente de los negativos impactos económicos
coyunturales aparejados con el alza de los precios del petróleo que ya
comenzamos a sufrir en algunos de nuestros países. Ellos, pese a su
gravedad, no resultan comparables con el aliento que recibirían los
promotores de soluciones violentas si se derrumbase la legitimidad de las
organizaciones multilaterales. Si ello ocurriese es posible que retornáramos
a una visión estrecha y militarista de los desafíos a la seguridad nacional
y hemisférica. Retrocederíamos a la violación del estado de Derecho y de los
derechos humanos en aras de elevar la eficacia policíaca y militar. De nuevo
seriamos testigos de la subordinación del desarrollo sustentable a los
intereses de la agenda y gastos militares. Pero, quizás el más irreparable,
sería la generalización definitiva –por derechas e izquierdas- del
menosprecio por la democracia y el diálogo como mecanismos insustituibles
para la resolución de conflictos.
Percibimos que América Latina y el Caribe están hoy
enfrentados a crecientes peligros. El deterioro de las instituciones
públicas y la democracia, la multiplicación de los conflictos sociales y las
situaciones de violencia están poblando el mapa de la región. Nos preocupa
que cuando sea ya imposible ignorarlos, su gravedad abra nuevos espacios a
aquellas corrientes en nuestras sociedades que sólo conciben abordar los
conflictos políticos y sociales cuando ellos alcanzan dimensiones críticas
y, exclusivamente, con métodos policíacos y militares.
Toda crisis nos presenta una oportunidad. En el Foro de
Diplomacia Ciudadana creemos, como latinoamericanos y caribeños, que este es
el momento de establecer un espacio de diálogo franco, serio y constructivo
con todos aquellos funcionarios gubernamentales que deseen escucharnos - así
como con los de diversas organizaciones multilaterales- sobre nuestras
percepciones, preocupaciones y propuestas. Seremos las víctimas de
decisiones erradas, por lo que estamos interesados y nos creemos en el
derecho de participar en los procesos para decidirlas. Por ello estamos
dando seguimiento cercano a la negociaciones en materia de seguridad
hemisférica impulsadas por la OEA y las que llevan a cabo los gobiernos de
algunas subregiones. Queremos contribuir a ellas de manera constructiva. En
ese espíritu continuaremos dando seguimiento al conjunto de orientaciones
para nuestro trabajo en este campo que definimos en nuestra consulta de
noviembre de 2002.
Nuestra mente y corazones están abiertos al diálogo. Nuestro
objetivo – aun más en la presente coyuntura internacional- continúa siendo
el fortalecimiento del sistema de instituciones multilaterales mediante una
mayor democratización y transparencia de sus procedimientos, en particular
en lo referido a la participación significativa de la sociedad civil dentro
de ellos. Nuestras manos están extendidas a la cooperación para prevenir y
resolver conflictos por vías pacíficas en nuestra región. Esperamos que
otros nos extiendan las suyas.
Hagamos – juntos- de América Latina y el Caribe una zona de
paz, democracia, derechos humanos y desarrollo sustentable; libre de todo
tipo de terrorismos y de todas las armas de exterminio masivo. Que la
construcción inmediata de ese futuro posible sea nuestra principal
contribución a la promoción de la paz y seguridad internacionales en todo el
planeta.
Ottawa, marzo 25, 2003
CEAAL
CRIES
AFSC
HRI |