Antecedentes. En busca
de un concepto previo
¿Qué es trabajo? ¿Cómo se puede entender la
sustentabilidad? Son dos interrogantes que surgen inevitablemente al tratar
de escribir sobre el tema. Es que cada uno de estos términos, como muchos
otros, pueden ser interpretados y cargados de contenidos, tanto valóricos
como ideológicos, contrapuestos, según la óptica o el lugar del actor o del
lector.
"El trabajo", a través de la historia, ha sido
considerado desde un castigo hasta un privilegio. Un castigo obligado para
los esclavos y para los pobres, débiles o desposeídos. Un privilegio para el
que puede a través de sus potencialidades fortalecidas por el estudio
desarrollar acciones que importan una satisfacción personal que, además,
aporta al desarrollo de la humanidad. Entre un extremo y otro, por supuesto
se podrán ubicar tantas alternativas como situaciones sociales, culturales y
hasta personales respecto de la libertad para realizar un trabajo y la
satisfacción que esto le produce a cada individuo y según tantas variables
se puedan conjugar. Se debe sumar, además, a este grueso análisis la
retribución pecuniaria que por la actividad realizada, el que trabaja,
recibe del que directa o indirectamente se beneficia con el producto de su
actividad.
Sin embargo, trabajo también se llama a aquel que no
tiene como retribución un precio -no se esta haciendo referencia al trabajo
domestico dado que si se puede entender que existe dentro de la economía
familiar un valor de ahorro- sino aquel que se realiza simplemente por el
placer de servir o por el llamado de la conciencia a otorgar prestaciones
gratuitas valoradas religiosa, política o filosóficamente: trabajo
voluntario, trabajo pío, trabajo militante.
La sustentabilidad es aún más compleja de definir dado
que, siendo un término aparentemente nuevo en el lenguaje de la gente común,
generalmente se asocia a ecología o a temas relacionados con recursos
naturales. No se le vincula habitualmente a la necesidad de actuar
responsablemente en todos los aspectos de la vida en sociedad para el
equilibrio, el desarrollo con equidad y la posibilidad de seguir avanzando
sin arriesgar los sentidos de existencia de las personas; junto a la
estabilidad ecológica, social, cultural y económica de la vida en todas sus
formas.
Ensayando arriesgadamente un concepto de trabajo
sustentable diremos que "es aquel que permitiendo al individuo aportar a la
satisfacción de las necesidades de la sociedad, viéndose además retribuido
por ella en sus propias necesidades, genera desarrollo sostenido y
viabilidad, asegurando al trabajador y su familia, por tanto a la comunidad
toda, estabilidad y bienestar físico, social, cultural y político".
Hablar de trabajo sustentable puede resultar un amplio
tema, por lo que acotaremos estas notas a aquel trabajo remunerado, llamado
autoempleo, que hoy se multiplica día a día en Latinoamérica. No podemos
afirmar que se trata "per se" de un trabajo sustentable de acuerdo a nuestro
ensayo de concepto; señalamos que en este ámbito se hace particularmente
necesaria la reflexión en torno a la realidad y proyección de esta forma
creciente de "trabajo".
Por otra parte, y si bien podríamos remitirnos a las
antiguas culturas originarias, en que el trabajo con características
"sustentables" formaba parte de su saber cotidiano, por la dimensión de este
artículo sólo haremos referencia a las últimas décadas.
El trabajo digno v/s el trabajo sustentable.
Hoy, al inicio del vapuleado y manoseado siglo XXI, en el
que el "trabajo" a lo menos el "trabajo digno" esta en crisis. En efecto,
para nadie es ajeno el creciente proceso de precarización del empleo vivido
en América Latina y el mundo. Proceso del cual no se han salvado siquiera
los otrora trabajadores "súper protegidos", de los países desarrollados.
En este sentido, nos bastará mirar algunas cifras, que
nos muestran este proceso de forma indiscutible.
Según cifras de la OIT, en los años cincuenta la empresa
formal anualmente generaba cinco empleos, el sector publico generaba dos Hoy
el sector publico no genera nuevos empleos y la empresa formal no llega a
tres. Siete de cada diez empleos se producen o crean en el sector llamado
informal (los que en parte importante se podrían ubicar en la economía
solidaria, pero también en la ilegalidad, en la explotación barbarie, en la
marginación brutal). Esto quiere decir que el 70% de las familias podrían
depender de un empleo inestable e incierto y en un alto porcentaje no les
generaría ni siquiera satisfacción social.
Según datos de la CEPAL, a finales del siglo XX existían
diez y ocho millones más de desempleados en América Latina, que en los años
noventa (este dato fue entregado antes de la salida a la luz de la crisis en
Argentina y su 50% de pobres). Un tercio de los trabajadores en la región,
es decir unos setenta y tres millones de personas, no tiene más de seis años
de estudio formal básico. En la región, sesenta y seis millones de personas
están empleadas en el sector informal urbano.
Todos estos datos resultan impresionantes si se considera
que la globalización política, militar y económica, junto al modelo
neoliberal, con más o menos brutalidad, ya se instaló cómodamente en nuestra
América.
Es así como comprobamos que, el efecto de excusión que
los teóricos atribuyen al capitalismo y específicamente al modelo de
desarrollo neoliberal, encuentra en los trabajadores, su mejor frente.
Millones de personas, trabajadores y sus familias, que son excluidos de la
más tradicional forma de integración y participación, es decir, del
"trabajo". Que o son desempleados, o han debido encontrar formas de
subsistencia que preferimos llamar empleo informal, o empleo precario.
Experiencias que encuentran en el autoempleo un mecanismo de salida,
necesario pero insuficiente.
Así, millones de familias viven el día a día, no sólo en
procurar las necesidades básicas de subsistencia sino de asegurar en muchos
casos la vida de sus miembros.
Con estos antecedentes, no nos sentimos apresurados en
señalar que el trabajo sustentable es más bien una aspiración, casi una
utopía, en serio riesgo de no ser la central preocupación de los gobiernos
ni de la sociedad. Es así como, en el diálogo con el actual modelo, que ya
abiertamente ha reclamado su poder incluso sobre la soberanía de las
naciones y los pueblos, el trabajo no es sino una mercancía, una unidad de
insumo transable en el mercado, de forma que será el "señor mercado" quien
lo regule en forma "eficiente", "transparente, "flexible", abandonado a los
destinos de la "mano invisible" de intereses que cada vez muestran más
abiertamente sus rostros y sus dientes.
Sin embargo, la "sustentabilidad", entendida como aquella
necesidad de generar desarrollo para el trabajador, su familia y su entorno,
que le permita al menos reproducirse a si mismo, nos abre nuevas
expectativas. En una lucha difícil, encontramos en esta necesidad, una nueva
voz que reclama, desde el futuro, condiciones de trabajo, de producción y de
vida dignos.