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Parte 1 / 3
Introducción
Al comenzar este siglo muy pocas personas objetarían
públicamente la idea de que la participación es un componente básico de
cualquier visión de un mundo mejor. Es un avance notable, tras décadas de
luchas sociales en contra de las diferentes formas de explotación, opresión
y elitismo que ha sufrido y continúa sufriendo la mayor parte de la
humanidad. Hoy la participación ha ganado un lugar propio en el inventario
de las precondiciones para el desarrollo sustentable junto a valores tan
caros y apremiantes como la justicia social, una relación amistosa con el
medio ambiente y la democracia política.
Sin embargo, no se trata de un avance tan lineal como puede
colegirse de los siempre alborozados discursos políticos. La
universalización verbal de la meta participativa encierra muchas trampas y
equívocos, y no solamente en los fueros del lenguaje. Y es que cuando
hablamos de participación no nos referimos simplemente a una técnica, ni
siquiera a una práctica política. Su validación como instrumento alternativo
de transformación social y política no es una cuestión de militancia, sino
ante todo de subversión ético-cultural, de revisión permanente de nuestras
creencias, estilos y sentidos de las relaciones humanas.
Numerosas experiencias políticas impulsadas por gobiernos,
partidos, ONGs, asociaciones, etc., reclaman para si el estético adjetivo de
"participativo" pero distan de la meta insoslayable de la participación:
proveer a la gente común y sus organizaciones de capacidades reales para
decidir sobre sus vidas presentes y futuras. Y en consecuencia resultan
inocuas, incluso tributarias, respecto a las estructuras de poder
existentes. Los casos más conocidos son los apoyos simbólicos masivos que
suelen organizar los gobiernos de diferentes signos políticos y que implican
la movilización de millones de personas en marchas, manifestaciones,
referendums o inocuas elecciones monocromáticas. Pero también pudiera
inscribirse en esta línea la proliferación de acciones que involucran a
personas, familias y comunidades en proyectos de lucha contra la pobreza,
atenuantes de las condiciones de sobreexplotación y subconsumo que padecen,
sin que ello implique una afectación a las relaciones de poder que generan
la pobreza. En este sentido los adolescentes rubicundos de la extinta
Juventud Libre Alemana, los pobres beneficiados con programas limitados de
asistencia social y los electores de la mayoría de las democracias realmente
existentes tienen más de un punto en común.
Como todo proceso complejo, la participación plantea
numerosos dilemas. En lo adelante me referiré a dos de ellos. En primer
lugar, tratare de adelantar algunas ideas acerca de la compleja relación
entre la participación y los espacios en que tiene lugar (local, nacional,
global) y sobre como esta relación se complica especialmente en los tiempos
de globalización capitalista. En segundo lugar, haré algunas formulaciones
muy preliminares acerca de la potencialidad de transformación ético/cultural
de la participación.
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