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ISSN 1913-6196

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 LA PARTICIPACION Y EL PODER

Democracia y derechos humanos

Por Haroldo Dilla Alfonso      

Parte 1 / 3     

  Introducción

Al comenzar este siglo muy pocas personas objetarían públicamente la idea de que la participación es un componente básico de cualquier visión de un mundo mejor. Es un avance notable, tras décadas de luchas sociales en contra de las diferentes formas de explotación, opresión y elitismo que ha sufrido y continúa sufriendo la mayor parte de la humanidad. Hoy la participación ha ganado un lugar propio en el inventario de las precondiciones para el desarrollo sustentable junto a valores tan caros y apremiantes como la justicia social, una relación amistosa con el medio ambiente y la democracia política.

Sin embargo, no se trata de un avance tan lineal como puede colegirse de los siempre alborozados discursos políticos. La universalización verbal de la meta participativa encierra muchas trampas y equívocos, y no solamente en los fueros del lenguaje. Y es que cuando hablamos de participación no nos referimos simplemente a una técnica, ni siquiera a una práctica política. Su validación como instrumento alternativo de transformación social y política no es una cuestión de militancia, sino ante todo de subversión ético-cultural, de revisión permanente de nuestras creencias, estilos y sentidos de las relaciones humanas.

Numerosas experiencias políticas impulsadas por gobiernos, partidos, ONGs, asociaciones, etc., reclaman para si el estético adjetivo de "participativo" pero distan de la meta insoslayable de la participación: proveer a la gente común y sus organizaciones de capacidades reales para decidir sobre sus vidas presentes y futuras. Y en consecuencia resultan inocuas, incluso tributarias, respecto a las estructuras de poder existentes. Los casos más conocidos son los apoyos simbólicos masivos que suelen organizar los gobiernos de diferentes signos políticos y que implican la movilización de millones de personas en marchas, manifestaciones, referendums o inocuas elecciones monocromáticas. Pero también pudiera inscribirse en esta línea la proliferación de acciones que involucran a personas, familias y comunidades en proyectos de lucha contra la pobreza, atenuantes de las condiciones de sobreexplotación y subconsumo que padecen, sin que ello implique una afectación a las relaciones de poder que generan la pobreza. En este sentido los adolescentes rubicundos de la extinta Juventud Libre Alemana, los pobres beneficiados con programas limitados de asistencia social y los electores de la mayoría de las democracias realmente existentes tienen más de un punto en común.

Como todo proceso complejo, la participación plantea numerosos dilemas. En lo adelante me referiré a dos de ellos. En primer lugar, tratare de adelantar algunas ideas acerca de la compleja relación entre la participación y los espacios en que tiene lugar (local, nacional, global) y sobre como esta relación se complica especialmente en los tiempos de globalización capitalista. En segundo lugar, haré algunas formulaciones muy preliminares acerca de la potencialidad de transformación ético/cultural de la participación.

  


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