Lo local, lo nacional y lo global
La participación es siempre un ejercicio en relación con el
poder constituído, sea porque se proponga apuntalarlo, modificarlo o
destruirlo. Sin una relación con el poder, la participación deviene un acto
litúrgico sin importancia o una manifestación absolutamente privada. Si
descartamos aquellos actos participativos de apoyos simbólicos o de
involucramientos por la subsistencia como los mencionados anteriormente, la
participación se define en un primer plano por la capacidad del acto en si y
de las personas u organizaciones envueltas en él para acceder efectivamente
a los procesos de toma de decisiones públicas en relación con la
distribución, gestión y disfrute de los espacios, los recursos y los
valores.
Es una cuestión muy compleja que ha atenazado a teóricos y
practicantes. Ciertamente es muy importante potenciar la participación local
como un primer escenario de realización de las vidas cotidianas y de una
relación amistosa con el medio ambiente. Incluso puede aceptarse como válida
y estimulante aquella invitación del ambientalismo de actuar localmente y
pensar globalmente. Pero es también cierto que una participación limitada a
este ámbito y carente de mecanismos eficientes de comunicación política se
expone al parroquialismo, y deviene insuficiente para afectar las decisiones
de la "alta política", regularmente remitidas a las técnicas de la
representación. Y, que al menos en un primer plano, conviene pensar en
aquellos mecanismos que pueden vincular representación y participación
(elecciones, rendiciones de cuenta, derecho de revocación, etc) y hacer de
la primera una variable dependiente de la segunda. Esta fue, por ejemplo, la
mayor limitante de la experiencia consejista, iniciada en Rusia y expandida
por la semi-insurgente Europa Central de la entreguerras. Pero también de
una buena parte de las experiencias comunitaristas y cooperativas de los dos
últimos siglos.
Es, por lo demás, un asunto que parece agudizarse en el
actual contexto de la globalización capitalista, al menos por dos razones.
En primera instancia, la globalización que conocemos no es
un proceso económico espontáneo, sino una construcción política dirigida
desde los centros mundiales de poder y que ha producido un virtual
desmantelamiento de los aparatos estatales nacionales en función del libre
juego del mercado. El Estado que emerge de este proceso es débil e
irresponsable frente a los derechos sociales y económicos de sus ciudadanos
y ciudadanas, un ejemplo de lo cual es la dilución de su compromiso
universal con el bienestar en planes parciales de lucha contra la pobreza.
Es por consiguiente un Estado que se hace más inaccesible a las demandas y
exigencias democratizadoras provenientes de la participación.
Al mismo tiempo, la llamada desregularización ha sido en
realidad una privatización de funciones públicas y de las capacidades
normativas, de manera que se produce una definición contractual de "lo
público" entre partes cada vez más desiguales. La manifestación más visible
de estos procesos ha sido la emergencia de nichos tecnocráticos cuyas
capacidades decisorias provienen tanto de sus relaciones con los núcleos más
concentrados del capital local como de sus vínculos con las grandes agencias
internacionales.
Este mismo fenómeno se reproduce a escala global. El
debilitamiento de los estados nacionales ha marchado de la mano de la
transferencia de funciones a organismos supranacionales –Organización
Mundial del Comercio, Banco Mundial, Consejo de Seguridad- que funcionan
como cuerpos de élites y resultan inaccesibles para la gente común. Esto es
evidente en varias esferas de la acción pública, como las políticas
macroeconómicas y comienza a observarse en los diseños de políticas
sociales, que siguen un patrón monocorde afín a las orientaciones de estas
grandes agencias internacionales. Y que no sólo determina la manera de
accionar de los estados y sus políticas públicas, sino también de muchas
ONGs y asociaciones, cuya aceptación como sujetos de créditos por parte de
los organismos internacionales depende de su adscripción a metodologías
previamente establecidas.
Evidentemente esto genera un panorama complejo en que la
reducción al espacio local puede tener efectivamente un impacto positivo en
la calidad de la vida de muchas personas, pero difícilmente podrá alterar
las redes de poder dadas a ls niveles nacional e internacional. En las
condiciones presentes, si la participación pretende ser un factor de cambio
y de socialización del poder, está obligada a ir asumiendo una vocación de
cambio mundial.