Hacia un nuevo concepto del poder
Otra cuestión es que la participación, en cuanto ejercicio
de producción ético/cultural, no puede limitarse a la oposición a formas
concretas de ejercicio del poder, sino que tiene que proponerse la
construcción de una nueva noción del poder. Justo lo que McPherson llamó,
hace ya algunas décadas, un poder desarrollista (developmental) afín a un
nuevo ideal democrático humanista de la política y la vida, en un contexto
de "maximización de la democracia".
Y es así porque los patrones de poder que prevalecen en la
vida cotidiana de las personas y las sociedades siguen siendo aquellos que
Weber definió como la capacidad de unos para imponer sus voluntades sobre
otros: el poder como dominación, orgánico a la tradición liberal
individualista. La expansión de las democracias políticas liberales
–regularmente afines al esquema de democracias elitistas formulada por
Schumpeter- no ha cambiado estas reglas de juego y el mundo contemporáneo
sigue siendo regido por elites –clasistas, patriarcales, generacionales,
étnicas, etc.-, probablemente de manera mucho más restringida y exclusiva
que nunca antes en su historia.
La historia ha demostrado con suficiente vehemencia que no
basta con pretender suplantar a un régimen de opresión, y que reducirse a
ello sin una perspectiva viable de cambio ético-cultural puede conducir a
tragedias opresivas similares o peores que las que se pretendían suplantar.
Fue el camino, para citar un bien conocido ejemplo, de la bancarrota de la
Revolución Rusa, del tránsito desde los ímpetus emancipatorios de los
soviets hasta las atrocidades estalinistas. O lo que una vez me contó una
maestra y activista comunitaria de un barrio periférico de Masaya.
Sucedió durante una pausa en una acalorada discusión en
torno a un documento emitido por una red de asociaciones comunitarias y que
no había sido consultado con las bases. Mientras hablábamos, acodados en una
ventana del caluroso local, la maestra me señaló un párrafo de un texto de
educación popular donde se decía que participar era tomar parte y ser parte
de las decisiones. "yo participo, me dijo, y por ello soy parte, pero
siempre de la parte de abajo."
Dicho en pocas palabras, la meta de una participación
pluralista y libre debe ser ante todo que esta mujer, pobre, mestiza y
habitante de una zona deprimida de un país tercermundista pueda incidir en
las decisiones que afectan su vida cotidiana con la misma eficacia como lo
hace un alto gerente bancario, un político o un directivo de alguna de las
conocidas agencias internacionales.
Ciertamente una meta que hoy parece muy lejana, tanto como
aquella que Gramsci delineó cuando los consejistas aspiraban a llevar a toda
la humanidad su mensaje emancipatorio: de la fábrica a la nación y de la
nación al mundo.