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Hemos querido que este primer número de la Revista
Futuros aborde el tema de las conexiones del desarrollo sustentable
con las múltiples dimensiones de la realidad. Es esta capacidad integral de
lectura y propuesta lo que distingue en esencia a los pensadores del
desarrollo sustentable de cualquier otra escuela anterior de pensamiento
"desarrollista". Aquellas se distinguieron precisamente por privilegiar
visiones tecnocráticas, economicistas y tecnológicas de la realidad y el
desarrollo. Ellas, como todo en la vida, jugaron su papel en un momento y
contexto dados, pero hoy resultan insuficientes para entender la realidad y
actuar sobre (y como parte) de ella.
Arribamos al siglo XXI con grandes desafíos. Por sólo
mencionar dos claves del reto que enfrentamos, digamos que:
- El planeta que habitamos parece haber alcanzado el límite de su
capacidad para ofrecernos recursos naturales y asimilar nuestros desechos
y contaminación ambiental.
- El acelerado conocimiento tecnológico a nuestro alcance no ha
sido acompañado de una nueva sabiduría sobre el modo de organizar
la convivencia pacífica en sociedades que resulten ecológicamente
responsables y socialmente inclusivas a la vez que democráticas,
participativas y libres.
Nuestra especie adquiere cada vez mas información y
conocimientos sin que hayamos encontrado una nueva sabiduría que nos
permitan ponerlos al servicio de la convivencia con nuestro hábitat natural
y social. Mientras la ingeniería genética se desarrolla aceleradamente, la
Bioética es todavía un saber en pañales.
Este desequilibrio ha coincidido con la emersión de una
nueva civilización tecnológica – la de la información digitalizada- que, al
igual que su predecesora la sociedad industrial, tiene un impacto sobre
todas las esferas de la realidad, de manera directa o indirecta. Incluso
allí donde el servicio de teléfono aun no alcanza a cada familia, el pequeño
mundo cotidiano en que ellas desenvuelven su existencia se ve impactado por
fuerzas y poderes que escapan a su control. La globalización, entendida como
la transformación que va teniendo lugar en la realidad natural y social como
resultado del fortalecimiento y expansión de la nueva civilización
tecnológica, es una realidad inescapable. Pero al igual que ocurrió con la
civilización industrial hay más de un modo de organizar la realidad
globalizada. Hay más de un futuro posible.
La globalización que hoy conocemos no es sino el modo
peculiar en que han quedado estructuradas las relaciones de nuestra especie
con el hábitat natural y social en el contexto histórico concreto de fin de
siglo y milenio. El siglo XX fue testigo de dos formas de organización
social de la civilización industrial: la capitalista y la del socialismo de
Estado. La primera, eufórica por su triunfo en la Guerra Fría y su
inagotable capacidad para revolucionar tecnológicamente la realidad, se ha
venido enquistando intelectualmente en un proyecto neoliberal de
globalización –lo que equivale a decir un proyecto especifico de futuro-
que, hasta el presente, sólo ha venido a exacerbar la incapacidad de
convivencia pacifica de nuestra especie con su hábitat natural y social.
Enfrentar ese proyecto neoliberal desde otras escuelas de
pensamiento de los siglos XIX y XX, o suponer nuevamente a la violencia como
partera de libertades y justicia, sería no solo ineficaz, sino inadmisible
después de la experiencia histórica acumulada. Las criaturas que la
violencia trajo a este mundo nacieron, demasiado a menudo, deformadas por
sus "fórceps". La revolución pacífica que ahora necesitamos no será posible
hasta que no revolucionemos primero nuestro pensamiento. Nuestras
principales doctrinas sociales y económicas se construyeron en un mundo que
ha sido ya profundamente transformado, aunque la persistencia de viejas y
nuevas inequidades y abusos nos cieguen ante esa realidad. De lo que se
trata es de forjar nuevas herramientas conceptuales para construir un nuevo
mundo. De lo contrario estaremos condenados a repetir viejos errores.
Necesitamos un nuevo proyecto de progreso que sea realmente
progresista según entendemos hoy esa palabra.
América Latina alcanzó su la independencia cuando ya se
expandía en el mundo la civilización industrial. En el siglo XIX nuestros
próceres no hablaban de alcanzar el "desarrollo", sino de incorporarse a
la civilización. Suponían que la independencia nacional les daría esa
oportunidad. Sin embargo, hacia la mitad del siglo XX se hacia
evidente que crecía cada vez más la distancia científica, tecnológica,
económica y social entre los países que habían accedido mas tardíamente a la
independencia y aquellos de Norteamérica y Europa donde se había venido
desarrollando la nueva civilización industrial. La intelectualidad
latinoamericana se dio a la tarea de construir un nuevo cuerpo doctrinal que
explicase el fenómeno a las clases políticas de la region y les ofreciera,
al mismo tiempo, recomendaciones de las posibles políticas a seguir para
corregir esta "patología económica".
Así surgió la escuela de pensamiento desarrollista que vino
luego a instalarse institucionalmente en la CEPAL. Pero dos décadas mas
tarde las políticas promovidas chocaban con las tercas cifras que marcaban
una distancia cada vez mayor entre lo que comenzó a llamarse Tercer Mundo
(del que América Latina era parte) y el Primero. Nuevas y cada vez más
radicales escuelas de pensamiento desarrollista emergieron en el contexto de
los convulsos años sesenta. Estas ya no enfatizaban los factores internos
como elementos principales del desfase internacional en el desarrollo, sino
acusaban de manera creciente a los factores exógenos (intercambio desigual,
robo de cerebros y otros similares) por su persistencia. Propuestas como la
de sustituir importaciones fueron a menudo remplazadas por la de hacer
revoluciones socialistas y buscar el apoyo del Bloque del Este para las
tareas de desarrollo.
La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS, la
nueva civilización tecnológica iniciada por los países capitalistas más
desarrollados y la desmesurada concentración de poder global en Washington
dejó a la intelectualidad regional ante una crisis de paradigmas. Para
muchos intelectuales, así como para las clases políticas latinoamericanas,
el asunto era –como una vez lo fue para nuestros próceres independentistas-
sumarse al carro de la civilización, que ahora identificaban con el proyecto
de globalización neoliberal del orden mundial. Sin pensamiento propio
–acertado o errado- trascurrió la ultima década del siglo XX del que
heredamos un hábitat natural empobrecido y amenazado, una impagable deuda
externa, una deuda social de dimensiones inusitadas y una lógica económica
socialmente excluyente. Para dar respuesta a esos desafíos los actuales
regímenes democráticos, de muy limitada capacidad participativa, resultan
insuficientes.
Los niños que mueren de hambre en las calles de sociedades
latinoamericanas en países bendecidos con ricos y variados recursos
naturales son un escándalo moral. Pero, todavía, para muchos constituyen una
parte supuestamente inescapable de la realidad. Al igual que las clases
dominantes (y buena parte de las dominadas) no podían imaginar un mundo sin
esclavitud hace apenas trescientos años, hoy son todavía demasiados los que
no creen que "otro mundo es posible". Del mismo modo que llegado un momento
dado la civilización industrial hizo "innecesaria" la explotación de la mano
de obra esclava, la civilización digital ha aportado ya tecnologías que
aseguran súper ganancias al sector privado sin tener que hacerlas a expensas
de la degradación del hábitat y la exclusión social de una parte de la
humanidad. La moralidad de las sociedades esclavistas – que hasta entonces
sancionaba como "inmoral" a cualquiera que intentase ayudar a escapar a los
esclavos de sus amos- se abrió a "otro mundo posible" con los cambios
tecnológicos operados por el industrialismo en ascenso. La inmoralidad de un
mundo en el que miles de millones viven y mueren en la extrema miseria y los
sistemas ecológicos se erosionan de manera crítica se hace hoy cada vez más
evidente para las propias clases dominantes. En las nuevas condiciones
tecnológicas ya no les resultan "necesarias" las formas de organización
socio-económicas que generan la depauperación natural y social. Hoy se hace
cada vez más visible la inmoralidad de sistemas que generan pobreza y
exclusión masivas y discriminan por razones de genero, raza, etnia o
preferencias sexuales. La racionalidad de destruir a la naturaleza en el
proceso de "someterla" a los intereses del "progreso" tampoco es ya aceptada
como "progresista". Nuevos movimientos sociales van redefiniendo el
significado del "progresismo", cuestionan la desfasada moralidad imperante
desde reglas éticas más permanentes e, incluso, redefinen a estas últimas
desde una emergente bioética.
Corresponde a los/ las latinoamericanos y caribeños volver a
reflexionar, con autonomía de pensamiento, sobre nuestros futuros posibles y
optar por impulsar aquel que más convenga desde una perspectiva humana y
ecológica además de económica. En el proceso cotidiano de producción
de la realidad se juntan recursos financieros, humanos y naturales.
Privilegiar cualquier desequilibrio a favor de una sóla de esas esferas y en
detrimento de las restantes, no puede considerarse un proyecto de futuro
anclado en un desarrollo sustentable ni progresista.
Necesitamos, para alcanzar otros futuros posibles, un nuevo
paradigma de desarrollo que abra la puerta a nuevos modelos de
integración de esas tres esferas. Lo racional ya no puede medirse
exclusivamente en términos financieros, sino por el modo en que esos tres
elementos resuelvan su convivencia en el proceso de reproducción de la
realidad. Ni la eficiencia económica puede ya considerarse racional cuando
se logra a expensas de imponer costos innecesarios e intolerables a la
personas y la naturaleza, ni la justicia social puede ser considerada
racional cuando pretende alcanzarse a través de sistemas políticos que
niegan las libertades y derechos humanos individuales. Ambas perspectivas
son hoy reaccionarias - insustentables a mediano y largo plazo- y
constituyen lecturas insuficientes, lineales y simplistas de la realidad.
Una doctrina de desarrollo sustentable esta llamada a integrar, en la esfera
de subjetividad conceptual, los datos de la realidad en su totalidad. No
puede ser, exclusivamente, una teoría económica Cualquier modelo de
sustentabilidad futuro estará obligado a integrar elementos políticos,
económicos, sociales y culturales; a fusionar en un solo cuerpo teórico los
artificialmente segregados campos del desarrollo, la democracia y los
derechos humanos.
Lo dicho más arriba no debe ser entendido como una
exhortación a la construcción de nuevos mega relatos sobre el desarrollo
concebidos desde alguna institución intelectual. El desarrollo sustentable
solo es posible cuando las personas, devenidas en ciudadanos con capacidad
autoreflexiva y gozando de autonomía para su organización y
actuación, se convierten en sujetos de desarrollo. Son ellas a las
que hay que interrogar en primera instancia para comprender sus estrategias
económicas y sociales de supervivencia y sus criterios para la organización
alternativa de la realidad. Ni un Estado que resulte tan paternalista como
autoritario, ni un mercado tan económicamente dinámico como socialmente
excluyente, ni una intelectualidad tan iluminada como arrogante, estarían
capacitadas para promover –mucho menos para conducir- este nuevo viraje
histórico de percepciones y transformaciones de la realidad. La nueva
cultura del desarrollo habrá que construirla esta vez desde abajo;
interconectando los múltiples sujetos, sus percepciones, experiencias
existenciales y propuestas.
Casi sin excepción, los autores de este primer número son, a
la vez que destacados pensadores, reconocidos activistas en diversas esferas
del desarrollo sustentable. Son sujetos autoreflexivos de la
construcción de otros futuros posibles y mejores que nuestro presente. Ellos
dan inicio a este diálogo transdisciplinario sobre las posibilidades del
desarrollo sustentable, sobre otros futuros posibles. Son pioneros en la
construcción de una nueva escuela de pensamiento latinoamericano
sobre "el desarrollo".
A facilitar ese diálogo pretende contribuir, desde este
primer número, la Revista Futuros.
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