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Parte 3 / 4
Entre el diálogo y la confrontación
En este marco, la reciente década ha sido prolífica, en
América Latina y el Caribe, en el desarrollo de redes regionales y
subregionales de diversas organizaciones de la sociedad civil. Hemos
analizado algunos de estos procesos en otros trabajos (Serbin 1998, 2000,
2001),5 al punto de argumentar a favor de la emergencia de una incipiente
sociedad civil regional, particularmente en el área del Gran Caribe,
pero eventualmente ampliable al conjunto de América Latina y el Caribe. Mas
allá de que los procesos de regionalización en nuestro hemisferio puedan
llevar la impronta predominante de los acuerdos de libre comercio,
orientados por el discurso legitimador en boga y articulados, como
complemento o como reacción, a los procesos de globalización, una serie de
elementos hacen pensar que, efectivamente, estamos asistiendo al desarrollo
regional de un fenómeno similar, con sus especificidades regionales, pero no
necesariamente disociado de la génesis de una sociedad civil global.
En este sentido, tanto las orientaciones doctrinarias y
conceptuales como las agendas, estructuras y estrategias de las
organizaciones y movimientos que configuran una incipiente sociedad civil
regional, tienden, de una manera similar a la sociedad civil global, a estar
condicionadas por los enfoques y percepciones en torno no sólo de la
globalización, sino también de los procesos de regionalización.
En nuestra región, el desarrollo de las ONGs ha estado
fuertemente asociado, en las décadas del sesenta y del setenta, a una serie
de rasgos muy definidos. Por un lado, su surgimiento a partir de
organizaciones de bases les ha conferido, históricamente un fuerte sentido
de misión, una tendencia a privilegiar la superioridad moral de sus
iniciativas, y el desarrollo de diagnósticos esquemáticos y de respuestas
simplistas a los problemas de pobreza, desigualdad y represión (Wils, 1995,
13). Estos orígenes, frecuentemente asociados a un alto grado de
politización e ideologización, han condicionado su evolución en tiempos
recientes y su transformación y ampliación en redes nacionales y regionales.
Muchas ONGs han tenido dificultades en adaptarse a los nuevos tiempos y en
introducir cambios significativos en sus objetivos y estrategias, ampliando
su margen de acción e incorporándose tanto a programas de mas amplio alcance
promovidos por gobiernos como por organizaciones internacionales.
En este contexto, la transición desde actitudes y
estrategias confrontacionales desarrolladas en las primeras décadas a
estrategias participativas en marcos democráticos tampoco ha sido fácil, en
particular tomando en cuenta la desconfianza ante el estado y su organismos
desarrollada en épocas anteriores, en especial, en algunos casos, durante la
vigencia de regímenes autoritarios.
La combinación de un alto sentido de misión moral con la
dificultad de ampliar sus enfoques e iniciativas a una escala mayor que la
comunal o local, se ha articulado, adicionalmente, a componentes propios de
las culturas políticas locales caracterizadas por un alto grado de liderazgo
personalizado, de clientelismo y de corporativismo que, con frecuencia,
siguen presentes tanto en las ONGs como en los movimientos sociales
emergentes en la región, afectando seriamente su institucionalización y su
capacidad de gestión y de incidencia.
En este contexto, el salto al desarrollo de redes regionales
y subregionales orientadas a lidiar tanto con aspectos de la integración
regional o subregional como con los efectos de los programas de ajuste de la
década del ochenta y de la globalización en general, no ha estado exenta de
obstáculos y complejidades. Esta afirmación, sin embargo, es necesario
matizarla de acuerdo a las diferencias entre los diversos contextos
regionales. Mientras que en América del Sur, el desarrollo de redes mas
amplias no pudo quedar disociado, en el contexto de los procesos de
re-democratización, de los derechos humanos y políticos de la ciudadanía, en
Centroamérica y el Caribe, este desarrollo se vinculó asimismo,
necesariamente, con la consolidación de la paz y de la democracia pero
también con la promoción del desarrollo económico-social y la lucha por la
erradicación de la pobreza de la población.
A este cuadro cabe agregar que las dificultades del salto a
una visión mas amplia de los condicionamientos estructurales de muchos de
los problemas de las sociedades latinoamericanas y del Caribe, han estado
fuertemente signados por el parroquialismo y la dificultad de desarrollar
perspectivas y visiones regionales y/o globales en amplios sectores de la
población, muchas veces desprovistos de los instrumentos conceptuales y
técnicos para abordar las complejidades de los actuales procesos
internacionales y regionales.
Por otra parte, el desarrollo de redes y ONGs regionales en
el Gran Caribe, ha estado signado asimismo, en los últimos años, por una
serie de condicionamientos externos, particularmente en lo que a agendas y a
fondos se refiere. En este sentido, el rol de las agencias de cooperación y
de las ONGs del Norte con frecuencia ha condicionado el desarrollo de las
ONGs en cuanto a sus prioridades, estructuras organizativas y estrategias,
de la misma manera que, mas recientemente, lo han hecho los organismos
multilaterales que, como el Banco Mundial y el BID, han comenzado a
desarrollar programas hacia la sociedad civil en la última década.
Como resultado, el surgimiento y desarrollo de una
incipiente sociedad civil regional o subregional, mas allá de la diversidad
lingüística y cultural, ha adolecido de una serie de marcadas dificultades,
tanto endógenas como exógenas.
Sin embargo, una serie de factores ha contribuido a su
gradual expansión y desarrollo. Por un lado, la aceleración y profundización
(cuando no la ampliación) de los procesos de integración regional y
subregional desde la década del ochenta junto con la proliferación de
acuerdos de libre comercio articulados a las nuevas estrategias de
crecimiento económico promovidas por el llamado « consenso de Washington »
y, por otro, la dinámica extra-comercial (política y social) generada por el
proceso de creación del ALCA.
Estos procesos endógenos, propios de la región y del
hemisferio, se han ido articulando a algunos procesos exógenos, tales como
las negociaciones con la UE y las de la OMC, siempre dentro de una dimensión
eminentemente económica y comercial que, sin embargo, ha concitado la
reacción de amplios sectores de la población, en convergencia pero no
siempre vinculados a los procesos de reacción anti-globalización a nivel
mundial.
Un breve panorama de las iniciativas regionales y
hemisféricas en nuestra región permite delinear algunos de los ámbitos en
dónde se desarrollan redes y organizaciones con capacidad de incidencia, en
un entorno cambiante.
Por un lado, existen iniciativas que surgen desde la
ciudadanía, tendientes a incrementar el rol participativo de la sociedad
civil en el proceso de toma de decisiones regionales. En algunos casos, con
una directa interlocución con organismos regionales, como es el caso del
Foro de la Sociedad Civil del Gran Caribe y de CRIES en relación con la
Asociación de Estados del Caribe (AEC), el Sistema de Integración
Centroamericano (SICA) y la Comunidad del Caribe (CARICOM), fundamentalmente
sobre la base del impulso de una agenda de desarrollo alternativo y una
estrategia de incidencia participativa. Por otro lado, se han desarrollado
una serie de iniciativas en torno al ALCA y a las actividades de los
organismos multilaterales, en especial el BID. En el caso del ALCA, desde la
Cumbre de Miami y culminando con la reciente Cumbre de Québec, una serie de
iniciativas desarrolladas por diversas redes ha ido tomando cuerpo. En este
sentido, junto con las consultas a las ONGs de todo el ámbito hemisférico
realizados por FOCAL, el Grupo Esquel y Participa de Chile, con un carácter
participativo y en búsqueda de una mayor interlocución e incidencia sobre el
proceso de conformación del ALCA y sobre las decisiones gubernamentales
respectivas, se he desarrollado un movimiento mas claramente confrontacional,
ejemplificado con la conformación de la Alianza Social Continental y la
realización de Asambleas de los Pueblos paralelas a las Cumbres, a través de
su cuestionamiento al desarrollo de los acuerdos de libre comercio, a los
programas de ajuste y a una regionalización concebida de acuerdo a los
parámetros del consenso de Washington y de una globalización excluyente.
Junto con ellas, algunas redes como es el caso de ALOP,
conformada por ONGs vinculados mas al trabajo de desarrollo, y una serie de
organizaciones ciudadanas en los ámbitos nacionales – Colombia, Panamá,
República Dominicana, han dado lugar a la conformación de una red de
iniciativas a nivel regional y subregional con el apoyo de del Banco Mundial
y del BID, respectivamente. Asimismo, la OEA, a partir de una interlocución
con organizaciones y redes no-gubernamentales de derechos humanos, ha ido
ampliando el espectro de vinculación con organizaciones de la sociedad civil
orientadas por otras prioridades, en el marco de un proceso de búsqueda de
fortalecimiento de la democracia.
En todas estas iniciativas se genera una orientación común
de crítica y cuestionamiento, ya sea al "déficit democrático" presente en
estos procesos, ya sea a la exclusión y al déficit social que engendran,
particularmente por la articulación entre los rasgos de la globalización "globalitaria"
y tendencias similares en el desarrollo de iniciativas regionales o
hemisféricas, con una creciente exclusión política y social.
Sin embargo, si bien, en su conjunto, estas redes tienden a
configurarse desde distintos sectores de la sociedad civil en las Américas
con el propósito de enfrentar los rasgos actuales de la regionalización, se
caracterizan asimismo por su alto grado de heterogeneidad y por su
complejidad organizativa y estructural. En la mayoría de los casos, la
conformación de redes responde al desarrollo de nodos organizacionales sobre
cuya base se despliegan coordinaciones mas amplias con otras organizaciones
y movimientos, tanto de América Latina y del Caribe, como de América del
Norte y, eventualmente, a nivel global. En este sentido es interesante notar
la convergencia entre FOCAL, el Grupo Esquel y Participa por un lado, y
Common Frontiers y otras organizaciones y sindicatos de Canadá,
organizaciones religiosas y ciudadanas de EEUU, la red RMALC de México, el
CUT brasileño y la ORIT, por otro (estos últimos en el marco de la Alianza
Social Continental) como la participación de las organizaciones vinculadas a
estas últimas en el Foro Mundial Social en Porto Alegre y en otras
iniciativas similares (Seoane y Taddei 2001).
La conformación de redes en sí, así sean de ONGs o de
movimientos sociales variados, incluyendo sindicatos y organizaciones y
redes sindicales, confronta, en este marco, una serie de desafíos
específicos.
En primer lugar, una serie de retos del entorno regional y
global.
Por un lado, en general los gobiernos de la región, con
algunas contadas excepciones mencionadas mas arriba, son poco receptivos a
sus planteamientos, cuestionando su legitimidad y representatividad vs. la
representatividad de gobiernos electos democráticamente, mas allá de que
éstos no se acojan a sus mandatos respectivos. Esta limitada receptividad
(cuando no la franca reticencia o el antagonismo de los gobiernos que
perciben a ONGs y movimientos sociales por igual como esencialmente anti-gubernamentales)
se manifiesta asimismo en la reticencia a proveer a las organizaciones de la
sociedad civil de acceso a información y capacitación adecuada y a las
características generalmente reservadas de muchas negociaciones comerciales,
como a la ausencia de fondos gubernamentales para dar apoyo al desarrollo de
sus actividades. Por otra parte, muchas de las iniciativas desde los
organismos regionales y multilaterales, si bien pueden generar una
asistencia económica sustantiva en el marco de proyectos y consultorías, son
percibidas, por las propias organizaciones de la sociedad civil, como
mecanismos de cooptación mas que de reconocimiento efectivo de sus demandas.
. Sin embargo, y pese a la poca incidencia que puedan alcanzar, las
interlocuciones con los gobiernos y agencias multilaterales y regionales
redundan, evidentemente, tanto en una legitimación potencial de las demandas
de estos movimientos y organizaciones de la sociedad civil como en una mayor
incidencia a través de la presión y del cabildeo, una vez abiertos los
canales de interlocución adecuados. No obstante, inclusive al ser abiertos
estos canales, los cambios frecuentes en los interlocutores y, en especial,
en sus agendas y prioridades, hacen difícil mantener una línea consistente
de diálogo e interlocución en función de mandatos específicos y requieren de
un alto grado de flexibilidad originando, a su vez, sospechas de cooptación
o subordinación a los propósitos gubernamentales o intergubernamentales. La
frecuente persistencia de concepciones mesiánicas o ideológicas anti-gubernamentales
o anti-sistémicas, heredadas de las experiencias políticas de décadas
anteriores, no contribuye asimismo a la superación progresiva de estos
problemas.
A su vez, gran parte de las dificultades generadas por un
entorno regional y global cambiante está relacionada con los fondos para el
desarrollo de las actividades de redes de ONGs y movimientos sociales
regionales. En principio, las agencias de cooperación y otras fuentes de
financiamiento tienden a subestimar los alcances del trabajo regional o
colocar a éste en una escala de prioridades muy secundarias, privilegiando
el trabajo local o a nivel nacional como mas efectivo y acorde a sus propias
agendas, y estableciendo relaciones privilegiadas con aquéllas
organizaciones y redes que, efectiva o potencialmente, pueden representar
estos intereses. Adicionalmente, persiste la tendencia de estas agencias a
promover sus propias agendas y prioridades en los apoyos que impulsen. En
este sentido, en la última década ha habido tanto un desplazamiento de las
prioridades regionales – en particular en el caso de la agencias europeas y
norteamericanas, con su énfasis en Europa Oriental primero y en Africa mas
recientemente, como de las prioridades temáticas que, con frecuencia, varían
regularmente desde la importancia asignada coyunturalmente a los desastres y
cataclismos naturales a los procesos de fortalecimiento democrático de
diversas instituciones y sistemas políticos.
En este entorno internacional cambiante, la adaptación y
supervivencia de muchas redes y organizaciones de la sociedad civil, en
tanto dependen de fondos externos o logran una limitada receptividad en sus
propios países o regiones que genere fondos para sus actividades, sigue
dependiendo significativamente de las agendas y del apoyo externo, sean
éstas de las agencias de cooperación gubernamental, de organismos
internacionales, de fundaciones o de ONGs del Norte.
Por otra parte, en segundo lugar, las redes regionales se
enfrentan con una serie de desafíos internos, de cuya resolución depende su
sostenibilidad y permanencia.
La heterogeneidad y diversidad de los componentes de las
diversas alianzas estratégicas sobre las que se basan para su articulación
regional, hace difícil mantener una consistencia de visión y de misión
compartida, mas allá de los principios generales que puedan posibilitar una
convergencia. Con frecuencia, esta diversidad incide sobre la emergencia de
tensiones y conflictos en torno a la definición y duración de los mandatos
de sus membresías lo cual, a su vez, incide sobre las dificultades de
desarrollar una capacidad propositiva consistente y una estructura
sostenible para el desarrollo de sus objetivos y de estrategias de
incidencia efectivas.
Estas dificultades, inherentes al trabajo de las
organizaciones no-gubernamentales y de los movimientos sociales en general,
se articula en el caso de las redes, con una frecuente duplicación y falta
de coordinación entre sus organismos miembros, la competencia por fondos y
por el liderazgo respectivo, y la amplia dispersión y fragmentación de estas
iniciativas.
Finalmente, en tercer lugar, un elemento que hace de
parteaguas en la sostenibilidad y consistencia de las redes regionales es el
de las estrategias de incidencia que desarrollan en su articulación con la
dinámica gubernamental, intergubernamental y, en ocasiones, de sectores
empresariales. En este sentido, la polarización, en el marco de América
Latina y el Caribe, entre la tendencia participativa y la orientación
confrontacional hace, con frecuencia, a la articulación dificultosa cuando
no imposible, de iniciativas consistentes y conjuntas de incidencia ante
estos actores. Pese a que, como señala Chiriboga, es conveniente la
combinación de ambas estrategias, esta con frecuencia no logra articularse
por las tradiciones y backgrounds políticos e ideológicos diversos a
que responden los respectivos promotores y protagonistas, desgarrados entre
una tradición contestataria y anti-estatista de la izquierda regional, y las
concepciones políticamente liberales de las vertientes de la participación
ciudadana.
Esta problemática, junto con los desafíos políticos y
económicos de un entorno regional y global cambiante, y las dificultades
organizativas que arrastran una gran parte de las redes, organizaciones y
movimientos que conforman a la incipiente sociedad civil regional, hacen a
las interrogantes cruciales acerca de su desarrollo y sostenibilidad en el
contexto regional. En este marco, las preguntas sobre la legitimidad y la
representatividad de estas organizaciones se articulan asimismo a su
capacidad de superar las dificultades financieras, de gestión y de
articulación de agendas y estrategias para poder convertirse en
interlocutores válidos en los procesos de integración regional e hemisférica
y, eventualmente, de asumir un rol mas protagónico en el ámbito global y en
la promoción de una governanza democrática global.
Notas
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