Conferencia
Magistral dictada por Muhammad Yunus
en la Fundación Rafael del Pino en Madrid
Tomado de Letras Libres, 2006
Traducción de la Fundación Rafael del Pino
Tal
vez la única manera de combatir efectivamente la pobreza sea actuando
familia por familia y a distancia tanto del Estado como de las
instituciones de caridad. Muhammad Yunus, director y fundador del Grameen
Bank de Bangladesh e inventor de los microcréditos, dictó la siguiente
conferencia magistral en la Fundación Rafael del Pino en Madrid.
"La pobreza no es obra de
los pobres, sino del sistema que hemos creado alrededor de ellos.
Tenemos que volver al principio y enterarnos de cuáles son las
instituciones que los rechazan: ésa es la parte importante"
"Si se logra llevar la tecnología de la información a los pobres,
junto con el microcrédito, ambas serán herramientas muy potentes para
ayudarlos a salir de la pobreza con su propia iniciativa, no la de
otros. Sólo hay que llevarles los medios, y luego ellos cambiarán su
propio mundo"
¿Cómo funciona el Banco Grameen?
¿Por qué es diferente a todos los demás bancos?
Primero quiero dejar claro que no soy banquero, no he sido
formado como banquero ni pensé jamás convertirme en banquero. Por tanto,
en lo que me vi involucrado fue en algo más o menos accidental, obligado
por las circunstancias. Bangladesh se independizó en 1971. Nos ilusionó
muchísimo. Finalmente habíamos salido de un tipo de relación que no
funcionaba con Paquistán. Por fin podíamos tomar nuestras propias
decisiones políticas, podíamos diseñar nuestra sociedad a nuestro gusto y
convertirnos en la nación de nuestros sueños. Pero, como pasa con todos
los sueños, especialmente con los sueños de las naciones recientemente
independientes, se pueden convertir en pesadillas. No siempre se dirigen
en la dirección esperada. Esto mismo pasó en los primeros años de
Bangladesh. En lugar de mejorar nuestra situación económica, cundió la
hambruna en el país. Muchas personas murieron de hambre.
¿Cómo empezó la idea de un Banco
para los Pobres?
En esa época yo daba clases en una de las universidades de
Bangladesh. No sienta bien, no es agradable enseñar economía en el aula,
explicarle a los alumnos las elegantes teorías y cómo pueden resolver
todos los problemas económicos, para salir y no ver más que hambre y
muerte. Uno se pregunta para qué valen las teorías económicas de libro de
texto si no son útiles para las personas que están muriéndose o a punto de
morir, y no por alguna enfermedad en particular: se mueren porque
simplemente no tienen un poco de comida. Por tanto, me sentí muy inquieto,
como muchos otros en Bangladesh que se sentían descontentos y
desencantados con la forma en que iban las cosas alrededor de nosotros. Y
pensé que no tenía sentido y que era totalmente inmoral enseñar aquellas
teorías que no significaban nada. Sentí que quizás podía hacer algo: podía
ser sencillamente un ser humano y ser útil a otro ser humano. No se
necesita un certificado para ser útil a otro ser humano, y no se tiene que
leer libros de texto para hacerlo. Una relación de humanidad es suficiente
para ello.
Hice exactamente eso: fui por los pueblos buscando una
oportunidad para ser útil. A lo mejor no era mucho, pero me iba a sentir
mejor si hacía algo aunque fuese para una sola persona. Vi muchas cosas
pequeñas, cosas que antes ignoraba. Mis libros de economía nunca
mencionaron todo eso que tenía que ver con la realidad de la vida de los
pobres, de las personas en Bangladesh. La universidad estaba tan sólo a
unos pasos de aquel pueblo, pero casi nadie sabía cómo se desarrollaba la
vida en ese lugar.
Vi cómo sufría la gente por no tener una cantidad
pequeñísima de dinero. Tenían que pedir prestado el dinero a prestamistas,
a usureros. Y los usureros se aprovechaban y convertían a estas personas
prácticamente en esclavos, porque literalmente trabajaban para ellos. Lo
poco que ganaban se lo quedaban los usureros y tenían muy poco para sí
mismos. Así pues, tuve una idea. Si les podía proporcionar este poquito de
dinero, probablemente las cosas iban a serles más fáciles. Por tanto, hice
una lista de personas que necesitaban esta pequeña cantidad de dinero.
Cuando la terminé, la lista contenía 42 nombres. La cantidad total de lo
que necesitaban era veintisiete dólares. Fue impresionante para mí, porque
como profesor de economía enseñaba sobre los planes nacionales de
desarrollo de un país, cómo se elaboraba el plan quinquenal, cómo los
planes quinquenales cambiaban la calidad de vida de los pobres en
Bangladesh. Allí hablamos de millones de dólares, de miles de millones de
dólares de inversión. Nunca hablamos sobre menos de un dólar por persona
para sus necesidades. Realmente era una gran sorpresa. No sabía qué
respuesta podía dar en una situación como ésa. De todas formas, di los
veintisiete dólares a esas 42 personas y les dije que devolvieran el
dinero que debían a los usureros. Les dije que, utilizando ese dinero,
podían seguir con su trabajo y guardar todo el dinero que generaran. Les
dije que podían devolverme el dinero cuando estuvieran en condiciones de
hacerlo. Pero la ilusión que se generó en esas 42 personas fue lo que me
llevó a involucrarme en todo esto. ¡Estaban tan contentos! Para ellos
parecía un milagro que alguien realmente les diera dinero sin las
condiciones de los usureros. Y se me ocurrió la idea de que, si puedes
hacer tan feliz a tanta gente con una cantidad tan pequeña de dinero, ¿por
qué no hacer más de lo mismo?
Estaba planteando la forma de hacerlo cuando se me vino a
la cabeza que, en lugar de hacerlo yo con mi dinero, debía intentar
encontrar alguna solución institucional para que continuara con el
proyecto aun cuando yo no lo pudiera atender. Las personas habrían
establecido su derecho, por lo que podrían recibir el dinero cuando lo
necesitaran. Así que acudí al banco. Se trataba del banco que estaba
situado en el mismo campus donde daba clases.
El reto
Cuando propuse al director del banco que debía dar
préstamos a los pobres del pueblo donde vivíamos todos, casi se cayó de la
silla. No podía creer siquiera lo que le había propuesto. Dijo: "Es
imposible, no se puede hacer". "¿Qué tiene de imposible? Es una cantidad
tan pequeña de dinero la que tendrá que dar que no les hará daño a
ustedes", contesté. "No es cuestión de hacernos daño. El dinero no es lo
importante. No es la cantidad. Es sólo que, por principio, no puedo dar el
dinero a los pobres", me dijo. "Eso es muy curioso, porque se supone que
se presta dinero a personas que lo necesitan, y ellos son los que lo
necesitan", repliqué. Me dijo: "No, aunque lo necesiten, no pueden
conseguir un préstamo bancario porque no son solventes". Tuvimos una gran
discusión sobre quién merece recibir un crédito y quién no, pero se
mantuvo en su postura de que un banco no puede prestar dinero a la gente
pobre porque no tienen solvencia. Ésa fue la lección más importante para
mí. Fue mi primera lección de banca, y se me ha quedado.
He estado luchando con esto durante los últimos veintiséis
años, y probablemente seguiré intentando convencer al mundo de que los
pobres merecen recibir un préstamo tanto como cualquier otra persona en el
mundo. Los pobres son, en muchos casos, más merecedores de un préstamo que
los ricos, especialmente en Bangladesh, donde los ricos que piden
préstamos de los bancos no los devuelven y se salen con la suya: nadie
puede tocarlos porque son personas poderosas.
De todas formas mantuve mi postura de que algún banco
debía al menos intentar dar dinero a los pobres en el pueblo. No encontré
ninguna forma de hacerlo, todo el mundo decía lo mismo. Finalmente, se me
ocurrió una idea que funcionó. "Me ofrezco como aval. Firmaré todos sus
papeles, darán el dinero a las personas que yo identifique y asumiré el
riesgo. Así, todas sus reglas están aseguradas y me pueden dar el dinero",
propuse. Sonaba muy razonable, pero los bancos tardaron tres o cuatro
meses en decidirse. Hizo falta que escribiera muchas cartas, con planes de
cómo iba a hacerlo y cómo el banco iba a responder.
El inicio
Finalmente, en 1976, después de acordarlo todo, di el
primer préstamo a la gente a través del banco. El director me advirtió que
el dinero nunca iba a volver, porque había cometido un error al dar dinero
a los pobres. Le dije que asumiría el riesgo, que no tenía idea de si el
dinero volvería, pero que creía que era legítimo hacerlo. Y lo hice.
Afortunadamente para mí, se devolvió cada centavo. No tuve ningún
problema. Y me encantó que fuera tan fácil porque todo el mundo me estaba
metiendo miedo de que la cosa no iba a funcionar.
Cuando le dije al director de la Facultad que el préstamo
había funcionado, éste replicó: "Bien, puede que haya funcionado en un
pueblo, porque es pequeño y vas detrás de todo el mundo para que te lo
paguen, pero si lo haces en dos pueblos no te lo devolverán". Lo probé en
dos pueblos, uno al lado del otro. Y funcionó. No le impresionó en lo más
mínimo. "Quizá lo debes hacer en cinco pueblos", dijo. Así que fui y lo
hice en cinco pueblos, para convencerlo de que también funcionaba.
Funcionó, pero tampoco quedó convencido. Cada vez que me parecía que el
banco iba a aceptar ya el hecho de que los pobres merecían recibir
préstamos porque me habían devuelto el dinero sin ningún problema, seguía
aumentando el número de deudores que aceptaba. Y cada vez decía el
director del banco que no, que tenía que experimentarse con otro número de
pueblos.
Llegó el momento en que me pregunté ¿por qué intento
convencerlo a él?, ¿por qué se habían vuelto tan importantes sus
decisiones para mí? Al principio no tuve idea de si iba a funcionar o no,
pero después de realizarlo unas cuantas veces, en muchos pueblos, me
convencí de que lo que veía era lo correcto, de que lo que estaba
comprobando era la realidad. Lo que él decía era algo totalmente
fabricado, una completa mentira, una postura sin fundamento. ¿Por qué no
crear mi propio banco, un banco que trabajara para los pobres? Así que me
centré en eso, en averiguar cómo establecer un banco para los pobres.
La burocracia
Presenté mi propuesta al Ministerio de Hacienda de
Bangladesh y no los convenció, porque pensaban que iba a crear más
problemas para ellos. Me explicaron que ya tenían muchos bancos y que
todos creaban problemas, porque daban dinero a los ricos que nunca se
ocupaban de devolverlo, por tanto, ¿por qué establecer un banco para crear
más problemas? Les dije que no pedíamos dinero, por lo que no debían de
preocuparse: sólo queríamos su autorización. De todas formas, ésta tardó
otros dos años.
El nacimiento
Finalmente, nos convertimos en un banco, el Banco Grameen,
en 1983, y empezamos a trabajar poco a poco para ampliarnos. Aprendimos
muchas cosas, cosas que se dicen de una manera, se creen de una manera,
pero la realidad de la situación nos enseña una historia completamente
distinta. La primera se nos presentó con mucha claridad. Me enzarcé en una
especie de batalla con los bancos existentes, los bancos convencionales,
no sólo sobre la cuestión de prestar dinero a los pobres, sino
particularmente a las mujeres, sin tomar en consideración si eran ricas o
pobres. Mi alegato contra los bancos era que no sólo negaban préstamos a
los pobres, sino que los negaban también a las mujeres. Di ejemplos de las
estadísticas del sistema bancario de Bangladesh: de todos los prestatarios
de todos los bancos, ni siquiera el uno por ciento resultaban ser mujeres.
Algo no estaba bien en su sistema, que no podía satisfacer las necesidades
de las mujeres. Argumentaban que no era verdad, que intentaban dar
préstamos a las mujeres, pero que ellas no venían a pedirlos. Di ejemplos
de sus reglas, según las cuales, si una mujer quiere pedir un préstamo, si
acude al director con su proyecto, el director siempre le pregunta: "¿Lo
ha consultado con su marido?" Si ella dice que sí, luego el director le
pregunta: "¿Apoya él su proyecto?" Si le dice que sí, entonces el director
responde: "Pues, ¿por qué no trae a su marido el lunes y podemos hablar
del proyecto?" Pregunté: "¿Por qué el mismo director, cuando acude un
hombre al banco con su propuesta, no le plantea una pregunta similar: ‘Lo
ha tratado con su mujer?, ¿apoya ella su proyecto?’ Y finalmente, ‘¿por
qué no trae a su mujer el lunes y hablamos del proyecto?’" Algo estaba mal
en todo eso: era asimétrico. Se mantenía a las mujeres fuera del sistema.
No pasó nada, no hicieron nada al respecto.

Las mujeres primero
Cuando empecé mi trabajo quise asegurarme absolutamente de
que la mitad de los prestatarios fueran mujeres. Se trataba de una
decisión a propósito del debate que mantenía con los bancos en ese
momento. Tomar la decisión fue mucho más fácil que ponerla en práctica.
Me enteré de esto de la forma más difícil, porque cuando
acudí a las mujeres pobres en los pueblos de Bangladesh para convencerlas
de que recibieran préstamos de nosotros, nos miraban con incredulidad:
"¿Qué es lo que nos quiere dar?" Pensaban que estábamos intentando
meterlas en algún lío, literalmente huían de nosotros. Una explicación que
oía con frecuencia era que no sabían qué hacer con el dinero, ¿por qué
iban a aceptarlo? "No quiero meterme en líos. Nunca he tocado dinero en mi
vida, esto crearía un montón de problemas para mí". Otro argumento
frecuente era: "Mi madre me dijo cuando murió que nunca debía pedir
prestado nada a nadie".
Escuchamos eso y pensamos que debíamos hacer frente a
estas posturas, por lo que ideamos una respuesta a la segunda explicación.
"Sí, su madre era una persona muy sabia. Le dio los consejos correctos. Lo
mejor que podía hacer era aconsejarle que no pidiera prestado nada de
nadie, porque cuando murió su madre no existía el Banco Grameen. La única
manera en que podía obtener dinero era a partir de los usureros, y si pide
un préstamo a un usurero, su vida ha terminado. Es la esclavitud. Así que
le dio un buen consejo. Pero puede usted estar segura de que si estuviera
viva hoy, le aconsejaría enérgicamente que se uniera al Banco Grameen,
porque sabría que es muy diferente de los usureros". Luego le dábamos la
explicación de lo que era el Banco Grameen y de lo que eran los usureros.
Y seguimos desde allí. Eso las hacía pensar, en lugar de descartarnos
totalmente de entrada.
De todas formas, tardamos seis años en llegar finalmente a
un nivel en que el número de los prestatarios hombres y mujeres se
equilibrara. Nos ilusionamos muchísimo. Finalmente lo habíamos logrado.
Después empezamos a notar algo extraordinario: el dinero que llegaba a la
familia a través de las mujeres se traducía en muchísimo más beneficio
para la familia que la misma cantidad de dinero llegada a la familia a
través de los hombres, en todos los casos.
En primer lugar, si la madre era la prestataria,
invariablemente el beneficio del préstamo iba directamente a los hijos.
Nunca se veía nada distinto. El impacto de los ingresos de la madre en los
hijos y las hijas de la familia es muy visible. Otra cosa que se nota es
que ella maneja el dinero que recibe del banco con muchísima precaución y
cuidado. Eso viene de la propia experiencia que tiene como mujer en una
familia pobre: desarrolla la habilidad de gestionar recursos escasos en la
familia. A ella siempre se le da una cantidad muy pequeña, pero las
exigencias que tiene que satisfacer con esa cantidad tan pequeña son
enormes, así que tiene que estirar todo con mucho cuidado para que pueda
satisfacer tantas demandas de la familia como sea posible. Así pues,
cuando recibe el dinero aporta esa habilidad especial que ya tiene. Y
tiene una visión a más largo plazo, e intenta salir de la situación de
pobreza en que se encuentra de una manera muy sistemática. Trata de seguir
los principios muy estrictamente para que nunca pierda ningún beneficio
del préstamo que ha recibido. Así que, viendo este panorama, cambiamos
nuestro planteamiento completamente. En lugar de ser equitativos,
manteniendo a los hombres y a las mujeres en un nivel de igualdad, fuimos
un poco audaces: desde ese momento en adelante íbamos a centrarnos sólo en
las mujeres.
A la gente no le gustó, pero seguimos adelante y lo
pusimos en práctica de forma sistemática. Esto frenó nuestro trabajo,
porque encontrar mujeres para unirse al Banco Grameen fue un proceso muy
lento. Hoy, el 95 por ciento de nuestros prestatarios son mujeres, y
muchas de las cosas positivas que han ocurrido con el Banco Grameen se
deben a ellas. Lo han hecho tal como es. Y estamos muy orgullosos de que
han cambiado sus vidas, las vidas de sus familias y todo lo que tienen
alrededor. Cuando vemos a una mujer pobre recibiendo un préstamo solemos
preguntarnos qué hace con ese dinero si no tiene ninguna formación.
Básicamente son mujeres analfabetas, ¿cómo pueden gestionar un negocio?
Cuando una mujer se entera de que su vecina se ha unido al
Banco Grameen y se ha comprado una vaca y está criando la vaca, vendiendo
la leche y ganando dinero, su mente se pone en marcha. Hemos funcionado a
través del ejemplo: la idea de echar a andar un negocio la asusta, pero
cuando se le presenta de forma concreta todo le parece más sencillo. Hoy
día hay una gran variedad de actividades en las que están implicadas las
mujeres en el Banco Grameen, y en ese camino han superado la pobreza.
La satisfacción por los
resultados
El Banco Grameen es la institución más estudiada –el
proyecto de investigación más grande– del mundo. Todos tienen curiosidad
sobre lo que hacemos y quieren enterarse. Piensan que sólo estamos
lanzando grandes afirmaciones, que no pueden ser verdad. ¿Cómo pueden los
pobres cambiar sus vidas sólo con préstamos? Creen que debe de haber algo
más, que exageramos u ocultamos información. Así pues, vienen y nos
estudian. Algunos son estudios muy rápidos, otros son continuos y duran
varios meses o un año, pero el resultado de todos es muy satisfactorio
para nosotros, porque todos los investigadores hallan que la renta de los
prestatarios aumenta de forma continua, y que los niños de estas familias
están avanzando en muchos aspectos, especialmente en términos de
nutrición.
La nutrición en las familias del Banco Grameen es mucho
más alta que en las otras familias. Se ha demostrado una y otra vez. La
mortalidad infantil es muy alta en Bangladesh, pero los estudios
demuestran que se ha reducido en un 37 por ciento a lo largo de un periodo
de diez años. No somos un programa de salud, ni un programa dedicado a la
infancia, pero se crea algo en el sistema que ha hecho reducirse la
mortalidad infantil sistemáticamente.
Las condiciones de la vivienda en familias del Banco
Grameen también son mucho mejores que las condiciones en otras familias,
porque el banco también ofrece préstamos para la vivienda. Cuando quisimos
ofrecer este tipo de préstamos, todo el mundo decía: "Están locos. Dar
préstamos para comprar una vaca es suficiente, pero si dan préstamos para
la vivienda será un desastre. Una vaca da leche y se paga el préstamo
vendiendo la leche, pero una casa no da leche. ¿Cómo se va a pagar el
préstamo para la vivienda?" Insistí en que la forma en que vive la gente
pobre –techos con goteras, suelos de lodo– perjudica la productividad. Si
tuvieran un buen techo y un suelo seco, las mismas personas podrían
trabajar más y cambiar sus vidas. Introduje el préstamo para la vivienda
en 1984 y tuvo una gran acogida por parte de la gente.
Cuando hablo de préstamos para la vivienda no hablo de
grandes cifras sino de cantidades muy pequeñas. Cuando empezamos, estos
préstamos sólo eran de cien dólares y paulatinamente han ido aumentando
hasta seiscientos dólares: una enorme cantidad de dinero para ellos, con
la que construyen casas bonitas. Se sorprenderían ustedes de cómo esta
cantidad de dinero puede dar lugar a una casa tan bonita, con un techo de
estaño, cuatro pilares de hormigón, una letrina y un acceso al agua
potable. Todo eso sale de los préstamos para la vivienda de entre
trescientos y seiscientos dólares.
Hasta ahora hemos concedido más de medio millón de
préstamos para la vivienda y no tenemos ningún problema. Es un préstamo a
diez años, y lo pagan en plazos semanales. Las casas terminadas son para
ellos unas estructuras increíbles, porque la forma en que vivían antes
sólo era apta para los animales. La dignidad que eso les aporta es
importante. Trabajan mucho para asegurarse de nunca saltar ninguno de los
plazos de pago, para que puedan convertirse en propietarias de propio
derecho de la casa que han creado.
Muchas personas siguen visitándonos. Muchos preguntan por
qué no hacerlo en sus propios países, por lo que el microfinanciamiento ha
empezado a extenderse. Existen actualmente casi cien países en los que hay
programas de tipo Grameen, con los mismos resultados. Una vez más, me
planteo la pregunta: ¿Es legítimo decir que los pobres no son aptos para
recibir préstamos, después de haberlo demostrado una y otra vez, año tras
año, mostrando con qué diligencia pagan su crédito y al mismo tiempo
cambian sus vidas? ¿Puede decirse que los pobres no son solventes? Para mí
es muy razonable decir que la verdadera pregunta que debe plantearse no es
si los pobres merecen la confianza de los bancos, sino si los bancos
merecen la confianza del pueblo.
Hemos creado una estructura de instituciones financieras a
la que la mitad de la población del mundo no tiene acceso. Todas las
instituciones financieras que hemos creado alrededor de nosotros sólo
tratan con la mitad más alta de la población del mundo. La mitad más baja
no tiene ningún acceso a todo eso. Probablemente ellos no saben lo que
pierden, porque nacen en esta situación, no saben lo que es contar con
servicios financieros de todo tipo.
Supongamos que todos nos despertáramos mañana y nos
enteráramos de que todos los bancos, todas las instituciones financieras,
han dejado de funcionar de repente. ¿Cuál sería nuestra sensación? ¿Cómo
seguiríamos con nuestras vidas? Nuestras tarjetas de crédito no funcionan,
los cheques no funcionan, los bancos no funcionan. Nada que tenga que ver
con el sistema financiero funciona, ni la bolsa ni los fondos de
inversión. ¿Cómo sería la vida? Sería como la de toda esa mitad de los
habitantes del planeta que no tienen nada de esto.
Ahora, imagínense otro escenario. Supongamos que las
personas que ahora rechaza el sistema bancario se despierten mañana y se
enteren de que de repente cuentan con todo tipo de servicios financieros:
tarjetas de crédito, chequeras, cuentas bancarias, bolsa. Su economía
estaría en auge, vibrante, su actividad saldría a chorros. Y ya no serían
pobres, porque las personas tienen su propia capacidad para cambiar sus
vidas. Cada ser humano está dotado con una enorme capacidad, un enorme
potencial, pero la sociedad no permite que ésta salga. Utilizo el ejemplo
de un árbol bonsái. Es un árbol grande, pero al ponerlo en una pequeña
maceta, sólo se convierte en un árbol pequeño. No crece más porque no
tiene el apoyo para crecer. Las semillas son las mismas, pero debido a que
el apoyo es muy pequeño, no crece. Los pobres son iguales que cualquier
otro ser humano, con toda la capacidad que tiene cualquier otra persona,
pero no tienen el apoyo de la sociedad. Por tanto, son pequeños. Y los
miramos como negligentes: "Mira, no han crecido, son pequeños." No nos
sentimos responsables.
Continuar la obra
La pobreza no es obra de los pobres, sino del sistema que
hemos creado alrededor de ellos. Tenemos que volver al principio y
enterarnos de cuáles son las instituciones que los rechazan: ésa es la
parte importante.
Hemos declarado el objetivo de desarrollo del milenio, y
el mundo entero ha participado. Todos los líderes mundiales, todas las
naciones, han firmado para reducir el número de pobres en el mundo a la
mitad para el año 2015. No hay ninguna polémica, todo el mundo está de
acuerdo, existe un consenso global. Pero, después de firmar el documento,
¿qué hacemos para lograrlo? Ésa es la pregunta que nos tenemos que
plantear. ¿Qué estamos haciendo al respecto? Ya han pasado dos años y
quedan trece, ¿vamos a llegar al 2015 y simplemente olvidarlo sin más, tal
como hicimos –recordarán– en las décadas de los ochenta y los noventa?
Educación para todos para el año 2000. Salud para todos para el año 2000.
Muchas cosas para todos para el año 2000. Y el 2000 llegó y se fue. Ni
siquiera nos molestamos en averiguar lo que habíamos logrado. Todo cayó en
el olvido.
Espero que el 2015 no llegue y se marche de esta manera.
Tenemos que tener mucho cuidado, trabajar mucho, para asegurar que este
compromiso mundial se mantenga. Al intentar conseguirlo estoy seguro de
que prestaremos mucha atención al microcrédito, porque es un instrumento
que cambiará las vidas de los pobres radicalmente. Otro aspecto será la
tecnología de la información. Si se logra llevar la tecnología de la
información a los pobres, junto con el microcrédito, ambas serán
herramientas muy potentes para ayudarlos a salir de la pobreza con su
propia iniciativa, no la de otros. Sólo hay que llevarles los medios, y
luego ellos cambiarán su propio mundo.
Ésta es la historia que quería compartir con ustedes.
Espero que reflexionen sobre por qué no prestamos dinero a los pobres, por
qué no les llevamos todas las demás facilidades que disfrutamos nosotros
mismos.
Mas información
http://www.grameen-info.org/