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Cooperativas, remesas y microcréditos
Frente a la persistente pobreza y la desigualdad que
afligen a América Latina y el Caribe se ha repetido de manera cíclica el
debate entre los partidarios de las reformas y los que favorecen el camino
de las revoluciones como medios para encontrar una salida justa a la
situación. Sin embargo, ¿qué constituye una política de reformas?, y ¿de
qué manera imaginamos el camino de la revolución?
Una revolución es, ante todo, un cambio radical –
de raíz- de las estructuras existentes. Pese a que las más conocidas son
las políticas, lo cierto es que hay revoluciones culturales, tecnológicas
y civilizatorias que tienen mayor alcance, profundidad y permanencia que
las revoluciones políticas. La Revolución Francesa como proceso político
fue de corta duración, pero las ideas de Iluminismo y la Revolución
Industrial pusieron en marcha procesos de larga duración histórica cuya
vigencia permanece aún en el presente.
En las ultimas décadas del siglo XX otros tres grandes
procesos históricos de larga duración, de naturaleza profundamente
revolucionaria, se pusieron en marcha: el nuevo proceso civilizatorio
representado por la emersión de las tecnologías que sirven de base a los
procesos de globalización y la emersión de sociedades de la información,
la subversión cultural de milenios de patriarcalismo por el movimiento de
mujeres y la reconversión de mentalidades a favor del desarrollo
sustentable que promueve el movimiento ecologista. Ninguna de las
revoluciones que llegaron a tomar el poder político en el siglo XX tiene
la relevancia histórica de cualquiera de estas tres revoluciones que están
engendrando nuevos procesos de larga duración, sustitutos de otros que los
precedieron.
Pero lo que siempre ha caracterizado y atraído del mensaje
revolucionario es la convicción que transmite de que la solución a todos
los males e infelicidades es simple y está al alcance de la mano. Hay una
cura rápida a la injusticia, la desigualdad y la pobreza. Las revoluciones
son, ante todo, la expresión de la pérdida definitiva de paciencia con el
status quo distributivo o la opresión. Quizás a eso se debe el gran
déficit intelectual de las fuerzas revolucionarias en dos temas claves.
Los grandes debates que monopolizaron su atención en el pasado siglo
fueron sobre cómo tomar el poder y distribuir de manera más justa la
riqueza. Menos tiempo se dedicó a analizar cómo crear riquezas de manera
eficiente y sostenible, y a cómo administrar el poder de manera
democrática.
Sin duda, la concentración de poder económico y la
capacidad de ciertas potencias de sacar ventaja de las reglas de la
economía mundial apoyándose en el actual modelo de globalización
neoliberal resulta cada vez más en situaciones de opresión y exclusión
social intolerables. Estas reglas tienen también un impacto negativo, en
muchas circunstancias, para las pequeñas y medianas empresas de muchos
países. Esa realidad ha motivado la creación de amplios bloques de la
opinión pública que se movilizan tras la demanda de transparencia y
democratización de las negociaciones sobre acuerdos de libre comercio. Se
trata de un movimiento que reclama la de reforma radical del modelo de
globalización a favor de otro con reglas justas para el comercio mundial.
Pero ha surgido un nuevo fenómeno que –sin negar la
validez de esos otros importantes movimientos sociales- intenta trascender
las definiciones rígidas de la reforma y la revolución fusionando ambos en
una reforma revolucionaria de la manera en que nos aproximamos a
los temas de desarrollo. Y, como tal, es una revolución de nuestras
percepciones e imaginario en torno a la pobreza y el desarrollo
sustentable.
Un nuevo proceso revolucionario, paciente, invisible,
ingenioso y tozudo, -que no se presenta a si mismo como una Panacea para
alcanzar la felicidad de la humanidad, sino como una herramienta para
iniciar la transformación de las vidas de personas concretas- viene
teniendo lugar en el campo de la generación de riquezas. No se le reconoce
a menudo como tal porque no ha surgido de partidos políticos sino de
iniciativas que lograron poner en marcha
movimientos de base. Se le mira con desprecio por la izquierda tradicional
porque consideran que no es radical, emplea herramientas del propio
sistema, no moviliza masas en las calles y no se propone la toma del poder
político. Es un movimiento que lejos de plantearse la abolición de la
propiedad privada parece empeñado en convertir al mayor número posible en
emprendedores propietarios: el del cooperativismo, la microempresa y la
responsabilidad social y ambiental empresarial.
Sin embargo, esta es una revolución potencialmente más
radical que otras que reclaman ese título. Tiene sus propios héroes, es
prolongada, transformadora de las relaciones de poder, plantea un cambio
en los vínculos que sostiene la producción con la comunidad y el medio
ambiente, y se desarrolla por vías no violentas y democráticas. Sin
proclamarse la única estrategia posible de desarrollo ni una fórmula
mágica para todo tiempo y lugar, pretende contribuir a poner término al
escándalo del siglo XXI: la persistencia de la pobreza en un mundo en que
ya es posible prescindir de ella. Si la abolición de la esclavitud fue el
objetivo perseguido inútilmente por movimientos milenarios previos al
surgimiento de la Revolución Industrial, la erradicación de la pobreza es
hoy uno de los más radicales objetivos que pueda plantearse la humanidad
después de sufrirla a lo largo de su historia.
Como ocurre a los procesos políticos, a esta revolución se
incorporan no sólo los que creen en sus objetivos sino también los
que desean manipularlo para sus propios fines y agenda. Algunas de
sus ideas han resultado tan exitosas –como es el caso de los microcréditos
y la responsabilidad corporativa- que ahora pretenden ser asimiladas por
fuerzas del status quo que ven en ellas nuevas fuentes de ganancias y
credibilidad, sin tener que hacer cambios profundos en sus propias
entidades.
Estos pioneros se han dedicado a empoderar familias en
distintos lugares del planeta para construir, ahora y aquí, un medio
decente de existencia y trabajo. En ese bregar han sufrido importantes
reveses y han tenido el coraje y la lucidez de renovarse para seguir
adelante. A veces amenazan a los intereses de caciques locales y han
sufrido consecuencias graves por su coraje. Si tan sólo fuera por eso se
han ganado el derecho a hacerse escuchar. Es el ejercicio de ese derecho
el que Futuros desea facilitarles en esta edición.
La experiencia práctica, no la teoría, es el fuerte de
estos revolucionarios pacientes e ignorados. Pero cuando hay quienes
pretenden encerrarnos en una insalvable dicotomía -populismo versus
neoliberalismo- estos activistas desean presentarnos elementos que
pudieran llegar a constituir los integrantes de un nuevo régimen de
gobernabilidad democrática entre el Estado, el Mercado y la Sociedad
Civil.
Los bancos de microcrédito para iniciar pequeñas empresas
o construir viviendas y el empleo productivo y social de las remesas
familiares son algunas de las herramientas que financian esta revolución.
Como plantea uno de los autores, las remesas, "aún tienen un inmenso
impacto económico en esta región, donde el año pasado superaron a la suma
de la inversión extranjera directa más la cooperación externa. Además,
estos flujos cumplen un papel social fundamental al cubrir las necesidades
básicas y elevar la calidad de vida de millones de familias en la región."
Muhammad Yunus, director y fundador del Grameen Bank de
Bangla Desh e inventor de los microcréditos, afirma a partir de su exitosa
experiencia que "si se logra llevar la tecnología de la información a los
pobres, junto con el microcrédito, ambas serán herramientas muy potentes
para ayudarlos a salir de la pobreza con su propia iniciativa, no la de
otros. Sólo hay que llevarles los medios, y luego ellos cambiarán su
propio mundo." En América Latina, donde más del 85% de las empresas son
pequeñas o medianas, estas consideraciones son de gran importancia.
También lo es el que en la actualidad el 95% de las personas con créditos
del Grameen Bank sean mujeres quienes, según afirma Muhammad Yunus, han
demostrado constituir los más eficaces y emprendedores clientes de la
institución que dirige.
Pero hay una cuestión filosófica de mayor profundidad
planteada por esta ignorada revolución. Es el tema de la felicidad humana.
¿Se trata de un problema que resuelve exclusivamente una distribución más
justa de bienes y el elevamiento del consumo? Uno de nuestros autores
indaga esta interrogante:
"¿Genera felicidad el desarrollo? Parecería lógico pensar
que cuanto más desarrollados estamos
y más acceso tenemos a distintos tipos de bienes y servicios más
satisfechos hemos de estar con nuestra vida. Paradójicamente, la realidad
parece ser otra. De acuerdo a las encuestas disponibles, en los países
ahora desarrollados no ha aumentado la felicidad en la última mitad de
siglo.
Los estudios empíricos de Richard Easterlin muestran que
las personas que afirman ser 'muy felices' se han mantenido constante en
el 30 %; mientras que las personas que 'no son muy felices' apenas ha
disminuido. Esto se ha venido a conocer como la 'Paradoja de Easterlin',
que señala que pese a que en los últimos cincuenta años se ha doblado la
renta por habitante, felicidad de las personas no ha aumentado. ¿Por qué
los aumentos de renta no generan mayor felicidad? ¿Por qué no hemos
cambiado nada al respecto? ¿Qué políticas podrían ayudar a incrementar la
felicidad del hombre?"
La respuesta parece radicar en la capacidad para
participar -de manera libre y autónoma- en la búsqueda de la felicidad.
Las personas aspiran a vivir de manera decente y eso
supone la satisfacción de necesidades humanas básicas. Pero constituye
también una necesidad humana básica e irrenunciable la libertad
para poder definir un proyecto de vida y felicidad que no niegue el
derecho de otros a alcanzarla y estar empoderado para alcanzarlo. Por eso
las revoluciones que tengan la felicidad humana por meta han de asegurar
el pan y la libertad al mismo tiempo.
El respeto a todos los derechos humanos –económicos,
sociales y culturales, pero también políticos y civiles- es, como afirma
Saramago, el único programa genuinamente progresista. Amartya Sen tiene
razón: sin libertad no hay desarrollo…ni felicidad.
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