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ISSN 1913-6196

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  La revolución ignorada

Desarrollo Humano Sustentable

Revista Futuros

 

Cooperativas, remesas y microcréditos

Frente a la persistente pobreza y la desigualdad que afligen a América Latina y el Caribe se ha repetido de manera cíclica el debate entre los partidarios de las reformas y los que favorecen el camino de las revoluciones como medios para encontrar una salida justa a la situación. Sin embargo, ¿qué constituye una política de reformas?, y ¿de qué manera imaginamos el camino de la revolución?

Una revolución es, ante todo, un cambio radical – de raíz- de las estructuras existentes. Pese a que las más conocidas son las políticas, lo cierto es que hay revoluciones culturales, tecnológicas y civilizatorias que tienen mayor alcance, profundidad y permanencia que las revoluciones políticas. La Revolución Francesa como proceso político fue de corta duración, pero las ideas de Iluminismo y la Revolución Industrial pusieron en marcha procesos de larga duración histórica cuya vigencia permanece aún en el presente.

En las ultimas décadas del siglo XX otros tres grandes procesos históricos de larga duración, de naturaleza profundamente revolucionaria, se pusieron en marcha: el nuevo proceso civilizatorio representado por la emersión de las tecnologías que sirven de base a los procesos de globalización y la emersión de sociedades de la información, la subversión cultural de milenios de patriarcalismo por el movimiento de mujeres y la reconversión de mentalidades a favor del desarrollo sustentable que promueve el movimiento ecologista. Ninguna de las revoluciones que llegaron a tomar el poder político en el siglo XX tiene la relevancia histórica de cualquiera de estas tres revoluciones que están engendrando nuevos procesos de larga duración, sustitutos de otros que los precedieron.

Pero lo que siempre ha caracterizado y atraído del mensaje revolucionario es la convicción que transmite de que la solución a todos los males e infelicidades es simple y está al alcance de la mano. Hay una cura rápida a la injusticia, la desigualdad y la pobreza. Las revoluciones son, ante todo, la expresión de la pérdida definitiva de paciencia con el status quo distributivo o la opresión. Quizás a eso se debe el gran déficit intelectual de las fuerzas revolucionarias en dos temas claves. Los grandes debates que monopolizaron su atención en el pasado siglo fueron sobre cómo tomar el poder y distribuir de manera más justa la riqueza. Menos tiempo se dedicó a analizar cómo crear riquezas de manera eficiente y sostenible, y a cómo administrar el poder de manera democrática.

Sin duda, la concentración de poder económico y la capacidad de ciertas potencias de sacar ventaja de las reglas de la economía mundial apoyándose en el actual modelo de globalización neoliberal resulta cada vez más en situaciones de opresión y exclusión social intolerables. Estas reglas tienen también un impacto negativo, en muchas circunstancias, para las pequeñas y medianas empresas de muchos países. Esa realidad ha motivado la creación de amplios bloques de la opinión pública que se movilizan tras la demanda de transparencia y democratización de las negociaciones sobre acuerdos de libre comercio. Se trata de un movimiento que reclama la de reforma radical del modelo de globalización a favor de otro con reglas justas para el comercio mundial.

Pero ha surgido un nuevo fenómeno que –sin negar la validez de esos otros importantes movimientos sociales- intenta trascender las definiciones rígidas de la reforma y la revolución fusionando ambos en una reforma revolucionaria de la manera en que nos aproximamos a los temas de desarrollo. Y, como tal, es una revolución de nuestras percepciones e imaginario en torno a la pobreza y el desarrollo sustentable.

Un nuevo proceso revolucionario, paciente, invisible, ingenioso y tozudo, -que no se presenta a si mismo como una Panacea para alcanzar la felicidad de la humanidad, sino como una herramienta para iniciar la transformación de las vidas de personas concretas- viene teniendo lugar en el campo de la generación de riquezas. No se le reconoce a menudo como tal porque no ha surgido de partidos políticos sino de iniciativas que lograron poner en marcha movimientos de base. Se le mira con desprecio por la izquierda tradicional porque consideran que no es radical, emplea herramientas del propio sistema, no moviliza masas en las calles y no se propone la toma del poder político. Es un movimiento que lejos de plantearse la abolición de la propiedad privada parece empeñado en convertir al mayor número posible en emprendedores propietarios: el del cooperativismo, la microempresa y la responsabilidad social y ambiental empresarial.

Sin embargo, esta es una revolución potencialmente más radical que otras que reclaman ese título. Tiene sus propios héroes, es prolongada, transformadora de las relaciones de poder, plantea un cambio en los vínculos que sostiene la producción con la comunidad y el medio ambiente, y se desarrolla por vías no violentas y democráticas. Sin proclamarse la única estrategia posible de desarrollo ni una fórmula mágica para todo tiempo y lugar, pretende contribuir a poner término al escándalo del siglo XXI: la persistencia de la pobreza en un mundo en que ya es posible prescindir de ella. Si la abolición de la esclavitud fue el objetivo perseguido inútilmente por movimientos milenarios previos al surgimiento de la Revolución Industrial, la erradicación de la pobreza es hoy uno de los más radicales objetivos que pueda plantearse la humanidad después de sufrirla a lo largo de su historia.

Como ocurre a los procesos políticos, a esta revolución se incorporan no sólo los que creen en sus objetivos sino también los que desean manipularlo para sus propios fines y agenda. Algunas de sus ideas han resultado tan exitosas –como es el caso de los microcréditos y la responsabilidad corporativa- que ahora pretenden ser asimiladas por fuerzas del status quo que ven en ellas nuevas fuentes de ganancias y credibilidad, sin tener que hacer cambios profundos en sus propias entidades.

Estos pioneros se han dedicado a empoderar familias en distintos lugares del planeta para construir, ahora y aquí, un medio decente de existencia y trabajo. En ese bregar han sufrido importantes reveses y han tenido el coraje y la lucidez de renovarse para seguir adelante. A veces amenazan a los intereses de caciques locales y han sufrido consecuencias graves por su coraje. Si tan sólo fuera por eso se han ganado el derecho a hacerse escuchar. Es el ejercicio de ese derecho el que Futuros desea facilitarles en esta edición.

La experiencia práctica, no la teoría, es el fuerte de estos revolucionarios pacientes e ignorados. Pero cuando hay quienes pretenden encerrarnos en una insalvable dicotomía -populismo versus neoliberalismo- estos activistas desean presentarnos elementos que pudieran llegar a constituir los integrantes de un nuevo régimen de gobernabilidad democrática entre el Estado, el Mercado y la Sociedad Civil.

Los bancos de microcrédito para iniciar pequeñas empresas o construir viviendas y el empleo productivo y social de las remesas familiares son algunas de las herramientas que financian esta revolución. Como plantea uno de los autores, las remesas, "aún tienen un inmenso impacto económico en esta región, donde el año pasado superaron a la suma de la inversión extranjera directa más la cooperación externa. Además, estos flujos cumplen un papel social fundamental al cubrir las necesidades básicas y elevar la calidad de vida de millones de familias en la región."

Muhammad Yunus, director y fundador del Grameen Bank de Bangla Desh e inventor de los microcréditos, afirma a partir de su exitosa experiencia que "si se logra llevar la tecnología de la información a los pobres, junto con el microcrédito, ambas serán herramientas muy potentes para ayudarlos a salir de la pobreza con su propia iniciativa, no la de otros. Sólo hay que llevarles los medios, y luego ellos cambiarán su propio mundo." En América Latina, donde más del 85% de las empresas son pequeñas o medianas, estas consideraciones son de gran importancia. También lo es el que en la actualidad el 95% de las personas con créditos del Grameen Bank sean mujeres quienes, según afirma Muhammad Yunus, han demostrado constituir los más eficaces y emprendedores clientes de la institución que dirige.

Pero hay una cuestión filosófica de mayor profundidad planteada por esta ignorada revolución. Es el tema de la felicidad humana. ¿Se trata de un problema que resuelve exclusivamente una distribución más justa de bienes y el elevamiento del consumo? Uno de nuestros autores indaga esta interrogante:

"¿Genera felicidad el desarrollo? Parecería lógico pensar que cuanto más desarrollados estamos y más acceso tenemos a distintos tipos de bienes y servicios más satisfechos hemos de estar con nuestra vida. Paradójicamente, la realidad parece ser otra. De acuerdo a las encuestas disponibles, en los países ahora desarrollados no ha aumentado la felicidad en la última mitad de siglo.

Los estudios empíricos de Richard Easterlin muestran que las personas que afirman ser 'muy felices' se han mantenido constante en el 30 %; mientras que las personas que 'no son muy felices' apenas ha disminuido. Esto se ha venido a conocer como la 'Paradoja de Easterlin', que señala que pese a que en los últimos cincuenta años se ha doblado la renta por habitante, felicidad de las personas no ha aumentado. ¿Por qué los aumentos de renta no generan mayor felicidad? ¿Por qué no hemos cambiado nada al respecto? ¿Qué políticas podrían ayudar a incrementar la felicidad del hombre?"

La respuesta parece radicar en la capacidad para participar -de manera libre y autónoma- en la búsqueda de la felicidad.

Las personas aspiran a vivir de manera decente y eso supone la satisfacción de necesidades humanas básicas. Pero constituye también una necesidad humana básica e irrenunciable la libertad para poder definir un proyecto de vida y felicidad que no niegue el derecho de otros a alcanzarla y estar empoderado para alcanzarlo. Por eso las revoluciones que tengan la felicidad humana por meta han de asegurar el pan y la libertad al mismo tiempo.

El respeto a todos los derechos humanos –económicos, sociales y culturales, pero también políticos y civiles- es, como afirma Saramago, el único programa genuinamente progresista. Amartya Sen tiene razón: sin libertad no hay desarrollo…ni felicidad.

   

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