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ISSN 1913-6196

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 Colombia: cuerpos marcados, crímenes silenciados

Derechos Humanos y democracia

Amnistía Internacional

Este texto es un fragmento del documento titulado
"Colombia – Cuerpos marcados, crímenes silenciados.
 Violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado"
 (Índice AI: AMR 23/040/2004), publicado por Amnistía Internacional en octubre de 2004.
Si desean más información o emprender acciones sobre este asunto,
consulten el documento principal.
Pueden encontrar una amplia selección de materiales sobre éste y otros temas
 en http://www.amnistiainternacional.org/,
 y nuestros comunicados de prensa se pueden recibir por correo electrónico: http://web.amnesty.org/news/eslindex.
Para los documentos traducidos al español consulten:
http://web.amnesty.org/library/eslindex

Futuros recomienda a sus lectores la lectura de este estremecedor informe.
Versión completa (pdf)

  Violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado

Durante los últimos 20 años el conflicto armado interno en Colombia se ha cobrado la vida de al menos 70.000 personas, la gran mayoría de ellas civiles muertos fuera de combate. Decenas de miles han sido secuestrados, "desaparecidos" y torturados, y más de tres millones se han visto obligados a abandonar sus hogares. En el curso de los 40 años del conflicto se han enfrentado las fuerzas de seguridad y los paramilitares, apoyados por el ejército, con los grupos guerrilleros en una lucha por el control del territorio y los recursos económicos. La población civil ha sido la más afectada por esta violencia. No sólo por haber quedado "atrapada entre dos fuegos", sino porque a menudo se la ha colocado en el punto de mira de forma directa y deliberada, por ejemplo para eliminar a quienes se considera que apoyan al "enemigo" o para sembrar el terror con el fin de "limpiar" territorios de interés económico o estratégico para los grupos armados o para aquellos que los respaldan.

La violencia contra las mujeres, en particular la violencia y la explotación sexuales – llegando hasta la violación y la mutilación genital–, forma parte integral del conflicto armado y continúa siendo una práctica extendida que utilizan todos los bandos del conflicto. Las mujeres son objetivo de los grupos armados por diversas razones: por transgredir roles de género o desafiar prohibiciones impuestas por los grupos armados, o por ser consideradas un blanco útil a través del cual humillar al enemigo.

La violación y otros delitos sexuales, como la mutilación genital, son prácticas frecuentes de las fuerzas de seguridad y sus aliados paramilitares como parte del repertorio de tácticas de terror que emplean contra las comunidades situadas en zonas de conflicto a las que acusan de colaborar con la guerrilla. Estas tácticas están concebidas para provocar desplazamientos en masa o romper los vínculos, presuntos o reales, entre dichas comunidades y las fuerzas guerrilleras. En este marco, la impunidad de que gozan los autores de estos delitos no es accidental, sino que forma parte de la estrategia de contrainsurgencia. Al sembrar el terror y explotar a las mujeres para conseguir objetivos militares, han convertido sus cuerpos en campos de batalla.

El abuso y la mutilación de índole sexual de mujeres y niñas es una característica común de las masacres perpetradas por los grupos paramilitares frecuentemente actuando en connivencia con las fuerzas de seguridad. Muchas mujeres también han sufrido abusos tras ser secuestradas por grupos armados ilegales, mientras estaban bajo la custodia de las fuerzas de seguridad o durante registros domiciliarios. Los grupos paramilitares y guerrilleros también han secuestrado a mujeres para que prestaran servicios sexuales a sus mandos y han reclutado a mujeres y niñas de las que posteriormente sus compañeros han abusado sexualmente. Asimismo, los grupos guerrilleros han obligado a las combatientes a abortar y utilizar métodos anticonceptivos. La violencia sexual contra mujeres en zonas que los grupos armados se disputan militarmente ha sido especialmente numerosa. Entre los sectores que corren más peligro están las afrodescendientes y las indígenas, las desplazadas, las campesinas y las pobladoras de barrios de la periferia de las ciudades, muchas de ellas ya desplazadas.

Los grupos guerrilleros y los paramilitares apoyados por el ejército han intentado controlar los aspectos más íntimos de la vida de las mujeres imponiendo normas invasivas, interviniendo en conflictos familiares y comunitarios e infligiendo castigos como la violación, la mutilación sexual y la flagelación a quienes osan transgredirlas. Estas normas se basan en estereotipos de género muy arraigados culturalmente, y por tanto también las lesbianas, los gays y los presuntos portadores del VIH o enfermos de sida son objeto de la violencia de paramilitares y guerrillas.

La violencia sexual contra las mujeres ha sido ignorada durante mucho tiempo, no sólo por las autoridades colombianas, sino por la población en general, que siempre la ha considerado como algo que pertenece al ámbito privado. Es una forma característica de agresión que, contra toda lógica, avergüenza a la superviviente, no al perpetrador. Las supervivientes suelen ser aisladas y estigmatizadas por sus propias comunidades, y el Estado no se ha mostrado dispuesto a poner a los responsables en manos de la justicia. Cuando se investiga judicialmente un caso de violencia sexual, el trato que reciben las supervivientes suele ser degradante, algunas supervivientes incluso se encuentran bajo investigación y los perpetradores son raras veces identificados y más raramente aún castigados por sus delitos. El tratamiento médico para las supervivientes de abusos sexuales es prácticamente inexistente para quienes no pueden pagarlo. Así, la violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado ha seguido permaneciendo oculta tras un muro de silencio fomentado por la discriminación y la impunidad. Las mujeres que la padecen se han convertido en las víctimas invisibles del conflicto.

El objetivo de este informe es ofrecer una plataforma a las mujeres que han sobrevivido a la violencia sexual, cuyas voces rara vez se escuchan debido a la vergüenza y el temor que han experimentado durante tanto tiempo, y así contribuir a que se conozca más la magnitud y la gravedad de la violencia contra las mujeres en el conflicto armado colombiano. Muchas de las mujeres que hablaron con Amnistía Internacional no se habían sentido hasta ahora con fuerzas para contar su historia, a pesar de que en algunos casos habían pasado años desde lo sucedido. La organización agradece a estas mujeres y niñas su valor para denunciar los hechos. A ellas está dedicado este informe.

  Introducción

A una chica de 18 años con embarazo le metieron un palo por las partes y se asomó por arriba. La descuartizaron. [...] A las mujeres las desnudaron y las pusieron a bailar delante de sus maridos. Varias fueron violadas. Desde un rancho próximo a El Salado [departamento de Bolívar] se escuchaban los gritos [...]. 1

Las muchachas viven acosadas y amenazadas por milicianos [guerrilleros urbanos] y paramilitares. Las acusan de relacionarse con los del bando contrario. Entre febrero y marzo [de 2004] han aparecido en la zona tres cuerpos de niñas violadas. Marcan su territorio marcando los cuerpos de las mujeres. Es un terror sin ruido. Por un lado, castigan a aquellas que usan descaderados, y otras veces, las obligan a vestirse con escotados y minifaldas para llevárselas a sus fiestas 2

En el curso de los 40 años del conflicto colombiano, todos los grupos armados –fuerzas de seguridad, paramilitares y guerrilla– han abusado o explotado sexualmente a las mujeres, tanto a las civiles como a sus propias combatientes, y han tratado de controlar las esferas más íntimas de sus vidas. Sembrando el terror entre la población, explotando e instrumentalizando a las mujeres para conseguir objetivos militares, han convertido los cuerpos en terreno de batalla. Los graves abusos cometidos por todos los bandos del conflicto armado siguen ocultos tras un muro de silencio alimentado por la discriminación y la impunidad, lo que a su vez atiza la violencia, característica del conflicto armado interno colombiano. Las mujeres y las niñas son las víctimas ocultas de esa guerra.

Los hombres también han sido víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado. Pero el abuso y la explotación sexual que sufren las mujeres y las niñas ha sido ignorado durante largo tiempo, no sólo porque la violencia contra ellas se ha considerado algo perteneciente a la esfera privada, sino porque el temor y la vergüenza que despierta el abuso sexual han impedido que muchas mujeres lo denuncien. Las mujeres y las niñas en Colombia son víctimas de la violencia doméstica y de la violencia basada en la comunidad. Pero el conflicto exacerba estas formas de violencia y el estereotipo de género que las sustenta.

Considerados y tratados sus cuerpos como territorio a conquistar por los contendientes, los motivos por los que las mujeres están en el punto de mira son diversos: sembrar el terror en las comunidades, facilitando imponer el control militar; obligar a la gente a huir de sus hogares y así ayudar a conseguir territorio; vengarse de los adversarios; acumular "trofeos de guerra" y explotarlas como esclavas sexuales. La violencia sexual, por tanto, ha marcado de forma indeleble la vida de las mujeres en Colombia. Hombres y mujeres también han sido atacados por su orientación sexual o su identidad de género.

En Colombia, como en otros lugares, las cifras oficiales no reflejan la magnitud que ha alcanzado el problema de la violencia sexual. Hay razones para creer que los casos de violación son muchos más de los que se notifican. Por ejemplo, pese a las huellas a menudo manifiestas sobre los cuerpos, esta violencia rara vez consta en los informes de las autopsias. Pocos perpetradores comparecen alguna vez ante los tribunales por violar los derechos humanos, y menos aún si se trata de delitos de violencia sexual. Así, esta doble invisibilidad agrava la terrible suerte que corren las personas afectadas. Como muestra este informe, la violencia contra las mujeres en el marco del conflicto armado es una práctica extendida.

El año pasado, más de 220 mujeres perdieron la vida por motivos sociopolíticos fuera de los lugares de combate –en las calles, en sus hogares o en el lugar de trabajo– y 20 "desaparecieron". Según los informes, las fuerzas de seguridad fueron responsables directas de aproximadamente el 5 por ciento de estas muertes, los paramilitares respaldados por el ejército, del 26 por ciento, y la guerrilla, del 16 por ciento. En el resto de los casos no se identificó a los responsables. Según cifras del Informe sobre Desarrollo Humano para Colombia del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente a 2003, titulado El Conflicto, Callejón con Salida, el número de mujeres muertas por motivos relacionados con el conflicto pero no en combate aumentó un 20 por ciento entre 2000-2001 y 2001-2002. Durante este periodo, un 6 por ciento de todos los muertos en combate y fuera de combate y de las "desapariciones" fueron mujeres, así como un 10 por ciento de las víctimas de torturas, un 11 por ciento de los muertos por minas antipersonales y un 18 por ciento de los secuestrados. Además, el 17 por ciento de los defensores de los derechos humanos muertos eran mujeres, al igual que el 16 por ciento de los sindicalistas y el 16 por ciento de los integrantes de comunidades indígenas.

Tan intolerables como los crímenes perpetrados pueden ser las respuestas de las autoridades y las instituciones del Estado, que deben actuar para poner fin a tales abusos. En Colombia, quienes sobreviven pueden encontrar muy difícil conseguir asistencia médica, tratamiento de urgencia y medidas de apoyo, y también encuentran muchos obstáculos para conseguir que se haga justicia. Cuando un Estado no cumple con su responsabilidad de ejercer la debida diligencia para prevenir, castigar y erradicar la violencia sexual y de género, el mensaje que está lanzando es de tolerancia o incluso de aprobación de esta práctica. Con su silencio e inacción ante los abusos, el gobierno colombiano los está tolerando y está fomentando la comisión de nuevos delitos.

Las supervivientes de la violencia sexual se enfrentan a otra extenuante batalla más, esta vez en el seno de sus familias y comunidades, que a menudo las culpabilizan y aíslan. Las supervivientes pueden verse sometidas a severas normas, sociales y culturales, que las responsabilizan del ataque. Para muchas, sobrevivir a la violencia sexual, significa vivir para no contarlo. Excluidas por sus amigos y familias, y ante las amenazas de sus agresores, con frecuencia se ven forzadas irse de sus comunidades, sin que logren apartar de sus vidas el temor a sufrir nuevos abusos. "Ana María", superviviente de violación en grupo que vive en Medellín, refleja la experiencia de estas mujeres que quedan libradas a sus propias fuerzas para continuar:

Hace dos años saliendo de Neiva [departamento de Huila] el ejército nos bajó [del autobús]. Al muchacho que estaba conmigo lo mataron. A mi me violaron entre ocho y nueve soldados. Me dejaron en el camino, hasta que cogí un carro. Cuando llegué a Dabeiba [departamento de Antioquia] estaban los paramilitares. Dijeron que yo era de la guerrilla. El comandante de los paramilitares me violó. [...] A una le toca quedarse callada… Si hablas la gente dice que una se lo buscó…Me vine para Medellín [...]. Cuando entra el ejército me vuelven los pensamientos que me va a pasar lo mismo. Como una pesadilla que no acaba […].3

Por lo general, las autoridades ignoran y desatienden las lesiones y las secuelas médicas y psicológicas que genera esta violencia, como por ejemplo el contagio de enfermedades de transmisión sexual (ETS) como el VIH/sida, o el embarazo producto de una violación. Las organizaciones de la sociedad civil, entre ellas de manera destacada los grupos de mujeres, han intentado llenar este vacío, pero con frecuencia ellas también son objeto de ataques por su labor en defensa de los derechos humanos o de alternativas sociales y económicas, así como por intentar sacar a la luz la violencia sexual y ofrecer tratamiento a quienes sobreviven a ella.

La investigación en el ámbito de la violencia contra las mujeres presenta considerables dificultades, especialmente a la hora de establecer contacto directo con las supervivientes de los abusos, muchas de las cuales temen sufrir represalias o que su familia y su comunidad se avergüence de ellas. Además, muchas zonas de Colombia son inaccesibles para los activistas de derechos humanos, y en otras éstos no pueden ayudar a las víctimas por haber sido amenazados, intimidados, ejecutados o expulsados de sus comunidades. Aunque los casos que aparecen en este informe no han podido verificarse de forma independiente debido a la falta de investigaciones judiciales, el hecho de que Amnistía Internacional haya recibido tantos informes similares y coincidentes de violencia sexual procedentes de todo el país lleva a la organización a considerar que estos testimonios son exactos y fiables.

Con este informe, Amnistía Internacional espera contribuir a que se conozca más el alcance y la gravedad de la violencia contra las mujeres en Colombia. Sin embargo, sin una fuerte presencia de activistas de derechos humanos que notifiquen y canalicen los casos, no es probable que la opinión pública colombiana ni la internacional lleguen a conocer nunca la verdadera magnitud de estos abusos.

Durante la investigación llevada a cabo para este informe, Amnistía Internacional mantuvo contacto con organizaciones de mujeres, grupos de derechos humanos, organizaciones sociales, grupos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales y representantes de pueblos indígenas y comunidades afrocolombianas. La organización también se reunió con autoridades colombianas e instituciones del Estado responsables de temas relacionados con la violencia contra las mujeres y las niñas. De todos ellos recibió información. Amnistía Internacional visitó Colombia en 2003 y 2004 para investigar la violencia sexual en diferentes zonas del país, y fruto de estas visitas es este informe, que forma parte de la Campaña para Combatir la Violencia contra las Mujeres, una campaña internacional iniciada en marzo de 2004. Durante las visitas, la organización se entrevistó con autoridades del gobierno, supervivientes, testigos, activistas y organizaciones que investigan y prestan asistencia a las víctimas. Este informe se basa en los testimonios de primera mano de las supervivientes.

El temor de testigos y supervivientes que accedieron a hablar con Amnistía Internacional es palpable. Y el trauma que afecta a estas mujeres y niñas es absolutamente real. Hasta ahora muchas no se habían sentido con fuerzas para contar su historia, a pesar de que en ocasiones habían transcurrido años desde lo sucedido. La organización agradece a estas mujeres y niñas el valor de denunciar los hechos. Los nombres de algunas de ellas se han modificado para mantenerlas en el anonimato.

El continuo de la violencia contra las mujeres

Las cifras sobre abusos sexuales son alarmantes, pero probablemente subestiman mucho el problema. El PNUD, en su Informe sobre Desarrollo Humano del año 2000, 4 cuyas estadísticas son las más recientes disponibles, estimaba que aproximadamente entre el 60 y el 70 por ciento de las mujeres en Colombia había sufrido en carne propia alguna modalidad de violencia (maltrato físico, psíquico o sexual). No obstante, menos de la mitad busca ayuda y apenas el 9 por ciento denuncia la agresión. El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses –responsable de llevar a cabo informes forenses sobre las lesiones y la muerte cuando se sospecha que se trata de un delito– informó a Amnistía Internacional de que en el período transcurrido entre los años 2000 al 2002 se realizaron 40.489 dictámenes medicolegales por posibles delitos sexuales. Sin embargo, los datos no se encuentran desglosados y por consiguiente no es posible analizar qué hechos son consecuencia directa del conflicto armado.

En Colombia, las mujeres y las niñas no sólo padecen el peligro, las penalidades y el sufrimiento inherente a cualquier conflicto armado, sino que tienen que soportar la discriminación por motivos de género, habitual en Colombia al igual que en muchas sociedades de todo el mundo. Es este continuo de violencia contra las mujeres, que va de la violencia doméstica a la relacionada con el conflicto, lo que resulta particularmente corrosivo. La ocurrencia diaria de la discriminación por motivos de género y el abuso sexual, combinada con otras formas de discriminación relacionada con el conflicto ha puesto a las mujeres en una situación de especial riesgo. "Isabel" residía en una localidad de Norte de Santander cuando a los 12 años se unió a las FARC:

Mi padre abusaba [sexualmente] de mí desde los cinco años. Él no quería que estudiara ni que hablara con nadie. Sólo trabajar ordeñando las vacas. Mi mamá no sabía nada. Él era el que mandaba. Mi padre fue a buscarme pero no volví. Las FARC me dieron una K-47 con tres proveedores, ropa y botas. Ya no podría [mi padre] hacerme daño. [...] Ahora que ya no estoy en las armas, quisiera irme fuera para estudiar y trabajar. Porque yo valgo. [...] Nunca he contado a nadie de los abusos. Nadie antes me lo había preguntado. Además, esas cosas se callan. Sólo sabía que yo tenía que irme.5

"Sofía" se desempeñaba como empleada doméstica desde los 12 años. A los 15 años fue violada por su empleador, un paramilitar, y quedó embarazada. Fue obligada a servir de guía en el marco de acciones de patrullaje en el territorio de Montes de María en el departamento de Bolívar, su lugar de origen. En dicha zona los grupos paramilitares llevaron a cabo sucesivas masacres y homicidios selectivos:

[...], cuando estaba embarazada de mi hija, estando embarazada de siete meses, me escapé, pero como nunca tenía un peso ni nada, él me encontró en la carretera y me llevó a la finca a un lugar donde no había nadie y allá con un palo de hierro me golpeó por todos lados estando embarazada de siete meses, después estaba toda hinchada y allá en la casa me preguntaba: "¿Usted habló con alguien?, ¿Quién la estaba ayudando para escaparse?" Como a mí nadie me ayudaba yo le dije que nadie, él me empezó a dar patadas en el piso y empecé a dar vueltas, después mi barriga se fue para un lado y empecé a botar un agua verde. Después de doce horas de estar así, él mando a buscar al médico del pueblo, y el médico dijo que la niña se había hecho "popo" dentro de la barriga y me llevaron a la clínica, allá tuve a mi niña que nació muy enferma.6

"Rosa", del departamento de Caquetá, tenía 7 años cuando, según los informes, fue violada por primera vez por su padre. Cuando su madre tuvo conocimiento de tales abusos decidió enfrentarse al padre. Ante el escándalo en todo el pueblo, el padre violador se fue en 1999 con el Frente 3 de las FARC que controlaba la zona. Poco después, la niña fue secuestrada por integrantes de dicho frente. La madre denunció a las autoridades las actividades del padre e hizo todo lo que pudo para recuperar a su hija. La niña intentó huir en varias ocasiones, siendo objeto de otros abusos por tal causa. "La sometieron a una práctica de ellos que se denomina autocrítica: ‘soy una colombiana cobarde’, tenía que repetir, mientras era golpeada por todos. La obligaron a hacer guardia de día y de noche. Le amenazaron que si abría la boca o intentaba huir se pagaban con sus hermanas. La niña quedó muy mal. Fueron 18 meses que permaneció ahí. Tuvo un intento de suicidio".7

La persecución persistió contra "Rosa", quien hoy tiene 17 años, contra su madre y contra el resto de la familia. En febrero de 2000 las FARC secuestraron a la madre. "El que tiene el arma tiene el poder", le dijeron, y la internaron en la montaña. Allí la desnudaron, la torturaron y después la dejaron, enterrada en un hueco que le habían obligado a hacer. Sobrevivió al ser auxiliada por un campesino. Miembros de las FARC habían matado al nuevo compañero de la madre durante los meses que la menor estuvo en manos de la guerrilla.

  La sexualidad y el cuerpo

[...] la sexualidad es una característica que comparten todos los seres humanos. Es un aspecto fundamental de la dignidad del individuo y ayuda a definir a la persona. El Relator Especial toma nota de los principios rectores que han inspirado la normativa internacional de los derechos humanos desde 1945, como la privacidad, la igualdad y la integridad,autonomía, dignidad y bienestar del individuo... En estas circunstancias, al Relator Especial no le cabe duda de que una comprensión correcta de los principios fundamentales de los derechos humanos, así como de las normas existentes en esta materia, conduce inevitablemente al reconocimiento de los derechos sexuales como derechos humanos [...}8

En su informe Está en nuestras manos: no más violencia contra las mujeres, publicado en marzo de 2004,16 Amnistía Internacional describía cómo el control de la sexualidad por la familia, la comunidad y el Estado conduce a la violencia y la discriminación contra las mujeres en todo el mundo. En Colombia persisten ideas que niegan autonomía a las mujeres sobre las esferas de la sexualidad y la reproducción, y siguen arraigadas una serie de pautas sociales, culturales y religiosas que vinculan el honor con la sexualidad de las mujeres. En este informe se muestra cómo las diversas formas de la violencia de género contra las mujeres que han utilizado todos los bandos del conflicto violan los derechos de las mujeres a la autonomía sexual y al control sobre su sexualidad y su capacidad reproductiva. Las mujeres están en peligro no sólo a título individual, sino como miembros de grupos sociales. En ocasiones su sexualidad o su capacidad reproductiva es atacada por ser mujeres indígenas o afrodescendientes, o pertenecer a otras comunidades igualmente marginadas. Otras veces son controladas por "su propio" bando. En ambos casos el motivo es el mismo: controlarlas como reproductoras de la nación, la comunidad o el grupo social.

Radhika Coomaraswamy, relatora especial de Naciones Unidas sobre violencia contra la mujer, con inclusión de sus causas y consecuencias, precisó en su informe de 1998:

Quizás más que el honor de la víctima, el blanco de la violencia sexual contra las mujeres es lo que se percibe como el honor del enemigo. La agresión sexual a menudo se considera y practica como medio para humillar al adversario. La violencia sexual contra la mujer tiene por objeto enrostrar la victoria a los hombres del otro bando, que no han sabido proteger a sus mujeres. Es un mensaje de castración y mutilación al mismo tiempo. Es una batalla entre hombres que se libra en los cuerpos de las mujeres.9

La perpetuación de normas sociales que privan a las mujeres de autonomía propicia la idea de que es posible apropiarse de sus cuerpos y controlar su conducta. En conflictos armados, esta idea de apropiación y control puede cobrar formas extremas, como la esclavitud sexual, las agresiones sexuales, la anticoncepción forzada y los abortos forzados. La imposición de reglas de conducta sobre la población civil –como códigos indumentarios y toques de queda– hasta invadir las esferas más íntimas de la vida es una estrategia adoptada por la guerrilla y los grupos paramilitares para controlar a las personas, y está fomentada por ideologías sexistas y homofóbicas.10  Así, los grupos armados compiten por demostrar quién puede eliminar más eficazmente a los considerados "indeseables" o "raros". El hecho que tanto las guerrillas como los paramilitares hayan puesto en el punto de mira a los mismos sectores, como las trabajadoras sexuales o los homosexuales, en su intento de ganar "legitimidad" ante la población, es señal de que la discriminación contra estos sectores está muy arraigada en Colombia.11

  Conclusiones y recomendaciones

Todos los bandos del conflicto armado colombiano explotan estereotipos de género y cometen delitos sexuales. Aunque es imposible afirmar categóricamente que estos actos forman parte de sus estrategias de guerra, se trata de delitos claramente generalizados y por consiguiente constituyen crímenes de guerra. Dicha violencia, dirigida con frecuencia contra mujeres y niñas, adopta muchas formas, incluida la persecución y los abusos graves contra las personas en razón de su orientación sexual e identidad de género. El conflicto se caracteriza también por la aplicación de estrategias orientadas a inspirar terror, demostrar supremacía y minar lazos sociales. Tales crímenes permanecen silenciados e impunes pese al inmenso número de casos y a la gravedad que revisten.

El Estado colombiano tiene la responsabilidad de prevenir y castigar el abuso sexual de las mujeres. A pesar de las expresas preocupaciones y recomendaciones de las instancias internacionales de protección de los derechos humanos, como las formuladas por la relatora especial de las Naciones Unidas sobre la violencia contra la mujer, el Comité que vigila la aplicación de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, el Comité contra la Tortura, el Comité de Derechos Humanos y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, hay pocas señales de que las autoridades colombianas hayan tomado suficientes medidas para poner fin a tales abusos, poner a sus autores en manos de la justicia o atacar sus causas. En la medida en que la discriminación por motivos de género no se combata y que no se hagan cumplir las normas internacionales sobre violencia contra las mujeres, seguirán incólumes las bases para que la violencia sexual y de género cobren formas extremas bajo el conflicto y continúen difundiéndose en todos los ámbitos de la sociedad. Los grupos armados ilegales también tienen la responsabilidad de garantizar que sus miembros cumplen el derecho internacional humanitario y de impedirles que cometan actos de violencia sexual contra civiles y combatientes.

Amnistía Internacional considera que el Estado colombiano no respeta ni protege los derechos de las personas frente a la violencia sexual y de género, incumple su obligación de garantizar el derecho de mujeres y niñas a una vida libre de violencia y discriminación y no considera como derechos humanos los derechos sexuales, incluida la obligación de proteger la salud sexual y reproductiva y el derecho a no ser objeto de persecución por motivos de orientación sexual o identidad de género. Las mujeres que pertenecen a grupos marginales, como las mujeres rurales, indígenas y afrodescendientes, las integrantes de organizaciones de mujeres, las activistas, las sindicalistas y las defensoras de los derechos humanos, siguen corriendo un especial peligro. Es más, las políticas y medidas del gobierno, concretamente las aplicadas en virtud de su estrategia de "seguridad democrática", han mermado aún más la poca protección de que gozaban estas mujeres en Colombia.

El deber del Estado colombiano de respetar los derechos de las personas a no ser objeto de violencia sexual y de género, y de observar el derecho internacional humanitario

Las fuerzas de seguridad del Estado y sus aliados paramilitares son señalados con frecuencia como responsables de abusos de índole sexual: violación y mutilaciones de índole sexual en ataques masivos a comunidades civiles, particularmente en zonas de conflicto; homicidios selectivos de civiles e integrantes de grupos guerrilleros fuera de combate; violación y abusos sexuales durante detenciones y registros; agresiones sexuales contra mujeres y niñas; abusos sexuales en retenes y registros; prácticas abusivas por parte de grupos paramilitares para obligar a mujeres y niñas a incorporarse o convertirse en esclavas sexuales y prostituirse; imposición por parte de esos grupos de normas sobre las esferas más íntimas y de castigos corporales para hacerlas cumplir, a menudo aplicados con la participación y aquiescencia de las autoridades; así como diversas prácticas de "limpieza social" –como la persecución, la "desaparición" forzada y el homicidio– dirigidas contra civiles por su orientación sexual o identidad de género, y contra personas portadoras de VIH y trabajadoras sexuales, entre otros.

El deber de los grupos guerrilleros de observar el derecho internacional humanitario y de respetar los derechos de las personas a no ser objeto de violencia sexual y violencia de género

Aunque los órganos y mecanismos internacionales de derechos humanos han instado constantemente a los grupos guerrilleros a respetar el derecho internacional humanitario y abandonar las prácticas que lo vulneran, estos grupos han seguido cometiendo graves abusos contra los civiles y contra sus propios combatientes, como violar y abusar sexualmente de mujeres y niñas reclutadas o secuestradas por ellos, convertirlas en esclavas sexuales u obligarlas a prostituirse, a utilizar métodos anticonceptivos y a abortar. Las mujeres y las niñas han sido perseguidas y sometidas a agresiones como la violación y el abuso sexual por confraternizar con miembros de las fuerzas de seguridad o paramilitares. Las FARC también han perseguido y matado por la orientación sexual o la identidad de género, han obligado a someterse a las pruebas de VIH y han perseguido y matado a seropositivos y a trabajadoras sexuales, entre otros.

El deber del Estado colombiano de proteger los derechos de las personas frente a la violencia sexual y de género

Prevenir, castigar y erradicar la violencia sexual y de género, sean sus autores agentes estatales o no estatales, es un deber del Estado colombiano. El código penal colombiano dispone de provisiones específicas que prohíben la discriminación y determinados delitos, como, en el contexto del conflicto armado, contra personas protegidas por el derecho internacional humanitario.

El deber de prevenir: El Estado no ha combatido el paramilitarismo ni ha tomado medidas dirigidas a erradicar la aceptación de la violencia sexual y la violencia de género en el interior de las fuerzas de seguridad. Lejos de ello, Amnistía Internacional cree que el hecho de que los casos de violencia sexual cometidos por miembros de las fuerzas de seguridad se sigan investigando dentro del sistema de justicia militar puede facilitar el encubrimiento de casos de abuso sexual. El Estado tiene también el deber de hacer responder a la guerrilla de la violencia sexual y de género perpetrada por sus combatientes. La actual política de "seguridad democrática" del gobierno ha aumentado el peligro de que se produzcan casos de violencia sexual y que queden impunes. Las autoridades no han aplicado políticas globales para combatir la discriminación, que es la base de la violencia sexual y de género, ni han tomado medidas para combatir los estereotipos de género discriminatorios. Mediante sus políticas y acciones, el gobierno colombiano envía un mensaje ambiguo respecto a la tolerabilidad de la violencia sexual. Los derechos humanos de las mujeres no son parte de su agenda ni a nivel interno ni en sus relaciones internacionales.

El deber de brindar ayuda a las supervivientes de violencia sexual: El Estado ha hecho muy pocos esfuerzos por poner servicios básicos y procedimientos de urgencia al alcance de quienes sobreviven a la violencia sexual y la violencia de género. La posibilidad de acceder a estos servicios sólo existe a través de organizaciones no gubernamentales y privadas. Los servicios que el Estado sí presta, como la anticoncepción de emergencia, no son gratuitos. El tratamiento profiláctico por posible contagio de VIH u otras enfermedades de transmisión sexual es prácticamente inexistente. En el caso de mujeres y niñas desplazadas, así como de aquellas que habitan en escenarios de conflicto, la ayuda es todavía más escasa. El aborto, incluso en caso de violación, es delito bajo la legislación colombiana y puede acarrear penas de prisión. Por tanto, las mujeres y niñas deben llevar a término un embarazo no deseado o intentar interrumpirlo de forma ilegal, por lo general en condiciones poco seguras y tal vez con consecuencias fatales.

No existen servicios especializados estatales adecuados para ayudar a la rehabilitación y la integración social de las supervivientes de abusos sexuales perpetrados en el marco del conflicto armado. Aunque algunas instancias gubernamentales vienen impulsando ciertas iniciativas en torno a la violencia sexual y la violencia de género, tales esfuerzos no forman parte de una política integral del Estado, ni se encuentran orientados a dar respuesta a las necesidades de las víctimas de abusos de índole sexual en el marco del conflicto armado. Amnistía Internacional ve con satisfacción algunas iniciativas oficiales, como las experiencias del proyecto sobre Modelos de Atención Integral a Víctimas de Violencia Sexual y Centros Integrales de Atención a Víctimas de Violencia Sexual que se han iniciado en algunas jurisdicciones, y considera muy alentadores los esfuerzos específicos de ciertas instancias oficiales, como el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Sin embargo, estas iniciativas no parecen ser prioritarias para el gobierno, que tampoco incentiva la labor interinstitucional, concretamente sobre sectores de mujeres consideradas de especial riesgo a consecuencia del conflicto armado (afrodescendientes, indígenas y desplazadas). Aunque Amnistía Internacional aprecia la labor llevada a cabo por instancias como el ICBF para reintegrar a niñas desmovilizadas de grupos armados ilegales de una forma efectiva, la organización cree que no cuentan con los medios suficientes para llevar adelante su tarea. Un aspecto crítico que se ha descuidado ha sido la salud sexual y reproductiva.

El deber de garantizar la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas de la violencia sexual

Las autoridades no han cumplido con su deber de ejercer la diligencia debida a la hora de perseguir e investigar estos delitos, que, cuando concurren con otros como el asesinato, ni siquiera se registran independientemente. Además, han seguido justificando su inacción alegando la falta de denuncias de las supervivientes, aunque precisamente el hecho de que no hayan tomado las medidas adecuadas para ayudarlas a denunciar ha influido decisivamente en la determinación de muchas víctimas de no seguir adelante con las denuncias. A pesar de las amenazas contra víctimas y denunciantes no se ha tomado ninguna medida eficaz para protegerlas. La indefensión en que se encuentran las denunciantes durante las actuaciones penales y la falta de medidas procedimentales que tengan en cuenta la situación de las supervivientes son factores que hacen que muchas mujeres retiren sus denuncias. Mientras las autoridades responsables de perseguir el delito no cumplan con su obligación de investigar, será fácil para los responsables evadirse la acción de la justicia. En los pocos procesos que se han abierto, las actuaciones han sido extremadamente largas y sin garantías. Los miembros de las fuerzas de seguridad acusados de violación siguen siendo juzgados bajo la jurisdicción militar. Son raros los casos de víctimas de abusos sexuales que reciben una indemnización. Esto sólo se ha logrado por la vía contencioso-administrativa, aplicable en casos en los que están implicados miembros de las fuerzas de seguridad y cuyos procedimientos pueden durar 10 años o más. El gobierno ha introducido amnistías de hecho para delitos atroces, entre ellos delitos con violencia sexual o de género. En aras de la política de fomentar la desmovilización de grupos armados, los combatientes que se reintegran en la sociedad no son procesados por los abusos que puedan haber cometido y se les garantiza que no pagarán por ellos.

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