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 Comunicación para la equidad de géneros: el poder de la palabra

Comunicación

Mirta Rodríguez Calderón  

Parte 1 / 2

Whoopi Goldberg acaba de anunciar que hará un programa radial para "despertar a las personas, hablar con las gentes y que éstas le hablen" y juntar la suya a un grupos de voces que no le han perdido el gusto a la radio, que la valorizan y que saben cuánto alcance tiene este medio tan vapuleado.

La profunda, carismática y sabihonda Whoopi impregnará seguramente sesgos nuevos a ese ejercicio y a ese programa radial: "Wake Up with Woopi", a sabiendas de las muchas veces que ha vinculado su talento a campañas a favor de la niñez, las personas sin hogar, la lucha contra el SIDA y la defensa de los derechos humanos en sus múltiples dimensiones, con especial foco en la lucha contra la violencia y la situación de la mujer.

Por su propia experiencia de vida, la colosal Whoopi ha enfilado una parte de sus trajines a provocar reflexiones sobre el uso de sustancias químicas y su nocividad.

Lo grato y singular de esta noticia es que la celebérrima "monja diferente", seleccione en la vida real a la radio como vector de su creatividad y de nuevos proyectos en un espacio que ocupará la primera parte de la mañana desde el amanecer: de las 5 a.m. a las 9.

Porque resulta que los ratings de la radio han descendido en casi todo el mundo por el poco tiempo que otras alternativas comunicativas le dejan de margen a las audiencias, particularmente a las urbanas.

Ciertos segmentos de públicos están sumergidos en las fascinaciones por las novedades de la Internet; la TV de programas auto construidos; o los blogs que aspiran a facilitar un periodismo más participativo y plural, si bien los volúmenes de su presencia empiezan a asustar.

Existe también el fetiche de que la radio es un medio al que sólo le siguen siendo fieles los y las viejas, y los y las campesinas, lo cual entraña un fetichismo elitista y discriminador, aparte de una información distorsionada. Oro pronóstico es el de que la radiodifusión desaparecerá arrastrada por los embates de la modernidad y los deslumbramientos de las Tecnologías de Información y Comunicación.

Para quienes hemos vivido unos cuantos lustros inmersos o inmersas en espacios comunicativos, tales afirmaciones provocan sonrisas porque lo mismo se dijo cuando la televisión pretendidamente liquidaría a la radio; o cuando la Internet anticipaba la desaparición de la TV, la prensa plana de los libros; y así sucesivamente.

Provocan sonrisas los pronósticos de Bill Gates de que en 5 años el 50% de toda la información se recibirá por Internet. ¿Y la brecha digital? ¿Quiénes en nuestros mundos de carencias pueden tener soporte electrónico y alcanzar en un lustro accesibilidad a las tecnologías cuando no es previsible que para el 2015 se alcance ni siquiera una parte importante de las metas del milenio? En la no muy lejana Cumbre de la Sociedad de la Información en Túnez, en noviembre pasado, un pensamiento tan primer mundista y empresarial como ése provocó distanciamientos prácticamente insalvables y dio al traste con la posibilidad de una Declaración que pudo haber sido más realista en sus compromisos para reducir la infopobreza.

Pese a todo eso, sin embargo, más del 75 % de la población humana seguirá teniendo en la radio su punto de conexión con el mundo y con lo que en éste ocurre.

La ansiedad y necesidad de las personas por ese mensaje que le alcanza o al cual alcanza con un click al aparato o una conexión al cíber espacio da cuenta de cuánta curiosidad le queda a la gente por satisfacer, si bien las preferencias se diversifican y los medios sobreviven unos y otros. Transitan claro está por necesarias y periódicas actualizaciones, cambian, la gratuidad de las audiencias los arropa, y todos siguen articulándose aún en esta etapa en que la comunicación se ha convertido en mercancía, y la concentración de capitales ha impuesto la ley de la oferta y la demanda, en detrimento no pocas veces, de la ética y de la primigenia función de servicio público que dio vida a la Comunicación Social, con mayúsculas.

  En defensa de la radiodiofusión

En ese contexto la radio, que alcanza a públicos ignorados o preteridos, conserva su sitial de honor si bien está urgida de ser repensada y perfeccionada en su profesionalismo, sobre todo; y en la importancia que se le concede en las universidades a esa especialización.

Propósitos como el de la Goldberb se integran a la vocación por el radialismo que en América Latina estimulan la Asociación Latinoamericana de Emisoras Radiales desde Ecuador; Radialistas Apasionados y Apasionadas, desde Perú; la Asociación Mundial de Asociaciones Radiales Comunitarias (AMARC); Red RECORRA desde Colombia; la Red de Emisoras Radiales IMER de México; y más vinculadas a intenciones de promover equidad de géneros: Radio Feminista Internacional desde Costa Rica, las versiones radiales de Comunicación e Información de la Mujer (CIMAC) desde México que ha irradiado a 80 emisoras conducidas por mujeres en el vasto país; Radio Tierra en el Chile más recóndito, sin olvidar los programas "comerciales" de Red Ada de Bolivia que ha trabajado intensamente por espacios con publicidad que costeen el mensaje dirigido a promover una comunicación inclusiva. Los citados son sólo algunos de los empeños que caminan nuestras campiñas y ciudades, remontan cuestas o atraviesan cañadas, para alcanzar ejemplos altamente encomiables en las emisoras educativas y las radios universitarias.

Quienes miramos hacia las gentes económicamente más desfavorecidas sentimos regocijo al reconocer en las emisiones radiales un vector de las noticias, los saberes y las emociones, para habitantes en el sur profundo de República Dominicana, los parajes ecuatorianos de Sucumbíos o Tunguragua, o las zonas limítrofes con el silencio en la Sierra Maestra cubana.

Pensar en la radio y en todo lo que ella lleva o puede llevar a esas y esos que viven con más limpieza de aire y de alma pero con más limitaciones para la comunicación, presupone enfocar las potencialidades de este medio para insertarse en los propósitos de desarrollo, de construcción de ciudadanías o de fortalecimiento de la democracia mediante este amigo o amiga cercana que toca con la punta sonora de sus recursos auditivos al corazón, que estimula su imaginación, que le hace percibir colores y fragancias por el poder único de la palabra, y que puede insuflar ideas nuevas en los y las radioescuchas.

En quechua o en aymara, en francés o en español, en creole o en maya quiché, las palabras tienen significados y tienen poder. Construyen u omiten equidades, calientan los cuerpos para el baile o la música, favorecen o se marginan de los procesos democráticos, con su capacidad intrínseca para generar dinámicas de cambio, anticipar procesos, y/o acompañar aspiraciones legítimas de los pueblos, como lo hizo Radio La Luna de Ecuador el pasado año en las demostraciones que llevaron al exilio a Lucio Gutiérrez, o como lo consumaron las emisoras latinas de Estados Unidos en las masivas manifestaciones de los inmigrantes el último 1ro. de mayo, no obstante la contra propaganda de poderosas televisoras y otros medios.

Porque lo que escuchaban las gentes involucradas era la radio: no la TV ni el Internet, ni la prensa plana que no podía seguir el curso de la inmediatez reclamada por los acontecimientos, ni la gente tenia a mano el soporte electrónico requerido.

Desde hace algún tiempo profesionales de la comunicación que trabajamos con perspectiva de género, mujeres y hombres, como es el caso de la Red Dominicana de Periodistas, hemos estado proporcionando prioridad a las sensibilizaciones de grupos de profesionales y de estudiantado, encauzadas a que se comprenda el enorme poderío que deriva de una – o muchas – emisoras radiales que utilizan un lenguaje no sexista, ofrecen una comunicación incluyente de los protagonismos de hombres y mujeres por igual, fomentan el comentario intencionado en el sentido de que las voces femeninas también sean tomadas en cuenta y estimuladas.

En el fárrago de políticas que no siempre satisfacen a la mayoría de las poblaciones, las emisoras radiales tanto o más que la TV o la prensa escrita, enjuician cuando hay que enjuiciar, valoran cuando hay que valorar, y contribuyen cada hora, con cada uno de sus espacios de noticias, comentarios, o reflexiones, a la construcción de ciudadanías que auspicien desarrollo humano para todos y todas.

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