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ISSN 1913-6196

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  Democracias con todos y para el bien de todos

Derechos Humanos y democracia

 Revista Futuros

Racismo, intolerancia y discriminación

Las instituciones y procedimientos democráticos no han demostrado ser lo suficientemente eficientes como para airear y resolver los conflictos sociales que se vienen acumulando en una región cuyo prometedor crecimiento económico se distribuye de manera más desigual que en cualquier otra región del planeta. Tampoco para superar el racismo, la discriminación y la intolerancia. Los 40 millones de indígenas y 150 millones de afro descendientes coinciden en gran medida con los doscientos millones de personas que viven bajo el índice de pobreza en América Latina y que se localizan en ciertos países y sub-regiones. Además, hay otros grupos que sufren discriminación por sus cualidades de ser discapacitados, de orientación sexual minoritaria, u otra característica. En más de un lugar los partidos políticos desaprovecharon el momento democrático, perdieron legitimidad y llegaron a mayores niveles de opacidad e incluso corrupción provocando una crisis de representación que ha abierto cauce a una cierta desilusión respecto a la democracia y contribuido a dar vida a nuevos neopopulismos.

Si el camino de las dictaduras de izquierda y derecha fue ya recorrido en el siglo XX y los populismos estatizantes del pasado fracasaron sólo para ser sustituidos por regímenes políticos neo liberales de débil institucionalidad democrática que tampoco han sido una respuesta apropiada a los retos regionales, ¿hacia dónde podría ahora encaminarse América Latina y el Caribe? La respuesta más atractiva parece ser la que se deduce de un informe del PNUD elaborado en el año 2004 bajo la dirección del ex canciller argentino Dante Caputo, hoy Secretario Adjunto para Asuntos Políticos de la Organización de Estados Americanos. Si seguimos la lógica de ese informe la clave reside en el fortalecimiento de la ciudadanía para promover una transición no violenta hacia nuevos regímenes de gobernabilidad democrática entre el Estado, el Mercado y la Sociedad Civil. En resumen: lo que se requiere no es abandonar la democracia sino transitar hacia otras formas más avanzadas que sean representativas y participativas al mismo tiempo. Ello implica fortalecer y proteger la soberanía nacional que es, ante todo, la que ejercen los ciudadanos sobre su propio Estado para asegurarse que las acciones de su gobierno y el sector privado sean para beneficio de la Nación y no de una parte de ella.

  Reconceptualizar la política

Esto supone la reconceptualización de "la Política", o sea, de los mecanismos de representación y de las instituciones (parlamentos, partidos, gobiernos, organizaciones ciudadanas) que intervienen en el proceso de toma e implementación de decisiones políticas. En ese ejercicio de imaginación y activismo se hace necesario:

  • Liberar el quehacer político de las influencias de los poderes financieros.
  • Asegurar la autonomía plena de las organizaciones de la sociedad civil y su funcionamiento democrático interno sin interferencias ni manipulaciones desde el Estado o el Mercado
  • Proteger el pleno e irrestricto ejercicio de los derechos civiles y políticos (en particular los de libre expresión y prensa, asociación y reunión).
  • Fortalecer la eficacia de la diplomacia ciudadana propositiva en las instituciones multilaterales.

A los autoritarios, opositores del paradigma democrático, nunca les ha faltado un inventario de quejas y acusaciones legítimas para demostrar las limitaciones de una "democracia de baja intensidad", de espaldas a la ciudadanía y sus necesidades, plagada de opacidad institucional y corrupción administrativa. Como suele ocurrir en estos casos, si bien el inventario de críticas y demandas puede resultar certero no siempre las soluciones que se avanzan para darles respuesta tienen por ello que serlo.

La derecha regional ha pretendido vendernos la falsa dicotomía de una polarización regional entre elites neoliberales (supuestamente demócratas) y populistas autoritarios. La realidad es más compleja. Una parte de la izquierda pretende ver en el fracaso de las políticas de derecha la reivindicación de algunas de sus viejas interpretaciones y proyectos de corte autoritario. Demasiado simple también. La dicotomía pasa por otro lado: entre un paradigma de desarrollo insostenible desde el punto de vista social y ecológico y los criterios de otro sustentable, humano y democrático.

La crisis de las actuales democracias de mercado y de baja intensidad indican que esos regímenes democráticos necesitan ser revisados y cambiados. Pero de ello no se deduce que se requiera abandonar el paradigma democrático, sino alejarse de aquellos modelos ya agotados o fallidos de democracia y sustituirlos por otros que incorporen lo aprendido en los últimos dos siglos.

  El paradigma democrático

El paradigma democrático reclama el respeto a ciertos principios mínimos: a) la rotación periódica en el gobierno mediante elecciones plurales, con voto secreto y universal, b) la división de poderes que se vigilen y contrabalanceen recíprocamente, c) un poder judicial independiente, d) respeto por el Estado de Derecho, e) consagración de los derechos humanos políticos y civiles en la Constitución y toda la legislación nacional en consonancia con los estándares universalmente establecidos, f) consagración constitucional de los derechos económicos, sociales y culturales apoyadas por políticas resueltas a hacerlos valer en la realidad, e instituciones independientes de respaldo legal y juridico, g) respeto por las minorías de cualquier naturaleza y solución de controversias por medios democráticos no violentos.

Los modelos democráticos con los que se pretende dar respuesta al paradigma de la democracia pueden variar para adaptarse a la historia e idiosincrasia de cada nación. Pueden existir -y existen- democracias parlamentarias o presidencialistas, republicanas y monárquicas, con parlamentos unicamerales o bicamerales, con tres o más poderes independientes, con elecciones cada tres, cuatro, seis y siete años y otras modalidades. Pero se trata de modelos diversos que deben tener como común denominador garantizar los principios mínimos del paradigma democrático y no la excusa para alejarse de ellos.

En el siglo XXI ya no puede pasarse por democracia la simple rotación electoral. Pero tampoco puede venderse, bajo el rótulo de democracia "participativa", un régimen autoritario de movilización vertical de la ciudadanía para implementar políticas decididas por una supuesta vanguardia iluminada que, a su inconsulto juicio, las considera beneficiosas para "las masas".

Sin plenas libertades civiles y políticas, violando la autonomía de las organizaciones ciudadanas, construyendo organizaciones sumisas y verticales para recibir de ellas legitimidad y aplastar a sus adversarios políticos, no se construyen modelos democráticos de participación popular sino regímenes políticos autoritarios, sea cual sea su política social. Menos aún son adecuados los sistemas dictatoriales para proteger al Estado de conflictos con potencias extranjeras. Incluso regímenes totalitarios que en ciertos momentos gozaron de altas cuotas de apoyo popular al interior de sus países –como los de Mussolini, Stalin y Hitler- no dejan de ser realidades indeseables que, a la larga o a la corta, sucumbieron pese a sus amplios programas de salud, educación, vivienda y otros con los que intentaban alcanzar legitimidad nacional y reconocimiento internacional.

Curiosamente, el paradigma democrático continúa vigente en la medida que sigue reclamando, -cualquiera que sea el modelo que se adopte para ajustarlo a las necesidades de cada país-, el respeto al principio martiano de construir repúblicas "con todos y para el bien de todos" y al de Lincoln de "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Y en esas frases, Martí, que quiso "echar su suerte con los pobres de la Tierra", y Lincoln, –que se jugó la suya a la causa abolicionista-, no pretenden excluir a ninguna clase o sector. El pueblo que habría de gobernarse de manera democrática era para ellos la Nación con todos los sectores y clases que la conforman aun si tenían una vocación o sensibilidad particular por atender las necesidades y derechos legítimos de las grandes mayorías empobrecidas.

La verdadera revolución inconclusa ha resultado ser la de la democracia. Los esclavos dejaron de serlo para ganar más tarde sus plenos derechos políticos y civiles y las mujeres alcanzaron el derecho al voto y a ser electas en el siglo XX. Pero discriminación racial y de género persistió más allá de esas definiciones legales y ha requerido de una lucha sostenida por hacer valer los derechos de mujeres y grupos étnicos y raciales entre otros. Las democracias –sus múltiples modelos- han de ajustarse al paradigma que exige que sean con todos y para el bien de todos o les será cada vez más difícil reclamar sus credenciales democráticas.

  Construir consenso

Las soluciones a los problemas de América Latina y el Caribe no estarán dadas por los conflictos entre diversas visiones y fuerzas autoritarias, emanen ellas del mercado o de la política, se auto-proclamen o sean descritas como de derechas o de izquierdas. La clave radica en la construcción de amplios consensos plurales en torno a la necesidad de:

    • Fortalecer la participación ciudadanía y su actuación autónoma e institucional en los espacios políticos.
    • Fortalecer y garantizar el pleno ejercicio de todos los derechos humanos.
    • Reformar los actuales Estados y sistemas políticos haciéndolos transparentes al monitoreo ciudadano independiente e inmunes a la ingerencia desde los poderes financieros.
    • Regular las economías de mercado –al nivel nacional, regional y global- de manera que su necesaria creatividad y eficiencia se haga compatible y complementaria con la necesidad de que las empresas actúen de manera ecológica y socialmente responsable.
    • Desplazar las actuales culturas políticas basadas en tradiciones de polarización y confrontación por otras orientadas a la construcción plural de consensos.

Para promover esos cambios no hacen falta nuevas vanguardias y líderes iluminados desde la derecha o la izquierda, sino ciudadanos autónomos, libres, deliberativos y activos en un contexto democrático participativo real. Lo que se requiere es la promoción de una poderosa sociedad civil, con vocación democrática, cívica y pluralista, capaz de impulsar –en un marco de libertades democráticas- los cambios estructurales que abran paso a la creación eficiente y redistribución justa de las riquezas que hoy requiere nuestra región y liberándola de las lacras del racismo, la discriminación, la exclusión social y la intolerancia. El verdadero Mesías es el ciudadano organizado como actor colectivo y democrático.

Aquellos líderes políticos que se nieguen a respetar los necesarios espacios y libertades para que las organizaciones de la sociedad civil puedan actuar de manera autónoma -y no como simples correas de transmisión de un partido político- serían hoy tan parte del problema como aquellos otros que han venido prometiendo que la magia del mercado no requiere una ciudadanía que vigile y regule su comportamiento.

Pero la democracia es un proceso, un método para la convivencia y el manejo de la conflictividad social. No una herramienta, per se, para la creación de riquezas.

Las izquierdas, -signadas por su focalización en el tema de la equidad y divididas en sus dos alas, autoritarias y demócratas-, dedicaron mucho tiempo a lo largo del siglo XX a discutir como tomar el poder y casi ninguno a cómo administrarlo de manera democrática. También desarrollaron múltiples ideas sobre el reparto de las riquezas pero casi ninguna sobre cómo crearlas. El carácter autoritario y la ineficiencia económica de los socialismos de Estado que existieron en diversas regiones geográficas a lo largo del siglo XX no son resultado de la casualidad. Ese común denominador, surgido de una colección de países con historias y culturas variadas y situados en las más distantes regiones, estuvo condicionado por graves insuficiencias conceptuales.

En el nuevo siglo en el que ya nos adentramos sería prudente dedicar más tiempo a concebir nuevos modos de crear riquezas –y no sólo de repartirlas- así como diversas formas institucionales para poder administrar la convivencia y conflictividad social desde una perspectiva democrática. También sería adecuado que esas reflexiones partiesen de que, nos guste o no, vivimos en un mundo globalizado e interdependiente. Movilizar los resentimientos y el odio no nos va a conducir a las sociedades con todos y para bien de todos que se requieren para poder superar la pobreza y la violencia.

Si Marx dijo, acertadamente, que de lo que se trataba no era de comprender al mundo de diversos modos, sino de transformarlo, en esta transición planetaria hay que afirmar el corolario de que sin llegar a comprenderlo no hay transformación positiva posible.

Si urgente resulta la necesidad de impulsar de manera decidida cambios que nos aproximen a la justicia social prudente es hacerlo en esta ocasión desde una perspectiva que incluya nuestros yerros y aprendizajes anteriores. De lo contrario es probable que –como ya ocurrió en el pasado- abramos espacio al surgimiento de realidades que no por distintas serán menos dramáticas que las que deseamos superar. Como decían nuestros abuelos, es siempre sabio recordar que "de buenas intenciones están empedrados los caminos del infierno". Y recordarlo oportunamente.

   

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