Racismo, intolerancia y discriminación
Las instituciones y procedimientos democráticos no han
demostrado ser lo suficientemente eficientes como para airear y resolver
los conflictos sociales que se vienen acumulando en una región cuyo
prometedor crecimiento económico se distribuye de manera más desigual que
en cualquier otra región del planeta. Tampoco para superar el racismo, la
discriminación y la intolerancia. Los 40 millones de indígenas y 150
millones de afro descendientes coinciden en gran medida con los doscientos
millones de personas que viven bajo el índice de pobreza en América Latina
y que se localizan en ciertos países y sub-regiones. Además, hay otros
grupos que sufren discriminación por sus cualidades de ser discapacitados,
de orientación sexual minoritaria, u otra característica. En más de un
lugar los partidos políticos desaprovecharon el momento democrático,
perdieron legitimidad y llegaron a mayores niveles de opacidad e incluso
corrupción provocando una crisis de representación que ha abierto cauce a
una cierta desilusión respecto a la democracia y contribuido a dar vida a
nuevos neopopulismos.
Si el camino de las dictaduras de izquierda y derecha fue
ya recorrido en el siglo XX y los populismos estatizantes del pasado
fracasaron sólo para ser sustituidos por regímenes políticos neo liberales
de débil institucionalidad democrática que tampoco han sido una respuesta
apropiada a los retos regionales, ¿hacia dónde podría ahora encaminarse
América Latina y el Caribe? La respuesta más atractiva parece ser la que
se deduce de un informe del PNUD elaborado en el año 2004 bajo la
dirección del ex canciller argentino Dante Caputo, hoy Secretario Adjunto
para Asuntos Políticos de la Organización de Estados Americanos. Si
seguimos la lógica de ese informe la clave reside en el fortalecimiento de
la ciudadanía para promover una transición no violenta hacia nuevos
regímenes de gobernabilidad democrática entre el Estado, el Mercado y la
Sociedad Civil. En resumen: lo que se requiere no es abandonar la
democracia sino transitar hacia otras formas más avanzadas que sean
representativas y participativas al mismo tiempo. Ello implica fortalecer
y proteger la soberanía nacional que es, ante todo, la que ejercen los
ciudadanos sobre su propio Estado para asegurarse que las acciones de su
gobierno y el sector privado sean para beneficio de la Nación y no de una
parte de ella.
Reconceptualizar la política
Esto supone la reconceptualización de "la Política", o
sea, de los mecanismos de representación y de las instituciones
(parlamentos, partidos, gobiernos, organizaciones ciudadanas) que
intervienen en el proceso de toma e implementación de decisiones
políticas. En ese ejercicio de imaginación y activismo se hace necesario:
- Liberar el quehacer político de las influencias de los poderes
financieros.
- Asegurar la autonomía plena de las organizaciones de la sociedad
civil y su funcionamiento democrático interno sin interferencias ni
manipulaciones desde el Estado o el Mercado
- Proteger el pleno e irrestricto ejercicio de los derechos civiles y
políticos (en particular los de libre expresión y prensa, asociación y
reunión).
- Fortalecer la eficacia de la diplomacia ciudadana propositiva en las
instituciones multilaterales.
A los autoritarios, opositores del paradigma democrático,
nunca les ha faltado un inventario de quejas y acusaciones legítimas para
demostrar las limitaciones de una "democracia de baja intensidad", de
espaldas a la ciudadanía y sus necesidades, plagada de opacidad
institucional y corrupción administrativa. Como suele ocurrir en estos
casos, si bien el inventario de críticas y demandas puede resultar certero
no siempre las soluciones que se avanzan para darles respuesta tienen por
ello que serlo.
La derecha regional ha pretendido vendernos la falsa
dicotomía de una polarización regional entre elites neoliberales
(supuestamente demócratas) y populistas autoritarios. La realidad es más
compleja. Una parte de la izquierda pretende ver en el fracaso de las
políticas de derecha la reivindicación de algunas de sus viejas
interpretaciones y proyectos de corte autoritario. Demasiado simple
también. La dicotomía pasa por otro lado: entre un paradigma de desarrollo
insostenible desde el punto de vista social y ecológico y los criterios de
otro sustentable, humano y democrático.
La crisis de las actuales democracias de mercado y de baja
intensidad indican que esos regímenes democráticos necesitan ser revisados
y cambiados. Pero de ello no se deduce que se requiera abandonar el
paradigma democrático, sino alejarse de aquellos modelos ya
agotados o fallidos de democracia y sustituirlos por otros que incorporen
lo aprendido en los últimos dos siglos.
El paradigma democrático
El paradigma democrático reclama el respeto a
ciertos principios mínimos: a) la rotación periódica en el gobierno
mediante elecciones plurales, con voto secreto y universal, b) la división
de poderes que se vigilen y contrabalanceen recíprocamente, c) un poder
judicial independiente, d) respeto por el Estado de Derecho, e)
consagración de los derechos humanos políticos y civiles en la
Constitución y toda la legislación nacional en consonancia con los
estándares universalmente establecidos, f) consagración constitucional de
los derechos económicos, sociales y culturales apoyadas por políticas
resueltas a hacerlos valer en la realidad, e instituciones independientes
de respaldo legal y juridico, g) respeto por las minorías de cualquier
naturaleza y solución de controversias por medios democráticos no
violentos.
Los modelos democráticos con los que se pretende dar
respuesta al paradigma de la democracia pueden variar para adaptarse a la
historia e idiosincrasia de cada nación. Pueden existir -y existen-
democracias parlamentarias o presidencialistas, republicanas y
monárquicas, con parlamentos unicamerales o bicamerales, con tres o más
poderes independientes, con elecciones cada tres, cuatro, seis y siete
años y otras modalidades. Pero se trata de modelos diversos que deben
tener como común denominador garantizar los principios mínimos del
paradigma democrático y no la excusa para alejarse de ellos.
En el siglo XXI ya no puede pasarse por democracia la
simple rotación electoral. Pero tampoco puede venderse, bajo el rótulo de
democracia "participativa", un régimen autoritario de movilización
vertical de la ciudadanía para implementar políticas decididas por una
supuesta vanguardia iluminada que, a su inconsulto juicio, las considera
beneficiosas para "las masas".
Sin plenas libertades civiles y políticas, violando la
autonomía de las organizaciones ciudadanas, construyendo organizaciones
sumisas y verticales para recibir de ellas legitimidad y aplastar a sus
adversarios políticos, no se construyen modelos democráticos de
participación popular sino regímenes políticos autoritarios, sea cual sea
su política social. Menos aún son adecuados los sistemas dictatoriales
para proteger al Estado de conflictos con potencias extranjeras. Incluso
regímenes totalitarios que en ciertos momentos gozaron de altas cuotas de
apoyo popular al interior de sus países –como los de Mussolini, Stalin y
Hitler- no dejan de ser realidades indeseables que, a la larga o a la
corta, sucumbieron pese a sus amplios programas de salud, educación,
vivienda y otros con los que intentaban alcanzar legitimidad nacional y
reconocimiento internacional.
Curiosamente, el paradigma democrático continúa
vigente en la medida que sigue reclamando, -cualquiera que sea el
modelo que se adopte para ajustarlo a las necesidades de cada país-,
el respeto al principio martiano de construir repúblicas "con todos y para
el bien de todos" y al de Lincoln de "gobierno del pueblo, por
el pueblo y para el pueblo". Y en esas frases, Martí, que quiso "echar su
suerte con los pobres de la Tierra", y Lincoln, –que se jugó la suya a la
causa abolicionista-, no pretenden excluir a ninguna clase o sector. El
pueblo que habría de gobernarse de manera democrática era para ellos la
Nación con todos los sectores y clases que la conforman aun si tenían una
vocación o sensibilidad particular por atender las necesidades y derechos
legítimos de las grandes mayorías empobrecidas.
La verdadera revolución inconclusa ha resultado ser la de
la democracia. Los esclavos dejaron de serlo para ganar más tarde sus
plenos derechos políticos y civiles y las mujeres alcanzaron el derecho al
voto y a ser electas en el siglo XX. Pero discriminación racial y de
género persistió más allá de esas definiciones legales y ha requerido de
una lucha sostenida por hacer valer los derechos de mujeres y grupos
étnicos y raciales entre otros. Las democracias –sus múltiples modelos-
han de ajustarse al paradigma que exige que sean con todos y para el bien
de todos o les será cada vez más difícil reclamar sus credenciales
democráticas.
Construir consenso
Las soluciones a los problemas de América Latina y el
Caribe no estarán dadas por los conflictos entre diversas visiones y
fuerzas autoritarias, emanen ellas del mercado o de la política, se
auto-proclamen o sean descritas como de derechas o de izquierdas. La clave
radica en la construcción de amplios consensos plurales en torno a la
necesidad de:
- Fortalecer la participación ciudadanía y su actuación autónoma e
institucional en los espacios políticos.
- Fortalecer y garantizar el pleno ejercicio de todos los derechos
humanos.
- Reformar los actuales Estados y sistemas políticos haciéndolos
transparentes al monitoreo ciudadano independiente e inmunes a la
ingerencia desde los poderes financieros.
- Regular las economías de mercado –al nivel nacional, regional y
global- de manera que su necesaria creatividad y eficiencia se haga
compatible y complementaria con la necesidad de que las empresas
actúen de manera ecológica y socialmente responsable.
- Desplazar las actuales culturas políticas basadas en tradiciones
de polarización y confrontación por otras orientadas a la construcción
plural de consensos.
Para promover esos cambios no hacen falta nuevas
vanguardias y líderes iluminados desde la derecha o la izquierda, sino
ciudadanos autónomos, libres, deliberativos y activos en un contexto
democrático participativo real. Lo que se requiere es la promoción de una
poderosa sociedad civil, con vocación democrática, cívica y pluralista,
capaz de impulsar –en un marco de libertades democráticas- los cambios
estructurales que abran paso a la creación eficiente y redistribución
justa de las riquezas que hoy requiere nuestra región y liberándola de las
lacras del racismo, la discriminación, la exclusión social y la
intolerancia. El verdadero Mesías es el ciudadano organizado como actor
colectivo y democrático.
Aquellos líderes políticos que se nieguen a respetar los
necesarios espacios y libertades para que las organizaciones de la
sociedad civil puedan actuar de manera autónoma -y no como simples correas
de transmisión de un partido político- serían hoy tan parte del problema
como aquellos otros que han venido prometiendo que la magia del mercado no
requiere una ciudadanía que vigile y regule su comportamiento.
Pero la democracia es un proceso, un método para la
convivencia y el manejo de la conflictividad social. No una herramienta,
per se, para la creación de riquezas.
Las izquierdas, -signadas por su focalización en el tema
de la equidad y divididas en sus dos alas, autoritarias y demócratas-,
dedicaron mucho tiempo a lo largo del siglo XX a discutir como tomar el
poder y casi ninguno a cómo administrarlo de manera democrática. También
desarrollaron múltiples ideas sobre el reparto de las riquezas pero casi
ninguna sobre cómo crearlas. El carácter autoritario y la ineficiencia
económica de los socialismos de Estado que existieron en diversas regiones
geográficas a lo largo del siglo XX no son resultado de la casualidad. Ese
común denominador, surgido de una colección de países con historias y
culturas variadas y situados en las más distantes regiones, estuvo
condicionado por graves insuficiencias conceptuales.
En el nuevo siglo en el que ya nos adentramos sería
prudente dedicar más tiempo a concebir nuevos modos de crear riquezas –y
no sólo de repartirlas- así como diversas formas institucionales para
poder administrar la convivencia y conflictividad social desde una
perspectiva democrática. También sería adecuado que esas reflexiones
partiesen de que, nos guste o no, vivimos en un mundo globalizado e
interdependiente. Movilizar los resentimientos y el odio no nos va a
conducir a las sociedades con todos y para bien de todos que se requieren
para poder superar la pobreza y la violencia.
Si Marx dijo, acertadamente, que de lo que se trataba no
era de comprender al mundo de diversos modos, sino de transformarlo, en
esta transición planetaria hay que afirmar el corolario de que sin llegar
a comprenderlo no hay transformación positiva posible.
Si urgente resulta la necesidad de impulsar de manera
decidida cambios que nos aproximen a la justicia social prudente es
hacerlo en esta ocasión desde una perspectiva que incluya nuestros yerros
y aprendizajes anteriores. De lo contrario es probable que –como ya
ocurrió en el pasado- abramos espacio al surgimiento de realidades que no
por distintas serán menos dramáticas que las que deseamos superar. Como
decían nuestros abuelos, es siempre sabio recordar que "de buenas
intenciones están empedrados los caminos del infierno". Y recordarlo
oportunamente.
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