1.
Introducción
La violencia doméstica es un fenómeno de gran actualidad,
aunque posiblemente haya existido desde hace muchísimo tiempo. Es difícil
agrupar en un mismo patrón a la cantidad de personas que sufren de malos
tratos, a la vez que resulta complicado proporcionar un perfil único de
los maltratadores. Las víctimas de la violencia doméstica pueden ser
personas que han tenido la desgracia de emparejarse con sujetos
extraordinariamente agresivos o posesivos, y no por ello tender hacia este
tipo de individuos. Una vez entran en una dinámica de agresiones y
humillaciones, posiblemente les cueste salir de ella tanto por su propia
situación (dificultades económicas, aislamiento del entorno, etc.) como
por las amenazas de su pareja, que lamentablemente resultan muy creíbles.
Por lo que respecta a los maltratadores, la mayoría de las veces varones,
su comportamiento puede ser el resultado de la interiorización de unas
normas machistas, que consideran a la mujer como una persona-objeto sobre
la que pueden descargar sus frustraciones o en la que simplemente deben
demostrar su poder. Estas normas culturales machistas pueden no ser las
vigentes en nuestra sociedad, pero sí existir en otras o aparecer en
determinados entornos, muchas veces desfavorecidos. Los maltratadores
también pueden ser personas sin escrúpulos y con una gran carga de
hostilidad hacia el resto de la gente, desplegando su comportamiento
antisocial hacia su pareja con el fin de amedrentarla y tenerla a su
disposición, o por el mero disfrute con su dolor. Es habitual que este
tipo de maltratadores cuenten con un amplio historial delictivo.
Pero con esta breve explicación no alcanzamos a comprender
la totalidad de perfiles tanto de víctimas como de perpetradores de
violencia doméstica. Como hemos afirmado, no se pueden englobar en un
mismo patrón a estas personas. Existe un determinado tipo de individuos
víctimas de malos tratos que desconcierta a los profesionales de la salud
mental, asistentes sociales, fuerzas de seguridad y resto de la gente en
general. Este grupo de víctimas no denuncia a sus agresores (y, en estas
personas, este hecho no se debe al miedo), retira las denuncias si es que
alguna vez se han producido, visita a sus parejas a las cárceles, incumple
órdenes judiciales de alejamiento por malos tratos repetidos, etc. Pero lo
más significativo es que estas personas, habitualmente mujeres, afirman
con rotundidad que continúan queriendo con locura a sus parejas. Y no sólo
eso, sino que una ruptura de una relación de este tipo vendrá seguramente
acompañada de intentos desesperados de retomarla, o bien del inicio de una
nueva pareja de similares características.
De la misma forma, un grupo de maltratadores también es
bastante peculiar. Las continuas agresiones a sus parejas se acompañan de
un sentimiento insano de posesividad, con unos celos habitualmente
patológicos que denotan tanto la necesidad como la suspicacia que tienen
hacia la persona que atacan. Dicha necesidad se manifiesta igualmente en
el establecimiento de una nueva relación de pareja con similares
características si se disuelve la anterior; o en intentos que pueden ser
tanto de remordimientos, con súplicas y promesas de cambio de
comportamiento, como de agresiones todavía más feroces (que son las que
continuamente aparecen en los medios de comunicación) para evitar la
ruptura.
El comportamiento de estos grupos de víctimas y de
perpetradores es notablemente paradójico, porque no tiene sentido que una
persona tienda a relacionarse con otra que la agrede, maltrata y humilla
sistemáticamente. Asimismo, es desconcertante en los maltratadores que
tras sus agresiones exista una necesidad posesiva hacia la pareja, porque
lo lógico sería que si la odian no tuvieran inconveniente alguno en romper
la relación.
En trabajos anteriores (1)
(2) y en otros pendientes de
publicación (3) presentamos un fenómeno novedoso que hemos descrito como
un trastorno de la personalidad, que a nuestro entender explica estos
comportamientos tan paradójicos propios de la violencia doméstica, no
siendo sin embargo exclusivo de ésta. Este fenómeno recibe el nombre de
"dependencia emocional", y a continuación procederemos a describirlo
brevemente.
2.- Concepto de dependencia emocional
La dependencia emocional es la necesidad afectiva extrema
que una persona siente hacia otra a lo largo de sus diferentes relaciones
de pareja. No obstante, su carácter crónico no se basa en la sucesión de
dichas relaciones sino en la personalidad de estos sujetos; es decir, el
dependiente emocional lo es también cuando no tiene pareja, aunque esto no
sea lo más habitual porque su patología provoca que busque otra
desesperadamente. De hecho, una de sus características es que no soportan
la soledad, algo que veremos más adelante.
Dos aspectos característicos emergen de la definición: en
primer lugar, que la necesidad es excesiva y que por tanto no se reduce a
la propia de una relación amorosa; en segundo lugar, que dicha necesidad
es de carácter afectivo y no de otro tipo (pensemos en el clásico
"trastorno de la personalidad por dependencia", en el que la indecisión y
la sensación de inutilidad o desvalimiento personal es lo que une a la
persona de la cual se depende).
3.- Características de los dependientes emocionales
Las características que a continuación vamos a enumerar en
torno a la dependencia emocional se dan en los casos que podemos catalogar
como patológicos y estándar. Estas dos matizaciones se deben a que la
dependencia emocional es un continuo que empieza con la normalidad y
termina con la patología, por lo tanto existen diferentes niveles de
gravedad. En las dependencias más leves encontraremos sólo algunas de
estas características. Además, la dependencia emocional puede adoptar
diversas formas que alteran sustancialmente a la que estamos definiendo
como "estándar". Una de estas formas, que describiremos más adelante,
explica el comportamiento del grupo de maltratadores al que hacíamos
referencia; mientras que la "estándar" daría cuenta, entre otras, del
proceder de determinadas personas víctimas de violencia doméstica.
Dividiremos estas características en tres áreas:
relaciones interpersonales (con especial hincapié en las de pareja),
autoestima y estado anímico:
1) Relaciones interpersonales:
- Tendencia a la exclusividad en las relaciones. Esto se da tanto en
las relaciones de pareja como en las amistades de estas personas,
sintiéndose más cómodas hablando con un único amigo que en un grupo
numeroso, en el que no se tiene el suministro afectivo necesario y
pueden, paradójicamente, encontrarse más solas. Esta exclusividad,
dentro ya de las relaciones de pareja, da a entender que más que cariño
hay necesidad hacia el otro, implica una cierta falta de construcción
personal. Asimismo, ilustra a la perfección la similitud con otras
adicciones, en tanto que dicha exclusividad y enganche constante hacia
la otra persona se produce también en ellas. La adicción se convierte en
el centro de la existencia del individuo y todo lo demás queda al
margen, incluyendo trabajo, familia o amigos. De conservar amistades
suelen ser de uno a uno y para hablar sobre la pareja, que se convierte
en el tema favorito de conversación.
- Necesitan un acceso constante hacia la persona de la cual dependen
emocionalmente. Esto se traduce en un agobio asfixiante hacia ella con
continuas llamadas, mensajes al móvil, aferramiento excesivo, deseo de
hacer con ella cualquier actividad, etc. La motivación de este acceso
constante es por un lado la necesidad emocional y por otro la ansiedad
por una posible pérdida del otro.
- Necesitan excesivamente la aprobación de los demás. De hecho,
sondeando en los antecedentes patológicos de estos pacientes aparecen en
muchas ocasiones historia de trastornos de la alimentación. Esto indica
el desequilibrio emocional subyacente, su autorrechazo y también los
deseos de agradar (en el caso de los trastornos alimentarios, también
físicamente) a los demás.
- Ilusión al principio de una relación o cuando conocen a una persona
"interesante". Esta ilusión tiene mucho de autoengaño, de la misma forma
que cuando se da una ruptura pueden pensar que por ver de vez en cuando
a su pareja no se van a volver a enganchar a ella, o que si ésta ha
prometido dejar de agredirles sistemáticamente creer que en esta ocasión
será cierto.
- Subordinación en las relaciones de pareja. Es un medio para
preservar la relación a toda costa, algo que hacen muy bien y que es
atrayente para sus parejas por el suministro narcisista que les
proporciona. Las relaciones de pareja de los dependientes emocionales
son marcadamente asimétricas, desequilibradas. Uno de sus componentes es
el que domina claramente en la pareja y el otro (en este caso, el
dependiente emocional) sólo se preocupa de su bienestar, de hacer lo que
su pareja desee, de magnificar y alabar todo lo que hace, de ser el
objeto de su desprecio narcisista e incluso a veces de su rabia, tanto
psíquica como física.
- Idealizan a sus parejas y las escogen con unas características
determinadas: ególatras, con gran seguridad en sí mismas, frías
emocionalmente, etc. El narcisismo de estas personas es la contrapartida
de la baja autoestima de los dependientes emocionales, por eso se
produce esta idealización y fascinación.
- Las relaciones de pareja atenúan su necesidad, pero siguen sin ser
felices. De todas maneras tampoco esperan serlo porque su existencia es
una sucesión de desengaños y no tienen el componente esencial del
bienestar: quererse a sí mismos. Este componente, por otra parte, es
fundamental para poder llevar a cabo relaciones de pareja sanas,
equilibradas y mutuamente gratificantes. Esta sensación de tristeza y de
vida torturada se manifiesta con claridad cuando nos damos cuenta de que
realmente no echan de menos el afecto y a veces el respeto que la pareja
debería tenerles, simplemente es algo desconocido para ellos. Esto es
algo que resulta difícil de entender cuando tratamos con estas personas.
- Pánico ante la ruptura y gran posibilidad de padecer trastornos
mentales en caso de que se produzca. De hecho, uno de los dos motivos
principales de consulta de los dependientes emocionales es el
padecimiento de una psicopatología (generalmente, un episodio depresivo
mayor) tras una ruptura. Este sufrimiento se puede producir con una
persona que ha hecho la vida imposible o que incluso ha maltratado al
dependiente emocional. En estos casos, el paciente no deja de
recordarnos a un toxicómano en pleno "síndrome de abstinencia"; es más,
son muy frecuentes la negación de dicha ruptura y los continuos intentos
y exhortaciones para reanudar la relación. Es necesario añadir que esta
tormenta emocional amaina milagrosamente cuando aparece otra persona que
cubra las necesidades afectivas del dependiente, y es muy frecuente que
la ruptura se produzca cuando se tiene ya otra relación. Cuando esto se
produce, el centro de la existencia pasa a ser la nueva pareja. La
diferencia con personas "normales" es que éstas suelen guardar un
periodo que podríamos calificar como de duelo tras una ruptura amorosa,
período en el que no se tienen muchas ganas de tener a otra persona
porque la anterior todavía ocupa un lugar privilegiado.
- Tienen un miedo e intolerancia terribles a la soledad, base de su
comportamiento ante las rupturas, de su necesidad de otra persona, del
apego y parasitismo que tienen hacia ella u otras personas, etc. Esta
intolerancia a la soledad se debe a que la relación del dependiente
consigo mismo es muy negativa; con otras palabras podemos afirmar que
"no se soportan".
- Presentan cierto déficit de habilidades sociales, como falta de
asertividad. También destaca el egoísmo, fruto de la necesidad
patológica que tienen hacia otras personas. La exclusividad y el agobio
que pueden llevar a cabo también hacia amistades denota precisamente ese
egoísmo. Pueden tener a otra persona al teléfono hablando de su pareja
durante mucho rato sin importarles, por ejemplo, que tengan visita o que
se tengan que marchar por cualquier motivo.
2) Autoestima:
- Autoestima y autoconcepto muy bajos. No esperan ni echan a faltar el
cariño de sus parejas porque tampoco lo sienten hacia sí mismos, y
generalmente tampoco lo han tenido de sus personas más significativas a
lo largo de sus vidas. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que así
como el miedo a la soledad es uno de los rasgos distintivos de los
dependientes emocionales, la falta de autoestima es el fundamento de
dicho rasgo. El autoconcepto es también bajo por simple coherencia con
la autoestima, aunque esto en ocasiones no es así en tanto pueden
desarrollar habilidades a lo largo de su vida en las cuales adquieran
confianza y seguridad (por ejemplo en el área laboral).
3) Estado de ánimo y comorbilidad:
- Manifiestan estar tristes y preocupados. Antes hemos hablado sobre
la sensación de tristeza e infelicidad que planea sobre las vidas de los
dependientes emocionales; el estado de ánimo es por tanto disfórico y
con tendencia a las rumiaciones sobre posibles abandonos, sobre el
futuro de la relación, el miedo a la soledad y qué podrían hacer para
mitigarlo, etc. En consecuencia, la sintomatología ansiosa también es
relevante. Las comorbilidades más frecuentes son, por tanto, con
trastornos depresivos y ansiosos, y hay que considerar la posibilidad de
antecedentes de trastornos de la alimentación como la anorexia o la
bulimia.
Como síntesis de estas características podemos extraer las
que consideramos básicas para la dependencia emocional, que deben estar
presentes necesariamente para que una persona merezca este diagnóstico.
Son las siguientes:
- Miedo e intolerancia a la soledad.
- Historia de relaciones de pareja gravemente desequilibradas, o una
única relación que por su duración ha ocupado la mayor parte de la vida
adulta del sujeto.
- Baja autoestima.
Las causas de la dependencia emocional son lo
suficientemente extensas y complejas como para no profundizar en ellas en
este artículo. No obstante, sí podemos anticipar que, entre otros
factores, la mezcla de carencias afectivas tempranas y el mantenimiento de
la vinculación emocional hacia las personas que han resultado
insatisfactorias son las responsables de la génesis de la dependencia.
4.- La dependencia emocional dominante
Como hemos dicho, la forma estándar de dependencia
emocional es la que acabamos de describir. Esta forma estándar, en sus
grados más extremos de gravedad, es la responsable a nuestro juicio del
comportamiento del grupo de personas víctimas de malos tratos que continúa
amando a su pareja. Sin embargo, existen lo que hemos denominado "formas
atípicas" de dependencia emocional, en las que este fenómeno aparece
simultáneamente con otros. Una de estas formas atípicas es la dependencia
dominante, coexistiendo aquí tanto la necesidad afectiva propia de la
forma estándar, como una intensa agresividad hacia la pareja. La
ambivalencia resultante es la responsable del comportamiento peculiar del
grupo de maltratadores al que hemos hecho referencia al comienzo de este
artículo.
Los dependientes dominantes se caracterizan, como su
propio nombre indica, por tener relaciones de dominación en lugar de
sumisión, sin por ello dejar de sentir dependencia hacia su pareja. Ya
hemos visto en la dependencia emocional normal que las relaciones de
pareja se caracterizaban por la sumisión y la idealización. En el caso de
la dependencia dominante se da simultáneamente con la necesidad afectiva
un sentimiento de hostilidad. Se puede interpretar esta hostilidad como
una especie de venganza por las carencias sufridas, que ciertas personas
con una autoestima algo más sólida se pueden permitir el lujo de mostrar.
Estas personas suelen ser varones, lo cual tiene posiblemente
implicaciones tanto biológicas como culturales, en tanto éstos tienen
presiones sociales para adoptar posiciones de fuerza y competitividad, y
cierta facilidad para la desvinculación afectiva hacia los demás.
Estos dependientes dominantes establecen relaciones de
pareja desde una perspectiva superior, de dominio, y utilizan a su pareja
para satisfacer sus sentimientos ambivalentes (la ambivalencia es la
presencia simultánea de afectos positivos y negativos que entran en
conflicto). Por un lado atacan, controlan, dominan o incluso humillan a su
pareja. Esto refuerza al mismo tiempo su autoestima porque niegan así su
otro sentimiento fundamental, la dependencia. Pero detrás de esta posición
de superioridad se esconde una profunda necesidad y control del otro, al
que quieren siempre consigo y en exclusividad. En este tipo de
dependencias son muy comunes los celos, incluidos los patológicos, que
encubren la necesidad y la posesión que sienten hacia su pareja. Digamos
que con esta actitud de dominio obtienen lo mismo que desea el dependiente
emocional estándar, que es la presencia continua de su pareja, y además
contentan otra tendencia más hostil y dominante, satisfaciendo así su ego
y su rencor hacia las personas.
¿Cómo se sabe que hay una dependencia tras la dominación y
la hostilidad?, porque está claro que muchas veces no es así. Tenemos que
sospechar la presencia de sentimientos de dependencia afectiva cuando a
pesar de la hostilidad, la crítica, el desprecio o el aparente desinterés,
estas personas no rompen la relación, siempre y cuando no obtengan una
gratificación narcisista de ella en forma de recibimiento de alabanzas o
de fascinación por parte de su pareja (si es así, posiblemente ésta sea
dependiente emocional convencional) o que haya un interés personal o
material por medio. Además de esto, observando el tipo de interacción
entre ambos o entrevistando por separado a los componentes de la pareja,
nos daremos cuenta de que sea por un motivo o por otro el dependiente
dominante se las ingenia para estar con la otra persona, a la que
supuestamente desprecia, o bien mantiene el contacto con ella. Otro hecho
que nos debe alertar de la presencia de este fenómeno es que estas
personas niegan rotundamente cualquier sentimiento positivo hacia la
pareja, cuando se puede sospechar de ellos como único motivo del
mantenimiento de la relación.
Un procedimiento que se puede utilizar para confirmar la
presencia de dependencia emocional larvada en estas personas ambivalentes
es proponer un tiempo de separación o de ausencia de contacto entre la
pareja. Si la hostilidad, dominación y desprecio son "puros" aguantarán
perfectamente este periodo, porque realmente no tienen sentimientos
positivos hacia la otra persona; de existir dependencia la llamarán con
cualquier excusa por la necesidad imperiosa que tienen.
Pero sin duda este fenómeno se destapa e incluso se
reconoce por el que lo padece cuando se produce una ruptura. Como es fácil
imaginar, las rupturas son frecuentes en este tipo de relaciones porque la
otra persona se cansa de las críticas, de la hostilidad, del desprecio, de
hacer siempre lo que el dominante quiere o de observar cómo niega tanto
para sí mismo como para los demás cualquier sentimiento positivo hacia
ella. Cuando se da la citada ruptura, el dependiente dominante puede
reaccionar exactamente igual que cualquier otro dependiente emocional:
entra en una profunda depresión, suplica a su expareja que se reanude la
relación, le promete que cambiará, reconoce lo mal que se ha portado, etc.
La pareja de estos dependientes se sorprende de que
después de la ruptura muestre que tras la fachada de superioridad,
dominación, cinismo, desinterés u hostilidad, se escondía una profunda
necesidad afectiva. Esta sorpresa se acompaña en la mayoría de los casos
de indignación y suele ser un motivo por el que la relación no se reanuda.
Además, está el fundado temor de que al retomar la relación estos
dependientes vuelvan a su anterior pauta de interacción.
Pero tras la ruptura, los dependientes dominantes pueden
reaccionar de una forma bien distinta. Si su tendencia hostil es superior
a su necesidad afectiva, en lugar de implorar reanudar la relación pueden
vengarse de la afrenta recibida, que interpretarán como la confirmación de
sus sospechas sobre la falta de sentimientos de su pareja o sobre
presuntas infidelidades de ésta. La idea de posesión absoluta es tan
grande que no podrán siquiera imaginar que la persona que es de su
propiedad, según ellos, tiene ahora "libertad" para hacer lo que desee. El
odio por no poder satisfacer su necesidad reavivará viejas heridas por
desengaños interpersonales sufridos durante toda su vida, con lo que se
abren las puertas para un desenlace trágico. La mezcla de necesidad
enfermiza y de odio hacia una misma persona es extremadamente patológica,
y causa sufrimiento tanto en la persona que la padece como sobre todo en
el destinatario de estos sentimientos.
5.- Conclusiones
Hemos intentado clarificar el comportamiento de un grupo
determinado de personas víctimas de violencia doméstica y de otro grupo de
maltratadores, que no necesariamente tiene que coincidir en una misma
relación. Para ello hemos utilizado un modelo novedoso que recibe el
nombre de "dependencia emocional", y que en los trabajos citados al
comienzo de este artículo hemos propuesto como un trastorno de la
personalidad. Esperamos que la utilización de dicho modelo aporte algo de
luz a fenómenos como la violencia doméstica que día a día no dejan de
desconcertarnos.
Notas
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