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 Pueblos indígenas: el derecho a tener derechos

Entrevista

Tarcila Rivera Zea 

Parte 1 / 3

Tarcila Rivera Zea es una mujer indígena del Perú que supo crecerse como ser humano ante los avatares de su vida. De niña desnutrida –como ella misma se califica-, nacida en una zona de conflictos violentos se convirtió en una especialista en derechos humanos y una de las líderezas de los pueblos indígenas de reconocimiento internacional, sin que por ello se le hayan ido los humos a la cabeza.

Tarcila siempre está echando un ojo al pasado para no olvidar lo que han avanzado, pero tiene una mirada volcada al porvenir hacia el camino que falta por andar. Futuros la entrevistó para tener un acercamiento al quehacer de las mujeres indígenas.

"Llegamos a la conclusión de que no podíamos defender la cultura, si no tomábamos en cuenta la vida de las personas que producían cultura"

"Queremos recuperar la equidad de género
como un concepto que está dentro de lo que sería la complementariedad
 de diferentes pero en igualdad de condiciones"

"Nuestra primera demanda es el reconocimiento del uso de la lengua indígena
 en el espacio público en aquellas regiones donde hay pueblos indígenas"


Quisiera que se presentara a los lectores de Futuros ¿Quién es Tarcila Rivera Zea?

Tengo 56 años. Estoy dedicada a la defensa de los derechos de los pueblos indígenas desde hace más de 25 años. Soy de una comunidad quechua, del departamento que ahora le llaman región Ayacucho. Es una zona de extrema pobreza que fue terriblemente afectada por la violencia política entre los 80’s y el año 2000. Nuestra comunidad ha perdido muchísimas familias en ese conflicto.

¿Cómo comenzó su trabajo en derechos humanos?

Soy producto de algunos cursos de derechos humanos, -que no siempre los tenemos en el Perú-, uno de ellos lo cursé en Canadá, en Prince Edward Island, y para mí, a pesar de haber hecho este curso a los 38 años, fue determinante para un trabajo mucho más sostenido.

Recién en esos cursos pude encontrar la explicación al sistema de exclusión en el que hemos estado los pueblos indígenas, tanto las comunidades andinas como las amazónicas en nuestro país. Pude confrontar entre los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Constitución peruana y la realidad de nuestras comunidades. Comprobar esa realidad mirando los tres espacios es lo que me llevó a concluir que lamentablemente los pueblos indígenas no hemos ejercido el derecho a tener derechos. Es por eso que desde los 80’s he estado totalmente comprometida con el movimiento indígena. Primero de forma general y luego tomando un espacio específico, como mujer que viene de unas comunidades que fueron terriblemente afectadas por la violencia. Empecé a tomar mayor identificación con mi región y en todo caso, con la realidad de mis propios paisanos, fue por ello que en el año 1986 fundamos Chirapaq, que significa "Centellear de estrellas" en quechua.

En Chirapaq nos propusimos defender la cultura en un contexto de violencia. Las familias tenían que desplazarse masivamente para huir de la violencia o incluso de la muerte. Fue en esa época, empujados por esta situación, que por primera vez salieron nuestros abuelos de la comunidad. Con el desplazamiento de los abuelos nos enfrentamos al peligro de perder nuestra historia: las narraciones, la historia de la comunidad y la dinámica comunicacional de la familia. Fue por eso que fundamos Chirapaq, algo idealistamente, para registrar la historia oral de los ancianos desplazados, para que no se perdiera la historia. Pero poco después entramos en discusiones entre los integrantes de Chirapaq, donde dos éramos mujeres, venidas de comunidades afectadas terriblemente por la violencia, una es Juanita del Rosal, que es cantante de música andina, de la comunidad de Cayara y yo de la zona de Vilcashuamán. Empezamos a cuestionarnos como íbamos a defender la cultura, sin intervenir en lo que estaba pasando en nuestras regiones. Llegamos a la conclusión de que no podíamos defender la cultura, si no tomábamos en cuenta la vida de las personas que producían cultura. Razonamos que para defender la cultura, hay que defender también la vida, y tomar partido con lo que estaba pasando con nuestras comunidades. Esto casi nos dividió en dos grupos. La concepción que tenían algunos de la cultura es un tanto copiada de occidente: la cultura como expectación y disfrute de algo abstracto. Pero lo que nosotros estábamos viendo es que si la viejita moría sin haber podido trasmitir su experiencia a su nieta ya no había tradición. No habría lengua, ni habría cultura. Si no teníamos la oportunidad de regresar a nuestras comunidades, perderíamos la posibilidad de cosechar nuestros alimentos y desarrollar nuestros productos. Después de intensos debates, llegamos a definir nuestras acciones y empezamos por rescatar la cultura alimenticia y decidimos comenzar aplicándola con el sector más vulnerable: los niños y las niñas. Empezamos con una propuesta de mejora nutricional con productos locales, que estuvieran al alcance de las comunidades más pobres, pero al mismo tiempo agregábamos el conocimiento de cómo balancear la dieta para que los niños no siguieran creciendo desnutridos y como consecuencia que fueran maltratados en las escuelas porque no tenían rendimiento escolar.

Ahí nos percatamos de otra realidad. Los indios que íbamos a las escuelas, -que no siempre están en las comunidades-, recibíamos todas las clases en castellano. Siendo monolingües, estábamos entrando a aprender a leer y a escribir en una lengua que no era la nuestra, y sin tener la nutrición adecuada se producía un choque. Tratamos de ver la relación que hay entre ser quechua hablantes y tener niveles de desnutrición por lo que empezamos a relacionar identidad con rendimiento escolar; la salud física con la salud espiritual. Entonces empezamos la propuesta en el comedor "Adolfo Pérez Esquivel" con 240 niños. Eran criaturas afectadas por la violencia, huérfanos de la guerra en Ayacucho. Nos propusimos demostrar que es posible tener una dieta balanceada y apropiada, solamente combinando y usando adecuadamente los productos indígenas.

Pero entonces vimos como los niños que estaban siendo alojados o refugiados en la casa de abuelita o de paisanos, recibían sus alimentos y se iban a un rinconcito a comer. Era un cuadro que repetía lo que a nosotras mismas nos había pasado: no sentirse aceptados por no hablar correctamente castellano. Fue por eso que comenzamos a crear un espacio que le hemos llamado "Afirmación Cultural", que en esencia, es lograr una identificación cultural mediante las artes: hacer el telar de cintura, la cerámica, aprender la música y usar el idioma propio no sólo en el espacio de la familia, sino más allá de la comunidad. Logramos apoyo de algunos artistas y músicos, y les cuento que a lo largo de diez años pudimos ver como esos niños, que empezaron en estos talleres muy improvisados, -porque no somos profesionales ni de las ciencias sociales, ni de la pedagogía-, fueron afirmando su autoestima, porque hablar el idioma quechua libremente en un espacio urbano, donde ellos tenían temor de hablarlo, les dio una seguridad que permitió que se expresaran libremente en su propio idioma.

Todo esto dicho de modo tan simple costó un gran esfuerzo. Pero el resultado es que ahora tenemos líderes positivos en Ayacucho. Ahora hay jóvenes que están terminando la Universidad, algunos ya son jefes de familia. Aunque fueron hijos de padres desaparecidos, verlos recuperados y seguros de sí mismo es una gran satisfacción.

Hace poco inauguramos un taller de escultura que se ha convertido justamente en parte del programa "Ñoqanchiq" (Nosotros mismos), para el desarrollo integral de niños y jóvenes quechuas.

O sea, ¿lograron integrar todas esas ideas en un nuevo programa?

Sí, y fue maravilloso. Hemos sido testigos de como estas propuestas iniciadas de una forma tan simple, tratando de responder a la realidad del contexto mismo, nos abrieron toda una posibilidad de aportar a la educación intercultural, porque nuestro problema si lo vemos dentro de los términos de los derechos humanos, es el derecho a la propia cultura o a la propia lengua.

La educación intercultural es fundamental porque los textos escolares resuelven parte de la educación con el enfoque de los valores de la cultura occidental, pero no da solución a la educación en los valores de nuestra cultura y raíces. Entonces viene como consecuencia el problema de la pérdida de identidad, pero sobretodo la autoestima. Si yo he sido quechua hablante hasta los 10 años, he comido, bebido y vivido en una forma con determinados comportamientos y valores, y luego entro a la escuela y no hay nada de mi experiencia anterior, todo es nuevo y diferente, es como que lo mío no valiera nada. Ahora estamos en el esfuerzo de ver como esta experiencia, lograda desde los 90’s, puede ser sistematizada y convertida en política regional dentro de la propuesta de descentralización que tiene el país.

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