Introducción
La
década de los noventa se caracterizó por la realización de Cumbres
Mundiales promovidas por las Naciones Unidas, las cuales trataron de
abordar los problemas más pertinentes del desarrollo mundial. Dada la
creciente inserción de la mujer en la vida pública, la mayoría de ellas
tocaron intereses relacionados con el género y, dos de ellas, Beijing y
Cairo, se dedicaron a visibilizar sus problemas más específicos.
Particularmente en el Cairo, las mujeres lograron una gran conquista que
posteriormente se ratificó en Beijing, al reconocerse sus derechos
sexuales y reproductivos como parte de los derechos humanos, elevándose
este tema a una nueva dimensión que debería permitir nuevos espacios en
organismos internacionales y gobiernos. Se han cumplido diez años desde su
realización, de manera que ha llegado el momento de evaluar sus logros,
frustraciones y retos futuros.
Como primer paso para iniciar esta evaluación, es
fundamental reconocer los grandes y nuevos procesos que en este último
período han vivido, el mundo en general y los países en desarrollo, en
particular. Específicamente, América Latina durante la década de los
noventa se enfrentó a cambios radicales en sus economías, en la concepción
misma del desarrollo, en su modelo de organización política y en la
dinámica de su sociedad civil. Inició los noventa con la esperanza de
superar la década perdida de los ochenta y con la promesa de que la nueva
receta económica, conocida como el Consenso de Washington, le traería la
estabilidad económica que se traduciría en crecimiento y como subproducto,
en mejor calidad de vida. La Región siguió como ninguna la fórmula
impulsada por los organismos internacionales pero al final, las
expectativas fueron muy superiores a las realidades. ( French-Davis,
Ricardo, 2003) Logró la estabilidad pero a costa de un bajo o nulo
crecimiento y de inmensos costos sociales y políticos. Hoy la
ingobernabilidad de estos países parece ser la nota común.
Los noventa han sido una época especialmente convulsionada
para la Región que aún avanzado ya el segundo milenio no logra encontrar
el desarrollo sostenible que busca, ni la equidad social para dejar de ser
la Región más desigual del planeta. (BID, 2000) Los países
latinoamericanos viven hoy el gran reto de resolver problemas viejos como
la pobreza, la inequidad, el lento e inestable crecimiento económico, y de
enfrentar los nuevos como la inseguridad, las distintas expresiones de
violencia, el narcotráfico y el terrorismo.
El segundo hecho que debe reconocerse, antes de evaluar
los resultados de las Cumbres mencionadas, se refiere a los profundos
cambios que las mujeres han experimentado y sus implicaciones en términos
de nuevas relaciones de género. Sin abandonar sus tareas tradicionales
reconocidas hoy como la economía del cuidado, las mujeres han invadido el
espacio de lo público y en los dos ámbitos en que se mueven se ven
afectadas por las políticas económicas que han privilegiado los
equilibrios macroeconómicos. Como prestadoras de servicios sociales de
última instancia, las mujeres latinoamericanas, en particular, han visto
recargar su trabajo no remunerado frente a la reducción del gasto público
y, a su vez, su accionar en la economía de mercado se enfrenta a políticas
que precarizan el mercado laboral. Menos estudiada es la nueva situación a
la que se enfrentan los hombres que no logran asimilar sus nuevos roles en
la sociedad.
El inicio del siglo XXI ha marcado una nueva era en la
cual el mundo pobre y, más aún, el reconocido como rico, se siente
vulnerable. Los países desarrollados han perdido la sensación de seguridad
que los caracterizó y se enfrentan a un enemigo inasible, el terrorismo
mundial, que no solo ha tenido altos costos sino que ha mostrado la
debilidad de sus instituciones que se planteaban como modelos a los países
del Tercer Mundo. Y este último que requiere salir de la pobreza, no logra
posicionarse en las nuevas realidades que impone la globalización.
Solamente China, la India y el Sudeste Asiático han logrado romper las
barreras que frenaban su proceso de modernización y hoy avanzan hacia la
consolidación de sus sociedades reduciendo pobreza y marginalidad. Este
complejo contexto es en el que deben analizarse la globalización, la
pobreza y el nuevo compromiso mundial, las Metas del Milenio.
Globalización y pobreza en dos nuevos escenarios
Al menos dos grandes cambios se observan como realidades
irreversibles. En primer lugar, se identifica una nueva forma de
industrialización que se aparta notoriamente de los procesos observados en
los países hoy desarrollados. (Tedesco, Juan Carlos, 1999) Se supone que
el mundo ha entrado en una nueva etapa en la cual el conocimiento y la
información estarían reemplazando a los recursos naturales, a la fuerza y
al dinero, como variables claves de la generación y distribución del
poder. La esencia del cambio parece estar en la transformación de la
organización del trabajo. Como anota Tedesco, después de un excesivo
optimismo sobre la capacidad democratizadora de esta nueva fase se ha
llegado a conclusiones preocupantes que coinciden con la realidad de mayor
desigualdad en el mundo, tanto en los países industrializados como en
aquellos en vía de desarrollo, pero especialmente en áreas que coinciden
con sectores de transformación productiva y tecnológica. Los nuevos
sectores dinámicos con alto componente tecnológico generan pocos puestos
de trabajo con altos salarios dejándole a los servicios la capacidad de
absorción de mano de obra barata. Como para estos últimos el costo laboral
es una parte fundamental del precio del producto, su política laboral es
generar empleo de bajo costo.
El resultado final es hoy evidente en América Latina,
altísimos niveles de desempleo y la aparición del fenómeno de la exclusión
en los ciclos productivos. Se plantea entonces que la diferencia entre el
capitalismo industrial tradicional y este nuevo capitalismo es que el
primero incluía pero explotaba y el segundo además de explotar, excluye.
De ahí lo altísimos niveles de informalidad que afectan los mercados de
trabajo latinoamericanos.
Durante la última mitad del siglo XX y en lo que va del
presente, el elemento más dinámico del mercado laboral latinoamericano, ha
sido el trabajo femenino por lo tanto es imposible entender todos estos
procesos sin consideraciones de género. (Standing, Guy, 1999) La nueva
forma del capitalismo, en el cual la descentralización mundial de la
producción, la importancia de la inversión extranjera, el papel de las
grandes corporaciones internacionales es evidente, ha estado acompañada
por una gran demanda de mano de obra femenina. Este proceso requiere ser
analizado cuidadosamente porque en forma ligera, la economía ortodoxa lo
califica como una de las revoluciones positivas de las nuevas tendencias
económicas. (BID, 2003)
En América Latina, la exclusión económica ha conducido al
nuevo fenómeno social que hoy se identifica como la máxima preocupación de
los latinoamericanos, la inseguridad económica (Rodrik, Dani, 1999). Sin
embargo, su impacto diferencial entre hombres y mujeres no ha sido
suficientemente estudiado. Esta nueva característica del desarrollo de la
Región, se agrava por la exclusión política, dada las imperfecciones de
los sistemas democráticos y conlleva a la poca analizada exclusión social
que se suma a la pobreza de siempre y a la desigual distribución del
ingreso. Una de las características más importantes de esta exclusión
productiva, también analizada por Tedesco, es que no genera un grupo
contestatario, lo cual le quita todo poder político. Allí debe nacer la
debilidad actual de muchas de las instancias de reivindicación social que
en su momento frenaron los abusos y las graves consecuencias de la falta
de una nueva institucionalidad que reconozca este fenómeno, como es el
caso de los sindicatos. Como señala Castell, mientras que la explotación
es un conflicto, la exclusión es una ruptura. (Castell, Robert, 1996)
A su vez, es evidente que a los viejos problemas sociales
que afectan a las sociedades latinoamericanas como la creciente miseria y
pobreza se le agrega un foco de mayor desigualdad de ingresos y de riqueza
con connotaciones aún desconocidas, que genera la misma forma actual de
producción capitalista. El aumento registrado en la Región en los niveles
de criminalidad, de violencia social y aún el conflicto armado como en
Colombia, puede encontrar fundamentos novedosos en los procesos de
exclusión a que ha estado sometida la sociedad. Se muestra como un gran
avance la relativa reducción que diversos índices señalan en la
desigualdad por género. Sin duda no han pasado en vano las décadas de
políticas dirigidas a las mujeres que hoy viven más, tiene mejor salud y
mayor educación, pero la realidad es que la exclusión continúa. Los
indicadores sociales han mejorado pero no han producido los cambios
necesarios en los valores, las normas y las conductas que subordinan a las
mujeres a los hombres y que limitan sus posibilidades de acceso
igualitario a los activos productivos y al poder político. Se aplica
entonces una conclusión que se ha planteado a nivel mundial: "Aunque los
roles de género han cambiado, la desigualdad no cambia." (Shah, Talah and
Deepa Narayan, 2000).
El otro nuevo escenario para las políticas públicas tiene
que ver con la segunda etapa de la globalización, la de los acuerdos
comerciales, tanto multilaterales como bilaterales, etapa que debería
partir de la geopolítica, es decir, de reconocer la importancia que la
geografía debe tener en las decisiones de Estado cuando se vive en un
mundo interconectado. Sin embargo, en varios de los países de la Región,
esta segunda fase estaría reducida a Tratados de Bilaterales de Libre
Comercio, TLCs, con Estados Unidos y en menor grado, con arreglos
multilaterales centrados en el comercio al margen de la geopolítica.
El elemento común a estos dos escenarios es el incremento
en la pobreza y la mayor exclusión de significativos segmentos de la
población. Las últimas cifras latinoamericanas corroboran esta
preocupación. (Cepal, 2004) Estos temas están preocupando seriamente a los
organismos internacionales y a los académicos del mundo, más concientes
que los latinoamericanos sobre el drama que se está generando en muchos de
los países en desarrollo y también en menor grado en las sociedades
industrializadas. (Ocampo, José Antonio, 2003) Lo que aún falta es un
mayor análisis sobre las consecuencias de aplicar el lente de género a
estas nuevas realidades.
Beijing y Cairo, una rápida mirada
Las Plataformas de Acción que se lograron aprobar en estas
conferencias mundiales generaron una serie de expectativas entre las
mujeres del mundo. La presencia de los Gobiernos así como las presiones de
las organizaciones de la sociedad civil, hechos que se sumaron a la salida
masiva de la mujer del ámbito doméstico, permitían suponer un viraje
sustantivo en las políticas públicas que deberían redundar en un
mejoramiento de la situación de la mujer y una reducción de las
desigualdades de género inexplicables e injustas. Sin embargo, en estos
años se han vivido complejos procesos que han tratado de retroceder los
logros alcanzados. Este proceso continúa y reviste particular gravedad
dada la naturaleza de los logros alcanzados y los retos que se enfrentan
para consolidar los acuerdos consignados en los documentos finales de las
mencionadas cumbres.
Al revisar los acuerdos de Beijing, es evidente que se ha
avanzado en darle una mayor visibilidad al tema de género en los discursos
oficiales y, en general, en la opinión pública. Difícil encontrar un
mandatario, en especial en América Latina, que ignore la importancia de
mostrar interés en reconocer la necesidad de trabajar por la igualdad
entre hombres y mujeres. Esto es particularmente cierto frente al claro
fenómeno de la feminización del mercado laboral y a los grandes avances
que la mujer ha logrado en términos de su inserción en el sector educativo
hasta el punto de superar en escolaridad a los hombres. Se han diseñado
políticas de equidad de género y en alguna medida se ha tratado de crear
una base institucional mínima pero aún dándole un trato sectorial. También
debe reconocerse el avance que se ha alcanzado en la legislación pero no
se logra fácilmente que el tema de sus derechos sea abordado
explícitamente. No es aventurado afirmar que Beijing logró avances que se
mantienen mucho en el plano teórico pero aún estos limitados logros están
amenazados por posiciones de extrema derecha.
El verdadero fracaso de Beijing es que no se han producido
los grandes cambios que se esperaban en las tendencias sobre la situación
de la mujer en el mundo y en América Latina. La realidad en la mayoría de
los países en desarrollo, es que la agenda de género sigue siendo un
apéndice de la política gubernamental. Ni siquiera la alta contribución de
la mujer al trabajo remunerado en condiciones precarias, bajos salarios,
inestabilidad laboral y carencia de seguridad social, han logrado
convertir al tema de género en prioritario. Las dificultades para avanzar
en este campo continúan siendo inmensas y la institucionalidad en este
campo se caracteriza por su debilidad, poco peso político y adicionalmente
por su inestabilidad. Los esfuerzos por hacer del género una política
transversal cuando se concretan no son sostenibles lo que confirma la
debilidad política del tema. Adicionalmente, es evidente la dificultad de
las mujeres para participar en el diseño de las políticas públicas,
espacio que se creyó ganado con los resultados de Beijing.
Más aún, las grandes reformas adoptadas en la década de
los 90 en el campo de la salud, la educación, del mercado laboral y,
particularmente, en los sistemas de seguridad social que sufrieron
procesos de privatización, no tomaron en cuenta las especificidades de las
mujeres y las diferencias con respecto al hombre en su condición de
actoras y beneficiarias en cada uno de estos campos.
Al comparar los avances obtenidos en el Cairo con lo
realmente logrado, los resultados en el área de la salud sexual y
reproductiva, son aún mucho más insatisfactorios. Un reciente balance
realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, confirma lo ya
mencionado, las reformas en salud realizadas en América Latina no
mejoraron los niveles de salud de las mujeres. La mortalidad materna sigue
siendo el principal problema de salud de las latinoamericanas y sus altos
niveles han permanecido inmodificados durante los últimos 20 años. (Bid,
2004). La incidencia creciente del VIH/SIDA entre las mujeres es un
fenómeno ignorado que no es objeto de divulgación ni de políticas. Así
mismo, el aborto, el embarazo adolescente y la incompleta cobertura de la
planificación familiar, demuestran que los derechos sexuales y
reproductivos de las mujeres están lejos de las metas trazadas.
Las metas del milenio
En septiembre del año 2000, los jefes de Estado y de
Gobierno se reunieron en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York,
para reafirmar su fe en la Organización y reconocer que además de sus
responsabilidades con sus sociedades, les incumbe la responsabilidad
colectiva de respetar y defender los principios de la dignidad humana, la
igualdad y la equidad en el plano mundial. Afirmaron su decisión de
establecer una paz justa y duradera en todo el mundo, de conformidad con
los propósitos y principios de la Carta y plantearon como tarea
fundamental conseguir que la mundialización se convierta en una fuerza
positiva para todos los habitantes del mundo, ya que, si bien ofrece
grandes posibilidades, en la actualidad sus beneficios se distribuyen de
forma muy desigual al igual que sus costos. Con base en estos y otros
principios acordaron los siguientes objetivos y metas del milenio:
Objetivo 1. Erradicar la extrema
pobreza y el hambre
Meta 1. Reducir a la mitad la proporción de personas
cuyo ingreso sea menor a un dólar por día
Meta 2. Disminuir a la mitad el porcentaje de personas
que padecen hambre.
Objetivo 2. Lograr la enseñanza
primaria universal
Meta 3. Garantizar que todos los niños y niñas puedan
terminar un ciclo completo de enseñanza primaria
Objetivo 3. Promover la igualdad
entre los sexos y la autonomía de la mujer
Meta 4. Eliminar las disparidades entre los sexos en
la educación primaria y secundaria, preferiblemente para el año 2005 y
para todos los niveles de educación para el año 2015
Objetivo 4. Reducir la
mortalidad infantil
Meta 5. Reducir en dos tercios la tasa de mortalidad
de niños menores de cinco años
Objetivo 5. Mejorar la salud
materna
Meta 6. Reducir la tasa de mortalidad materna en tres
cuartas partes
Objetivo 6. Combatir el
VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades
Meta 7. Detener y comenzar a revertir la tendencia de
expansión del VIH/SIDA
Meta 8. Detener y comenzar a reducir la incidencia de
la malaria y otras enfermedades importantes
Objetivo 7. Garantizar la
sostenibilidad del medio ambiente
Meta 9. Incorporar los principios del desarrollo
sostenible en las políticas y los programas nacionales e revertir la
pérdida de recursos del medio ambiente
Meta 10. Reducir a la mitad el porcentaje de personas
que carezcan de acceso sostenible al agua potable y a servicios
básicos de saneamiento
Meta 11. Haber mejorado sustancialmente, para el año
2020, la vida de por lo menos 100 millones de habitantes de
asentamientos precarios
Objetivo 8. Fomentar una
asociación mundial para el desarrollo
Meta 12. Desarrollar aún más un sistema comercial y
financiero abierto, basado en normas, previsible y no discriminatorio.
Ello conlleva el compromiso de lograr una buena gestión de los asuntos
públicos, desarrollo y la reducción de la pobreza, nacional e
internacionalmente
Meta 13. Atender las necesidades especiales de los
países menos desarrollados. Ello incluye el acceso libre de aranceles
y cupos para las exportaciones de los países menos adelantados, el
programa mejorado de alivio de la deuda de los países pobres muy
endeudados y la cancelación de la deuda bilateral oficial y la
concesión de una asistencia oficial para el desarrollo más generosa a
los países que se hayan comprometido a reducir la pobreza
Meta 14: Atender las necesidades especiales de los
países sin acceso al mar y los estados insulares pequeños
Meta 15: Encarar de manera general los problemas de la
deuda de los países en desarrollo aplicando medidas nacionales e
internacionales, con el fin de garantizar la sostenibilidad de la
deuda a largo plazo Meta 16: En cooperación con los países en
desarrollo, elaborar y aplicar estrategias que proporcionen a los
jóvenes un trabajo digno y productivo
Meta 17: En cooperación con los laboratorios
farmacéuticos, proporcionar acceso a los medicamentos de primera
necesidad y a precios asequibles en los países en desarrollo
Meta 18: En colaboración con el sector privado, velar
por que se puedan aprovechar los beneficios de las nuevas tecnologías,
en particular las tecnologías de la información y de las
comunicaciones
Una visión crítica a las Metas del Milenio
Las Metas del Milenio se consideran como el nuevo orden
social para eliminar la pobreza y lograr objetivos en términos de pobreza
y de acceso al desarrollo, que han sido postergados en particular durante
la última década. Por consiguiente, y en especial en América Latina, se
requieren análisis sobre su contenido y alcance, dada la trascendencia que
cada día adquieren en las agendas internacionales y de los gobiernos
signatarios de este acuerdo. Al ser mensurables se constituyen en
instrumentos que permitirán evaluar la gestión de organismos y gobiernos.
Sin embargo, ya se escuchan críticas sobre su contenido.
La primera crítica que se les hace se refiere a temas
excluidos. No es fácil de entender que serios problemas del desarrollo han
quedado por fuera de objetivos y metas. Tal es el caso del empleo
precario, fenómeno generalizado que caracteriza los mercados laborales
actuales tanto en países pobres como en sociedades industrializadas. Al no
afrontar este problema se está dejando al margen la llamada democracia
económica que se define como en derecho de todo individuo, mujer u hombre,
a generar el ingreso que le permita una vida digna. La llamada
flexibilización laboral tan en boga en las políticas de mercado, está
generando problemas serios de inseguridad económica en la Región
latinoamericana por las bajas remuneraciones, la falta de seguridad social
y su característica inestabilidad laboral. Sin abordar este problema no es
fácil entender como se logrará que grandes sectores de población salgan de
la pobreza por la vía digna del trabajo.
Pero sin duda la no-consideración de los derechos sexuales
y reproductivos, es la que ha causado mayor malestar entre los sectores de
mujeres del mundo. Solo algunos de sus componentes como la mortalidad
materna y la reducción del VHI/Sida se han tomado en cuenta pero han
quedado por fuera temas neurálgicos como el embarazo adolescente, el
aborto, la planificación familiar, entre otros más. La sensación de
frustración frente a los debates del Cairo, centrados en estos derechos de
las mujeres, se agrava hoy al no ser considerados como un todo en las
metas del milenio.
Sectores comprometidos con la defensa de los derechos
humanos no logran entender porque este tema quedó por fuera de las
prioridades del milenio. Hoy se reconoce que se violan aún en sociedades
que pretendían tener la autoridad moral para juzgar a quienes los violan.
La guerra de Irak ha demostrado que los problemas de derechos humanos no
tiene fronteras y debían comprometer a todas las sociedades hasta lograr
el respeto que las normas imponen. Así mismo es incomprensible que la
equidad no haya sido planteada como una de las principales metas. El
fracaso del gasto social como instrumento para abordar la pobreza, ha
llevado a reconocer que las llamadas condiciones iniciales, concentración
del ingreso, de los activos productivos, del capital humano y del poder
político, son determinantes de la eficiencia de las políticas sociales. En
sociedades desiguales los pobres se enfrentan a una selección adversa
cuando se trata de acceder a los bienes públicos.
La naturaleza de un segundo grupo de críticas obedece al
hecho de haber ignorado la experiencia vivida en temas que se plantean
como metas que permitirán mejorar las condiciones sociales de la
población. En primer lugar, la universalización de la educación primaria,
ya lograda en la mayoría de los países latinoamericanos, no se ha
convertido en motor de cambio. De igual manera, la mayor educación de las
mujeres que es una de las conquistas ya logradas en la Región, tampoco ha
asegurado la equidad de género en América Latina. En general el tema de
equidad entre hombres y mujeres reviste una gran complejidad y es tratado
de manera simplista en esta nueva agenda social. Las normas, reglas y
valores que rigen en la sociedad siguen reproduciendo esquemas
patriarcales a pesar de los logros alcanzados por las mujeres en
educación, salud e inserción laboral. Si el objetivo es reducir la
desigualdad entre los géneros, las metas exigirían propósitos más
complejos llamados a construir un capital social funcional a estos fines.
Probablemente la meta más criticable es la que se refiere
a Fomentar una Asociación Mundial para el Desarrollo; es obvia la
influencia de los países desarrollados en su concepción y redacción. Su
objetivo es válido pero no la naturaleza de las metas. En el tema del
comercio mundial no se hace ninguna mención a la doble moral de los países
ricos que son quienes mantienen barreras a los productos provenientes de
los países en desarrollo. Sobre la deuda, se trata de manera limitada sin
considerar la situación de los grandes deudores de ingreso medio. Y,
finalmente, en el complejo problema de los derechos de propiedad
intelectual que protegen a las grandes multinacionales afectando la oferta
de medicamentos y de insumos agrícolas, la posición claramente va en
contravía de los intereses de quienes no producen estos bienes sino que
solamente los demandan.
La verdadera contribución de las Metas del Milenio
No obstante las limitaciones anotadas, las Metas del
Milenio pueden estar induciendo uno de los cambios más esperados por el
mundo que ha sufrido las consecuencias de la economía ortodoxa que
propende por el mercado y poco estado. El Banco Mundial ha reunido a
especialistas y a formuladores de políticas públicas de diferentes lugares
del mundo, para analizar experiencias exitosas en reducción de pobreza que
guíen iniciativas futuras y, quien lo creyera, puedan cambiar de manera
fundamental, según sus propias palabras, el paradigma de desarrollo.
Varias razones pueden explicar este viraje que sin duda repercutirá en las
políticas nacionales. En primer lugar, las Metas del Milenio, la primera
de las cuales señala la necesidad de reducir a la mitad la pobreza
extrema, le exigen a los Organismos internacionales unos esfuerzos que
serán evaluados. Y serán todos los mandatarios del mundo que se
comprometieron en el año 2000 a cumplirlas los que les tomarán cuentas a
aquellos que han manejado el discurso del desarrollo en los últimos
tiempos, entre los cuales el Banco Mundial ocupa el primer plano.
Por primera vez, existe una vara con la que estas
entidades serán medidas y esa responsabilidad está haciendo mella. En
segundo lugar, empieza a hacer carrera la responsabilidad de instituciones
como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en la pérdida de
legitimidad de los gobiernos latinoamericanos. De acuerdo al reciente
estudio del PNUD, la combinación de las políticas de libre mercado y
nuevas democracias ha fracasado de tal manera, que más del 50% de los
latinoamericanos estarían dispuestos a aceptar nuevamente las dictaduras,
si estas aseguran el crecimiento económico. Sin gobiernos legítimos ¿cómo
se pueden cumplir las metas del Milenio? Y finalmente, en tercer lugar,
las recetas actuales ni generaron crecimiento, ni redujeron la pobreza ni
mejoraron la distribución de los pocos beneficios del desarrollo logrado.
En resumen, o se cambia de paradigma o no solo no se cumplirán los
objetivos acordados por los mandatarios mundiales sino que es posible que
la pobreza y todos sus males, se agraven en la próxima década.
Si el temor de no cumplir con la reducción de la pobreza a
la mitad en el año 2015, induce a la reconsideración definitiva de las
recetas económicas actuales y a la exploración de un nuevo paradigma del
desarrollo, centrado en el ser humano, independientemente de sus
limitaciones, las Metas del Milenio le habrán hecho una contribución
histórica al desarrollo mundial.
Los nuevos desafíos para la sociedad civil
Las realidades actuales plantean claramente retos
complejos que se ven sometidos a permanentes cambios que obedecen a la
volatilidad de la economía y a los resultados de un mundo global donde
hechos locales tienen repercusiones mundiales. La sociedad civil, y en
particular los movimientos de mujeres, van a enfrentar nuevas situaciones
que demandarán cambios en sus agendas. Para enfrentarlas, las mujeres
deben partir del reconocimiento de cuáles son sus nuevos activos. El
primero de ellos es la realidad misma que demuestra un creciente
protagonismo femenino tanto en el ámbito privado, de la economía del
cuidado no remunerada, sin el cual el costo de la reducción del gasto
público por parte de los gobiernos hubiese sido mayor en términos de
calidad de vida de diversos grupos de población, y de su creciente
participación en el mercado de trabajo, en el proceso identificado como la
feminización laboral que caracteriza a todas las sociedades del momento.
De manera evidente las mujeres de hoy son actoras del desarrollo y el
desbalance se identifica en su papel como beneficiarias del mismo dado que
su esfuerzo no corresponde a las retribuciones económicas que reciben y a
su reconocimiento social y político. (López, Cecilia, 2000ª, 2000b, 2000c)
El segundo activo proviene de las valiosas contribuciones
que las economistas feministas están haciendo en el campo del conocimiento
económico. Sus avances conceptuales han clarificado las relaciones entre
género y macroeconomía pero además están realizando aportes en la
búsqueda, no solo de temas pertinentes al género, sino de nuevas
interacciones entre la economía y la equidad en general. Son las mujeres
economistas las que señalan hoy "el contenido social" de la política macro
que se espera desplace la práctica común de políticas sociales llamadas
aditivas que no evitan sino que buscan remediar los efectos negativos de
decisiones macroeconómicas. (Elson, Diane y Nilufer Cagatay, 2000)
Con base en estos elementos, los nuevos desafíos que se
proponen al movimiento de mujeres son los siguientes:
- Aceptar como una realidad su innegable protagonismo como actores
fundamentales del desarrollo. Esto implica abandonar el papel
tradicional de víctimas y exigir reconocimiento por sus contribuciones
al crecimiento económico, al desarrollo de la democracia, a la reducción
de la pobreza y al manejo sostenible de los recursos naturales, entre
muchos otros.
- Incorporar los nuevos desarrollos teóricos y empíricos que aporta la
economía feminista, con el objeto de fortalecer el discurso de las
mujeres. Existe suficiente evidencia para enriquecer con datos y
análisis los planteamientos que buscan el reconocimiento de los derechos
de las mujeres y sus nuevos roles en la sociedad.
- Vincular la actividad de la mujer y sus especificidades a los temas
del desarrollo. Un claro ejemplo se encuentra en el área de la salud
sexual y reproductiva. Dado el creciente aporte de la mujer a la
producción, es necesario demostrar la interrelación que la salud
reproductiva tiene con la productividad, tema que conmueve a los
economistas y que puede facilitar la evolución favorable de este tipo de
políticas que hasta ahora han sido postergadas. Este es un reto tanto
para la academia como para el activismo feminista.
Los propósitos anteriores son una preparación para lo que
se desea plantear como los grandes desafíos para los movimientos sociales
de mujeres que son:
- Contribuir definitivamente a la construcción del nuevo paradigma de
desarrollo. Nadie como las mujeres de América Latina han sufrido los
efectos perversos del Consenso de Washington. Hoy se abre una puerta
para su replanteamiento y para posicionar de nuevo los objetivos
sociales como prioridad del desarrollo. No pueden las mujeres sustraerse
de esta oportunidad que deben trabajar conjuntamente la academia
feminista, la academia no ortodoxa, con la cual existen intereses
comunes y, el activismo, para posicionar políticamente el tema en la
agenda que se construya tanto en los organismos internacionales como en
los gobiernos y en la academia.
- Buscar de manera decidida el posicionamiento de mujeres con
sensibilidad de género en posiciones de poder tanto a nivel nacional
como internacional. La mujer ha sido tímida frente a la política pero
después de tantos años de lucha y tantas frustraciones ha llegado el
momento de buscar el acceso al los niveles donde se toman las grandes
decisiones. Llegó la hora de perderle el temor a la política, tema aún
vedado para las mujeres.
Si no se aborda el gran debate sobre las nuevas rutas del
desarrollo y no se busca de manera masiva llegar a los sectores donde se
toman las grandes decisiones tanto a nivel mundial como local, los grandes
logros se seguirán quedando en lo cualitativo, más visibilidad, y no en lo
cuantitativo, capacidad de manejar las realidades del mundo en los
distintos niveles.
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