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Presentación realizada en el IV
Congreso Internacional de Salud Pública:
GLOBALIZACIÓN,
ESTADO Y SALUD,
organizado por la Facultad Nacional de Salud Pública
de la Universidad de Antioquia, Colombia
Noviembre 2005
Todos
tenemos la sensación de vivir en un mundo con el cual no nos sentimos
realmente conformes, un mundo donde constatamos crecientes inequidades,
desconcierto, angustias frente al futuro, y con cierta sensación de
impotencia muchas veces respecto de qué podemos hacer, quiénes somos
nosotros, qué poder tenemos para poder cambiar las cosas.
Todos los que están aquí tienen muchos ejemplos de lo que
no les gusta en el mundo actual. De manera que yo quisiera comenzar por
plantearles cómo me gustaría a mí que fueran las cosas, cómo me gustaría a
mí que fuera la economía, cómo me gustaría a mí que se la aplicara y se la
enseñara, porque debo comenzar por declarar que en mi calidad de
economista, yo hoy día me siento profundamente defraudado por el modo en
que mi disciplina se aplica y el modo como se enseña. Creo que hoy en día,
la economía se ha mostrado incapaz de resolver realmente los problemas que
por último fueron los que le dieron origen para tener el derecho de ser
una disciplina.
La economía que a mí me gustaría ver se sustenta en cinco
postulados que en un principio valoro profundamente:
- Postulado 1: la economía está para servir a las personas y no las
personas para servir a la economía.
- Postulado 2: el desarrollo tiene que ver con personas y no con
objetos.
- Postulado 3: crecimiento y desarrollo son dos cosas distintas, y el
desarrollo no precisa necesariamente de crecimiento.
- Postulado 4: ningún proceso económico puede ocurrir al margen de los
servicios que prestan los ecosistemas.
- Postulado 5: la economía es un subsistema de un sistema mayor,
finito y cerrado, que es la biosfera.
En consecuencia, el crecimiento permanente es una
imposibilidad. Y el principio valórico fundamental, el que sustenta la
economía que a mí me gustaría, es que bajo ninguna circunstancia y bajo
ninguna consideración, un interés económico o proceso económico puede
estar por encima de la reverencia por la vida. Bien, una vez hecho este
listado, yo he tenido la experiencia de que en cada uno de los casos lo
que se está haciendo y lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario.
La economía está para servir a las personas y no las
personas para servir a la economía. Consuman, amigos, aumenten su consumo,
eso es bueno para el crecimiento; nadie le pregunta si eso es bueno para
usted —eso es irrelevante—, si esto es bueno para la economía. Yo
recomiendo aquí muchas veces —o la gente se lo recomienda a ustedes— que
hagan un ejercicio personal; no necesitan compartirlo con nadie. Cuando
lleguen a la casa, hagan una lista de todas las cosas que tienen y que no
necesitan y después hagan otra de todas las cosas que ustedes tienen y que
sí necesitan; les garantizo que en 99% de los casos, la primera lista es
mucho más larga que la segunda, y eso demuestra el éxito de este sistema.
Si todos fuésemos —como presume la economía teórica— consumidores
racionales, el sistema colapsaría; es necesario que exageremos, como
condición para la reproducción de este nuevo modelo que domina al mundo.
Pero no solamente esa es la manera como las personas
sirven la economía. Déjenme ilustrarlo con un pequeño caso, bastante
dramático por lo menos: había hace unos años un pequeño país en América
latina que era desde todo punto de vista realmente maravilloso y
espectacular; ese paisito se llama Costa Rica. Fue de los primeros países
que llegaron a niveles increíblemente avanzados en lo que se llama un
auténtico desarrollo: lograron 97% en alfabetización, la salud estaba muy
bien cubierta, un país políticamente estable, un país que se dio el lujo
de poder eliminar las fuerzas armadas, con el objeto de revertir todo su
tipo de gastos hacia el desarrollo social, la educación, la salud, etc.
¿Qué pasó con ese pequeño paraíso? En algún momento —y de una manera por
lo demás bastante siniestra, como les voy a contar más adelante—, fue
inducido a endeudarse severamente bajo la promesa de que ese endeudamiento
iba a garantizar un crecimiento muchísimo mayor y un boom económico
espectacular nunca visto en la historia económica de Costa Rica. Bueno, se
endeudó. Por supuesto que la situación prometida no ocurrió: en veinte
años, la deuda externa se cuadruplicó a pesar de que se la está pagando, y
eso, considerando que en algún momento, por el buen comportamiento, se le
perdonaron mil millones de dólares. Y como no puede pagar la deuda, ¿qué
es lo que hay que hacer? Ajuste estructural. ¿Y qué es el ajuste
estructural? Disminuir sus gastos de educación, sus gastos de salud, sus
gastos de previsión, sus gastos en los viejos, etc. Y, además, abrirse
completamente a las importaciones: productos básicos para poder pagar la
deuda. Resultado: ese pequeño paisito que había logrado una muy digna
capacidad de autodependencia, con finas relaciones con el resto del mundo,
se transformó en un país total, profunda e irreversiblemente dependiente.
El presidente Figueres declaró en su momento a Costa Rica como el primer
país que se iba a dedicar a ser un país sustentable; desgraciadamente,
cuando tomó esa decisión, ya era demasiado tarde, ya la situación era
irreversible. ¿Y eso se hace por qué? Bueno, porque el discurso dice que
eso es bueno para la economía.
Claro, probablemente el PIB ha crecido un par de puntos
como producto de todo este manejo, pero ¿es un crecimiento que vale la
pena? ¿es un crecimiento que ha mejorado las condiciones de los
costarricenses? Obviamente que no. Lo enuncio con Costa Rica porque es un
país que está cercano, es un país nuestro y que era en su momento un gran
ejemplo; pero eso es generalizable no solo para América latina, sino para
el tercer mundo en general.
El desarrollo tiene que ver con personas y no con objetos.
¿Pero cómo? Cuando me quieren mostrar que un país es más desarrollado que
otros, ¿qué es lo que me muestran? Mira, tiene un producto per cápita
mucho mayor, está creciendo el producto interno bruto. ¿Qué es lo que
significa eso? Son las transacciones a través del mercado y, en el fondo,
lo que devela es el crecimiento de los objetos, no son algunos servicios
por cierto, sino objetos, básicamente el crecimiento de cosas. ¿Qué pasa
con los seres humanos detrás de eso? El crecimiento económico se ha
convertido en un fetiche en el mundo: no hay día en que el tema del
crecimiento económico no esté permanentemente presente entre políticos y
jefes que toman decisiones. Es una verdadera obsesión, una obsesión, a mi
juicio, que ha llegado a niveles patológicos y que ustedes debieran
preocuparse de curar.
Aparece la autoridad económica muy satisfecha, muy
contenta, sacando pecho, y dice: vamos a crecer al 6%, que es el resumen
de todo, y ustedes tienen que estar muertos de felicidad por este anuncio.
Bueno, pero esa es la única información que se da. Nadie cuenta ni la
historia natural ni la historia humana que hay detrás de ese 6%. Yo puedo
crecer a costa de destruir mis recursos, a costa de arrasar mis recursos,
a costa de que haya gigantescas epidemias en mi país. Todo eso es bueno
para el crecimiento económico. ¿Se puede crecer a través de la
sobreexplotación de los recursos humanos, en algunos casos llevarlos a
niveles casi de esclavismo, como encontramos en muchos lugares del mundo
hoy día?
Esa es la historia que no se cuenta, de ahí que no haya la
conciencia de que en vez de crecer un 6% mal, puede ser mucho más deseable
crecer un 2%, pero bien. El componente cualitativo está fuera, no se
considera; además, no pierdan ustedes de vista que la economía, como se la
enseña, se ha declarado a sí misma una disciplina sin valores: value free
science. Tiene que ver con seres humanos, se presume, ¿no es cierto? ¿Cómo
pueden estar ausentes los valores? Es bastante absurdo. El crecimiento no
es lo mismo que el desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente
de crecimiento.
En mi centro, en investigaciones que hicimos hace unos 20
años en materia de necesidades humanas en 19 países —sobre todo en países
del norte, países ricos—, llegamos en aquel entonces a una conclusión muy
desconcertante, que dio origen a una hipótesis que llamamos la hipótesis
del umbral. Esta sostenía —o sigue sosteniendo, porque hoy en día hay un
gran debate en torno a ella, pues está presente en la literatura, sobre
todo la de economía ecológica— que en toda sociedad parece haber un
período en el cual el crecimiento económico convencionalmente medido y
convencionalmente entendido conlleva a un mejoramiento de la calidad de
vida, pero solo hasta un cierto punto, el punto umbral; cruzado este, si
hay más crecimiento económico, se comienza a deteriorar la calidad de
vida. Esto fue bastante escandaloso, sobre todo entre mis colegas era un
disparate absoluto y brutal.
Bueno, hoy en día se han estudiado sistemáticamente más de
25 países, la mayoría de ellos del norte; del sur hay solo dos: Chile y
Tailandia. Se comparan el índice de crecimiento per cápita con un nuevo
índice que se ha diseñado y que se ha ido perfeccionando durante quince
años, denominado hoy en día como indicador de progreso efectivo (general
progress indicator), que se diferencia del PIB —que es un índice agregado,
en que todo se suma—. Esa es una de las cosas curiosas: los que inventaron
el PIB no estaban informados de que hay una operación que se llama resta,
entonces, como no la conocían, suman todo. Así, los accidentes
automovilísticos se suman, crece el PIB, claro; las epidemias se suman,
aumentan los productos; los servicios hospitalarios, los consumos de
medicamentos, todo eso se suma. Este otro es un índice que suma lo que
realmente es positivo y resta lo que es negativo: costos de contaminación,
costos de desertificación, destrucción de calidad natural, incremento de
enfermedades cardiovasculares, accidentes automovilísticos, etc.; son lo
que se llaman gastos defensivos, y que se restan en este índice, y los
otros, por supuesto, que son positivos, se suman.
Al comparar estos dos índices —desde 1950, como les digo—
para catorce países, en todos los casos los dos índices son perfectamente
paralelos hasta un periodo que se sitúa entre 1973 y 1983, según el país
de que se trate. Cruzado ese punto en todos —en algunos, dramáticamente,
como en Inglaterra—, se presenta una verdadera caída brutal en el índice
de la calidad de vida. Igualmente, comparado con todos los estudios de
satisfacción del bienestar —de los que se han hecho muchísimos—, se revela
lo mismo, de tal manera que vemos cómo llega un momento en que hay que
pasar necesariamente de una concepción cuantitativa de la economía a una
concepción nueva que sea cualitativa.
¿Qué significa que exista un punto umbral? Significa que
si yo cruzo ese punto, lo que tradicionalmente me ha funcionado como
medidas económicas, después de cruzarlo ya no me funcionan, tengo que
diseñar otras. Y eso es lo que tampoco se está haciendo ni se está
realizando en la teoría económica. Para quienes se interesen, me pueden
pedir después referencias, bibliografías; yo mismo tengo publicaciones
donde se muestran todos estos casos de todos estos países.
Ningún proceso económico puede ocurrir al margen de los
servicios que prestan los ecosistemas. Es increíble que hasta el día de
hoy, en las universidades de todo el mundo —las excepciones cabrán en los
cinco dedos de una mano—, todavía se educan economistas que no tienen la
más mínima idea de lo que son las leyes de la termodinámica, que son
fundamentales en los procesos económicos; ni de lo que es la importancia
de la fotosíntesis, del ciclo del agua, del ciclo del carbono, de la
fijación del nitrógeno, de los procesos climáticos, etc. Busquen ustedes
todos los libros de textos clásicos de economía: no hay ninguna mención de
nada que tenga que ver con ecosistemas. Es absolutamente insólito a estas
alturas —cuando estamos viviendo una evidencia extraordinaria de lo que
está ocurriendo en el mundo— que todavía la economía se separe
completamente de querer tener siquiera el interés de informarse, entonces
el resultado es que la naturaleza es un apéndice.
Así se formula, por ejemplo, un gran proyecto económico, y
abajo, casi como una nota de pie de página, reza: "hay que cuidar el medio
ambiente"; ¡qué linda frasecita! Claro que no significa nada; y el cuidado
del medio ambiente se promete precisamente en los lugares donde se cometen
las peores brutalidades en contra el medio ambiente. Las convenciones
internacionales a las que yo me refería —y que se firman— son exactamente
para volver a casa y no cumplirlas. Yo quisiera que me muestren los países
que realmente las cumplen religiosamente cómo las firmaron; son rituales
que, a estas alturas, ya deberían realmente acabarse.
El principio valórico: ningún interés económico puede
estar por encima de la reverencia por la vida; creo que no necesito
ilustrarlo. Tenemos demasiadas evidencias de que la vida es completamente
secundaria si el interés económico está ahí. Piensen ustedes (yo me lo he
imaginado; imagínense ustedes): Irak, que hubiese sido un país que
producía rabanitos, muchos rabanitos; el mayor productor de rabanitos del
mundo, con el señor Sadam Husein. Les aseguro que el señor Husein todavía
estuviera ahí, con lo perverso que era; pero resulta que no producía
rabanitos. Entonces, hay intereses económicos superiores frente a los
cuales el país interesado no tiene problema en sacrificar incluso vidas de
sus propios jóvenes. Sobre los mil jóvenes, ¡cuántos sueños destruidos,
cuántos amores que no se produjeron, cuántos sueños que fueron reventados,
cuántos deseos, cuántos genios muertos; ¿por qué? Pues bien: he dicho esto
como introducción, he reflexionado mucho para pensar por qué hemos llegado
a este tipo de mundo. ¿Qué pasó? ¿Era inevitable que llegáramos a esto? La
segunda parte que quiero compartir con ustedes es precisamente eso.
La vida es una interminable secuencia de bifurcaciones: la
decisión que tomo implica todas las decisiones que no tomé, la ruta que
escojo es parte de todas las rutas que no escogí. Nuestra vida es
inevitablemente una permanente opción, una infinidad de posibilidades
ontológicas. El hecho —y la mayoría de ustedes lo habrá vivido— de que
estuve en un lugar determinado, en un momento muy preciso, cuando una
determinada situación aconteció o una determinada persona apareció, pudo
haber tenido un efecto decisivo para el resto de mi vida; unos minutos más
temprano o más tarde, o algunos metros más allá o más acá podrían haber
determinado otra bifurcación y, en consecuencia, otra vida mía
completamente distinta. De ahí que el gran filósofo español José Ortega y
Gasset manifestaba: "Yo soy yo y mis circunstancias".
Ahora lo que vale para las vidas individuales es válido
también para comunidades y sociedades. Nuestra así llamada civilización
occidental es el resultado de sus propias bifurcaciones; somos lo que
somos pero podríamos haber sido distintos, y quisiera que me acompañen a
revisar algunas de estas bifurcaciones. En algún momento del siglo XII, en
Italia, un joven llamado Giovanni Bernardone, quien era muy joven y muy
rico, decidió en algún momento cambiar radicalmente su vida. Como
resultado de su transformación, lo recordamos hoy con otro nombre:
Francisco de Asís. Francisco, cuando se refería al mundo, hablaba del
hermano Sol y de la hermana Luna, del hermano lobo, y del fuego y del agua
y de los pájaros y de los árboles también como hermanos y hermanas. El
mundo que describía y sentía era un mundo en que el amor no solo era
posible sino que tenía un sentido universal.
Algún tiempo después, también en Italia, escuchábamos la
resonadora voz del brillante y astuto Maquiavelo, advirtiéndonos: "Es
mucho más seguro ser temido que amado". Él también describió el mundo,
pero no solo lo describe, sino que lo crea. El mundo que tenemos hoy no es
el de Francisco, es el de Maquiavelo; Francisco fue la ruta no navegada.
La navegación que escogimos fue la de Maquiavelo e, inspirados por él,
hemos construido nuestras concepciones sociales, políticas y económicas.
En 1487, otro joven, muy joven, de solo 23 años, Francesco Pico Della
Mirandola, se prepara para defender públicamente sus novecientas tesis
sobre la concordia entre las diferentes religiones y filosofías. Él se
niega a enclaustrarse dentro de las limitaciones de una sola doctrina,
convencido de que las verdades son múltiples y de que jamás una sola
aspira a una renovación espiritual que pueda reconciliar a la humanidad.
Algunos años después de este creyente fervoroso de la verdad absoluta y de
las posibilidades de la certeza, Francis Bacon nos invita a torturar a la
naturaleza, para extraerle, a través de esa tortura, la verdad. Dos mundos
una vez más: uno que representa la ruta que navegamos, y el otro, la ruta
no navegada. No aceptamos el camino sugerido por Pico Della Mirandola;
optamos por aceptar la invitación de Bacon y, de ese modo, continuamos
aplicando su receta con eficiencia y entusiasmo. Continuamos torturando a
la naturaleza a fin de extraerle lo que consideramos la verdad y, si no,
la utilidad.
En el año 1600, Giordano Bruno arde, víctima de su
panteísmo, puesto que pensaba que la tierra es vida y tiene alma; todo
para él son manifestaciones de vida, todo es vida. Tres décadas más tarde
murmura Descartes sus reflexiones metafísicas: "Cuando miro a través de mi
ventana, lo que veo son sombreros y abrigos que cubren máquinas
automáticas". No navegamos la ruta de Giordano, escogimos la de Descartes,
y de esa manera hemos sido testigos del triunfo del mecanicismo y del
reduccionismo. Para Newton y Galileo, el lenguaje de la naturaleza es la
matemática. Nada es importante en la ciencia que no pueda ser medido;
nosotros y la naturaleza, observadores y lo observado como entidades
separadas; la ciencia es la suprema manifestación de la razón, y la razón
es el atributo supremo del ser humano.
Johann W. von Goethe, cuyas contribuciones científicas
fueron injustamente opacadas por mucho tiempo, quizá por ser demasiado
heterodoxas para su época y porque parecía absurdo e inaceptable que un
poeta pudiera incursionar en la ciencia, se sentía incómodo con lo que
consideraba las limitaciones de la física newtoniana. Para Goethe, la
ciencia es tanto una ruta interior de desarrollo espiritual como una
disciplina destinada a acumular conocimiento sobre el mundo físico.
Implica no solo las preparaciones rigurosas de nuestras facultades de
observación y reflexión, sino, además, de otras facultades humanas que
puedan sintonizarnos con la dimensión espiritual que subyace e
interpenetra lo físico; facultades como sentimiento, imaginación,
intuición y espiritualidad. La ciencia, como Goethe la concebía y
practicaba, tiene como propósito supremo la excitación de nuestra
capacidad de asombro a través de un pilar contemplativo en que el
científico llega a ver a Dios en la naturaleza, y a la naturaleza en Dios.
Otra vez dos mundos. Otra bifurcación. Fascinados aún por
el sobrecogedor brillo de Newton y Galileo, hemos escogido no navegarlo
así en la ruta de las ciencias goethiana: sentimiento, intuición,
conciencia, espiritualidad siguen exiliados del reino de las ciencias, a
pesar del surgimiento de puertas que para ellos empiezan a abrirse desde
la física cuántica. La más dura de las ciencias es la única que comienza
ahora a acercarnos profundamente hacia la espiritualidad; mensaje que
ninguna de las otras disciplinas por cierto ha recibido.
La enseñanza de la economía convencional, que, por
increíble que suene, como ya lo dije hace un momento, se considera una
ciencia libre de valores, es un caso conspicuo. Una disciplina en que la
matemática se ha convertido en un fin en sí mismo en vez de herramienta, y
que desprecia como carente de valor todo lo que no puede ser medido; ello
ha generado modelos e interpretaciones teóricamente
atractivas pero totalmente desvinculadas de la realidad. La cosa es así:
una ruta navegada y una ruta no navegada, recordada solo por ratones de
biblioteca. Es indudable la ruta navegada, a la que atribuimos sin embargo
logros y hasta éxitos espectaculares. La universidad, en particular, ha
escogido las rutas de Maquiavelo, Bacon, Decartes, Galileo y Newton. En lo
que respecta a Francisco, Pico, Giordano y Goethe, el científico, han
quedado como notas al pie de página de la historia.
Como resultado de la ruta navegada, hemos logrado
construir un mundo en el que, como sugiere el filósofo catalán Giordi
Pillere, las virtudes cristianas, tales como fe, esperanza y caridad, se
manifiestan hoy en día metamorfoseadas como esquizofrenia, depresión y
narcisismo. Ahí tienen otra tarea. Nuestra navegación sin duda ha sido
fascinante y espectacular; hay mucho en ella digno de la mayor admiración;
sin embargo, si la esquizofrenia, la depresión y el narcisismo son ahora
el espejo de nuestra realidad existencial, es porque súbitamente nos
descubrimos en un mundo de confusión, en un mundo de desencanto donde el
progreso se hace paradójico y absurdo y la realidad se hace tan
incomprensible que buscamos desesperadamente escapes en tecnologías que
nos ofrecen acceso a realidades virtuales.
Hemos alcanzado un punto en nuestra evolución humana,
caracterizado por el hecho de que sabemos mucho, sabemos muchísimo, pero
comprendemos muy poco; la navegación que hemos escogido ha sido piloteada
por la razón y nos ha llevado al puerto del saber, como tal; ha sido una
navegación asombrosamente exitosa; jamás en toda nuestra existencia hemos
acumulado más conocimiento, más saber, que durante los últimos cien años.
Estamos celebrando la apoteosis de la razón; sin embargo, en medio de esta
tan espléndida celebración, súbitamente nos asalta la sensación de que
algo falta.
Así es. Podemos alcanzar conocimiento, saber, sobre casi
cualquier asunto que nos interese, podemos por ejemplo, guiados por
nuestro querido método científico, estudiar todo lo que se puede estudiar
—desde una visión teológica, antropológica, biológica, bioquímica,
sicológica— sobre un tema humano llamado amor. Usted ha estudiado todo lo
que se puede saber sobre el amor, pero solo va a comprender el amor el día
en que se enamore.
¿A qué apunta esto, de que el comprender es el resultado
de la integración mientras que el saber es el resultado de la separación y
de la fragmentación? Solo puedo pretender el comprender aquello de lo que
soy parte. Mientras sigamos diciendo "yo estoy aquí y la naturaleza está
allá", "estoy aquí y la pobreza está allá", acumularemos mucha información
en estadística, podemos diseñar muchos cuadros, pero nunca vamos a
comprender realmente de qué se trata y qué es lo que realmente ocurre.
Finalmente, hemos alcanzado el punto en que estamos
tomando conciencia de que el conocimiento, el saber, no es suficiente y
que, por lo tanto, debemos aprender a comprender, a fin de alcanzar la
completitud de nuestro ser.
Es probable que estemos comenzando a darnos cuenta de que
el saber sin comprender es hueco y de que el comprender sin saber es
incompleto. Precisamos, por lo tanto, emprender por fin la navegación
hasta aquí pospuesta, pero para poder iniciarla debemos enfrentar el
desafío de un cambio de lenguaje. Ya lo decía Einstein: "No es posible
resolver un problema utilizando el mismo lenguaje que dio origen al
problema".
Sostenía el ya mencionado Ortega y Gasset que cada
generación tiene su tema, y a ello podríamos agregar que, además, cada
generación o periodo histórico está dominado o cae bajo el hechizo de un
lenguaje. No hay nada de malo en ello, siempre que el lenguaje dominante
de un determinado periodo histórico sea coherente con los desafíos que
plantea ese periodo histórico. Lo importante que debe tenerse en cuenta es
que el lenguaje influye en nuestras percepciones y que, por lo tanto,
moldea nuestras acciones. Veamos algunos ejemplos: durante los primeros
tres siglos del segundo milenio de la civilización occidental, el lenguaje
dominante tenía un contenido teleológico, en el sentido de que las
acciones humanas debían justificarse en nombre de un llamado superior que
estaba más allá de las necesidades de la cotidianidad. Ello hizo posible
la construcción de las grandes catedrales, de los espléndidos monasterios
y de otras construcciones de esa época.
Imagínense ustedes que somos un grupo, unas veinte
personas en este momento, que estamos en el siglo XI, sentados en una
pequeña ciudad, pequeña pero de mucha tradición, orillas del río Rin, que
se llama Colonia. Estamos tomándonos una cerveza, que es lo que
corresponde hacer en esas circunstancias, y de repente uno dice:
—Mira, tengo un idea.
—¿Qué?
—¿Por qué no construimos una catedral? —Mira, ¡que buena
idea!
—Pero, más o menos, ¿cómo calculas tú que debería ser esa
catedral?
Y uno, que es bueno para el dibujo, hace un diseño. —Mira,
yo creo que así.
—¡Ah!, mira qué bonita.
Y otro dice:
—Bueno, yo calculo que para construir esa catedral nos
podemos demorar unos quinientos años. —¡Ya, empecemos a construir!
¿Qué es lo que ocurre aquí? Ustedes se dan cuenta de la
relación del ser humano con el tiempo. Traslademos eso al año 2005:
construyamos la catedral de Colonia: licitación pública; ¿quién me la hace
más rápido y más barato? Bueno, ya se habría venido abajo hace mucho rato
la catedral de Colonia; no quedaría nada, ¿cierto? Es otra relación con el
tiempo. Gracias a Dios que en el siglo XI nadie había inventado todavía la
eficiencia. Y eso es lo que a mí me permite afirmar, ante el escándalo de
ustedes, que he llegado a la conclusión de que todas las obras inmortales
de la humanidad han sido producto de la lentitud y de la ineficiencia.
Piénsenlo.
¿Qué significa vivir en un mundo en que el mérito está en
hacer lo más posible en el menor tiempo posible? Eso es eficiencia,
¿cierto?, comparado con un mundo en que lo importante es hacer lo mejor
posible en todo el tiempo que sea necesario. Ahí hay otra vez dos mundos
entre los cuales escogieron. ¿Cuál de esos mundos creen ustedes que tiene
mejor salud? ¿Han pensado ustedes que uno de los grandes problemas de
salud se origina en la relación obsesiva que tenemos hoy día con el
tiempo? ¿Que vivimos aceleraciones de tiempo que van más allá de nuestra
propia capacidad de percepción? ¿Que tenemos que comunicarnos ahora a la
velocidad de la luz? No vayas a perder el tiempo al escribir una carta,
meterla en un sobre, pasarle la lengua y echarla al correo; ¡no seas
ridículo, no! Bueno, yo tengo mis dudas de si acaso este mundo que estamos
haciendo realmente es bueno para la salud.
Saltemos al siglo XIX. El lenguaje dominante de este siglo
fue básicamente el relacionado con la consolidación del Estado nación. Los
grandes discursos de los líderes políticos tienen que ver con ello. Sin
adentrarnos en detalles, cabe aseverar que el lenguaje dominante de
aquella época fue coherente con los desafíos de esa misma época. De hecho,
fue en el siglo XIX cuando se consagró y se consolidó el Estado nación. Es
apenas ahora, en el reciente siglo XX, cuando el lenguaje dominante es el
económico, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Una rápida
revisión nos revela aspectos interesantes: a fines de la década de los
veintes y comienzos de la de los treintas —época de la llamada gran
depresión mundial—, emerge la economía keynesiana. El lenguaje keynesiano
es, por lo menos en parte, producto de la crisis, pero con capacidad de
interpretarla y de superarla; de hecho, fueron los planteamientos de
Keynes los que el presidente Roosevelt favoreció para superar la crisis en
Estados Unidos. Podemos afirmar que se trataba una vez más de un lenguaje
que fue coherente con el desafío de su momento histórico.
Quisiera recordarles, con fines de comparación, un poco
más adelante, que en el lenguaje keynesiano la preocupación central era la
ocupación, el empleo, es decir, la preocupación central de la economía
estaba directamente orientada al ser humano. Hoy día la preocupación
central no es el empleo sino el crecimiento; ahí hay un cambio muy
importante en la filosofía de dos visiones económicas.
El siguiente cambio en este caso es un lenguaje que ocurre
en los cincuentas y los sesentas, con el surgimiento del lenguaje
desarrollista; esa es la época en que yo me eduqué en la Universidad de
Chile como economista. Se trataba de un lenguaje muy interesante porque
era optimista, utópico, e incluso alegre; los economistas que escribían en
esos días sentían realmente que por fin estaban claros los mecanismos para
superar la pobreza. Todos sentíamos, en aquel entonces, que, a pesar de
los obstáculos provenientes de los poderes fácticos, estaba claro lo que
había qué hacer, y eso provocaba una especie de romántica euforia. No
viene al caso enumerar las recetas, sin embargo, lo que cabe destacar es
que aun cuando las metas y las transformaciones que se esperaron no se
lograron en plenitud, sin embargo, en ese periodo —sobre todo en América
latina—, hubo transformaciones positivas de tremenda importancia; no solo
la confederación de los organismos internacionales como la Cepal,
particularmente para el caso de América latina: una Cepal que en aquel
entonces concibió una visión económica auténticamente latinoamericana,
diseñada desde América latina, pensada desde América latina y proyectada
para América latina. Estoy hablando de la Cepal en que realmente se
hicieron planteamientos que provocaron escándalos en el Norte y tremendas
polémicas, para deshacer las tesis que en la época de Raúl Previs se
planteaban en la Cepal y que eran de auténtica raíz latinoamericana.
Podríamos decir, entonces, que al menos fue un lenguaje
parcialmente coherente con los desafíos de su época, y finalmente, en las
últimas tres décadas del siglo XX, con la emergencia del lenguaje
neoliberal, lenguaje y modelo que se ha impuesto y que ha conquistado el
mundo entero. Aquí hay que reconocerle un mérito al neoliberalismo, que es
indiscutible, pues ha logrado en tres décadas lo que el cristianismo y el
islam no han logrado en 2000 años, que es conquistar el mundo entero.
Ahora bien, como yo lo entiendo y lo interpreto, la única
manera de entender realmente el fondo del lenguaje neoliberal es si uno lo
analiza como un lenguaje seudorreligioso: es dogmático y es simplista. Es
un lenguaje y un modelo que ha dominado y sigue dominando un periodo en el
que la pobreza y la inequidad han crecido a escala global; en que muchas
economías, a través de la carga de la deuda, han sido aniquiladas; en que
se ha generado una brutal sobreexplotación, tanto de personas como de
recursos naturales; en que encontramos en todas partes la destrucción de
ecosistemas y de la biodiversidad; todo ello ha alcanzado niveles
desconocidos en la historia de la humanidad y una acumulación de riqueza
financiera en menos manos cada vez, la cual ha alcanzado obscenas
proporciones. Todo esto se da con un lenguaje que lo que promete es
exactamente lo contrario de lo que está ocurriendo; vale decir que quizás,
por primera vez en la historia, vivimos una generación dominada por un
lenguaje que es absolutamente incoherente con los desafíos de su propio
periodo histórico, y esto tiene, a mi juicio, consecuencias profundamente
preocupantes.
Si me permiten, puedo caricaturizar un poquitito cuando
digo que el neoliberalismo es una seudorreligión: tiene su propia
santísima trinidad: crecimiento económico, libre comercio y globalización.
Ahí están el padre, el hijo y el espíritu santo. Tiene su propio Vaticano:
Banco Mundial, Fondo Monetario y Organización Mundial del Comercio, que,
como todo Vaticano que se aprecie, es infalible. Sabe mucho mejor que
todos nosotros lo que es bueno para nosotros y, en aras de nuestra
salvación, lo impone. Si eso no es religión, digan ustedes qué lo es.
Pues bien, hemos logrado ser seres exitosos pero
incompletos; es muy probable que sea precisamente esa falta de completitud
la responsable de las desazones y ansiedades que alteran nuestra
existencia cotidiana en el mundo de hoy.
Quizás ha llegado el momento de hacer una pausa y
reflexionar. Tenemos ahora la oportunidad de analizar con acabada
honestidad el mapa de nuestra navegación con todos sus logros y azares,
con todas sus glorias y tragedias, completado; y ahora podría resultar
apropiado desenterrar el mapa alternativo de la ruta que optamos por no
navegar, y buscar allí orientaciones pertinentes capaces de rescatarnos de
nuestra confusión existencial. Quién sabe: quizás tendría sentido que
comenzáramos a ver hermanos y hermanas a nuestro alrededor, quizá sería
positivo intentar creer en las posibilidades de armonía entre distintas
verdades, quizá nos beneficiaría atrevernos a creer que la Tierra sí tiene
alma y que todo es vida, quizá sería bueno aceptar que no hay razón alguna
para desterrar la intuición, la espiritualidad y la conciencia del reino
de la ciencia. O, para decirlo en palabras de Goethe: "Si buscamos solaz
en el todo, debemos aprender a descubrir el todo en la parte más pequeña",
porque nada es más consonante con la naturaleza que el hecho de que pone
en operación en el detalle más pequeño aquello que pretende como un todo.
Nuestra apasionada búsqueda de conciencia, de saber, ha
pospuesto nuestra navegación hacia el comprender. Nada ha debido impedir
ahora la iniciativa de esa navegación, si no fuera por una economía que,
practicada bajo el embrujo del lenguaje neoliberal, contribuye a
acrecentar nuestra confusión y a falsificar el propio saber. Ninguna
sustentabilidad que por cierto requiere de comprender acabará por lograrse
sin un profundo cambio de lenguaje; un nuevo lenguaje que abra las puertas
del comprender. Ello es, no un lenguaje de poder y de dominación, sino un
lenguaje que emerja desde lo más profundo de nuestro autodescubrimiento,
como partes inseparables de un todo que es la cuna del milagro de la vida.
Si logramos provocar dicho cambio, quizás alcancemos a experimentar la
satisfacción de haber generado un siglo en el que valga la pena vivir.
Cabe la esperanza de una navegación hacia aquella rivera que nos convierta
en seres completos capaces de comprender la completitud de la vida.
Creo, mis queridas amigas y mis queridos amigos, que hasta
este momento, aunque aumente la conciencia de ello, estamos en la ruta
equivocada y es necesario urgentemente hacer el viraje. Y a pesar de la
potencia y la capacidad que nos traen los llamados líderes que toman las
grandes decisiones, la decisión está en cada uno de nosotros. La física
cuántica, que nos revela cosas maravillosas y nos invita a comprender y a
pensar el mundo de otra manera, nos muestra, por ejemplo, algo que es
prácticamente poético: la constatación de que cada partícula es a la vez
todas las partículas. Proyectemos eso hacia lo humano, y ¡que hermoso
sería el día en que descubramos que cada persona es a la vez todas las
personas!
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