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Parte 2 / 2
III Las políticas ante la pobreza
La
evolución y reformas del Estado en América Latina durante el decenio de
1990 desembocaron en una reducción de su tamaño y de sus funciones. Esto
se debió al incremento de los procesos de privatización de empresas
públicas; cambios en las funciones estatales, al perder el Estado el papel
de productor de bienes y servicios; creciente descentralización de los
servicios y también de los recursos; aparición de nuevos actores en las
políticas públicas no estatales, donde los organismos no gubernamentales
adquieren presencia en la entrega de servicios públicos y promueven la
participación y el control comunitarios. En ese marco, también cambiaron
los enfoques orientados a superar la pobreza, lo que se tradujo en más
recursos, nuevas instituciones y programas, modalidades de gestión de las
políticas y programas más descentralizados y participativos y con mayor
injerencia de la sociedad civil, y la aplicación de nuevos instrumentos de
asignación de recursos (Raczynski, 2003). En síntesis, hacia la década del
2000, junto con un aumento en los niveles de pobreza de la población,
aparecen nuevas formas de gestión pública que reorientan los esfuerzos
estatales hacia programas encaminados a disminuir la pobreza, en especial
la extrema pobreza.
El concepto de pobreza no es nuevo en la historia. Ya a
mediados del siglo XVI, en Inglaterra se propusieron leyes para combatirla
(the English poor laws, dictadas en 1563, 1572, 1576, 1597 y 1601, en el
período isabelino) por diversas razones: la primera, por las
circunstancias económicas y por la presión de la población; luego, por
cambios en la concepción (basada en el puritanismo y el protestantismo) de
lo que los gobiernos podían y debían hacer a favor de los pobres y, por
último, por la ambición política de controlar a quienes las elites
consideraban súbditos "inferiores" (Dieterlen, 2003). Lo que es
relativamente nuevo es la idea de que el Estado (así como los organismos
internacionales y los organismos no gubernamentales) deben intervenir de
manera continuada y sistemática para mejorar la situación de quienes viven
en la pobreza y en la extrema pobreza. Más nueva aún es la comprobación de
que las causas de la pobreza y la situación de pobreza misma son
diferentes para mujeres y hombres y que, por lo tanto, se necesitan
políticas y programas que consideren las diferencias de género en los
procesos que originan y mantienen las situaciones de pobreza.
Los modelos explicativos y la forma de medir la pobreza
también definen políticas para enfrentarla. Si se mide la pobreza en
función de situaciones de carencia y por el método del ingreso, la
consecuencia más frecuente es que se actúe sobre las carencias mediante
transferencias de subsidios monetarios, cursos de capacitación laboral,
pavimentación de calles, saneamiento, provisión de servicios en las áreas
de educación y salud, otorgamiento de créditos bajo condiciones
especiales, y otras medidas compensatorias de corto plazo (Raczynski,
2003). En cambio, las propuestas que se realizaron en la década de 1960
para disminuir la marginalidad consideraban la provisión de
infraestructura urbana, la organización de los grupos marginales y la
incorporación al mercado laboral como los mecanismos centrales que
ayudarían a esta población a integrarse social y económicamente. Las
políticas diseñadas en esa época para reducir la desigualdad social
incluían redistribución de recursos por la vía impositiva y políticas
sociales y económicas redistributivas, como la asignación diferenciada de
recursos a la educación básica en salud y educación y las políticas de
discriminación positiva a favor de individuos y grupos desfavorecidos (Raczynski,
2003).
En lo que se refiere a la discriminación por género y por
etnia, las políticas propuestas en ambos casos apuntan a políticas
afirmativas que favorezcan a las mujeres y a las etnias en situación más
desmedrada y a políticas de deconstrucción cultural que tiendan a
disminuir los prejuicios valorativos respecto de esos grupos (cuadro 2).
Cuadro 2 Conceptos y propuestas relacionados con la
pobreza
|
Conceptos |
Dimensiones |
|
Marginalidad |
-
Ampliación de servicios
urbanos
-
Organización de la
población marginal
-
Incorporación al
mercado laboral
|
|
Vulnerabilidad |
- Apoyo focalizado para fortalecer los ingresos
- Promoción de nuevas fuentes de ingresos o subsidios
- Fortalecimiento de redes de protección individuales,
familiares o sociales
|
|
Desigualdad |
- Redistribución de recursos
- Políticas sociales y económicas redistributivas
- Políticas de discriminación positiva
- Acceso a servicios institucionales
|
|
Exclusión |
- Creación de condiciones para una ciudadanía ampliada y para el
pleno ejercicio de derechos
- Políticas sociales integrales
- Políticas de participación e integración
- Acceso a servicios institucionales
|
|
Discriminación de genero, de etnia y raza |
- Acción afirmativa
- Deconstrucción cultural
- Políticas de conciliación entre trabajo remunerado y familia
|
Fuente: Elaboración de la autora
Antes de elaborar políticas sobre pobreza es importante
hacer una precisión. Conviene distinguir entre, por un lado, las políticas
de reducción de la pobreza, que aluden a las causas del fenómeno y a su
corrección, y que se relacionan con la gestión macroeconómica, las
regulaciones y las políticas institucionales para generar un desarrollo
equitativo y evitar las crisis y la desigualdad y, por otro, las políticas
de alivio y enfrentamiento (protección social) de la pobreza, que apuntan
a disminuir el riesgo social en situaciones de crisis, es decir, buscan
atenuar las consecuencias en las diversas manifestaciones de la pobreza.
Entre las políticas para reducir la pobreza se pueden distinguir las
orientadas a establecer derechos económicos y sociales; entre las de
alivio y enfrentamiento de la pobreza se pueden incluir las de carácter
compensatorio (de asistencia social) y las orientadas a proporcionar
bienes y servicios sectoriales a grupos de población focalizados.
1. Diversos enfoques de la pobreza de género
La agenda de políticas públicas de los gobiernos y de los
organismos internacionales muestra una gran diversidad de enfoques ante la
pobreza y el género, los que han sido aplicados por separado o
combinadamente a lo largo de las tres últimas décadas y se sintetizan a
continuación:3
-
Enfoque asistencial: Incluye programas específicos para
las mujeres pobres, como "grupo vulnerable". Plantea un apoyo a las
mujeres teniendo en cuenta sólo sus funciones reproductivas, como
esposas y amas de casa. Se aplicó de manera más generalizada en los
decenios de 1970 y 1980, pero existen remanentes de él en algunos
programas actuales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el
Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Fondo de Población de las
Naciones Unidas (UNFPA).
-
Enfoque basado en la eficiencia: Sostiene que para
lograr un mayor desarrollo sería más eficiente considerar al conjunto de
la población, hombres y mujeres, en tanto personas disponibles para el
mercado de trabajo, o, en una versión más elitista, por el aporte
económico que la incorporación de las mujeres educadas, en su calidad de
recurso humano altamente calificado, puede hacer a la economía. Lo
aplican el Banco Mundial, el BID, la CEPAL, la Organización
Internacional del Trabajo (OIT).
-
Enfoque basado en la equidad: Plantea que mejorar la
situación de las mujeres pobres contribuiría a la equidad, puesto que
hay una incidencia mayor de pobreza en los hogares encabezados por
mujeres, que las mujeres reciben salarios más bajos y que su inserción
laboral es precaria y segmentada, lo cual se traduce en una mala calidad
de vida y dificulta el logro de equidad. Está presente en los estudios
de la CEPAL y la OIT.
-
Enfoque basado en el empoderamiento, el ejercicio de la
ciudadanía social y la toma de decisiones: Según este enfoque,
relativamente reciente, para que los programas dirigidos a las mujeres y
otros grupos (etnias, clases) sean mejores y más eficientes hay que
comprometer en su elaboración y ejecución a los propios afectados,
reforzando sus capacidades mediante la organización, el mejoramiento de
la autoestima, el acceso a recursos materiales y el fortalecimiento de
sus redes sociales, para que puedan ejercer plenamente su ciudadanía y
tomar decisiones en los planos individual, familiar y social. Lo
utilizan el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
la CEPAL, el Instituto de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social
(UNRISD).
Este último enfoque hace hincapié en la promoción de
políticas para superar la pobreza que tomen en cuenta todos los factores
que causan la pobreza, desde los más personales —falta de autoestima y
autonomía, así como la violencia que se ejerce sobre las mujeres— hasta
los de carácter social y económico, como el acceso al empleo, la salud, la
educación y los servicios técnico-financieros. Para ello propone
comprometer en la elaboración y ejecución de estas políticas a los propios
afectados y a actores estatales, sindicales y empresariales, y asigna un
importante papel a los nuevos criterios de empoderamiento y capital
social.
Entre las políticas orientadas a eliminar las
desigualdades basadas en el género se encuentran, a su vez, dos conjuntos
importantes: las políticas de reconocimiento de las diferencias y las
políticas de redistribución, entre las cuales se hallan las de igualdad de
oportunidades (Fraser, 1998 y 2000). Las políticas de reconocimiento, que
Fraser denomina modelo de la identidad, se refieren a las políticas de
reconocimiento de identidades injustamente desvalorizadas. Las de
redistribución, en cambio, buscan una transformación o reforma
socioeconómica para la solución de la injusticias de género y de etnia.
Las políticas de igualdad de oportunidades se han
generalizado en el plano internacional. La igualdad de oportunidades en la
tradición política liberal clásica implica que todos los individuos han de
tener la misma oportunidad y que las desigualdades que se producen se
deben a los distintos méritos que tienen las personas. Es decir, todos han
podido utilizar las mismas oportunidades, pero como son diferentes,
algunos son más capaces que otros, por lo que terminan siendo desiguales.
Existen, por lo tanto, desigualdades injustas que deben ser corregidas,
cuando no se ha tenido en el punto de partida las mismas oportunidades, y
desigualdades que sólo expresan diferencias de mérito y que son legítimas.
Con el propósito de corregir las desigualdades ilegítimas se han diseñado
acciones afirmativas destinadas a establecer la igualdad de oportunidades
en el punto de partida (Astelarra, 2003).
Sin embargo, como la igualdad de oportunidades de inicio
no produce igualdad de resultados, desde una perspectiva democrática se
hace hincapié en crear las condiciones sociales para una verdadera
igualdad de oportunidades. Pero aunque se partiera de una situación
inicial igualitaria, la retribución desigual tendería a perpetuarse de una
generación a otra mediante las "herencias" y "sesgos de género", afectando
así la igualdad de condiciones y oportunidades de las mujeres.
Las políticas de reconocimiento hacen hincapié en temas
relativos a la identidad que define a los grupos discriminados. Su
esfuerzo se orienta a que la cultura dominante reconozca los derechos
propios de esos grupos. Una de las principales críticas a este enfoque es
que podría tender a estigmatizar a tales grupos, al centrarse en la
mantención de una identidad que los mantiene segregados de los demás.
Según Fraser, las políticas de reconocimiento y las de
redistribución no se excluyen mutuamente.
2. La interrelación de las políticas referidas a la
pobreza y al género
Las políticas sobre la pobreza con una perspectiva de
género cruzan dos grupos importantes de políticas establecidas y puestas
en marcha desde hace varias décadas en América Latina: las orientadas a
eliminar las desigualdades de género y las dirigidas a disminuir la
pobreza.
Al cruzar estos dos grupos se obtiene un conjunto posible
de políticas destinadas a reducir la pobreza de género, con orientaciones
muy dispares. El despliegue de acciones, proyectos y programas diseñados
para disminuir la pobreza de género origina cuatro tipos de políticas
combinadas (cuadro 3).
Cuadro 3. Políticas contra la pobreza, con una
perspectiva de género
|
Políticas contra la
pobreza, con una perspectiva de género |
Políticas contra la pobreza
|
|
Derechos |
Compesatorias y sectoriales / servicios
|
|
Políticas pro
equidad
de género |
De reconocimiento |
Derechos y reconocimiento cultural
|
De reconocimiento y compensatorias |
|
De redistribución e igualdad de oportunidades |
Derechos y redistribución ("casillero vacio") |
De redistribución y compensatorias "económicas" |
Fuente: Elaboración propia
En el conjunto posible de políticas que se han aplicado
hasta el momento podemos distinguir cuatro tipos, cuyos rasgos más
estilizados se indican a continuación:
-
Políticas universales ciegas al género. Son las
políticas que no distinguen entre hombres y mujeres. Se las aplicó en
diversos sectores sociales, como la educación y el empleo, con el
resultado de perpetuar las desigualdades de género.
-
Políticas redistributivas y compensatorias "económicas".
Este tipo de políticas se puso en marcha con sesgo más redistributivo en
la década de 1960, y más compensatorio y asistencialista frente a la
pobreza en el decenio de 1980. Se ha reflejado en muchos programas para
las mujeres jefas de hogar que con diversos grados de éxito se han
ejecutado en la región. Hacia la década de 1990, los programas dedicados
a la pobreza extrema incorporaron una focalización territorial más
precisa y una ejecución más descentralizada, con transferencias
monetarias dirigidas principalmente a las madres, pero no han modificado
la visión de las mujeres en general y de las madres en particular como
personas al servicio de otros, ni se han relacionado nítidamente con las
políticas sectoriales.
-
Políticas de derechos y reconocimiento cultural. Son
políticas más recientes —se han aplicado a partir del decenio de 1990— y
tienen como objetivo que se reconozcan los derechos de los grupos
excluidos, entre ellos las mujeres. Incluyen principalmente medidas
legislativas orientadas a la equidad de género.
-
Políticas de redistribución y de derechos económicos
sociales y culturales. A este conjunto se le denomina "casillero vacío",
puesto que se trata de políticas para el futuro que no han sido
aplicadas en país alguno. Si bien su diseño requiere un equilibrio
cuidadoso, no son incompatibles entre ellas, y necesitan voluntad y
consenso políticos más vigorosos para su puesta en marcha y ejecución.
En especial, estas políticas debieran brindar más autonomía y poder a
las mujeres, modificando el desequilibrio de género existente y
flexibilizando los roles de género con miras a acrecentar las opciones
de hombres y mujeres.
En cuanto al diseño de las políticas sociales, la
heterogeneidad de la pobreza obliga a elaborar políticas que sean
universales y al mismo tiempo selectivas y orientadas a grupos
específicos. No es el mismo tipo de pobreza el de una mujer pobre que es
madre adolescente y el de una mujer viuda sin ingresos propios, así como
serán diferentes sus necesidades, sus potencialidades y los programas y
políticas que deberán formularse para ellas.
Si se considera la pobreza como un proceso que va más allá
de una fotografía instantánea (Kabeer, 1998b), queda en claro la
importancia de formular políticas heterogéneas, flexibles y adecuadas para
encarar las situaciones cada vez más diversas y cambiantes por las que
atraviesa la población pobre y para el tránsito continuo de la población
entre etapas de bienestar, pobreza e indigencia.
Las políticas orientadas a reducir la pobreza desde una
perspectiva de género, por lo tanto, consideran los recursos individuales,
familiares y sociales de hombres y mujeres; toman en cuenta el uso del
tiempo de ambos géneros; apoyan el fortalecimiento de las mujeres pobres
que se hallan en posiciones más débiles; tienen en cuenta la subjetividad
y las diferentes necesidades de hombres y mujeres; toman en consideración
la dinámica de los procesos de pobreza y por consiguiente las entradas y
salidas de la pobreza, y atienden a las relaciones entre diversos aspectos
de esos procesos.
3. Evaluación de las políticas sobre pobreza desde una
perspectiva de género
Una primera medida para evaluar las políticas de género es
la de determinar sus fundamentos (éticos, culturales, económicos y otros)
y comprobar si las formas de conceptualización, medición y aplicación no
han desvirtuado sus objetivos centrales. Es válido preguntarse entonces si
con la puesta en marcha de las políticas se avanza hacia la equidad de
género o si se han ido gestando nuevas formas de desigualdad, y si en el
proceso se afianza la autonomía o la dependencia respecto de los programas
(Arriagada, I., 1998). Otro aspecto fundamental es el fomento de la
participación activa de hombres y mujeres pobres en el diseño, ejecución y
evaluación de los programas e intervenciones sociales que les afectan.
Incorporar a la población en la toma de decisiones puede hacer más lento
el proceso, pero a la larga redunda en un mayor compromiso con los
programas, haciéndolos más sustentables, y en una notable mejora de la
autoestima de la población.
Cabe recalcar la necesidad de efectuar una evaluación
precisa de los cambios introducidos, para aprender de la experiencia
pasada y reciente en el diseño de programas y proyectos sociales. Esto
contribuirá a generar una política de género coherente con los objetivos
iniciales planteados y a evitar que estos se desvirtúen en su ejecución.
Por lo mismo, es preciso evaluar también, y de manera permanente, el
impacto diferente en hombres y mujeres de las políticas sociales y
económicas. Tal evaluación debe referirse a la totalidad de las políticas,
ya que no ha sido ajeno a la experiencia latinoamericana que los efectos
adversos de una política (por ejemplo, de una determinada política
económica) deban paliarse con otras, como es el caso de los programas
sociales compensatorios. Para evaluar los resultados esperados e
inesperados de los programas es preciso contar con información actualizada
tanto previa como posterior a las intervenciones sociales.
En especial, es necesario velar por la incorporación en la
agenda pública de las políticas sobre pobreza con perspectiva de género;
fortalecer la voluntad política de llevar a cabo tales políticas; ampliar
la cobertura y calidad de los servicios y programas para las mujeres
pobres desde una visión de género y evaluar permanentemente el grado de
participación y de creciente autonomía de las personas, en especial de las
mujeres que son sujeto de las políticas.
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