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Parte 3 /4
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La adolescencia es una etapa de la vida tildada de "edad
difícil", "edad crítica", como si los únicos que hubieran pasado por ella
fueran otros y no nosotros mismos, como si fuera una etapa sólo vivida por
aquellos "adolescentes difíciles" y no por otros que la vivieron
normalmente según las características específicas que le dan el torrente
hormonal, el crecimiento súbito, la necesidad de independencia, la
definición sexual y la acentuación de los caracteres secundarios, la
elección o inclinación vocacional, entre las más significativas. |
7. Factores Protectores del Comportamiento Suicida
Entre los factores protectores del suicidio se encuentran
los siguientes:
- Poseer habilidades sociales que le permitan integrarse a los grupos
propios de la adolescencia en la escuela y la comunidad de forma
positiva
- Poseer confianza en sí mismo, para lo cual debe ser educado
destacando sus éxitos, sacando experiencias positivas de los fracasos,
no humillarlos ni crearles sentimientos de inseguridad.
- Tener habilidades para enfrentar situaciones de acuerdo a sus
posibilidades, lo cual les evitará someterse a eventos y contingencias
ambientales en las que probablemente fracasará, reservando las energías
para abordar aquellas empresas en las que salga triunfador.
- Tener capacidad de autocontrol sobre su propio "des-tino", como
dijera el poeta chileno Pablo Neruda, cuando expresó: "Tú eres el
resultado de ti mismo".
- Poseer y desarrollar una buena adaptabilidad, responsabilidad,
persistencia, perseverancia, razonable calidad de ánimo y de los niveles
de actividad.
- Aprender a perseverar cuando la ocasión lo requiera y a renunciar
cuando sea necesario.
- Tener buena autoestima, autoimagen y suficiencia.
- Desarrollar inteligencia y habilidades para resolver problemas.
- Saber buscar ayuda en momentos de dificultades, acercándose a la
madre, el padre, los abuelos, otros familiares, un buen amigo, los
maestros, el médico, el sacerdote o el pastor.
- Saber pedir consejos ante decisiones relevantes y saber elegir la
persona más adecuada para brindarlos.
- Ser receptivo a las experiencias ajenas y sus soluciones,
principalmente aquellas que han tenido exitoso desenvolvimiento.
- Ser receptivo ante las nuevas evidencias y conocimientos para
incorporarlos a su repertorio.
- Estar integrado socialmente y tener criterio de pertenencia.
- Mantener buenas relaciones interpersonales con compañeros de estudio
o trabajo, amigos, maestros y otras figuras significativas.
- Tener apoyo de los familiares y sentir que se le ama, se le acepta y
apoya.
- Lograr una auténtica identidad cultural.
- Poseer habilidades para emplear adecuada y sanamente el tiempo
libre.
- Evitar el consumo de sustancias adictivas (café, alcohol, drogas,
tabaco, fármacos, etc.)
- Aprender a posponer las gratificaciones inmediatas por aquellas a
largo plazo que arrojen resultados duraderos.
- Desarrollar una variedad de intereses extrahogareños que le permitan
equilibrar las dificultades en el hogar si las tuviera.
- Saber expresar a personas confiables aquellos pensamientos
dolorosos, desagradables y muy molestos, incluyendo las ideas suicidas u
otras, por muy descabelladas que pudieran parecer.
A estos factores habría que añadir la capacidad para hacer
utilización de las fuentes que brindan salud mental, como las consultas de
consejería, de psicología o psiquiatría, las unidades de intervención en
crisis, los servicios médicos de urgencia, los médicos de la familia,
agencias de voluntarios en la prevención del suicidio, etc. Se debe educar
a los adolescentes en el aprovechamiento de la fuentes de salud mental
existentes en la comunidad, cuándo hacer uso de ellas, qué beneficios se
pueden obtener, qué servicios o posibilidades terapéuticas se les puede
brindar y favorecer con ello que se haga un uso racional de las mismas.
En esta propia vertiente se debe comenzar un sistemático
esfuerzo para educar a los adolescentes en la tolerancia hacia los
enfermos mentales y la aceptación de la enfermedad mental como un tipo de
trastorno similar a otras afecciones crónicas no transmisibles, evitando
la estigmatización y las actitudes de rechazo hacia quienes las padecen,
lo cual incrementará las probabilidades futuras de aceptarlas en caso de
padecerlas y buscar ayuda para recibir tratamiento especializado,
disminuyendo las posibilidades de cometer suicidio si se tiene en
consideración que padecer una enfermedad mental es un factor de riesgo
suicida comprobado, y si no se la trata, peor aún.
Se puede contribuir a modificar las actitudes peyorativas
hacia los enfermos mentales evitando utilizar calificativos tales como
"anormales", "tarados", "locos", y modificando las interpretaciones del
sufrimiento emocional al considerarlo como una "cobardía", "una
incapacidad", "una blandenguería" y otras calificaciones que inhiben las
posibilidades de buscar apoyo en quienes las padezcan.
8 . El Sobreviviente. Características y Terapia
Si a pesar de todos los esfuerzos realizados ocurre el
suicidio de un adolescente, son necesarias determinadas medidas a tener en
cuenta para el manejo de la familia y de los compañeros de estudio o
amigos de la víctima. Los cuales se consideran sobrevivientes, término que
designa aquellas personas muy vinculadas afectivamente a una persona que
fallece por suicidio, entre los que se incluyen los familiares, amigos,
compañeros e incluso el médico, psiquiatra u otro terapeuta que la
asistía. El vocablo "survivor" proviene del inglés y su traducción puede
ser el de superviviente, que es el que sobrevive y es también sinónimo de
sobreviviente, que significa vivir uno después de la muerte del otro.
Aunque esta palabra es muy utilizada en la terminología suicidológica, no
sólo son sobrevivientes o supervivientes los que sobreviven a un suicidio,
sino que lo son también aquellos que sobreviven después de la muerte de un
ser querido por una causa cualquiera, sea natural, por accidente u
homicidio.
Son conocidas las reacciones que presentan los seres
humanos ante la pérdida de seres queridos, las que reciben el nombre de
duelo, y que está constituido por diversas etapas: la negación, rabia,
regateo, depresión y aceptación como las etapas del duelo normal. A
continuación serán descritas brevemente cada una de ellas.
La negación, como su nombre indica es aquella reacción
mediante la cual el sujeto no acepta la realidad tal cual es, la niega, no
la reconoce como que ha sucedido y son muy frecuentes las siguientes
expresiones: "no puedo creerlo", "no puede ser", "no me digas que ha
muerto", "es imposible" y otras similares. En esta etapa el sobreviviente
siente que la persona fallecida aún permanece con vida, que lo ocurrido no
es cierto.
Frecuentemente se acompaña de una tendencia al
aislamiento, se evitan las relaciones interpersonales, prefiriendo el
sujeto estar solo, aislado, a tener que dialogar o recibir visitas.
La rabia es la etapa que continúa a la negación y en ella
los familiares del fallecido experimentan diversas emociones desagradables
como son la ira, el odio, la rabia propiamente dicha, irritabilidad
desmedida que puede llegar a la agresividad física o verbal hacia los
otros familiares, el personal médico tratante, las enfermeras, al
hospital, etc. En esta etapa se pueden establecer querellas en contra de
los profesionales que atendieron el caso o contra la institución. También
pueden suceder disputas entre los miembros de la propia familia y en no
pocas ocasiones esta hostilidad puede ser dirigida hacia el fallecido
mediante expresiones como: "por qué se fue y me dejó", "por qué me
abandonas" y otras similares, llegando incluso a golpear el cadáver,
sacudirlo, blasfemar contra el occiso, etc. Todas estas emociones
desagradables son expresión de un profundo desconsuelo, de una pena
insoportable y nunca deben ser personalizadas, pues esta rabia es parte
integrante de la reacción normal de duelo y responder defensivamente o con
hostilidad, además de no ser lo correcto, demostrará un total
desconocimiento de este tipo de reacción y sólo conseguirá incrementarla.
Permitirla, aceptarla, comprenderla es el mejor tratamiento para esta
etapa.
El regateo es la etapa que continúa en el duelo normal, la
cual es breve y se trata, como su nombre indica, de un arreglo pactado, de
manera simbólica, entre el superviviente o sobreviviente y el fallecido.
El regateo se expresa mediante determinadas conductas, como puede ser la
realización de determinados ritos religiosos para el descanso del
fallecido y la paz de los familiares.
La depresión es una de las etapas más dolorosas del duelo,
con mayor intensidad durante las dos primeras semanas, en las que las
personas sienten una profunda tristeza, llanto, poco o ningún deseo de
comunicarse con otras personas ajenas a los familiares más cercanos,
trastornos del sueño, anorexia y sentimientos de culpa, los cuales se
expresan por constantes cuestionamientos de la conducta seguida con el
fallecido: "si lo hubiera ingresado en tal hospital en vez de en ese (la
institución en la que falleció)", "si yo me hubiera dado cuenta antes, eso
no hubiera ocurrido" y otros reproches similares. No es infrecuente que en
esta etapa se piense que realmente no se hizo todo lo que se debía haber
hecho.
La aceptación es la próxima y última etapa del duelo
normal. Significa admitir responsable y libremente que la vida y la muerte
son un par dialéctico inseparable y que el morir es consustancial a la
vida. En la aceptación, el familiar incorpora la muerte del ser querido
como un episodio necesario, irreversible, universal, definitivo y no un
mero accidente. La muerte es entendida como una parte inevitable de la
vida. Es por ello, que en esta etapa, el familiar experimenta una
sensación interna de paz, de tranquilidad, de haber cumplido con el
fallecido en vida, de no tener pendientes. Se recuerda al ser querido
fallecido de manera realista, con sus virtudes y defectos, pero con
indulgencia.
Estas fases del duelo normal no tienen una evolución
similar en todos los tipos de fallecimientos. Se considera que las muertes
inesperadas ocasionan mayores dificultades en la elaboración del duelo que
aquellas muertes esperadas, anticipadas. El duelo en las muertes
inesperadas se asocia con manifestaciones depresivas más intensas y
duraderas, de enfermedades pre-existentes o el debut de nuevos
padecimientos, así como la asunción de conductas de riesgo para la salud
como el consumo excesivo de alcohol, cigarros o psicofármacos. Entre las
muertes inesperadas se incluyen las provocadas por accidentes, homicidios,
las muertes súbitas por infarto cardíaco o hemorragia cerebral, así como
el suicidio, aunque, mediante el método de las autopsias psicológicas se
ha probado que una gran cantidad de suicidas mostraron manifestaciones
depresivas, habían realizado amenazas y gestos suicidas o habían expresado
sus deseos de terminar con sus vida. Por otra parte, muchos de los
sobrevivientes reconocieron que ellos sabían el riesgo suicida de esas
personas, por lo que no era una muerte súbita, inesperada, sino anunciada
por el propio suicida desde mucho tiempo antes del desenlace fatal.
El duelo por un suicida presenta determinadas
características que lo diferencia del resto de los duelos. Los
sobrevivientes experimentan un conjunto de emociones que no se encuentran
con la misma frecuencia en otras causas de muerte y están más expuestos al
desarrollo de psicopatologías como los trastornos de ansiedad, el
trastorno de estrés post-traumático y episodios depresivos mayores.
Es imposible presentar un cuadro clínico típico del
sobreviviente de un suicidio, pero son comunes algunos de ellos como los
intensos sentimientos de pérdida acompañados de pena y tristeza, rabia por
hacerle responsable, en cierta medida de lo sucedido, sentimientos de
distanciamiento, ansiedad, culpabilidad, estigmatización, etc.
También puede manifestarse el horror por el posible
arrepentimiento tardío, cuando ya las fuerzas flaquearon lo suficiente
para evitar la muerte y no poder evitarla deseándolo en esos últimos
instantes. El miedo es una emoción presente en la casi totalidad de los
familiares del suicida y está referido a sí mismo, a su posible
vulnerabilidad de cometer suicidio o a padecer una enfermedad mental que
lo conlleve. Este temor se extiende a los más jóvenes, a los que pueden
comenzar a sobreprotegerse con la esperanza de evitar que ellos también
cometan un acto suicida.
La culpabilidad es otra manifestación que frecuentemente
se observa en los familiares del suicida y se explica por la imposibilidad
de evitar la muerte del ser querido, por no haber detectado oportunamente
las señales que presagiaban lo que ocurriría, por no atender las llamadas
de atención del sujeto, las que habitualmente consisten en amenazas,
gestos o intentos suicidas previos, así como no haber logrado la confianza
del sujeto para que les manifestara sus ideas suicidas. Otras veces la
culpabilidad la ocasiona el no haber tomado una medida a tiempo, a pesar
de reconocer las manifestaciones de un deterioro de la salud mental que
podían terminar en un acto de suicidio. Cuando la culpabilidad es
insoportable, el familiar también puede realizar un acto suicida para
expiar dicha culpa.
Durante el primer año del duelo el sujeto es más
vulnerable a padecer problemas somáticos y emocionales. Entre estos
tenemos un conjunto de síntomas físicos como taquicardia, artritis,
migraña, alergia, asma y tics. Entre los síntomas psicopatológicos se
pueden observar sentimientos de soledad, desesperanza, pobre autoestima y
rumiación obsesiva de la búsqueda del por qué.
La búsqueda del por qué, principalmente en los padres y
entre ellos en la madre, persiste por varios años.
Otra manifestación del duelo por el suicidio presente en
el sobreviviente es la conjunción de emociones encontradas como puede ser
la agresividad y el alivio, este último experimentado como alivio personal
al fallecer la persona cuyos problemas le afectaban y por el fallecido que
ha cesado de soportar sus problemas emocionales. Terminar una vida
problemática y difícil se percibe como un alivio para muchos familiares de
suicidas.
Estas manifestaciones que acompañan al duelo por un
suicida no son privativas de los parientes biológicos muy vinculados
afectivamente con el occiso, sino que también se las puede encontrar y de
hecho ocurre, en los amigos, compañeros de trabajo o escuela, maestros,
otros pacientes en el caso de un suicidio en una institución, médicos,
psicoterapeutas, enfermeras, consejeros, psiquiatras, psicólogos y toda
persona que estuvo vinculada estrechamente con el suicida.
Hay investigadores que no han encontrado diferencias en la
evolución de los duelos independientemente de la causa que haya provocado
la muerte, otros por el contrario han encontrado diferencias entre las
muertes por suicidio, por accidentes y las muertes naturales en cuanto a
las reacciones de duelo en los sobrevivientes.
La muerte por suicidio conlleva mayor estigmatización que
el resto, más sentimientos de culpa, menos deseos de discutir sobre la
muerte y mayor cuestionamiento sobre lo que se podía haber hecho. Las
muertes por accidente conllevan más reacciones de aniversario, mayores
comentarios de lo sucedido, mayor incapacidad de entender lo ocurrido
entre los amigos y compañeros del accidentado y menos deseos de hablar con
los demás.
Por tanto para el mejor manejo del duelo por un suicida
hay que conocer todas estas manifestaciones, lo cual facilitará la
evolución de sus diversas etapas y evitará el desarrollo de duelos
patológicos.
No hay método universal para el tratamiento de esta
contingencia, pues será diferente para los hijos del suicida, o su pareja,
o sus padres, o sus hermanos.
Si se trata de un suicidio entre varios hermanos, estos
pueden experimentar cambios en todos o casi todos los aspectos de sus
vidas. Como todos tienen una infancia común con experiencias más o menos
similares, una de las tareas que hay que enfrentar es evitar la
identificación con el hermano suicida, proporcionando otras opciones para
resolver problemas que no sean auto lesivas. En ocasiones los hermanos
pueden referir que ven al hermano suicida en el domicilio, o que le
escuchan hablar o que les llama. Estas manifestaciones no deben ser
consideradas como una pérdida de la salud mental de carácter grave, sino,
que en ese contexto, deben ser aceptadas dentro de los límites normales
para estos casos, por lo que adoptar la postura de ignorar síntomas y
actitudes de este tipo puede ser de gran beneficio.
Siempre deben explorarse las ideas suicidas en los
sobrevivientes y en los hermanos de los suicidas niños o adolescentes, más
aún, si se presentan en alguno de ellos, se impone la evaluación del
riesgo de suicidio y el grado de afectación psicológica y tomar una medida
a tiempo para evitar un acto suicida.
Si el suicidio lo ha realizado uno de los padres, los
niños tienen una reacción típica consistente en negar lo ocurrido,
mostrarse llorones e irritables, con cambios bruscos del estado anímico y
dificultades con el sueño, pérdida del apetito e intentos suicidas cuya
significación es reunirse con el fallecido, aunque también pueden existir
deseos de morir. Presentan alteraciones perceptivas como escuchar voces
dentro de la cabeza y ver el fantasma de la madre o el padre fallecido.
También pueden tener pensamientos de haber sido el
causante de la muerte o sentir agresividad hacia el progenitor suicida por
estar ausente definitivamente. En estos casos, la familia debe decir la
verdad de lo sucedido al niño o niña, con un lenguaje claro y sencillo,
accesible y comprensible por él o ella y prestar soporte emocional de
parte de una figura sustitutiva, como puede ser un hermano mayor, un tío o
tía según sea el caso. En ocasiones, sobre todo para los hijos
adolescentes, explicar la muerte por suicidio como un síntoma de una
enfermedad mental grave puede disminuir el riesgo de la imitación, pues la
enfermedad mental es rechazada por la inmensa mayoría de las personas.
Cuando el suicidio de un adolescente ocurre en la escuela
se deben tomar las siguientes medidas:
- Evitar las explicaciones simplistas del hecho ocurrido
- Evitar que el suicidio sea presentado como un acto heroico,
romántico, fascinante, o como una salida probable ante determinadas
situaciones.
- Identificar los problemas de la salud mental de la víctima y
correlacionarlos con la conducta suicida, especialmente si era portador
de una enfermedad reconocible.
- Brindar ejemplos de otros estudiantes, que en similares situaciones,
en peores condiciones y con motivos parecidos, buscaron otras soluciones
no destructivas para adaptarse.
- Lograr que los estudiantes identifiquen otras salidas ante los
problemas que conllevaron el suicidio del compañero.
- Lograr que identifiquen aquellos factores protectores que hubieran
podido evitar el suicidio del compañero.
Los maestros y profesores, con un mínimo de entrenamiento
en la prevención del suicidio, pueden prestar una valiosa ayuda en la
disminución de esta causa de muerte entre sus estudiantes, principalmente
erradicando en ellos y en los padres y madres de los estudiantes, los
criterios erróneos relacionados con el comportamiento suicida:
I- Criterio erróneo. El que se quiere matar no lo dice
Criterio científico. De cada diez personas que se
suicidan, nueve de ellas dijeron claramente sus intenciones suicidas y la
otra la dejó entrever.
II- Criterio erróneo. El que lo dice no lo hace
Criterio científico. Todo suicida expresó con palabras,
amenazas, gestos o cambios de su comportamiento, lo que habría de suceder.
III- Criterio erróneo. Los que intentan el suicidio no
desean morir, sólo hacen el alarde
Criterio científico. Aunque no siempre los que intentan el
suicidio desean morir, es un grave error tildarlos de alardosos, pues son
personas a las que les han fallado sus mecanismos útiles de adaptación y
no encuentran alternativas adecuadas de afrontamiento.
IV- Criterio erróneo. Todo el que intenta contra su vida
morirá por suicidio
Criterio científico. Entre el 1% y 2% de los que intentan
el suicidio se suicidan durante el primer año de cometida la tentativa de
autoeliminación, y entre el 10% y 20% se suicidarán en el resto de sus
vidas.
V- Criterio erróneo. El suicidio se hereda
Criterio científico. Aún no ha sido demostrado el carácter
genético del suicidio, aunque se puede encontrar en varios miembros de una
familia este tipo de conducta autodestructiva, lo que se ha interpretado
como una predisposición genética a padecer determinada enfermedad mental
en la que el suicidio es un síntoma principal.
VI- Criterio erróneo. Todo el que se suicida está
deprimido
Criterio científico. La depresión puede ser una de las
causas de suicidio pero no es la única ya que otras condiciones también lo
pueden conllevar como las esquizofrenias y la dependencia de sustancias,
principalmente alcohol y drogas (éxtasis, cocaína, barbitúricos).
VII- Criterio erróneo. El suicidio no puede ser evitado
porque ocurre por impulso
Criterio científico. Toda persona antes de cometer
suicidio evidencia una serie de síntomas que han sido definidos como
Síndrome Presuicidal, consistente en constricción del intelecto,
inhibición de la agresividad, la cual ya no es dirigida hacia otras
personas, reservándola para sí, y la existencia de fantasías y
representaciones suicidas, todo lo cual puede ser detectado y con ello
evitar que la persona lleve a cabo sus intenciones suicidas.
VIII- Criterio erróneo. Si se le pregunta a una persona en
riesgo suicida si ha pensado matarse, se le puede incitar a que lo ejecute
Criterio científico. Está demostrado que hablar sobre el
suicidio con una persona en riesgo en lugar de incitarlo, provocarlo,
inducirlo, o introducirle en su cabeza esa idea, se reduce el riesgo de
cometerlo ya que puede ser la única y última posibilidad que ofrezca el
individuo para que conozcamos cómo pensaba.
IX- Criterio erróneo. Sólo los psiquiatras y psicólogos
pueden prevenir el suicidio
Criterio científico. Cualquier sujeto interesado en ayudar
a evitar el suicidio de otra persona puede ser un valioso colaborador,
porque la prevención del suicidio es tarea de quien se encuentre más cerca
de la persona en crisis suicida y sepa qué hacer en ese momento.
X- Criterio erróneo. Usted no puede evitar que otra
persona se suicide
Criterio científico. Si usted se ha interesado por leer
este libro, ha dado su primer paso en la prevención del suicidio. Si lo
que ha leído le permite evitar un suicidio, considere que ya es un
colaborador.
9. Consejos a la Familia
A continuación analizaremos algunas expresiones erróneas
que hemos escuchado a algunos padres y madres y que se convierten en un
problema para la crianza de los hijos. También se ofrecen algunos consejos
a la familia para que logren relaciones interpersonales más armónicas
entre sus miembros.
"Mi hijo tiene un carácter fuerte"
Es una locución muy utilizada por aquellas madres que se
quejan del comportamiento de sus hijos, calificados de poseer un carácter
fuerte; fuertes, así a secas, por el hecho de ser impulsivos, dominantes,
incapaces de posponer sus deseos o gratificaciones, caprichosos. Todo
tiene que ser como ellos quieren en el momento que lo desean. Y por estos
rasgos del carácter se les atribuye la supuesta fortaleza.
Y estas personas, evidentemente, no tienen un carácter
fuerte, sino todo lo contrario, muy débil, pues son presas de sus
emociones, de sus impulsos, de sus caprichos. El carácter débil es
excitable, tornadizo, manipulable, con facilidad se le saca de sus
casillas. También puede ser pasivo, dependiente, timorato, poco tolerante
a las frustraciones, impresionable, sugestionable, emocionable,
dubitativo, etc. El carácter fuerte, por el contrario, es aquel que cuenta
con diversas posibilidades adaptativas, hace en cada momento lo debido, es
capaz de inhibir sus impulsos, si la situación lo requiere, es dueño de sí
y no una víctima de sus emociones, no es violento en sus manifestaciones
de ira, reconoce sus limitaciones y su fortaleza, y tiene en cuenta las
opiniones de los demás aun cuando no muestren puntos de coincidencia con
las suyas.
Las personas de carácter débil reaccionan
desproporcionadamente a los estímulos. Si se les ofende, pueden tener
crisis de llanto desconsolado, desmayarse, irles encima al ofensor, salir
corriendo del lugar en que se encuentran, realizar un acto suicida. Las
personas de carácter débil tratan de demostrar que no lo son mediante
rasgos del carácter que esconden esa debilidad entre los que se puede
encontrar el autoritarismo, la violencia. Ellos quieren tener autoridad
pero no saben cómo obtenerla sin ser autoritarios, violentos, dominantes,
caprichosos, tercos.
Las personas de carácter fuerte, frente a una ofensa no se
dejan provocar, meditan sus posibles consecuencias, valoran las diversas
respuestas a la misma y eligen la más adecuada, la que, por lo general,
evita males mayores. Ellos no necesitan demostrar su autoridad la cual
emana de su propio comportamiento, de su serenidad al enfrentar
situaciones complejas, de su sabiduría; de su manera de dirigirse a los
demás con respeto, independientemente de quien se trate; de sus actitudes
ante el estudio, el trabajo, la familia y la sociedad.
Muchas veces se confunden las cosas y se dice que Fulano o
Mengana tienen tremenda personalidad porque son personas vistosas, altas,
fuertes, bien parecidas, bien vestidas y otra serie de aspectos
exteriores. Eso no es tener personalidad, sino tener determinada figura.
Por otra parte, el que es bajito, gordito y feo y no sabe vestirse,
también tiene una personalidad, pues todos los seres humanos la tenemos,
ya sea normal o con trastorno. Un sujeto puede ser alto, fuerte, buen mozo
y vestirse muy bien y, sin embargo, ser portador de una personalidad
histérica, paranoide, obsesiva o de otro tipo, todas clasificables como
anómalas. Otro sujeto, gordito, feo, que no se sepa vestir adecuadamente,
puede ser un brillante científico, amante esposo, buen padre, buen vecino
y tener un ajuste psicosocial adecuado, en otras palabras, ser poseedor de
una personalidad normal aunque su aspecto externo no sea atractivo como el
del ejemplo precedente.
Luego, la manifestación que nos ocupa debiera ser, a
partir de esta lectura: "Mi hijo tiene un carácter débil".
"Yo estoy así por la crianza que me dieron"
Una justificación muy socorrida por quienes, siendo
adultos, pretenden responsabilizar a otros de su manera de comportarse, en
este caso, a los padres.
Si bien es cierto que una niñez caótica puede influir en
la formación del sujeto, no sólo es la familia la que contribuye a la
conformación de la personalidad sino también el medio escolar, laboral y
social. Pero de manera fundamental es el propio sujeto quien, consciente y
deliberadamente puede contribuir a que su propia formación sea buena,
regular o mala. Todos hemos estado rodeados de cosas que no nos
pertenecen. La mayoría de las personas respeta la propiedad de otros, pero
existe una minoría que se apropia de lo ajeno porque lo desea y no inhibe
tales deseos.
Muchas adolescentes y jóvenes en cualquier parte del mundo
tienen carencias materiales de todo tipo y lógicos deseos de poseer ropas,
zapatos, cosméticos, perfumes, etc. La mayor parte de ellas trata de
trabajar decorosamente para ir obteniendo poco a poco y muchas veces no en
la medida de sus deseos, esas cosas materiales a las que hago referencia.
Otras, por el contrario, se prostituyen para lograr esos mismos objetivos.
Como se evidencia, los seres humanos pueden tener igualdad
de oportunidades para hacer las cosas bien hechas y para hacerlas mal.
¿Por qué un grupo de personas se inclina por esta última opción y después
pretende culpar a otros de lo que ellos como adultos hacen?
Se puede tener una niñez muy infeliz con carencias de todo
tipo y eso influir de manera negativa en la forma de ser. Pero, ¿eso es un
fatalismo que debe arrastrar toda la vida? Pienso que no. La verdadera
enfermedad mental grave que invalida al ser humano que la padece en sus
proyecciones vitales, hasta hoy, no se considera causada por determinado
tipo de crianza. Si usted tiene una predisposición a padecer una
enfermedad mental grave, puede padecerla aunque se haya criado en un hogar
armónico. Si usted no tiene esa predisposición, saldrá relativamente ileso
tras haber pasado una infancia en un clima emocional familiar inadecuado.
Nadie le deseó una niñez infeliz ni le eligieron sus
padres. Nadie tiene la culpa de esa niñez, usted tampoco. Y ya eso no
tiene solución pues no lo podemos volver a criar como hubiera querido.
Lo importante es el presente y el futuro y lo que esté
haciendo ahora que es un adulto por vivir de forma creativa.
"Mi esposo me maltrata, incluso me ha pegado"
Esto, por desgracia, no lo escuchamos tan poco como
deseamos. La violencia doméstica existe en no pocos de nuestros hogares,
sea verbal o física y es la mujer en la mayoría de las ocasiones la que
lleva la peor parte.
Detrás de estas palabras hay diversas cuestiones que
merecen ser analizadas. En primer lugar, una mujer que se respete
difícilmente será objeto de maltrato alguno en las relaciones conyugales
ni en ninguna otra situación cotidiana. Una mujer decidida a que se le
respete, infunde, a mi juicio, más temor que cualquier hombre. En segundo
lugar, ¿quién la maltrata? Le maltrata el hombre elegido con libertad y
con el cual muchas veces continúa a pesar de ese referido maltrato. En
tercer lugar, esta persona se queja diciendo que "incluso le ha pegado".
Amigo lector o amiga lectora, sepa usted que todo hombre que le pega a una
mujer una vez, lo seguirá haciendo después, si se le tolera o perdona.
Esto es una realidad. Y en la expresión analizada se deduce no sólo el
maltrato, sino la recurrencia a otra forma mucho más peligrosa,
degradante, inhumana y, más que todo, poco viril en su relación, la
violencia física. Sin embargo, en este caso, esa relación continuó de
forma anormal, la cual no sólo es dañina para los cónyuges, sino también
para los hijos.
Si se trata de hijas, se les está enseñando a soportar
vejaciones, insultos, golpes, y por el modelo de relación matrimonial, es
posible que eviten el casamiento porque el ejemplo recibido es infeliz.
Si se trata de hijos, se pueden convertir, como su padre,
en abusadores habituales de sus parejas, pues si el padre le pegaba a la
madre y ella lo toleraba, "¿por qué no pegarle a mi pareja, si no es mejor
que mi madre y ella lo permitía?" Y este razonamiento, además de
convertirlos en sádicos, les ocasionará una inestabilidad matrimonial, sin
dudas, porque no todas las mujeres soportan ni permiten que sus maridos
las maltraten.
Luego, por el bien suyo, de su matrimonio y de sus hijos,
en fin, de la familia, evite por todos los medios, pronunciar algo
semejante en su vida.
"Todos los hijos se quieren igual"
Así dicen los padres y las madres para expresar que no
tienen preferencia por hijo alguno. A primera vista, parece ser una
manifestación justa y solidaria. Sin embargo, en ocasiones, es
profundamente injusta y generadora de rivalidades y celos entre los
hermanos.
El afecto de los padres y las madres es como un
medicamento, cuya actividad beneficiosa está enmarcada en la llamada
"ventana terapéutica", por debajo de dicho umbral, el medicamento no
ejerce efecto alguno y por encima, ocasiona efectos indeseables. El
desamor paterno es dañino y el exceso de demostraciones de afecto también
lo es. ¿Cómo se puede querer igual a hijos que son diferentes? ¿Cómo se
puede querer igual a hijos que se comportan de manera desigual? En mi
práctica profesional he visto a hijos delinquir para lograr de los padres
las demostraciones de afecto y el apoyo dado a otro hijo que previamente
lo había hecho. He tratado adolescentes cuya tentativa de suicidio fue
para obtener de los padres lo que otro hijo obtuvo al intentar matarse. He
escuchado a hijos valiosos lamentarse de no haber recibido de los padres
las atenciones recibidas por su hermano, un alcohólico deteriorado.
Todos los hijos no debieran quererse por igual, sino según
su comportamiento familiar y social. Si usted tiene un hijo bueno, afable,
noble, cumplidor de sus obligaciones, respetuoso, en fin, con muy buenas
condiciones humanas y tiene otro que es impulsivo, agresivo, tomador de
bebidas alcohólicas, trasgresor del orden establecido, etc., ¿cuál de los
dos merece mayores demostraciones de afecto? Evidentemente el primero,
cuya conducta responsable le está dando a los padres una prueba suprema de
amor. Y el tratamiento diferenciado pudiera contribuir a que el otro, si
lo desea, modifique sus actitudes, pues con él se le está enviando el
siguiente mensaje: "Si haces las cosas como se debe, recibirás más
afecto".
Sé que puede haber muchas personas que no coincidan con
esta manera de pensar, pero no se trata de ponernos de acuerdo, sino de
reflexionar sobre el afecto que merecen nuestros hijos y cómo ello puede
influir en su bienestar.
"Yo vivo para mis hijos"
Esta declaración, escuchada a muchas personas, no cabe
dudas de que es poco educativa.
Los hijos son una responsabilidad social contraída por los
padres de manera voluntaria. Pero usted y yo sabemos que no siempre sucede
así, pues existen hijos no deseados o deseados unilateralmente, no
planificados y en ocasiones utilizados como punta de lanza o gancho para
atacar o atraer al otro cónyuge.
En ciertas oportunidades los hijos se convierten en el
centro de la vida de sus padres debido, no a las necesidades de aquellos,
sino por las de estos últimos. Es decir, no es tanto lo que los hijos
necesitan de los padres, sino lo que los padres necesitan de los hijos. Y
es en esta situación cuando se puede escuchar con más frecuencia dicha
expresión.
Quienes la pronuncian, la cumplen literalmente, al pie de
la letra, subordinando cualquier interés personal a los hijos. Si a los
padres les hace falta alguna prenda de vestir y los hijos desean que se
les compre alguna cosa, por muy inútil que parezca, ellos tomarán la
decisión de renunciar a su proyecto para satisfacer el de los hijos.
Si se trata de una madre soltera, con posibilidades de
rehacer su vida, lograr su estabilidad emocional junto a un compañero
idóneo, lo pospone "para no ponerle padrastro a los hijos" o porque ella
no puede ser "más mujer que madre". Estas posturas constituyen un grave
error, pues se le transmite a la descendencia un mensaje distorsionado,
una enseñanza equivocada, al subordinar constantemente los intereses de
los progenitores a los de los hijos, obligándolos a despreocuparse de sus
propios intereses.
Si usted no se siente realizado como ser humano, es muy
difícil que pueda hacer sentir realizados a los demás; si se olvida de sus
necesidades, es paradójico querer enseñar a sus hijos que sean preocupados
por ellos mismos.
Si les enseña a limitarse la vida, cuando ellos sean
padres y madres, también lo harán.
Y lo peor es que habitualmente se cumple aquello de "los
hijos crecen y se van". Si ha vivido para ellos, cuando eso suceda, ¿para
quién seguirá viviendo?
Considero más adecuado sustituir la preposición "para" por
"con" y el pronunciamiento quedaría así: "Yo vivo con mis hijos", lo cual
reflejaría mejor la realidad y cada cual estaría en su debido lugar.
"Para una buena comunicación con su hijo adolescente"
La adolescencia es una etapa de la vida tildada de "edad
difícil", "edad crítica", como si los únicos que hubieran pasado por ella
fueran otros y no nosotros mismos, como si fuera una etapa sólo vivida por
aquellos "adolescentes difíciles" y no por otros que la vivieron
normalmente, según las características específicas que le dan el torrente
hormonal, el crecimiento súbito, la necesidad de independencia, la
definición sexual y la acentuación de los caracteres secundarios, la
elección o inclinación vocacional, entre las más significativas.
Como cualquier período, la adolescencia se rige por
determinados principios que no deben ser olvidados jamás, pues ello
acarreará, en la mayoría de las ocasiones, serias dificultades en la
comunicación paterno-filial. Para lograr una buena comunicación con
nuestros adolescentes es prudente desterrar de nuestro vocabulario
determinadas expresiones como las que a continuación se relacionan:
- "Tú tienes que..." En este caso es preferible preguntar qué ha
pensado hacer al respecto, antes de trazar pautas ajenas a él. El
adolescente debe aprender a encontrar soluciones propias, a manejar el
estrés, las relaciones difíciles, etc.
- "Por qué tú no hiciste..." Lo que no se hizo no tiene solución pues
pertenece al pasado. Es mucho mejor que el adolescente aprenda de los
errores cometidos y sea capaz de volver a intentarlo, por lo que se le
debe asegurar que él es capaz de hacerlo, que él puede lograrlo.
- "Muchos de tu edad..." Esta desafortunada comparación no debe ser
pronunciada jamás. Lo importante es aceptar al adolescente tal y cual
es, y solidarizarnos con sus decisiones, las que por lo general, son
adecuadas a sus intereses.
- "Cuando yo tenía tu edad..." Otra comparación peor que la anterior,
pues provocará una rivalidad entre padres e hijos. Cuando usted tenía su
edad las cosas eran muy diferentes a como son en estos momentos. Es más
inteligente invitarlo a dialogar sobre el tema que consideramos
problemático, o el que posiblemente necesite alguna orientación, pero
nunca ponernos como modelo que no somos.
- "Yo en tu lugar haría..." Otro error en la comunicación, pues
estamos cometiendo fraude, con el inconveniente de que nuestra opinión
pudo haber sido válida para nosotros, mediatizada por nuestra
experiencia pasada que no la tiene el adolescente y por nuestros juicios
de valor que no son los de él. Es mucho más sensato aproximarnos a él
preguntándole qué piensa hacer ante la situación que tiene y de esa
manera conoceremos cuán acertadas o no son sus decisiones. Si son
correctas deben ser estimuladas y si no lo son se le debe incitar a
manejar otras opciones más productivas.
Estas orientaciones persiguen proveer al adolescente de
relaciones afectivas y efectivas, que le sirvan de soporte ante las nuevas
exigencias que esta etapa le plantea, fundamentalmente, una apropiada
interacción social con sus semejantes. Esta manera adecuada de comunicarse
con el adolescente le permitirá contar con usted cuando le sea necesario a
él, no cuando usted lo desee. En este sentido, no trate de ser el mejor
amigo de su hijo para que él le mantenga al tanto de cuanto hace, lo cual
es un atentado a su individualidad e intimidad. Lo inteligente es lograr
que el adolescente tenga su vida privada, sus secretos y sólo nos
comunique aquello que le es confuso, extraño, hostil, teniendo en cuenta
que ellos tienen que vivir sus vidas y nosotros las nuestras.
"Para no perder la autoridad con los hijos"
Una de las quejas más frecuentes de muchos padres que
escucho en mi práctica profesional, es que los hijos no los respetan y
comienzan las comparaciones con los tiempos pasados: antes la cosa era
distinta, había que tratar a los padres de usted o decirle señor; antes
había más respeto de los hijos hacia los padres, de los muchachos para con
los adultos. Y en estas comparaciones la nueva generación sale muy mal
plantada. Pienso que la pérdida de autoridad de los padres de antaño y los
de ahora se debe a una misma causa: su mal uso.
Para tener autoridad ante los hijos no hay que pasar curso
alguno, ni ser académico ni nada por el estilo.
Simplemente, se necesita hacer un uso adecuado de eso
llamado "sentido común". Y para ello lo primero es... no temer perderla.
Cuando los padres temen perder su autoridad, comienzan a hacer una
utilización irracional, desmedida, injustificada de ella, para que los
hijos se den cuenta de que son ellos quienes la tienen. Pero de seguro
ellos interpretarán ese desmedido autoritarismo como la evidencia más
firme de que usted la está utilizando de una manera anómala, que ya no
sabe mandar. Y he aquí el segundo consejo, para mantener la autoridad con
los hijos haga un uso racional de ella.
En este aspecto, es necesario dejar vivir a nuestros
hijos, pues ellos están realizando un proceso intransferible, que consiste
en vivir su propia vida y nadie, incluidos los padres, puede variar esa
realidad. Por tanto, cuídese de estar sentando pautas constantemente,
dando orientaciones a cada minuto, advirtiéndole en cada momento cómo
hacer cada cosa. Siempre que asiste alguien a mi consulta con una
situación de este tipo le pongo el ejemplo de los entrenadores de boxeo,
quienes entrenan a sus pupilos lo mejor que pueden, con todo el amor y la
dedicación posibles, pero quien enfrenta al adversario no es el
entrenador, no es quien entrena, sino el pupilo, el entrenado, quien
recibió el entrenamiento. Y cada vez que termina un round o asalto, el
entrenador le da nuevas instrucciones, le corrige supuestas fallas y
vuelve el boxeador al combate, no el entrenador. Y en ocasiones, el
entrenador dice o le grita alguna estrategia desde su esquina y el
boxeador equivoca la táctica y pierde la pelea por puntos, por RSC o por
nocaut. Y no la perdió el entrenador, la perdió el boxeador.
Y en la vida la función de los padres se semeja en buena
medida a la de un entrenador. Debemos preparar a los hijos para que
celebren su combate con la vida y salgan victoriosos ante ese difícil
contrincante. Pero usted no puede vivir la vida por su hijo y el aspirar a
hacerlo, es otra postura que atenta contra su autoridad. Dígale más o
menos qué hacer y cómo, pero deje que él le ponga su sello personal y si
desea buscar otras vías y formas, mucho mejor. Estimúlelo.
Otra manera de no mantener la autoridad con los hijos es
exigirles un tributo por ser hijos nuestros, por la crianza dada, por la
inversión hecha en ellos. Y no se alarme con esto que acaba de leer, pues
he conocido un número no despreciable de padres que cobran esto a sus
hijos y les reclaman dinero, que se ocupen de ellos, que les presten
ayuda, que no los dejen solos, que les resuelvan sus problemas, etc. Y
necesitan asumir esta actitud simplemente porque perdieron su autoridad y
también el verdadero afecto de sus hijos debido a su propia mezquindad.
Ellos, en la generalidad de los casos, les recuerdan que no les pidieron
que los hicieran o parieran, con lo que tratan de evitar la manipulación
de sus sentimientos.
Si usted no desea perder la autoridad ante sus hijos, no
tema perderla, no sea autoritario, no la utilice mal, sea flexible, tenga
en cuenta que cada día que pasa sus hijos lo necesitarán de una manera
diferente, aunque parezca que ya no lo necesitan.
Mensaje a los padres y las madres
I. Sobre las drogas y el alcohol
Las drogas se han convertido en un flagelo para la
humanidad, principalmente entre los adolescentes y jóvenes de casi todas
las latitudes. La cafeína, la nicotina, el alcohol y la marihuana ocupan
los primeros lugares entre las más utilizadas, pero hay otras que
constituyen un grupo muy peligroso y cada vez en aumento, la cocaína en
sus diversas formas, los inhalantes y los psicofármacos. Aunque cada una
de ellas tiene un cuadro clínico diferente, la conducta adictiva es el
denominador común a todas. Y sobre este particular trata el consejo que
brindamos a continuación.
La conducta adictiva o de dependencia se caracteriza por
la incapacidad de desprendimiento de algo (o alguien), lo cual limita la
libertad del sujeto en relación con ese algo y cuya ausencia provoca
diversos malestares físicos y psicológicos, de variable gravedad y
duración, los que pueden ser revertidos por el adicto o dependiente.
Por tanto, cualquier conducta con estos requisitos
mínimos, puede predisponer al sujeto para el desarrollo de una
drogodependencia. Claro está, en ocasiones esta conducta es normal en
parte de la vida del niño, como por ejemplo, su dependencia de la madre
como fuente de protección y nutrición, o en el adolescente, su dependencia
al grupo de iguales o a un determinado compañero, el clásico compinche o
amigo preferido. No es a estos rasgos normales a los que hacemos
referencia.
Más bien se trata de otras evidencias nocivas en la
actitud del adolescente, en apariencia naturales. Por ejemplo, cuando
consume su tiempo en actividades poco importantes como el juego en
cualquiera de sus formas: billar, máquinas computarizadas, carreras y
peleas de animales, dados, barajas, etc., en detrimento de otras de mayor
utilidad: el estudio, la sana recreación, la familia, etc. Este tipo de
entretenimiento se convierte en adictivo cuando se gasta dinero y tiempo
en mayor cantidad de lo que se propone el sujeto, o cuando se repite a
pesar de los trastornos ocasionados, como pueden ser ausencias a clases
por el juego, deudas, conflictos ante la imposibilidad de pagarlas o
hurtos de dinero a los familiares para saldarlas. Cuando todo esto ocurre
estamos ante el llamado "juego patológico", porque ya existe dependencia
de él, es una enfermedad del control de los impulsos.
En estos individuos hay mayores posibilidades para la
instalación de otras dependencias que en quienes no presentan estos
problemas.
Los padres deben dosificar este tipo de actividad y evitar
por todos los medios la realización de apuestas, que pueden actuar como
reforzadoras de esa conducta, tanto cuando se obtiene éxito y se juega
para continuar lográndolo, como cuando se pierde y se trata de recuperar
lo perdido.
Otra manifestación de conducta adictiva es la utilización
de la televisión como vía evasiva, cuando el adolescente se mantiene
durante muchas horas inmerso en semejante mundo, ajeno a la realidad, que
le impide, aunque sea temporalmente, pensar o reflexionar sobre sus
propios problemas. Igual dependencia se observa en muchos relacionados con
la música, sobre todo con el hard rock o rock duro, por la cual tienen
predilección los suicidas. En estos casos es prudente que el adolescente
desarrolle diversos intereses, que tenga varios amigos y el apoyo
familiar, condiciones necesarias para evitar dichos comportamientos
anormales.
También pueden hacer suponer una adicción en nuestros
adolescentes, los cambios en la conducta, por ejemplo el hábito de fumar,
cuando nunca antes lo había realizado, el consumo de bebidas alcohólicas
con frecuencia creciente, señales de pinchazos en antebrazos o la cara
anterior de los muslos, ulceraciones o sangramientos nasales por
aspiración de cocaína, demanda progresiva de dinero para pagar deudas,
hurto o robo de sumas importantes de dinero a los familiares, cambio de
amigos, sustituyéndolos por otros que también consumen drogas, empleo del
lenguaje marginal de estos grupos, o la jerga propia de la sustancia que
consumen diferente para cada cultura. Frente a cualquiera de estas
manifestaciones lo más aconsejable, antes de asumir una actitud punitiva,
es pedir ayuda especializada, pues la drogadicción, en tanto trastorno
grave de la conducta, es también una enfermedad de causa múltiple, que
requiere tratamiento médico.
II. Las limitaciones de los adolescentes y la
responsabilidad de los padres
La condición de adultos nos ofrece la posibilidad de
planificar nuestra vida, de asumir una actitud activa ante las
dificultades y sus soluciones. Eso no ocurre en la niñez, y en la
adolescencia, aunque la validez es mayor, aún persisten lazos de
dependencia que la limitan.
El papel de los padres en la conformación de la
personalidad de los hijos tiene una importancia capital, y en muchas
ocasiones, si no hay un correcto clima emocional familiar, las
consecuencias en los hijos pueden ser graves y determinar la aparición de
diversos grados de patología mental.
Hay un grupo de factores denominados de riesgo, que
aumentan las posibilidades de manifestar un trastorno, una enfermedad, un
comportamiento anómalo.
Por ejemplo, el divorcio de los padres o la separación,
influye de forma negativa en la psiquis de los hijos, ocasionándoles
diversos tipos de problemas, entre los que cabe mencionar los emocionales,
como la depresión, los sentimientos de culpa por la desavenencia, el
rechazo hacia el progenitor que se queda y la añoranza por el que se ha
ido; la aparición de dificultades con el rendimiento escolar, inexistentes
antes de la ruptura; la inseguridad al perder una fuente de protección y
apoyo, lo cual puede desencadenar ansiedad, trastornos de la conducta de
tipo disocial o antisocial, así como sentimientos de incompetencia en la
comunicación con sus iguales.
Las malas relaciones entre los padres, sin que se llegue a
la ruptura, también entrañan serias contrariedades para los hijos, quienes
pueden comenzar a presentar una agresividad, muy similar a la que están
contemplando, en sus relaciones con otros niños, en el propio hogar y en
la escuela. Pueden iniciar síntomas como son la enuresis, o sea, se orinan
en la cama, se empiezan a comer las uñas, se les afectan el apetito y el
sueño, aparece caída del pelo en forma de pesetas o sacabocados, o caída
de las cejas, tendencia al aislamiento o a solidarizarse con el progenitor
víctima, y experimentar un miedo excesivo hacia el que inicia las
discusiones o las peleas.
El abuso o maltrato infantil es otro problema muy
frecuente y muy dañino para la víctima. Por el maltrato de sus padres
muchos niños han fallecido o han sufrido graves complicaciones derivadas
de esta conducta de sus progenitores. De inicio, cuando los padres tratan
mal a un hijo se produce una profunda distorsión de la comunicación
paterno-filial y de la imagen que el niño va adquiriendo de ellos, lo cual
perjudicará sus futuras relaciones interpersonales, como parte de la
afectación más general que él padecerá. Y entre los trastornos más
frecuentes están el desarrollo de una personalidad anormal, que puede
manifestarse con tendencias antisociales; diversos hábitos para mitigar el
dolor de su existencia o llevar una vida enajenada; depresiones; intentos
de suicidio en busca de una vía para poner fin a sus sufrimientos.
La imagen que los hijos tienen de sus padres también puede
ser un factor de riesgo, sobre todo cuando ésta genera grados variables de
malestar en ellos. De hecho, un padre ausente emocionalmente de sus hijos,
no interesado por sus logros y sus fracasos, que no esté a su lado en "las
verdes y las maduras", muy poca o ninguna seguridad puede generar en su
descendencia. Un padre o una madre que en su modo de vida incluya el
llanto frecuente como forma de comunicarse y relacionarse con los demás, o
asuma papeles de víctima, muy poca posibilidad dará a sus niños y
adolescentes de que le confíen sus problemas y sus intimidades, y ellos
crecerán con sentimientos de soledad. También hay que mencionar a los
padres con problemas de conducta, transgresores de las normas sociales,
quienes los pueden transmitir a sus hijos y ellos presentarlos por simple
imitación.
Usted es la persona más importante para su hijo, para su
desarrollo físico, mental y social. Esa responsabilidad nunca la debe
olvidar.
III. Factores de seguridad
Así como existen factores de riesgo ya señalados que
repercuten de forma adversa en el desarrollo de la personalidad del niño,
existen también los llamados factores protectores o condiciones para dar
seguridad a su salud.
¿Cuáles son esos factores?
- El amor entre los padres y de éstos hacia los hijos. Una familia
unida es una fuente de seguridad para todos sus integrantes, por lo que
nunca serán muchos los esfuerzos para lograr este objetivo. Como parte
de este amor está la aceptación de cada uno en su individualidad y
diferencias. Esto cuesta mucho trabajo, porque los padres pretenden que
sus hijos sean a su imagen y semejanza; es el error de querer recriarse
a través de los hijos, y si el padre quiso ser doctor o ingeniero y no
pudo, entonces pone todo su empeño y esfuerzos para que el hijo llegue a
ser lo que él no pudo.
- Tener personas significativas en quienes confiar. No es prudente
cuando nuestros hijos nos cuenten sus dificultades, tomar medidas
represivas o asumir actitudes alarmistas, que silenciarán sus futuras
confidencias.
- También los hijos necesitan tener padres que les impongan
determinados límites a su conducta, y eviten con ello una utilización
desordenada de la libertad, tan dañina a estas edades. Los límites deben
ser racionales, no excesivos ni arbitrarios, pues perjudican tanto o más
que la ausencia de límites.
- Los hijos precisan sentirse atendidos en sus momentos difíciles,
como pueden ser las dificultades escolares, amorosas o cuando padecen
alguna enfermedad. Ello incrementará su seguridad, su autoestima.
- Tener una opinión positiva de sí mismos, una autoestima elevada.
Para ello es importante destacar sus buenas cualidades en vez de los
defectos, enseñarles habilidades diversas para enfrentar el estrés y
resolver sus problemas, lo cual favorecerá el surgimiento de
sentimientos favorables hacia sí mismos; desarrollar en ellos la
capacidad de controlar y modular sus emociones, para evitar la
manipulación de sus afectos o dar una respuesta impulsiva o impensada.
- La intolerancia de los padres ante las conductas desviadas.
Permitirlas es un estímulo para que sean repetidas y convertidas en un
mal hábito. En este caso es importante la unidad de criterios en toda la
familia al desaprobar determinada conducta desadaptativa y no sólo la
desaprobación de una parte de ella, pues el niño o adolescente hará
alianzas contra quienes le reprueben su conducta, solidarizándose con
quienes se la aprueban o estimulan. Además de rechazar las desviaciones,
debe controlarse frecuentemente para que no se estén presentando, y así
se desestimulará su ocurrencia.
- Es indispensable para los hijos la conducta de los padres: si los
padres nos crecemos ante las dificultades; si somos dueños de nuestras
emociones; si somos estables en el comportamiento social (familia,
trabajo, vecindario); si conocemos nuestros puntos flojos, nuestras
limitaciones; si somos buenos trabajadores, creativos, no rutinarios; si
sabemos ser responsables, confiables; si sabemos disfrutar, seguro
seremos un buen modelo a imitar por nuestra descendencia.
A los hijos: no hacer alianzas
Este tema está destinado, en especial, a los hijos cuyos
padres tienen problemas matrimoniales y están por separarse y divorciarse.
Va dirigida, desde luego, a aquellos hijos que son adolescentes o jóvenes,
no así a los niños que en la mayoría de las ocasiones harán lógica alianza
con la madre, su fuente de nutrición, protección y seguridad en estas
edades.
Generalmente, si hay hembras y varones entre ellos, se
efectuará una distribución en las alianzas. Algunos defenderán al padre en
sus razones y otros, a la madre. Los unidos al padre tendrán problemas en
sus relaciones con la madre y con los hermanos que la apoyan. Los otros
sufrirán las reprimendas del grupo contrario.
Pero no se les puede olvidar que han formado alianza con
su padre, en contra de su madre y viceversa. Es decir, no la forman con un
ser querido en contra de un enemigo, sino en contra de otro ser querido,
de ahí su inconveniente.
El adolescente o el joven que se una a un progenitor en
contra del otro, tendrá desde ese momento un progenitor y un enemigo, en
vez de dos progenitores. Esto no debiera ser, pero sucede.
Una postura inteligente sería tratar de no inmiscuirse en
esos asuntos y sólo hacerlo si se les pide opinión, la cual deben dar con
una imparcialidad a toda prueba. Sé que resulta difícil para un
adolescente o un joven no tomar partido en este tipo de situación, pero
deben ocuparse de sus propios asuntos y dejar a los adultos resolver el
problema por sí solos de forma civilizada.
Aunque sean sus padres, recuerden ese viejo refrán que
dice "entre marido y mujer nadie se debe meter". Y eso es válido también
para ustedes.
Además de los inconvenientes ocasionados por dichas
alianzas en la relación paterno filial, otro tanto ocurre entre los
hermanos, quienes establecerán rencillas personales, disputas, rencores, y
esto, lógicamente, los marcará en lo adelante.
Las peleas pueden influir desfavorablemente, porque un
progenitor puede al atacar afectar la imagen del otro y profundizar más
aún los problemas de relación en la familia. Por último, además del refrán
anterior que es válido, como ya dije, para aplicar con sus padres, no
olvide que "no se puede ser juez y parte". Y este otro refrán le viene a
usted, adolescente o joven con padres en conflictos matrimoniales, como
"anillo al dedo".
Para evitar la violencia en las relaciones interpersonales
Habitualmente se hace mayor énfasis en el aspecto visible
de la violencia, esto es, en el maltrato físico o psicológico, en la
conducta violenta manifiesta en forma de gritos, amenazas, palabras
soeces, injurias, golpes, empujones, agresiones físicas más severas que
pueden ocasionar daños, mutilar y a veces comprometer la vida del
agredido. Sin embargo, hay otros tipos de violencia, más sutiles, pero no
menos dañinos, patentes en las relaciones interpersonales, entre sujetos
que, en apariencia, no se solidarizan con la conducta violenta ni la
practican conscientemente. A este tipo es al que me quiero referir.
Así es, hay formas de comportamiento, en apariencia
normales, que son violentas, pues tratan de forzar una situación a su
antojo; por ejemplo, cuando nos inmiscuimos en la vida ajena sin que nos
pidan un criterio u opinión, sólo porque esa persona no está actuando como
lo haríamos nosotros, como si fuéramos el modelo a seguir, y considerar a
todo lo diferente de ese supuesto "modelo de normalidad", como algo que
hay que modificar, cambiar, rehacer.
Otra manera de manifestarse la violencia doméstica es
cuando se desconocen los atributos positivos de la pareja o son objeto de
burla. Así, una profesional con éxitos en su vida científica se queja de
la recriminación de su esposo porque "lo único que haces últimamente es
estudiar y escribir", a pesar de ella haber sido capaz de complementar su
actividad científica con la atención a la familia.
En ocasiones, el silencio es una forma de violencia en las
relaciones interpersonales, pues privan a los seres humanos de la tan
necesaria comunicación. Esto se hace más evidente cuando las parejas no
viven solas, sino con la familia de uno de los cónyuges. En este caso, el
cónyuge que propicia el silencio, mantiene el trato con los otros miembros
de su familia y deja "abandonado al silencio" al que no tiene familia
alguna en ese medio. Si bien puede conversar con otros convivientes, la
calidad de la comunicación se encontrará comprometida de manera
importante.
Otra forma de violencia en las relaciones interpersonales
es cuando se trata de subordinar los intereses de la familia a los de uno
de sus miembros, cuando ni siquiera son los importantes en ese momento.
Así, por ejemplo, se quiere poner a todos en función del niño enfermo y
éste sólo tiene un catarro común. O que el esposo espere a su pareja para
ir al trabajo, cuando ella habitualmente llega retrasada. O que los niños
y adolescentes sufran la pérdida de un ser querido con las mismas
manifestaciones de duelo que el adulto.
También es conducta violenta la manipulación del sexo, es
decir, utilizar las relaciones sexuales como un arma contra la pareja. Y
es el caso cuando un cónyuge se molesta con el otro y deja de tener
relaciones sexuales varios días, aunque la molestia bien podía ser
resuelta en cinco minutos. Prolongar innecesariamente los disgustos, es
otra forma de violencia, se dilata el malestar para tener ventajas en la
relación. Ésta debe ser complementaria, no competitiva, y cuando esto
ocurre en la pareja es una forma muy destructiva, por cierto. Cada cónyuge
debe tratar de tener el mayor éxito en lo que hace y el que tenga menos
posibilidades por uno u otro motivo, debiera sentirse feliz porque su
pareja lo haya logrado, esto no pasa siempre y el éxito se convierte en
motivo de diferencias e incomprensiones por parte unas veces de quien los
obtiene y otras, de quien no los pudo obtener.
Otra manifestación de violencia es cuando no se comparten
las tareas de la familia y se recargan en uno de sus integrantes o cuando
las tareas no son repartidas de forma lógica, para que cada cual pueda
hacer una utilización más racional de su tiempo.
En definitiva, la conducta violenta tiene muchas maneras
de manifestarse y debemos evitar que la anómala forme parte de nuestro
comportamiento.
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