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Parte 2/ 2
Una democracia aplazada
El rápido crecimiento económico de China no ha derivado
aún en el esperado pluralismo político. Algunos observadores creen que,
tal vez, es aún demasiado pobre para permitirse la democracia. Sin
embargo, con una renta per cápita de casi 1.300 euros (3.700 euros si nos
referimos al poder adquisitivo), es un país más rico que muchas
democracias pobres. Lo que detiene a la democracia no es la pobreza, sino
un Estado neoleninista y el capitalismo amiguista que fomenta.
En parte, la propia democracia ha sido víctima de la
expansión económica del país. A pesar de sus defectos y su mala gestión,
el rápido crecimiento ha reforzado la legitimidad de Pekín. En los países
en vías de desarrollo, las transiciones democráticas se desencadenan, con
frecuencia, debido a crisis económicas de las que se responsabiliza a la
incompetencia y la mala gestión del ancien régime. China todavía no ha
vivido esa crisis. Al mismo tiempo, la riqueza al alcance de las élites
gobernantes apaga cualquier movimiento de reforma en su seno. El poder
político se ha vuelto más valioso porque puede transformarse en unos
privilegios inimaginables en el pasado.
El generoso gasto oficial en orden público garantiza que,
en un futuro próximo, no sea necesario compartir el poder. Desde Tiananmen,
el partido ha invertido miles de millones en reforzar la policía
paramilitar (la Policía Armada Popular), que se utiliza para reprimir los
disturbios internos. Para contrarrestar la amenaza que supone la
revolución de la información, Internet sobre todo, el Gobierno ha aunado
los conocimientos tecnológicos con el poder regulador. La "policía de la
Red", cuyo nombre oficial es Oficina de Supervisión de Internet y
Seguridad del Ministerio de Seguridad Pública, cuenta, al parecer, con más
de 30.000 personas. La refinada estrategia comunista de "represión
selectiva" se dirige sólo a quienes se atreven a desafiar en público su
autoridad, y deja en paz a la población en general. China es uno de los
pocos Estados autoritarios en los que están permitidos la homosexualidad y
el travestismo, pero no la disidencia política. Los grupos de oposición y
quienes pueden desafiar la autoridad del partido acaban aislados.
En cambio, a la nueva elite social se la atrae y se la
mima. El partido colma a la clase intelectual urbana, los profesionales y
los empresarios privados con ventajas económicas, honores profesionales y
acceso político. Por ejemplo, en 2004, 145.000 expertos designados, el 8%
de los profesionales de alta categoría en todo el país, recibieron
"estipendios especiales del Gobierno" (complementos al salario mensual);
el partido ha invitado a decenas de miles de ex profesores de universidad
a afiliarse y les ha colocado en altos cargos gubernamentales. Por ahora,
la campaña de seducción funciona: los grupos sociales que suelen
constituir fuerzas democratizadoras están neutralizados.
China ya ha pagado un alto precio por los fallos de su
sistema político y la corrupción. Sus nuevos dirigentes son conscientes de
hasta dónde llega la descomposición, pero toman medidas muy modestas para
corregirla. Por ahora, las sólidas bases económicas y la infinita energía
del pueblo han ocultado y compensado las malas prácticas del Gobierno,
pero sólo pueden seguir empujando hasta cierto punto. Algún día, pronto,
sabremos si un sistema así puede superar una prueba crucial: una grave
sacudida económica, un periodo de agitación política, una crisis de salud
pública o una catástrofe ambiental. Puede que China esté ascendiendo, pero
nadie sabe todavía si es capaz de volar.
Notas
Publicado originalmente por FRIDE
Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior
En FP – Foreign Policy, Edición Española,
Abril – Mayo 2006
http://www.fp-es.org/index.asp
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