Una publicación de CDF     | Enlaces | Comentarios | Contacto | Búsqueda |

ISSN 1913-6196

Inicio Temas Autores Reseñas Libros Recursos digitales
Ediciones Documentos Multimedia Lectores opinan Entrevistas Nosotros
Año 2008 Vol. VI
Futuros 21
 Futuros 20
Año 2007 Vol. V
 Futuros 19
 Futuros 18
 Futuros 17
Año 2006 Vol . IV
 Futuros 16
 Futuros 15
 Futuros 14
 Futuros 13

Año 2005 Vol.  III

 Futuros 12
 Futuros 11
 Futuros 10
 Futuros 9
Año 2004 Vol. II
 Futuros 8
 Futuros 7
 Futuros 6
 Futuros 5
Año 2006 Vol.  I
 Futuros 4
 Futuros 3
 Futuros 2
 Futuros 1
 

Visítenos en el nuevo portal
Futuros 21

 

 Reconciliación nacional: ¿ardid, quimera o posibilidad?

Prevención y resolución de conflictos

Revista Futuros

 

¿Es posible iniciar la construcción de un paradigma de desarrollo humano sustentable en sociedades traumatizadas por profundas heridas y divisiones heredadas de guerras y regimenes de violencia? La respuesta es positiva, aunque condicionada a que se alcance un nuevo pacto de convivencia para la reconciliación nacional, lo que supone, a su vez, un complejo proceso psicosocial y la puesta en vigor de disposiciones legales e institucionales dirigidas a alcanzar ese fin.

Las sociedades que han transitado por algún conflicto violento o han sufrido las consecuencias de un prolongado régimen autoritario o totalitario se enfrentan, justo al inicio de los procesos de paz y de cambios hacia la democracia, con un pesado fardo de violaciones de derechos humanos cuyas víctimas esperan justicia.

Pero a menudo ha sucedido que los procesos de cambio no han sido el resultado del derrumbe de esos regímenes frente a sus adversarios, ni la paz se ha impuesto porque la violencia terminase con la victoria aplastante de uno de los bandos en pugna sobre el otro.

En no escasas ocasiones el inicio de los procesos de paz y cambios democráticos ha sido el resultado de negociaciones entre las partes en conflicto quienes acordaron, como condición para poner fin a su enfrentamiento, la impunidad en favor de aquellos que habían cometido diferentes tipos de graves abusos y crímenes.

La lógica de priorizar los beneficios de la paz para el conjunto de la sociedad acelerando el cese del conflicto, no pocas veces ha tomado prioridad sobre la de satisfacer las legítimas demandas de justicia de aquel sector social que había sido victimizado. El razonamiento esencial --no necesariamente mal intencionado-- de quienes han aceptado esas condiciones es que, de no extenderse algunas garantías futuras hacia los verdugos, el conflicto podría prorrogarse de manera indefinida y generar aún más víctimas de las existentes hasta el momento de producirse las negociaciones. Era imprescindible alcanzar la paz, o al menos poner fin a la violencia, y llamar a la reconciliación. Ocurre a menudo que la mayor parte de la población en sociedades post conflicto o en vías de transición democrática está menos motivada por asistir a un prolongado juicio contra los verdugos del pasado que por recibir una inmediata respuesta a los apremiantes problemas del presente: empleo, comida, vivienda, entre otros.

Sin duda esta lógica encierra una verdad, pero incompleta. Así lo demuestra el resultado de los diferentes experimentos de reconciliación nacional impulsados en distintos países al cabo de años de haberse impuesto el cese de las hostilidades o de haberse iniciado una transición democrática. Los movimientos de derechos humanos y las asociaciones de víctimas – apoyados ahora en la globalización de los sistemas de justicia en lo que concierne a crímenes de lesa humanidad y violaciones del derecho internacional humanitario- han persistido en sus reclamos de justicia.

Los expedientes criminales se reactivan hoy en Argentina, Chile y Uruguay, mientras en España se desempolvan los papeles de la Guerra Civil y se derriban las estatuas del caudillo a más de tres décadas del fin de su régimen. En Perú al parecer se sigue la dirección contraria con el cierre de la posibilidad de encausar a los verdugos del terrorismo de estado, mientras se aplica la justicia sobre los grupos de actores no estatales irregulares que ejercieron el terrorismo igualmente. Derechas e izquierdas se polarizan en torno al tema, desaparecen testigos de cargo en circunstancias misteriosas y se retoma el lenguaje amenazador de la violencia. Hay lugares donde voces desde algunas de las iglesias llaman a la reconciliación, pero carecen de credibilidad si en ese mismo país guardaron piadoso silencio y pasividad ante los crímenes de pasadas dictaduras. Hay partidos en el gobierno y la oposición que se aprestan a retomar las denuncias de los crímenes de sus adversarios, pero continúan guardando silencio ante los propios, cometidos en una época en que los fines parecían justificar los medios. No faltan políticos que, también desde el poder o la oposición, agitan esas aguas de manera conveniente y oportuna a sus propios fines y no necesariamente movidos por un sentido de obligación ética hacia las víctimas.

Hay incluso dificultades culturales. En la cultura hispana hay una forma de codificar el honor que no admite perdones ni reconciliaciones. El honor –codificado en clave machista- ha de ser lavado con el sufrimiento y la sangre de aquellos que intentaron ultrajarlo. Implicados en esa lógica perversa del honor están implícitos otros mensajes, como aquel de que dialogar, negociar, perdonar y reconciliarse con el adversario son imperdonables amaneramientos equivalentes a la capitulación y la traición. La influencia del principio de "ojo por ojo y diente por diente" no es exclusiva de otras culturas, latitudes y religiones, sino que permea también hasta el presente la cultura hispana y latina, e incluso buena parte de la sajona. La lapidaria frase de Gandhi cuando aseguraba que si cobramos ojo por ojo pronto todos quedaríamos ciegos, no ha sido todavía asimilada.

Todo parece indicar que el reclamo de verdad y justicia puede ser pospuesto pero no abandonado. La marea de demandas de paz puede sobrepasarlo en un momento dado, pero siempre retorna, como resaca inevitable, para recordarnos que hay cosas que no pueden borrarse de la memoria y hay daños que reclaman ser reparados.

Las reconciliaciones no se decretan. Es La sociedad quien debe facilitarlas de diversas maneras Aunque perdonar es potestad de las víctimas. El perdón no puede decretarse como las amnistías. Perdón y absolución legal no son equivalentes. Del mismo modo que amnistía no significa amnesia.

Todo intento de imponer la reconciliación cuando no han existido procesos concomitantes de verdad, memoria y justicia termina en el fracaso.

La reconciliación nunca puede fundarse sobre la base de la impunidad y el olvido. Ese camino puede conducir al reinicio del conflicto que se creía superado. Pero la reconciliación es tan necesaria como lo son la verdad, la memoria sobre lo ocurrido -para aprender las lecciones que de ello se derivan- y el ejercicio de múltiples fórmulas de justicia en favor de las víctimas. Conocer la verdad puede resultar perjudicial si luego se abandonan los procesos de justicia y reconciliación. En esos casos, limitarse a develar la verdad puede servir para atizar el rencor y el deseo de venganza de aquellos que esperaron justicia inútilmente.

Las sociedades que han pasado por procesos traumáticos como los mencionados requieren sanar sus heridas y aprender de su pasado, para no repetir los mismos errores en el futuro. Eso no es posible sin establecer con la mayor objetividad posible lo que realmente sucedió y sin comprender –que no significa aprobar- los motivos que llevaron a cada persona e institución a actuar del modo en que lo hicieron. Dejar pasar el tiempo puede ser útil en ciertas circunstancias para calmar los ánimos, pero no para cicatrizar heridas. A mediano o largo plazo el reclamo de verdad y justicia vuelve a tomar el centro de las discusiones y, en ocasiones, podría hacerlo retornando a la violencia.

Al parecer, la reconciliación puede ser un ardid, una quimera y una posibilidad real según el modo en que se aborde. Fue invocada como ardid por quienes deliberadamente quisieron proteger a cómplices y verdugos de toda incriminación e impusieron leyes de Punto Final, basados en una interpretación de la obediencia debida dentro de los cuerpos militares que fuera abandonada desde los juicios celebrados en Nuremberg contra los criminales de guerra nazis, sus jueces y otros acólitos de aquel régimen de horror. La consideran una quimera aquellos que han visto arraigarse su rencor como respuesta a la insensibilidad oficial frente a sus reclamos de verdad y justicia. La reconciliación, sin embargo, es viable cuando se le aborda con realismo, acompañada de procesos complementarios de verdad y justicia.

Un conjunto de mitos y falsas definiciones han contribuido a enturbiar el entendimiento acerca del significado y alcance de la reconciliación, por lo que se hace necesario puntualizar algunas clarificaciones sobre el tema:

  1. La reconciliación no puede ser el primer proceso que se convoque, ni puede ser decretada. Las víctimas esperan que se les haga justicia y esta puede tomar diversas formas: sancionar a los culpables, compensar a las víctimas, reconocer socialmente lo ocurrido y el dolor que les fue causado. Las autoridades –con mayor o menor consenso ciudadano- pueden optar por formas de justicia compensatoria, en aras de asegurar la estabilidad y paz social al corto plazo, y amnistiar a los culpables en el marco de la legislación nacional. Pero ya no puede extenderles una amnistía con respecto al derecho internacional y la actual globalización de la justicia, por lo que los verdugos podrían ser posteriormente extraditados a otros tribunales extranjeros o internacionales que los reclamasen en otras latitudes, si existen convenios para ello, o tendrían que permanecer en territorio nacional donde único la amnistía decretada puede protegerlos.
  2. Amnistía no es amnesia. La verdad casi nunca es unívoca, pero los hechos sí lo son. Los distintos protagonistas poseen diferentes verdades sobre las cuales intentan explicar su actuación. Los hechos son unívocos, aunque su reconstrucción requiera de la revisión seria y sosegada de las versiones diferentes que existan sobre ellos. La reconstrucción más exacta posible de los hechos es la esencia del proceso de búsqueda de la verdad. Los procesos de reconciliación han de seguir o mezclarse con la búsqueda y establecimiento de la verdad, la reflexión colectiva sobre el pasado reciente, las lecciones aprendidas y las medidas que se recomienden para eternizar los "nunca más" en la memoria histórica nacional.
  3. Empatía no es simpatía. La reconciliación no exige la amistad con los antiguos verdugos. Lo que demanda un proceso de reconciliación es la comprensión del contexto donde todos actuaron –de uno y otro lado- y de los métodos inaceptables que ambos pudieran haber empleado para alcanzar sus objetivos, por legítimos que fuesen algunos de ellos.
  4. Para recibir perdón hay que pedirlo de manera clara y sincera a las víctimas, las únicas que pueden extenderlo. La amnistía legal es la exoneración por parte del poder judicial de la sanción debida por los crímenes cometidos. Las amnistías no representan un reconocimiento de que la persona era inocente, sino constituyen un acto de clemencia por razones de estado ante un culpable a quien se libera de tener que cumplir la sanción merecida. El perdón que puede llegar a extender una víctima tampoco supone concederle al verdugo un reconocimiento de inocencia, sino la decisión de la víctima de hacer dejación de sus legítimos reclamos de justicia punitiva contra aquel en el futuro. El estado tiene la prerrogativa de amnistiar cancelando las sanciones legales, pero sólo los afectados tienen el derecho de perdonar por el sufrimiento que les fuera inflingido. Los políticos pueden intentar persuadir a las víctimas de la alta conveniencia social de avanzar rápidamente hacia una nueva convivencia social y de la contribución que a ese válido fin se haría extendiendo el perdón a los victimarios. Pero son pocos quienes pueden dejarse persuadir a ese arreglo sin ver previamente a su verdugo reconocer sus faltas y sin pedirles perdón, de manera clara y sincera.
  5. La solicitud de perdón de parte del victimario supone la inclusión de ciertos elementos, sin los cuales tal reclamo es apenas un cínico ardid para evitar las consecuencias de sus actos pasados en las nuevas circunstancias. Una solicitud de perdón formulada ante aquellos que han sufrido en el pasado a manos de la persona, institución o gobierno que ahora se la reclama supone, como mínimo, cuatro elementos:
  1. El claro reconocimiento de que se causó un mal y de la magnitud del sufrimiento inflingido.

  2. Resultar convincente acerca del arrepentimiento por el daño provocado.

  3. La clara disposición individual a remediar o a compensar de algún modo a sus víctimas.

  4. Una explicación –no una justificación- de las razones que cree lo indujeron a actuar de manera tan ignominiosa y aborrecible.

A partir de las anteriores precisiones resulta claro que declaraciones tales como "Si alguna de mis acciones llegaron a causar daño a personas inocentes lo deploro sinceramente", carecen de los elementos esenciales que nos permitirían considerar que estamos en presencia de una auténtica solicitud de perdón.

Más allá de estas precisiones generales es necesario hacer una adicional, quizás la más importante: la forma de abordar los procesos de reconciliación en diferentes sociedades está claramente determinada por las singularidades culturales e históricas del caso en cuestión. Pretender universalizar una fórmula determinada porque resultó exitosa en otro contexto es un craso error.

Pero esa particularidad no resta un ápice de valor a otra verdad universal. Sin procesos complementarios de verdad, memoria, justicia y reconciliación –cualesquiera que sean las adaptaciones de forma y espacios de tiempo que se introduzcan para ajustarlos a las diferentes realidades- y la puesta en marcha de medidas políticas, económicas y culturales para superar las causas del anterior enfrentamiento, la paz no estará definitivamente asegurada.

Por último, pero no menos importante, en los procesos de conflicto y violencia sucede a menudo que coinciden en una misma persona u organización la condición de víctima y de victimario. No se trata solo de aquellos niños que después de asesinar a sus padres, fueron reclutados a la fuerza, para transformarlos en crueles soldados de alguno de los bandos en pugna.

Una constante de casi todos estos conflictos violentos ha sido el empleo por los protagonistas de bandos opuestos del terrorismo contra civiles y sus propiedades, la tortura, el maltrato de prisioneros de guerra, las desapariciones, secuestros, los asesinatos extrajudiciales, y otras atrocidades.

La creencia de que existen fines absolutos ante los cuales el empleo de cualquier método para alcanzarlos resulta relativo, ha venido permeando hasta el presente la cultura política y social de demasiadas instituciones estatales y organizaciones ciudadanas. Sin devolver a la política su significado pleno, como espacio de diálogo y negociación no violenta de los conflictos de intereses y opiniones, tampoco podremos poner coto definitivo a la violencia política y social que todavía hoy nos acecha.

La comprensión de cómo han de enfrentarse los conflictos antes de que lleguen a adquirir formas violentas es tan relevante al desarrollo humano sustentable como lo es el aprender las formas para darles una salida pacífica. Pero igual importancia adquieren para aquellas sociedades traumatizadas por sus recientes conflictos el aprender las diferentes maneras de abordar los procesos para la búsqueda de la verdad, el establecimiento de la memoria histórica, el ejercicio de diferentes fórmulas de justicia transicional y la construcción de procesos de reconciliación nacional sobre esas bases. Del éxito que se alcance en esas tareas dependerán sus posibilidades de abordar exitosamente en el futuro las tareas del desarrollo humano sustentable.

   

Descargar este artículo   Imprimir

 

Este website esta bajo la licencia de Creative Commons Licence
Cualquier material de esta revista puede reproducirse libremente de forma impresa o electrónica sin previa autorización, siempre que se cite como  fuente a la Revista Futuros y su uso no sea con fines comerciales. Agradeceríamos ser informados y que se nos hiciera llegar una copia o referencia del material reproducido.
Se exceptúan de la libre reproducción los materiales tomados de otras fuentes; para reproducir estos artículos debe pedirse autorización a la fuente original.

Las opiniones expresadas en los artículos son de los y las autores y no de Rostros y Voces  o de Citizen Digital Facilitation
Los invitamos a enviarnos sus colaboraciones, las cuales serán  publicadas de ser seleccionadas por la dirección de la revista.
Si tiene problemas o preguntas relacionadas con esta Web, póngase en contacto con el Equipo Futuros.
Última actualización: