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Los
titulares de todo el mundo nos han devuelto la atención a las voces de la
comunidad científica que nos alertan –ya con cierto grado de angustia-
ante la inminencia de un cambio climático. Queda muy poco tiempo para
hacer algo que revierta, de manera urgente y dramática, las actuales
tendencias al calentamiento global generadas por nuestro impacto
tecnológico sobre el medio ambiente.
¿Por cuánto tiempo podrá la corta memoria de la opinión
publica mundial mantener ese tema entre sus preocupaciones? ¿Continuara
siendo este asunto un tópico de primera plana cuando los medios de
comunicación retornen su interés a otros dramas mundiales, como la
violencia en Irak y el Oriente Medio, o pasen a primer plano las
vicisitudes de las múltiples celebridades de nuestro tiempo, que ya
incluyen desde las ultimas aventuras de Paris Hilton hasta las desventuras
de un campeón de los hipódromos como Bárbaro?
Más allá del usual circuito de activistas es -por ahora-
improbable que se llegue a generar una presión suficiente sobre los
políticos y las correspondientes empresas privadas para que tomen medidas
adecuadas para revertir las actuales tendencias. Nuestros hábitos
cotidianos y mentales nos encadenan a una forma de entender la realidad
que se ha convertido en obsoleta después de dos siglos de civilización
industrial a escala planetaria.
La revolución del pensamiento
No se acerca el fin del planeta, sino una profunda
degradación de las condiciones de vida de nuestra especie cuya
subsistencia estaría en peligro. Para evitarlo tendríamos que actuar
rápido y de manera inteligente, lo cual implica cuestionar la lógica
seguida por nuestra especie durante miles de años y, en particular, en los
últimos dos siglos.
Pero, ¿por qué es escasa la atención y prioridad que
otorgamos a este asunto si con ello nos jugamos la habitabilidad de este
planeta para nuestra especie? La respuesta es porque nuestra revolución
tecnológica ha avanzado más rápido que nuestra sabiduría para hacer el
mejor uso de ella. Necesitamos una revolución del pensamiento que
cuestione nuestro actual modelo civilizatorio y ponga en marcha otro que
armonice nuestra relación tecnológica y social con el hábitat que sustenta
nuestra existencia planetaria.
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Si no hay fuerzas
extra económicas que regulen el mercado y corrijan su dirección,
-bien por medio de incentivos fiscales, penalidades o leyes-,
seguirá operando según su principio central: reducir costos y
maximizar ganancias |
Se ha producido una revolución de los paradigmas que
empleamos para interpretar la realidad física pero no han llegado a ser
plenamente formulados y asimilados otros más adecuados para gobernar
nuestro entendimiento de la realidad social. Las tecnologías de la era de
la información hacen posible transitar hacia un nuevo proceso
civilizatorio. Sin embargo no existe hasta ahora la voluntad política para
imponer al sector productivo y de servicios –sea privado o estatal- las
medidas necesarias para revertir la situación. Si no hay fuerzas extra
económicas que lo regulen y corrijan su dirección, -bien por medio de
incentivos fiscales, penalidades o leyes-, el mercado opera según su
principio central: reducir costos y maximizar ganancias.
Ya existen, por ejemplo, tecnologías de transporte que
podrían sustituir a los actuales vehículos que hoy aportan una
significativa cantidad del monóxido carbón que contribuye al calentamiento
global. Pero asumirlas supondría perdidas para las compañías petroleras,
para las industrias manufactureras de autos (por tratarse de modelos que
requieren mantenimientos mínimos) y un golpe psicológico para quienes
puerilmente vinculan la potencia y velocidad de sus autos con su virilidad
o autoestima.
De poco vale explicarles a esos accionistas y propietarios
que sus hijos –no ya sus nietos- tendrán que enfrentar los graves
problemas ambientales y meteorológicos que ellos le dejan en herencia. No
se trata de que todos sean malvados o idiotas. Muchos de ellos se
encuentran entre las personas más calificadas de sus respectivas
profesiones en todo el mundo, pero padecen de disonancia cognitiva. Para
ser justos, la inmensa mayoría de la opinión pública comparte con ellos
esa condición. De lo contrario las movilizaciones serían hoy masivas y
constantes para obligar a políticos y empresarios a un cambio de curso.
Eso no sucede porque asuntos como la pobreza o la guerra en Irak parecen
presentar una amenaza más clara y directa a su vida cotidiana que las
predicciones sombrías de la comunidad científica.
Según León Festinger, quien hace más de cuatro décadas
fuera el autor de la Teoría de la Disonancia Cognitiva, "las personas no
soportamos mantener al mismo tiempo dos pensamientos o creencias
contradictorias, y automáticamente, justificamos dicha contradicción,
aunque para ello sea necesario recurrir a argumentaciones absurdos". En
otras palabras, las personas sienten la necesidad de justificar sus
conductas haciendo creer a otros –e incluso intentando auto convencerse-
de que no existen contradicciones entre nuestros actos y los pensamientos y
creencias que decimos y creemos profesar.
¿Entendemos el desafío?
Resulta pertinente no lanzar juicios generalizadores y
descalificativos hacia quienes hasta ahora se muestran incapaces de
entender la magnitud del desafío que enfrentamos. Es probable que no pocos
de ellos padezcan una genuina disonancia cognitiva entre sus valores,
favorables a evitar cualquier desastre climático que afecte a las futuras
generaciones, y la admisión de que el status quo que defienden, o con el
que conviven, está en conflicto con ellos. Para resolver esa disonancia se
inventan a si mismos todo tipo de justificaciones: "La situación no es tan
urgente o apocalíptica"; "No se ha comprobado con plena certeza la validez
de esos diagnósticos y pronósticos".
En otros casos –como acaba de evidenciarse con el actual
gobierno estadounidense- los que participan de los beneficios del actual
status quo han deliberadamente censurado las voces de los científicos que
alertaban sobre el peligro. Aquí no puede suponerse inocencia alguna.
Es patético que en una sociedad democrática y abierta como
la norteamericana se pretenda ejercitar la censura de la comunidad
científica en nombre de principios ideológicos y falsos intereses de
seguridad nacional como ocurría en la URSS en épocas de Stalin.
Afortunadamente en este caso no habrá científicos fusilados o enviados al
GULAG. Los equilibrios de poderes que supone una sociedad democrática
comienzan, lentamente, a entrar en acción –como lo hicieron antes frente a
las poderosas compañías tabacaleras- y la verdad comienza a abrirse paso.
Parece que en este caso vendrá a cumplirse de nuevo el
apotegma de Lincoln: "No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo".
El único problema es que, en este asunto, el tiempo es escaso para dar una
salida favorable al actual conflicto entre nuestra civilización y el
hábitat que la sostiene.
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Algunos creen que
el Tercer Mundo tendría derecho a contaminar sin restricciones para
industrializarse y alcanzar los niveles de consumo de los países
desarrollados |
Pero no es sólo EEUU el que no ha querido entender el
problema. Hay un sector del movimiento progresista que se ha desentendido
de este asunto. Unos porque no creen que existe un peligro planetario y
estiman de que solo se trata de un truco del capitalismo internacional
para distraer la atención de otros temas apremiantes. Otros llegan a
aceptar que en realidad hay algún problema, pero no creen que constituya
una prioridad ni peligro inminente. Y otros porque consideran que
corresponde a los principales países contaminadores –en particular a EEUU-
resolverlo. Según estos últimos el Tercer Mundo tendría derecho a
contaminar sin restricciones para industrializarse y alcanzar los niveles
de consumo de los países desarrollados.
Los primeros y segundos, de manera quizás inconsciente,
aceptan la lógica del gobierno de EEUU y de aquellas transnacionales
interesadas en mantener el actual status quo ("Todo lo que se dice no ha
sido demostrado científicamente y es alarmista"). Los últimos pretenden
entender el mundo bajo la óptica del siglo XIX, cuando la productividad de
las tecnologías disponibles no era remotamente a las que hoy tienen y el
planeta parecía aportar recursos naturales inagotables para nuestra
creciente explotación. Tampoco puede el planeta asimilar ya nuestros
crecientes deshechos, muchos de los cuales no son degradables y resultan
altamente contaminantes, ni la atmósfera y su capa de ozono resisten la
emisión masiva de carbono que la expansión global de la civilización
industrial trajo al mundo. Por otra parte declarar el derecho a contribuir
a la contaminación del planeta porque EEUU lo haga en mayor medida es un
retorcido modo de entender la justicia. Si los miles de millones de chinos
e indios –por citar dos países con crecientes y acerados procesos de
industrialización- consideran que la sustentabilidad ambiental no debe ser
considerada una prioridad de sus modelos de desarrollo pronto alcanzaran
el dudoso merito de sobrepasar a EEUU en su triste papel de contribuyente
destacado de la contaminación global y todos pagaremos las consecuencias.
Buscando un culpable
No faltan quienes lanzan el grito, supuestamente radical,
de "acabemos entonces con el capitalismo que es el culpable de esta
situación". Pareciera tener lógica, pero desde el punto de vista actual no
parece que ese sistema vaya a desaparecer en los próximos cincuenta años,
periodo en que la comunidad científica mundial estima los daños
ocasionados al hábitat serán ya irreversibles. Si el aseguramiento de la
existencia de nuestra especie no puede esperar por la revolución mundial
según la entendieron Marx y Trotsky, entonces intentar algunas reformas
radicales del sistema capitalista mundial y un cambio revolucionario de
nuestro paradigma civilizatorio no debiera anatematizarse como traición a
los pobres. Al final, todos –ricos y desposeídos- pagaremos las
consecuencias de nuestra miopía. ¿Quién puede ganar la lucha de clases
sobre la cubierta del Titanic?
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Tendremos que
aprender a pensar como terrícolas |
Tampoco puede entenderse la situación desde la óptica
tradicional de la soberanía nacional. Tendremos que aprender a pensar como
terrícolas. Tomemos un ejemplo reciente. Existe un diferendo entre EEUU y
Canadá sobre cual de los dos países tiene derecho a ejercer la soberanía
sobre una zona de las aguas próximas al Ártico. Pese a las tradicionales
buenas relaciones entre ambas naciones y a que un gobierno conservador
–coincidente en muchos otros temas con el de George W. Bush- rige
actualmente el rumbo de Canadá, Ottawa ha hecho declaraciones inequívocas
sobre su comprensión del asunto y ha enviado sus barcos de guerra a
patrullar la disputada zona. Sin embargo, recientemente, mientras sus
artillados navíos surcaban desafiantes esas aguas, Canadá perdió un pedazo
del territorio norte cuando sus glaciares cedieron al calentamiento
global. Fue así como se desprendió un área de más de sesenta kilómetros
cuadrados que, como islote flotante, se extravió mar afuera. Si EEUU
hubiese desembarcado una división de sus fuerzas armadas y ocupado una
porción similar del territorio canadiense se hubiera iniciado un conflicto
militar entre ambos países y desatado todo tipo de furores nacionalistas.
Pero lo que sucedió en realidad fue que Canadá perdió parte de su
territorio como resultado del calentamiento global al que había
contribuido junto a EEUU.
La moraleja a recordar es que la toma de decisiones para
revertir estas tendencias no puede someterse a la lógica de políticas
nacionalistas basadas en un obsoleto criterio de soberanía. La seguridad
nacional pasa aquí por la cooperación internacional. Habrá un planeta para
todos o terminara no habiéndolo para nadie.
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