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ISSN 1913-6196

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  Calentamiento global y crisis civilizatoria

Desarrollo humano sustentable

Revista Futuros  

 

Los titulares de todo el mundo nos han devuelto la atención a las voces de la comunidad científica que nos alertan –ya con cierto grado de angustia- ante la inminencia de un cambio climático. Queda muy poco tiempo para hacer algo que revierta, de manera urgente y dramática, las actuales tendencias al calentamiento global generadas por nuestro impacto tecnológico sobre el medio ambiente.

¿Por cuánto tiempo podrá la corta memoria de la opinión publica mundial mantener ese tema entre sus preocupaciones? ¿Continuara siendo este asunto un tópico de primera plana cuando los medios de comunicación retornen su interés a otros dramas mundiales, como la violencia en Irak y el Oriente Medio, o pasen a primer plano las vicisitudes de las múltiples celebridades de nuestro tiempo, que ya incluyen desde las ultimas aventuras de Paris Hilton hasta las desventuras de un campeón de los hipódromos como Bárbaro?

Más allá del usual circuito de activistas es -por ahora- improbable que se llegue a generar una presión suficiente sobre los políticos y las correspondientes empresas privadas para que tomen medidas adecuadas para revertir las actuales tendencias. Nuestros hábitos cotidianos y mentales nos encadenan a una forma de entender la realidad que se ha convertido en obsoleta después de dos siglos de civilización industrial a escala planetaria.

  La revolución del pensamiento

No se acerca el fin del planeta, sino una profunda degradación de las condiciones de vida de nuestra especie cuya subsistencia estaría en peligro. Para evitarlo tendríamos que actuar rápido y de manera inteligente, lo cual implica cuestionar la lógica seguida por nuestra especie durante miles de años y, en particular, en los últimos dos siglos.

Pero, ¿por qué es escasa la atención y prioridad que otorgamos a este asunto si con ello nos jugamos la habitabilidad de este planeta para nuestra especie? La respuesta es porque nuestra revolución tecnológica ha avanzado más rápido que nuestra sabiduría para hacer el mejor uso de ella. Necesitamos una revolución del pensamiento que cuestione nuestro actual modelo civilizatorio y ponga en marcha otro que armonice nuestra relación tecnológica y social con el hábitat que sustenta nuestra existencia planetaria.

Si no hay fuerzas extra económicas que regulen el mercado y corrijan su dirección, -bien por medio de incentivos fiscales, penalidades o leyes-, seguirá operando según su principio central: reducir costos y maximizar ganancias

Se ha producido una revolución de los paradigmas que empleamos para interpretar la realidad física pero no han llegado a ser plenamente formulados y asimilados otros más adecuados para gobernar nuestro entendimiento de la realidad social. Las tecnologías de la era de la información hacen posible transitar hacia un nuevo proceso civilizatorio. Sin embargo no existe hasta ahora la voluntad política para imponer al sector productivo y de servicios –sea privado o estatal- las medidas necesarias para revertir la situación. Si no hay fuerzas extra económicas que lo regulen y corrijan su dirección, -bien por medio de incentivos fiscales, penalidades o leyes-, el mercado opera según su principio central: reducir costos y maximizar ganancias.

Ya existen, por ejemplo, tecnologías de transporte que podrían sustituir a los actuales vehículos que hoy aportan una significativa cantidad del monóxido carbón que contribuye al calentamiento global. Pero asumirlas supondría perdidas para las compañías petroleras, para las industrias manufactureras de autos (por tratarse de modelos que requieren mantenimientos mínimos) y un golpe psicológico para quienes puerilmente vinculan la potencia y velocidad de sus autos con su virilidad o autoestima.

De poco vale explicarles a esos accionistas y propietarios que sus hijos –no ya sus nietos- tendrán que enfrentar los graves problemas ambientales y meteorológicos que ellos le dejan en herencia. No se trata de que todos sean malvados o idiotas. Muchos de ellos se encuentran entre las personas más calificadas de sus respectivas profesiones en todo el mundo, pero padecen de disonancia cognitiva. Para ser justos, la inmensa mayoría de la opinión pública comparte con ellos esa condición. De lo contrario las movilizaciones serían hoy masivas y constantes para obligar a políticos y empresarios a un cambio de curso. Eso no sucede porque asuntos como la pobreza o la guerra en Irak parecen presentar una amenaza más clara y directa a su vida cotidiana que las predicciones sombrías de la comunidad científica.

Según León Festinger, quien hace más de cuatro décadas fuera el autor de la Teoría de la Disonancia Cognitiva, "las personas no soportamos mantener al mismo tiempo dos pensamientos o creencias contradictorias, y automáticamente, justificamos dicha contradicción, aunque para ello sea necesario recurrir a argumentaciones absurdos". En otras palabras, las personas sienten la necesidad de justificar sus conductas haciendo creer a otros –e incluso intentando auto convencerse- de que no existen contradicciones entre nuestros actos y los pensamientos y creencias que decimos y creemos profesar.

  ¿Entendemos el desafío?

Resulta pertinente no lanzar juicios generalizadores y descalificativos hacia quienes hasta ahora se muestran incapaces de entender la magnitud del desafío que enfrentamos. Es probable que no pocos de ellos padezcan una genuina disonancia cognitiva entre sus valores, favorables a evitar cualquier desastre climático que afecte a las futuras generaciones, y la admisión de que el status quo que defienden, o con el que conviven, está en conflicto con ellos. Para resolver esa disonancia se inventan a si mismos todo tipo de justificaciones: "La situación no es tan urgente o apocalíptica"; "No se ha comprobado con plena certeza la validez de esos diagnósticos y pronósticos".

En otros casos –como acaba de evidenciarse con el actual gobierno estadounidense- los que participan de los beneficios del actual status quo han deliberadamente censurado las voces de los científicos que alertaban sobre el peligro. Aquí no puede suponerse inocencia alguna.

Es patético que en una sociedad democrática y abierta como la norteamericana se pretenda ejercitar la censura de la comunidad científica en nombre de principios ideológicos y falsos intereses de seguridad nacional como ocurría en la URSS en épocas de Stalin. Afortunadamente en este caso no habrá científicos fusilados o enviados al GULAG. Los equilibrios de poderes que supone una sociedad democrática comienzan, lentamente, a entrar en acción –como lo hicieron antes frente a las poderosas compañías tabacaleras- y la verdad comienza a abrirse paso.

Parece que en este caso vendrá a cumplirse de nuevo el apotegma de Lincoln: "No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo". El único problema es que, en este asunto, el tiempo es escaso para dar una salida favorable al actual conflicto entre nuestra civilización y el hábitat que la sostiene.

Algunos creen que el Tercer Mundo tendría derecho a contaminar sin restricciones para industrializarse y alcanzar los niveles de consumo de los países desarrollados

Pero no es sólo EEUU el que no ha querido entender el problema. Hay un sector del movimiento progresista que se ha desentendido de este asunto. Unos porque no creen que existe un peligro planetario y estiman de que solo se trata de un truco del capitalismo internacional para distraer la atención de otros temas apremiantes. Otros llegan a aceptar que en realidad hay algún problema, pero no creen que constituya una prioridad ni peligro inminente. Y otros porque consideran que corresponde a los principales países contaminadores –en particular a EEUU- resolverlo. Según estos últimos el Tercer Mundo tendría derecho a contaminar sin restricciones para industrializarse y alcanzar los niveles de consumo de los países desarrollados.

Los primeros y segundos, de manera quizás inconsciente, aceptan la lógica del gobierno de EEUU y de aquellas transnacionales interesadas en mantener el actual status quo ("Todo lo que se dice no ha sido demostrado científicamente y es alarmista"). Los últimos pretenden entender el mundo bajo la óptica del siglo XIX, cuando la productividad de las tecnologías disponibles no era remotamente a las que hoy tienen y el planeta parecía aportar recursos naturales inagotables para nuestra creciente explotación. Tampoco puede el planeta asimilar ya nuestros crecientes deshechos, muchos de los cuales no son degradables y resultan altamente contaminantes, ni la atmósfera y su capa de ozono resisten la emisión masiva de carbono que la expansión global de la civilización industrial trajo al mundo. Por otra parte declarar el derecho a contribuir a la contaminación del planeta porque EEUU lo haga en mayor medida es un retorcido modo de entender la justicia. Si los miles de millones de chinos e indios –por citar dos países con crecientes y acerados procesos de industrialización- consideran que la sustentabilidad ambiental no debe ser considerada una prioridad de sus modelos de desarrollo pronto alcanzaran el dudoso merito de sobrepasar a EEUU en su triste papel de contribuyente destacado de la contaminación global y todos pagaremos las consecuencias.

  Buscando un culpable

No faltan quienes lanzan el grito, supuestamente radical, de "acabemos entonces con el capitalismo que es el culpable de esta situación". Pareciera tener lógica, pero desde el punto de vista actual no parece que ese sistema vaya a desaparecer en los próximos cincuenta años, periodo en que la comunidad científica mundial estima los daños ocasionados al hábitat serán ya irreversibles. Si el aseguramiento de la existencia de nuestra especie no puede esperar por la revolución mundial según la entendieron Marx y Trotsky, entonces intentar algunas reformas radicales del sistema capitalista mundial y un cambio revolucionario de nuestro paradigma civilizatorio no debiera anatematizarse como traición a los pobres. Al final, todos –ricos y desposeídos- pagaremos las consecuencias de nuestra miopía. ¿Quién puede ganar la lucha de clases sobre la cubierta del Titanic?

Tendremos que aprender a pensar como terrícolas

Tampoco puede entenderse la situación desde la óptica tradicional de la soberanía nacional. Tendremos que aprender a pensar como terrícolas. Tomemos un ejemplo reciente. Existe un diferendo entre EEUU y Canadá sobre cual de los dos países tiene derecho a ejercer la soberanía sobre una zona de las aguas próximas al Ártico. Pese a las tradicionales buenas relaciones entre ambas naciones y a que un gobierno conservador –coincidente en muchos otros temas con el de George W. Bush- rige actualmente el rumbo de Canadá, Ottawa ha hecho declaraciones inequívocas sobre su comprensión del asunto y ha enviado sus barcos de guerra a patrullar la disputada zona. Sin embargo, recientemente, mientras sus artillados navíos surcaban desafiantes esas aguas, Canadá perdió un pedazo del territorio norte cuando sus glaciares cedieron al calentamiento global. Fue así como se desprendió un área de más de sesenta kilómetros cuadrados que, como islote flotante, se extravió mar afuera. Si EEUU hubiese desembarcado una división de sus fuerzas armadas y ocupado una porción similar del territorio canadiense se hubiera iniciado un conflicto militar entre ambos países y desatado todo tipo de furores nacionalistas. Pero lo que sucedió en realidad fue que Canadá perdió parte de su territorio como resultado del calentamiento global al que había contribuido junto a EEUU.

La moraleja a recordar es que la toma de decisiones para revertir estas tendencias no puede someterse a la lógica de políticas nacionalistas basadas en un obsoleto criterio de soberanía. La seguridad nacional pasa aquí por la cooperación internacional. Habrá un planeta para todos o terminara no habiéndolo para nadie.

   

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