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  ¿Qué son los conflictos?

Prevención y resolución de conflictos

Francisco A. Muñoz 

Parte 2 / 2

Convivir con los conflictos

Saber interpretar y vivir los conflictos puede ser un signo de calidad de vida

Tal como estamos viendo, el conflicto está omnipresente en todas las actividades de los humanos, desde que existimos como tales, por tanto aceptar el conflicto nos da una gran capacidad de comprensión de las realidades en las que vivimos como especie, su reconocimiento nos permite también ser unos cualificados actores de las realidades que vivimos, ya sea como personas o formando parte de un colectivo. Saber interpretar y vivir los conflictos puede ser un signo de calidad de vida.

Como hemos señalado, es normal que al coexistir –vivir juntos– tengamos desavenencias y que muchas de ellas ni siquiera seamos conscientes de que existen, bien porque no nos afectan demasiado, bien porque no les concedemos importancia. Pero esto no se produce gratuitamente, sino porque en nuestro aprendizaje, en nuestra socialización, nos hemos dotado de mecanismos para lograr nuestros objetivos, en nuestra convivencia, con el menor gasto de energías posible. Tenemos predisposiciones para que los comportamientos que adoptemos sean lo más exitosos posibles, para que alcancemos el máximo de bienestar.

Regulamos cotidianamente muchos conflictos sin apenas gastar energía en su gestión

Podríamos comprender cómo los seres humanos, su vitalidad, mantendrían pulsiones continuas de acuerdo con sus proyectos, necesidades, emociones y percepciones, lo que supondría una continua "conflictividad". Sin embargo, no siempre percibimos o somos conscientes de ella, probablemente porque tenemos articulados inmensos recursos de gestión de la misma. Esto puede ser una de las claves de nuestra existencia: regulamos cotidianamente muchos conflictos sin apenas gastar energía en su gestión. Efectivamente, hay muchísimos ejemplos de conflictos regulados sin "ruido" a través de: mutua confianza, orientaciones amigables, intereses positivos hacia el bienestar de los demás, disponibilidad a ayudar a los otros, percepción de intereses y valores similares, "sentido común", comunicación honesta, etc. Sólo cuando esta regulación comienza a plantearnos problemas, cuando los mecanismos aprendidos no dan soluciones adecuadas a los conflictos nuestra conciencia nos alerta de que algo va mal. Sólo reconocemos por conflictos aquellas situaciones en las que nuestra conciencia tiene que actuar para regularlos, aunque de hecho estemos inmersos en muchos más.

Entre seres humanos siempre se pueden reconocer coincidencias y lazos, salvo en casos muy extremos o patológicos. Por ejemplo nos aceptamos fácilmente como seres de una misma especie, con las mismas necesidades básicas, con las mismas expectativas de vida, sabiendo que entre nosotros puede existir comunicación –que nos podemos entender–, y sobre todo que nos podemos ayudar. Dicho de otra manera: los actores humanos nos reconocemos como seres de la misma especie y eso nos hace sintonizar fácilmente los unos con los otros.

Ahora bien, sobre ello se superpone otra serie de condicionantes que modifican y, a veces, distorsionan algo esta sintonía, como puede ser: compartir o no objetivos; coincidir en los valores; vivir en un espacio común; supeditación de los intereses de uno sobre otro; recuerdo de relaciones previas exitosas; expectativas de ganancias; y disposiciones a la cooperación o a la competencia.

El conflicto nos acerca a un mejor conocimiento de nuestra condición humana, si queremos decirlo de manera más científica, de todas las circunstancias que nos rodean, sea en un medio más o menos cercano o lejano. Tal como hemos visto el conflicto nos relaciona con los otros seres vivos, con la naturaleza, con el universo. Nos hace comprender que habitamos en el universo y que nosotros formamos parte de él. La aceptación del conflicto como una de las realidades de la especie humana tiene también obviamente consecuencias en los presupuestos epistemológicos –como constitutivos de la teoría del conocimiento– sobre los que basamos nuestras concepciones e investigaciones.

Regulaciones pacíficas

La especie humana no es bélica ni pacifica por naturaleza

Hay un aspecto inicial que nos gustaría abordar. Si, como hemos visto en el apartado anterior, las personas y los grupos humanos estamos afrontando cotidianamente situaciones de conflictividad, que abordamos en la mayoría de los casos sin apenas esfuerzo y sin ser conscientes de ello, es decir si estamos continuamente regulando conflictos que colaboran a nuestro bienestar, no podemos ahora olvidarnos de ellos, hacer como si no existieran. Una preocupación seria debe ser estudiarlos lo más rigurosamente posible para disponer de mayores recursos para la paz.

Podemos recordar infinidad de regulaciones pacíficas, muchas de ellas las hemos ido apuntando: cooperación, solidaridad, altruismo, filantropía, cariño, dulzura, amor, amistad, diálogo, acuerdos, pactos, negociación, mediaciones, etc. También podemos reconocer cómo unas y otras tienden a potenciarse, lo cual les otorga una fuerte capacidad de generación de bienestar, de transformación y de poder.

Algunas tradiciones morales o religiosas se han visto obligadas a pronunciarse sobre la cualidad humana como pacífica o violenta. Estos pronunciamientos se han convertido en debates intelectuales y filosóficos, a mí entender preocupados por el horizonte de un mundo en paz —y la negación de las guerras—. Sin embargo, desde la perspectiva de una conflictividad siempre presente, tal como hemos visto hasta ahora, afirmáramos que la especie humana no es bélica ni pacifica por naturaleza. La especie humana tiene la posibilidad de soluciones pacificas y violentas a lo largo de toda su historia, y opta por una u otra alternativa dependiendo de las variables (experiencia, conocimiento, conciencia, cultura, bienestar social, etc.) presentes en cada momento. Esto también nos deja más abiertas las explicaciones que sobre cada situación concreta se produzca de acuerdo con las decisiones de los agentes que la conforman, aceptarla en cuanto experiencia de una comunidad humana, ni positiva ni negativa, sin la necesidad de recurrir a meta-agentes externos de esa propia realidad. Cada situación histórica es fruto de la experiencia de los actores que la conforman (individuos y grupos interrelacionados), con las múltiples variables ofrecidas desde muchos campos del desarrollo humano.

Pongamos un ejemplo que nos gusta usar: el amor es probablemente la regulación de conflictos más universal, una regulación pacifica que nos permite alcanzar gran bienestar. El amor incide en situaciones conflictivas entre actores, cuando uno de ellos necesita algo, tal como ternura, cariño, protección, o alimento, y tiene ciertas dificultades en conseguirlo. Ante tal situación otro(s) actor(es) decide(n) dejar de lado sus intereses particulares, o egoístas, para satisfacer las necesidades del otro. Sin ningún tipo de duda esta conducta está relacionada con otras muchas predisposiciones altruistas, que hemos señalado más arriba, que están en el origen de nuestra especie, que son aprendidas en los procesos de socialización, y son la garantía de nuestro éxito como especie.

Así, la ética —una construcción específicamente humana— se posiciona frente a la regulación de los conflictos que favorecen (o no) a la comunidad y dispone medidas para que se den los resultados más apetecibles. En realidad lo que los presupuestos éticos hacen es contribuir con los designios de la selección natural, que ha dotado a la especie humana de inteligencia para discernir sobre lo que más le conviene para su supervivencia. En nuestra opinión esta estrategia ha funcionado bien la mayor parte de las veces, pero no estaríamos hablando de ella —ni tampoco hubiera sido necesario hacerlo de la paz— si no hubiera fallado en muchas otras ocasiones y hubiera habido violencia y guerras.

Por tanto, cuando hablamos de conflictos lo estamos haciendo de aquellos que atraviesan el umbral de nuestra conciencia. Y se hacen patentes porque los mecanismos rutinarios de gestión no han conseguido funcionar de una manera normalizada. En cambio hablamos de Paz cuando, en un proceso valorativo, pensamos que lo hacemos de la forma más armónica posible —y por el contrario violencia cuando nos crea más desorden, caos—.

Regulaciones violentas

Desde los tiempos finales de la Prehistoria, en el mismo ámbito de actuación de los humanos, de la misma matriz social, se originan conductas pacificas y/o violentas

La condición humana hace que a partir de un determinado momento frente, a las propuestas pacificas, aparecieran otras tendencias destructivas, a las que llamamos violencia. Es decir, frente a algunos conflictos, en vez de optar por una gestión altruista y cooperativa, para favorecer al máximo posible al conjunto del grupo, se opta por soluciones egoístas o que favorecen asimétricamente a una parte. Se originan en el seno de personas o grupos humanos que eligen vías de distribución desigual de los recursos u optar por soluciones degradantes o destructivas. Se basan en la misma matriz inicial de la paz, en las predisposiciones y circunstancias conflictivas, terapéuticas y agónicas (de lucha), pero optan por regulaciones violentas.

Las formas de la violencia son múltiples y las podemos reconocer en las guerras, el armamentismo, los crímenes, la pobreza, el hambre, la incomunicación, el egoísmo, el racismo, la xenofobia, etc. Igualmente podemos saber que unas y otras establecen vínculos y tienden a potenciarse

Así pues, con la fuerte propensión pacifista convive otra que dota a los conflictos de una cara destructiva, una tendencia que, aunque parezca paradójico, comparte en la mayoría de las ocasiones espacios, momentos y actores, con los conflictos favorecedores del bienestar. Es decir, desde los tiempos finales de la Prehistoria, en el mismo ámbito de actuación de los humanos, de la misma matriz social, se originan conductas pacificas y/o violentas. Tenemos predisposiciones y recursos compartidos para promocionar la paz o la violencia. Es en un proceso de toma de decisiones complejo, donde participan diversos factores sentidos y vividos, profundos e inconscientes, reconocidos y conscientes, donde se determina qué camino elegir.

Normalmente se habla de una escalada de los conflictos cuando éstos crecen en virulencia (¿por qué no pensar igual cuando crecen en bienestar?), entendida como una tendencia a producir una expansión en la que crecen el tamaño y el número de motivos, los precedentes reconocidos, las normas y conductas afectadas, la intensidad de las actitudes negativas y otras circunstancias tales como las estrategias del poder, las tácticas de amenazas, coerciones, y la ansiedad. La escalada tiene relación con los procesos competitivos, de percepciones equivocadas y de pérdida de compromiso con salidas acordadas o pactadas. Finalmente unas y otras circunstancias negativas se podrían reforzar, crecer en tamaño y perder parte de sus vínculos con las causas iniciales.

Cuando sospechamos que un conflicto puede tener una tendencia violenta, destructiva, también podemos conseguir que gire hacia la creatividad, hacia lo constructivo. Retomando las bases de los conflictos creativos se pueden sugerir escenarios para que esto ocurra: reconocimiento del problema antes de que se degrade; concentrar esfuerzos en una regulación pacífica; reconocer la posible disconformidad y frustración si el conflicto se degradase; percepción desde diferentes perspectivas y reformulación de nuevas orientaciones; presentar las alternativas creativas y cooperativas; establecer la comunicación más clara entre las partes; potenciar la motivación positiva; dotarse de un ambiente positivo; y tener flexibilidad para acoger nuevas ideas. Quizás la motivación basada en valores cooperativos y pacíficos termine siendo un punto esencial que pueda movilizar a los demás.

La mayor o menor intensidad puede depender del tipo de asociaciones o disociaciones que haya establecidas entre los actores, por ejemplo: vivir en una misma comunidad; compartir ecosistemas; pertenecer a una misma cultura; tener una historia común; practicar la misma religión; existencia de una autoridad reconocida; e instituciones u organizaciones compartidas. Cabe imaginar fácilmente la influencia que pueden tener estos elementos en la dinámica del propio conflicto.

Hay conflictos violentos que pueden permanecer latentes, ocultos por otros de mayores dimensiones, o por que una de las partes tiene tanto poder que no deja posibilidad de que este aparezca

Hay conflictos violentos que pueden permanecer latentes, ocultos por otros de mayores dimensiones, o por que una de las partes tiene tanto poder que no deja posibilidad de que este aparezca. Es normal que esta situación vaya acompañada de diversas formas de resistencia que tiene un potencial peligroso de generación de nuevas formas de violencia (estallidos, saqueos, terrorismo, guerrillas y rebeliones) que surgen como de la "nada", sin "nadie" esperarlo, como si no hubiera causas, y ante la falta de prevención de las mismas pueden provocar graves problemas.

En cualquier caso existe también un proceso evaluativo por el cual cada cultura decide cuándo una actuación es paz o violencia. Aunque parezca extraño, una misma acción puede ser considerada en algún momento como violencia y en otro no. Esta evaluación depende especialmente de los valores, que en definitiva nos aconsejan si dentro de las posibilidades que tenemos en cada momento satisfacemos al máximo las necesidades de las personas y los grupos implicados

Finalmente cabe hacerse algunas preguntas que podrían parecer muy obvias: ¿Cómo se relacionan los conflictos que operan en diversas escalas? ¿Puede relacionarse un conflicto internacional con otro local? ¿Los conflictos personales pueden afectar a lo grupal? La respuesta es afirmativa: los conflictos operan en las distintas escalas y en muchas ocasiones las dinámicas de cada una de ellas dependen de lo que ocurra en las demás.

Pongamos varios ejemplos de regulaciones pacíficas. Una persona que mantiene unas relaciones cariñosas en su familia, lo hará también, más fácilmente en su grupo de amigos, en las asociaciones donde participe y será lógico que se movilice a favor de la paz en otros espacios públicos, políticos e internacionales. Otro, ahora desde arriba a abajo, la campaña de Cultura de Paz aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, ha favorecido que se realicen muchas acciones en diferentes estados, asociaciones y colegios, lo que ha repercutido sin ninguna duda en la conciencia de las personas que han participado en estas actividades. El mensaje de paz presente en las religiones ha sido construido por miles de creyentes en sus correspondientes espacios vitales. Pongamos uno último de regulación violenta: las guerras, la producción y el comercio de armas, se mantienen gracias a la creencia "militarista" de que éste es un remedio eficaz para alcanzar la seguridad, estas políticas calan en los propios partidos políticos y líderes que son incapaces de ver y promover políticas diplomáticas y noviolentas.

Optimismo basado en los conflictos

Si intentamos comprender mejor los conflictos es con la convicción de que de esta manera podremos alcanzar las mejores condiciones de vida para el máximo de población. Y, por lo que estamos viendo, tenemos bastantes herramientas para poder trabajar en ello. Esto nos permite tener ciertas expectativas de transformación pacifica del máximo número posible de conflictos y si a esto añadimos que, tal como pensamos, la mayoría de los conflictos se regulan pacíficamente, tenemos posibilidades reales de conseguir un futuro más justo y perdurable.

Como hemos visto, pueden existir relaciones horizontales entre las circunstancias que producen los conflictos y, así mismo, verticales –entre diversas escalas–, lo que nos permite que podamos dar explicaciones de carácter general con referencia a los conflictos o, dicho de otra forma, que podamos caminar hacia una teoría general de los conflictos que diera explicaciones unitarias de la conducta humana. Esta teoría debería de incluir: los intereses, metas o necesidades que son comunes a todos los humanos; las relaciones interpersonales que establecen una tensión, o lucha, por la capacidad para controlar los recursos que permiten acceder a la consecución de sus objetivos (poder); y la cultura, las ideas, los valores, se convierten en medios a través de los cuales se acercan estos objetivos.

En consecuencia esta posibilidad de comprender los conflictos nos da posibilidades de incidir en nuestras propias vidas, de crear mejores condiciones y más justas entre todos los seres humanos, nos dota de posibilidades de mejorar nuestra calidad de vida.

Se impone un optimismo inteligente, que esté sustentado en razones científicas y también, por qué no, en presupuestos éticos que discriminen y orienten su discurso, que crean que la especie humana tiene suficiente recursos –tal como se puede deducir del estudio de su historia– para regular los conflictos pacíficamente. La comprensión abierta de los conflictos en la que concurren una multiplicidad de circunstancias nos muestra más claramente todos estos recursos disponibles, y utilizados en diversos momentos históricos y culturas.

Estamos proponiendo una nueva aproximación a la Historia del la Humanidad –de las culturas humanas– desde la que podamos apreciar una nueva variable: la establecida por las vías alternativas de regulación de los conflictos, y particularmente por las vías pacificas

En definitiva, estamos proponiendo una nueva aproximación a la Historia del la Humanidad –de las culturas humanas– desde la que podamos apreciar una nueva variable: la establecida por las vías alternativas de regulación de los conflictos, y particularmente por las vías pacificas. Tal como hemos afirmado, a través de ella podríamos contribuir a redefinir el modelo antropológico dominante que tiene como uno de sus pilares fundamentales la violencia, la fuerza, hacia otros humanos y hacia la naturaleza.

Sin duda, una concepción abierta del conflicto, de sus regulaciones, de la paz, tal como hemos apuntado en las páginas anteriores, no sólo es incompatible con los rasgos descritos del modelo dominante, sino que apunta a un tipo de relaciones humanas diferentes. Existen numerosas razones que hacen aconsejable dotarnos de un nuevo modelo antropológico. De hecho éste no es un canon fijado, sino que se forma a través de un debate abierto en el que participan intelectuales, políticos, mujeres, hombres, religiosos, hombres de negocios, trabajadores, etc., de todos los confines del planeta. Las interdependencias de la globalización hacen que las ideas y las prácticas –es posible que éstas aún más– contribuyan a cambiar nuestros modelos antropológicos y/o ontológicos.

El reconocimiento del papel de los conflictos, que el conflicto ha estado ineludiblemente ligado a la historia de la humanidad, que ha sido un factor esencial de creatividad, de adaptación al medio ambiente, de evolución,... contribuye a cambiar sin duda la percepción que tenemos de nosotros mismos. Si reconocemos que las regulaciones pacíficas –la Paz, tal como queremos demostrar en este volumen ha sido esencial en todo este proceso histórico, no cabe el menor atisbo de duda de que el "espejo" en el que nos miramos puede cambiar en algunas de sus cualidades espectrales. Es más, estamos convencidos, desde nuestra posición de investigadores de la Paz, de que este paso es completamente necesario, por el "poder" añadido que tal punto de vista tiene para la regulación pacífica de muchos de los conflictos violentos que padecemos actualmente, y la prevención de otros que existen o se puedan plantear. Tal puede ser la potencia de modelos de pensamiento adaptados a nuestras posibilidades filantrópicas y liberalizadoras.

Las diversas culturas llevan implícitos modelos antropológicos en los cuales se articulan las características que se reconocen de los seres humanos. Todos ellos son fruto de su interacción con el medio y de sus vivencias experienciales e históricas. Los astros, la lluvia, los ríos, las plantas, los animales, etc., los acontecimientos vividos y percibidos son almacenados en las cosmovisiones y cosmologías. De esta manera, y aun a riesgo de simplificar mucho, podríamos distinguir entre los postulados más o menos optimistas o pesimistas que pudieran condicionar los posicionamientos ante los retos del futuro y del presente. Las religiones son sin duda uno de los transmisores principales de tales visiones.

Creemos que hay un bagaje cultural suficiente en la historia de la humanidad como para pensarnos con cierto optimismo. También una perspectiva abierta del conflicto nos permite ver la ingente cantidad de problemática que hemos resuelto y los caminos por los que transitar para la que nos queda por resolver. Pero, además esta perspectiva puede ser optimista, basada en el conocimiento intelectual y científico de nuestras circunstancias e historia.

Bibliografía recomendada

ENTELMAN, R.F. (2002) Teoría de conflictos. Barcelona.

LEDERACH, John Paul (1990) Elementos para la resolución de conflictos, México. MAX-NEEF, Manfred A. (1998) Desarrollo a escala humana, Barcelona.

ROSS, Marc. H. (1995) La cultura del conflicto, Barcelona.

TOUZARD, H. (1981) La mediación y la solución de conflictos, Barcelona.

VINYAMATA CAMP, Eduard (1999) Manual de prevención y resolución de conflictos. Conciliación, mediación, negociación, Barcelona

Notas

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