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Marguerite Barankitse es
llamada por unos "Ángel", por otros "La Loca de Burundi". Lo cierto
es que por su incansable labor en beneficio de los niños afectados por la
guerra y la pobreza recibió en el 2005 la Distinción Nancen, el más alto
reconocimiento por el trabajo con refugiados.
La Alta Comisionada
d Naciones Unidas para los Refugiados, Wendy Chamberlin, dijo que el trabajo de Barankitse
ha estado inspirado por un simple objetivo: paz. Chamberlin comentó que el
gran logro de Marguerite a través de su trabajo es la indiscutible contribución
para construir un mundo más pacífico. ¿Su método?: Enseñar a niños de distintos orígenes
étnicos que la coexistencia es posible. "A través de su organización, Casa Shalom, Marguerite Barankitse
envía un mensaje de esperanza al futuro",
dijo la Alta Comisionada.
Tengo 50 años. Nací tutsi en una aldea de Burundi. No
estoy casada, alimento, cuido, educo y hago de mamá de 10.000 niños. Tengo
16 nietos. Vivimos en unas casitas que construí en el terreno que heredé.
Mi proyecto se llama Casa Shalom. Mis colegas, médicos, abogados..., son
hijos míos que han vuelto de estudiar en Europa.
IMA SANCHÍS: ¿Cómo empezó todo?
MARGUERITE BARANKITSE: Antes de que estallara el conflicto entre hutus y
tutsis yo ya había adoptado siete niños, cuatro hutus y tres tutsis.
Uff.
Cuando estalló la guerra civil en Burundi nadie quería saber nada de
mí, ni siquiera mi familia. Me refugie en el obispado.
¿Y a cuánta gente recogió por el camino?
A 72 personas, entre ellos 20 intelectuales hutus que no querían
participar en las matanzas. Los hutus asesinaron a 60 personas de mi
familia, obviamente tutsis.
Empezaron los hutus y se vengaron los tutsis.
A los pocos días, estaba preparando la comida para toda aquella gente
cuando vi acercarse un grupo de tutsis, entre ellos algún familiar, así
que pensé que no nos harían daño. Pero entraron, me llamaron traidora, me
pegaron, me ataron y los mataron uno a uno delante de mí. Cada vez que
mataban a uno me agredían, estoy llena de cicatrices.
¿Y los niños?
Yo tenía 11.000 dólares y le dije a uno de los asaltantes que se los
daba si salvaba a 25 niños. Pero entre ellos no estaban mis hijos, y
tampoco entre los cadáveres. Estaba perdida, mis propios familiares habían
matado a mi gente más querida, les rogué que también me mataran a mí, pero
nadie quiso hacerlo. Entonces me fui a la capilla y me puse a gritarle a
Dios y a reclamarle a mis hijos.
Qué horror, lo siento.
Pero de repente oí una vocecita: "Mami, mami". Fue como un milagro. Se
habían escondido debajo de la sacristía. Enterré los cadáveres, recogí a
los 25 niños y huímos.
¿Lejos del país?
No. Yo tenía el remedio para el futuro: niños hutus y tutsis que se
querían y protegían unos a otros. Nos instalamos en casa de unos
cooperantes alemanes que habían huido.
Si en la zona de los grandes lagos nos ayudamos todos, no tendremos que ir
detrás del dinero de los belgas. Hay que darse cuenta de que el amor es
muy creativo.
| "La gente se asombra de lo que hemos creado en medio de las
masacres y la pobreza, incluso con amenazas contra nuestras vidas.
Pero yo simplemente estoy determinada a hacer una diferencia" |
¿Y cómo pasó de 32 niños a 10.000?
Empezaron a llegar huérfanos, niños soldados y niños mutilados que
nadie quería. En las 40 hectáreas que heredé de mi familia construí
casitas para ellos. Yo no tengo orfanatos, tengo hogares y ellos son mis
hijos. Los envío a estudiar al extranjero y luego vuelven y me ayudan. Son
médicos, psicólogos, abogados, economistas...
¿Cómo los alimentaba?
Periodistas alemanes y belgas comenzaron a hacer reportajes sobre la
loca de Burundi, que es como me llaman en mi país, y los europeos que
había conocido de la universidad me enviaron dinero. Luego vino el dinero
de los premios y la cooperación.
¿No volvió a sentirse amenazada?
Me amenazan todos los días porque hago declaraciones que molestan
mucho. Hasta la Iglesia me considera non grata porque les pregunto: "¿Cómo
pueden dejar morir a la gente? Ustedes deberían dar su vida por ellos, su
silencio es cómplice". Es un milagro que aún esté viva. Le contaré una
bonita historia.
Bien.
Uno de los hombres que vino a matarme hoy es mi chofer. Mientras él me
apuntaba con la pistola le dije: "Eres demasiado guapo para ser un
criminal. Ven y yo te enseño otro oficio que no sea el de matar, porque
los que te han enviado tienen a sus hijos estudiando en Nueva York". Fue
mi primer alumno del taller mecánico que creé para que los niños soldados
aprendieran un oficio.
No entiendo por qué no la mataron.
Es un milagro. En otra ocasión detuvieron el autobús en el que
viajaba. Nos tumbaron en el suelo y comenzaron a matarnos uno a uno.
Cuando llegaron a mí, les dije: "He olvidado hacer testamento, acompáñenme
y así le daré el dinero a alguien".
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"Yo se en mi corazón que
la maldad nunca tendrá la última palabra" |
La acompañaron, claro.
Sí, y aproveché para preguntar a aquellos 4 jóvenes por qué se habían
convertido en asesinos. En casa les di de comer y les pedí que me
permitieran despedirme de mis hijos. Cuando vieron aquel enjambre de niños
felices decidieron quedarse con nosotros. Nada resiste al amor, creo que
ése es el secreto.
Parece un cuento de hadas.
Cuando me encuentro con alguien no puede evitar verlo como mi hermano,
no puedo evitar querer a los demás. Cuando enterré a aquellas 72 personas
no me quedé amarga. Yo amo la vida. Me levanto por la mañana y canto
porque pienso que estos pocos días que tengo para vivir los tengo que
vivir de pie. Estar alegre es un regalo para los otros.
La alegría es contagiosa.
Tengo la vocación de hacer feliz a los otros y eso es lo que me
mantiene. ¿Por qué sigo viva? Porque cuando uno ama la vida, la vida
también le ama.
Dicen que robó las cortinas del obispado.
Los niños llegan desnudos, y cuando he pedido que me envíen ropa nadie
me ha hecho caso, así que descolgué las cortinas y les hice bonitos
vestidos, sí.
...Y que con las banderas de UNICEF hizo calzoncillos.
Yo les pedí ropa y ellos se atrevieron a mandarme banderitas porque la
foto de 10.000 niños agitándolas era publicidad. Pero la mejor publicidad
es que los niños no pasen hambre ni frío. En el mundo necesitamos locos
que se atrevan a decir la verdad.
Usted lleva a los niños a ver a los asesinos de sus padres.
Si no se reconcilian con su propia historia y miran de frente la causa
de sus desgracias, la ira crecerá con ellos. El perdón es el gran legado
del cristianismo en un mundo que no sabe perdonar.
Nota
Publicado originalmente en
www.lavanguardia.es
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