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ISSN 1913-6196

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 El trabajo decente como una meta para la economía global

Democracia y derechos humanos

Gerry Rodgers

Parte 1/3


Este artículo trata acerca del papel que el paradigma del trabajo decente está llamado a desempeñar en la economía global. Se describen y analizan las principales dimensiones del trabajo decente, y las interrelaciones entre éstas, y se subraya la necesidad de construir un marco más equitativo para la globalización, que evite la exclusión social de una proporción cada vez mayor de la población mundial. Gerry Rodgers es director del Instituto Internacional de Estudios del Trabajo (IILS


Percepciones acerca de la globalización

Política social en la economía global

El contenido del trabajo decente

La integración del trabajo decente con el desarrollo humano

El trabajo decente en distintas etapas del desarrollo

Trabajo decente y pobreza

El trabajo decente como objetivo de la comunidad internacional a nivel global

Percepciones acerca de la globalización

La globalización es fuente tanto de temores como de entusiasmo. La creciente integración de la economía global es vista por muchos como una oportunidad. A través de nuevos productos, nuevas tecnologías, nuevos espacios para la creación de riqueza, y nuevas formas de compartir el conocimiento y de establecer nexos entre las comunidades, la globalización está creando nuevas oportunidades y posibilidades.

Pero, a pesar de estos evidentes beneficios, las opiniones a cerca de la globalización están tajantemente divididas. El rechazo al modelo actual de globalización, manifestado en protestas callejeras y respuestas de las organizaciones de trabajadores y de otros grupos sociales organizados, también tiene un impacto político creciente. Los beneficios de la globalización alcanzan a poca gente. Hay demasiados perdedores, y demasiada escasez de mecanismos a través de los cuales los ganadores compensan a los perdedores. Grandes contingentes de personas sencillamente son excluidas de un proceso de desarrollo cuyo acceso depende de las habilidades, conocimientos, capitales, instituciones y conexiones, factores todos inequitativamente distribuidos. Se teme una competencia hacia abajo. En última instancia, esta brecha entre lo posible y lo efectivamente realizado supone una amenaza a la premisa de economías y sociedades abiertas, sobre la cual se basa el actual modelo de globalización.

La gente juzga la globalización en base a cómo percibe su impacto sobre asuntos que le resultan de importancia. La mayoría de las veces, esto quiere decir el trabajo y los ingresos

La gente juzga la globalización en base a cómo percibe su impacto sobre asuntos que le resultan de importancia. La mayoría de las veces, esto quiere decir el trabajo y los ingresos. El trabajo es el ámbito en el que confluyen los objetivos económicos y sociales de las personas. El trabajo supone producción e ingresos. Pero, asimismo, supone integración social e identidad y dignidad personal. Investigaciones recientes (Environics, 2002) sugieren que la gente tiende a tener actitudes más negativas hacia la globalización cuando se le pregunta acerca de su propio trabajo, que cuando responde acerca de la sociedad y la economía en general. Los medios de comunicación hacen crecer la conciencia sobre los efectos adversos de la competencia global sobre la industria y el empleo. Diez personas pierden su empleo y otros cientos se sienten inseguros. Se está desarrollando una sensación de menor control, menor voz, y menor certeza. Tratar estos temas y estas preocupaciones es fundamental para una más amplia participación en los beneficios de la globalización.

Mucha gente está reflexionando sobre estos asuntos y buscando alternativas. Algunos rechazan la globalización totalmente, y desean retornar a una mayor autonomía local. Otros buscan reformar las reglas de la economía global para limitar la volatilidad y la inseguridad, y encaminar las inversiones y los recursos sociales hacia aquellos que se encuentran excluidos. También hay quienes creen que los actores de la economía global deben asumir mayores responsabilidades por los resultados de sus acciones.

En las siguientes páginas se argumenta a favor de la necesidad de construir un marco más satisfactorio para la globalización, alrededor de mayores oportunidades de trabajo e ingreso, trabajo que pueda cubrir aspiraciones razonables, en el cual se respeten los derechos y se garantice la seguridad y la participación. En la OIT a esto se le ha llamado trabajo decente. Se sostiene aquí que el trabajo decente ofrece un marco que puede capturar tanto las metas sociales como las económicas del desarrollo.

Política social en la economía global

La creciente integración económica internacional adquiere formas variadas. Una parte de ella puede apreciarse en la expansión del comercio y en la explosión de la inversión externa directa. Parte de ella radica en el crecimiento de mercados financieros globales, no constreñidos por las fronteras nacionales. Una dimensión importante de aquella se encuentra en los sistemas de producción transnacionales, donde –más allá del comercio y la inversión– los procesos de producción involucran redes de productores y comerciantes que crecientemente están siendo administradas a nivel global. La movilidad de la mano de obra está sometida a muchas más restricciones que la del capital, aunque la migración internacional sea una dimensión de la globalización que adquiere cada vez mayor relevancia.

En la economía global, si bien existen algunas regulaciones económicas y financieras, sobre todo con relación al comercio, son prácticamente inexistentes los mecanismos redistributivos y de protección que se han percibido como necesarios a escala nacional

Este pasaje a la esfera global de las decisiones relativas a la producción y a la organización del trabajo tiene varias implicancias. Se desarrollan nuevos mecanismos económicos, como puede apreciarse, por ejemplo, en el aumento de la volatilidad financiera, o en el crecimiento de la subcontratación internacional. El alcance de la independencia de acción nacional se ve reducida, porque el logro de muchos objetivos nacionales depende de la participación exitosa en el proceso de globalización, y este hecho limita las opciones de políticas a ser implementadas; se requiere coordinación. Hay un cambio en el balance de las capacidades de los diferentes actores, porque algunos pueden trasladarse fácilmente a la dimensión global, mientras que otros están confinados dentro de las fronteras nacionales. En particular, hay un movimiento en la capacidad de acción de los actores públicos hacia los privados.

Simultáneamente, puede observarse una concentración de los beneficios. Los principales beneficiarios de la economía global son los países industrializados, junto con un número bastante pequeño de países en desarrollo – principalmente de ingresos medios–, que se han convertido en manufactureros o en productores de productos primarios esenciales, y en receptores de la mayor parte de los flujos de IED hacia el Sur. Muchos países efectivamente son excluidos de los beneficios de la globalización, porque les falta el capital, la infraestructura y las capacidades requeridas para ingresar en mercados globales crecientemente competitivos. Y las reglas del sistema de comercio global ofrecen pocos caminos de entrada. Otros sufren de una inserción precaria o altamente volátil en el mercado global de capitales, lo cual conduce a crisis recurrentes. También al interior de los países, los beneficios de la globalización con frecuencia no son equitativamente distribuidos.

Una creciente percepción de que el resultado del sistema económico global es injusto, hace recordar la historia de la política social en el curso del siglo veinte. Como Polanyi claramente argumentara en la década de los cuarenta (Polanyi, 1944), un enfoque integral de los objetivos sociales y económicos era esencial para la legitimidad, y en última instancia, para la sobrevivencia de la economía de mercado. Los marcos de políticas que fueron desarrollados en los países industrializados combinaron la regulación, tanto económica como social, con la redistribución. La legislación social introdujo los derechos humanos y laborales básicos a la actividad económica, y creó sistemas de seguridad social diseñados para proteger los ingresos ante eventualidades de shocks u otras contingencias, así como para garantizar alguna forma de ingreso para al menos una parte de la población pobre. Se hacía frente a la tendencia de los mecanismos de mercado a la concentración de la riqueza y las oportunidades, a través de un conjunto de políticas redistributivas, que iban de la educación universal a los mecanismos impositivos progresivos. La importancia fundamental del empleo era ampliamente reconocida, y se reflejaba, entre otras, en las políticas macroeconómicas. A escala global, estos mecanismos o están ausentes o son muy débiles.

Algunos tímidos primeros pasos se están dando para replicar algunos de estos mecanismos a nivel regional, en Europa y hasta cierto punto en el MERCOSUR, aunque el progreso es limitado. En la economía global, si bien existen algunas regulaciones económicas y financieras, sobre todo con relación al comercio, son prácticamente inexistentes los mecanismos redistributivos y de protección que se han percibido como necesarios a escala nacional. Prácticamente no existe redistribución a escala global, ni coordinación de políticas para promover el empleo. Y un diálogo social del tipo que apuntaló las políticas sociales en muchos países está también, en los hechos, ausente a nivel global.

Muchos países en desarrollo se oponen fuertemente a cualquier insinuación de relacionar a las normas internacionales del trabajo con el comercio, por entender que se trata de una forma enmascarada de proteccionismo

Una notable excepción a esto lo constituyen las normas internacionales del trabajo. Estas, en rigor, no son instrumentos globales, puesto que dependen de la ratificación de los países, pero ofrecen un marco acordado de regulación social. Esta es, sin lugar a dudas, la razón por la cual con la globalización se ha generado un gran interés en el papel que las normas internacionales del trabajo (y otras normas sociales y medioambientales) deberían desempeñar en la economía internacional. Este no es un debate nuevo –fue una de las razones para la creación de la OIT hace más de 80 años. Pero ha pasado a un primer plano nuevamente en los últimos años, en parte como resultado de los esfuerzos, en algunos ámbitos, de relacionar a las normas del trabajo con el comercio. Es un tema controversial. Muchos países en desarrollo se oponen fuertemente a cualquier insinuación de relacionar a las normas internacionales del trabajo con el comercio, por entender que se trata de una forma enmascarada de proteccionismo.

Pero esto no trata exclusivamente de un piso mínimo para la regulación del comercio internacional. Hoy en día es parte de un creciente movimiento global preocupado con la promoción y la protección de una amplia gama de derechos humanos en el marco de la globalización, entre los cuales los derechos de los trabajadores forman un importante subconjunto. La Declaración de Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo de la OIT, que intenta que esos principios y derechos estén en la base de la economía global, es un instrumento fundamental en este proceso. Pero la atención y la preocupación van más allá de los derechos básicos, en el sentido de que la globalización debe coadyuvar en la consecución de otros objetivos sociales centrales, como son el empleo, la seguridad y la representación.

Esto requiere un marco de políticas en el cual los objetivos vinculados con el trabajo, y los sociales, sean parte integral de una estrategia de desarrollo tanto económico como social. En este proceso, la globalización es un motor para el crecimiento y la creación de empleo, pero su estabilidad depende de cuán bien sean atendidos los objetivos sociales y, por lo tanto, estos diversos componentes están interrelacionados. Deben ser integrados en un marco en el cual sean mutuamente fortalecidos. El argumento de Polanyi en la década de los cuarenta sigue vigente hoy en día, trasladado a esta nueva fase global.

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