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Parte 1/3
Este artículo trata acerca del papel que el paradigma del
trabajo decente está llamado a desempeñar en la economía global. Se
describen y analizan las principales dimensiones del trabajo decente, y
las interrelaciones entre éstas, y se subraya la necesidad de construir un
marco más equitativo para la globalización, que evite la exclusión social
de una proporción cada vez mayor de la población mundial. Gerry Rodgers es
director del Instituto Internacional de Estudios del Trabajo (IILS
Percepciones acerca de la globalización
Política social en la economía global
El contenido del trabajo decente
La integración del trabajo decente con el desarrollo
humano
El trabajo decente en distintas etapas del desarrollo
Trabajo decente y
pobreza
El trabajo decente como objetivo de la comunidad
internacional a nivel global
Percepciones acerca de la globalización
La globalización es fuente tanto de temores como de
entusiasmo. La creciente integración de la economía global es vista por
muchos como una oportunidad. A través de nuevos productos, nuevas
tecnologías, nuevos espacios para la creación de riqueza, y nuevas formas
de compartir el conocimiento y de establecer nexos entre las comunidades,
la globalización está creando nuevas oportunidades y posibilidades.
Pero, a pesar de estos evidentes beneficios, las opiniones
a cerca de la globalización están tajantemente divididas. El rechazo al
modelo actual de globalización, manifestado en protestas callejeras y
respuestas de las organizaciones de trabajadores y de otros grupos
sociales organizados, también tiene un impacto político creciente. Los
beneficios de la globalización alcanzan a poca gente. Hay demasiados
perdedores, y demasiada escasez de mecanismos a través de los cuales los
ganadores compensan a los perdedores. Grandes contingentes de personas
sencillamente son excluidas de un proceso de desarrollo cuyo acceso
depende de las habilidades, conocimientos, capitales, instituciones y
conexiones, factores todos inequitativamente distribuidos. Se teme una
competencia hacia abajo. En última instancia, esta brecha entre lo posible
y lo efectivamente realizado supone una amenaza a la premisa de economías
y sociedades abiertas, sobre la cual se basa el actual modelo de
globalización.
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La gente juzga la globalización en
base a cómo percibe su impacto sobre asuntos que le resultan de
importancia. La mayoría de las veces, esto quiere decir el trabajo y
los ingresos |
La gente juzga la globalización en base a cómo percibe su
impacto sobre asuntos que le resultan de importancia. La mayoría de las
veces, esto quiere decir el trabajo y los ingresos. El trabajo es el
ámbito en el que confluyen los objetivos económicos y sociales de las
personas. El trabajo supone producción e ingresos. Pero, asimismo, supone
integración social e identidad y dignidad personal. Investigaciones
recientes (Environics, 2002) sugieren que la gente tiende a tener
actitudes más negativas hacia la globalización cuando se le pregunta
acerca de su propio trabajo, que cuando responde acerca de la sociedad y
la economía en general. Los medios de comunicación hacen crecer la
conciencia sobre los efectos adversos de la competencia global sobre la
industria y el empleo. Diez personas pierden su empleo y otros cientos se
sienten inseguros. Se está desarrollando una sensación de menor control,
menor voz, y menor certeza. Tratar estos temas y estas preocupaciones es
fundamental para una más amplia participación en los beneficios de la
globalización.
Mucha gente está reflexionando sobre estos asuntos y
buscando alternativas. Algunos rechazan la globalización totalmente, y
desean retornar a una mayor autonomía local. Otros buscan reformar las
reglas de la economía global para limitar la volatilidad y la inseguridad,
y encaminar las inversiones y los recursos sociales hacia aquellos que se
encuentran excluidos. También hay quienes creen que los actores de la
economía global deben asumir mayores responsabilidades por los resultados
de sus acciones.
En las siguientes páginas se argumenta a favor de la
necesidad de construir un marco más satisfactorio para la globalización,
alrededor de mayores oportunidades de trabajo e ingreso, trabajo que pueda
cubrir aspiraciones razonables, en el cual se respeten los derechos y se
garantice la seguridad y la participación. En la OIT a esto se le ha
llamado trabajo decente. Se sostiene aquí que el trabajo decente ofrece un
marco que puede capturar tanto las metas sociales como las económicas del
desarrollo.
Política social en la economía global
La creciente integración económica internacional adquiere
formas variadas. Una parte de ella puede apreciarse en la expansión del
comercio y en la explosión de la inversión externa directa. Parte de ella
radica en el crecimiento de mercados financieros globales, no constreñidos
por las fronteras nacionales. Una dimensión importante de aquella se
encuentra en los sistemas de producción transnacionales, donde –más allá
del comercio y la inversión– los procesos de producción involucran redes
de productores y comerciantes que crecientemente están siendo
administradas a nivel global. La movilidad de la mano de obra está
sometida a muchas más restricciones que la del capital, aunque la
migración internacional sea una dimensión de la globalización que adquiere
cada vez mayor relevancia.
| En la economía global, si bien existen
algunas regulaciones económicas y financieras, sobre todo con
relación al comercio, son prácticamente inexistentes los mecanismos
redistributivos y de protección que se han percibido como necesarios
a escala nacional |
Este pasaje a la esfera global de las decisiones relativas
a la producción y a la organización del trabajo tiene varias implicancias.
Se desarrollan nuevos mecanismos económicos, como puede apreciarse, por
ejemplo, en el aumento de la volatilidad financiera, o en el crecimiento
de la subcontratación internacional. El alcance de la independencia de
acción nacional se ve reducida, porque el logro de muchos objetivos
nacionales depende de la participación exitosa en el proceso de
globalización, y este hecho limita las opciones de políticas a ser
implementadas; se requiere coordinación. Hay un cambio en el balance de
las capacidades de los diferentes actores, porque algunos pueden
trasladarse fácilmente a la dimensión global, mientras que otros están
confinados dentro de las fronteras nacionales. En particular, hay un
movimiento en la capacidad de acción de los actores públicos hacia los
privados.
Simultáneamente, puede observarse una concentración de los
beneficios. Los principales beneficiarios de la economía global son los
países industrializados, junto con un número bastante pequeño de países en
desarrollo – principalmente de ingresos medios–, que se han convertido en
manufactureros o en productores de productos primarios esenciales, y en
receptores de la mayor parte de los flujos de IED hacia el Sur. Muchos
países efectivamente son excluidos de los beneficios de la globalización,
porque les falta el capital, la infraestructura y las capacidades
requeridas para ingresar en mercados globales crecientemente competitivos.
Y las reglas del sistema de comercio global ofrecen pocos caminos de
entrada. Otros sufren de una inserción precaria o altamente volátil en el
mercado global de capitales, lo cual conduce a crisis recurrentes. También
al interior de los países, los beneficios de la globalización con
frecuencia no son equitativamente distribuidos.
Una creciente percepción de que el resultado del sistema
económico global es injusto, hace recordar la historia de la política
social en el curso del siglo veinte. Como Polanyi claramente argumentara
en la década de los cuarenta (Polanyi, 1944), un enfoque integral de los
objetivos sociales y económicos era esencial para la legitimidad, y en
última instancia, para la sobrevivencia de la economía de mercado. Los
marcos de políticas que fueron desarrollados en los países
industrializados combinaron la regulación, tanto económica como social,
con la redistribución. La legislación social introdujo los derechos
humanos y laborales básicos a la actividad económica, y creó sistemas de
seguridad social diseñados para proteger los ingresos ante eventualidades
de shocks u otras contingencias, así como para garantizar alguna forma de
ingreso para al menos una parte de la población pobre. Se hacía frente a
la tendencia de los mecanismos de mercado a la concentración de la riqueza
y las oportunidades, a través de un conjunto de políticas redistributivas,
que iban de la educación universal a los mecanismos impositivos
progresivos. La importancia fundamental del empleo era ampliamente
reconocida, y se reflejaba, entre otras, en las políticas macroeconómicas.
A escala global, estos mecanismos o están ausentes o son muy débiles.
Algunos tímidos primeros pasos se están dando para
replicar algunos de estos mecanismos a nivel regional, en Europa y hasta
cierto punto en el MERCOSUR, aunque el progreso es limitado. En la
economía global, si bien existen algunas regulaciones económicas y
financieras, sobre todo con relación al comercio, son prácticamente
inexistentes los mecanismos redistributivos y de protección que se han
percibido como necesarios a escala nacional. Prácticamente no existe
redistribución a escala global, ni coordinación de políticas para promover
el empleo. Y un diálogo social del tipo que apuntaló las políticas
sociales en muchos países está también, en los hechos, ausente a nivel
global.
| Muchos países en desarrollo se oponen
fuertemente a cualquier insinuación de relacionar a las normas
internacionales del trabajo con el comercio, por entender que se
trata de una forma enmascarada de proteccionismo |
Una notable excepción a esto lo constituyen las normas
internacionales del trabajo. Estas, en rigor, no son instrumentos
globales, puesto que dependen de la ratificación de los países, pero
ofrecen un marco acordado de regulación social. Esta es, sin lugar a
dudas, la razón por la cual con la globalización se ha generado un gran
interés en el papel que las normas internacionales del trabajo (y otras
normas sociales y medioambientales) deberían desempeñar en la economía
internacional. Este no es un debate nuevo –fue una de las razones para la
creación de la OIT hace más de 80 años. Pero ha pasado a un primer plano
nuevamente en los últimos años, en parte como resultado de los esfuerzos,
en algunos ámbitos, de relacionar a las normas del trabajo con el
comercio. Es un tema controversial. Muchos países en desarrollo se oponen
fuertemente a cualquier insinuación de relacionar a las normas
internacionales del trabajo con el comercio, por entender que se trata de
una forma enmascarada de proteccionismo.
Pero esto no trata exclusivamente de un piso mínimo para
la regulación del comercio internacional. Hoy en día es parte de un
creciente movimiento global preocupado con la promoción y la protección de
una amplia gama de derechos humanos en el marco de la globalización, entre
los cuales los derechos de los trabajadores forman un importante
subconjunto. La Declaración de Principios y Derechos Fundamentales en el
Trabajo de la OIT, que intenta que esos principios y derechos estén en la
base de la economía global, es un instrumento fundamental en este proceso.
Pero la atención y la preocupación van más allá de los derechos básicos,
en el sentido de que la globalización debe coadyuvar en la consecución de
otros objetivos sociales centrales, como son el empleo, la seguridad y la
representación.
Esto requiere un marco de políticas en el cual los
objetivos vinculados con el trabajo, y los sociales, sean parte integral
de una estrategia de desarrollo tanto económico como social. En este
proceso, la globalización es un motor para el crecimiento y la creación de
empleo, pero su estabilidad depende de cuán bien sean atendidos los
objetivos sociales y, por lo tanto, estos diversos componentes están
interrelacionados. Deben ser integrados en un marco en el cual sean
mutuamente fortalecidos. El argumento de Polanyi en la década de los
cuarenta sigue vigente hoy en día, trasladado a esta nueva fase global.
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