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 El trabajo decente como una meta para la economía global

Democracia y derechos humanos

Gerry Rodgers

Parte 2/3

El contenido del trabajo decente

La noción de trabajo decente es un intento de capturar, en un lenguaje cotidiano, esta integración de objetivos sociales y económicos. Reúne al empleo, a los derechos laborales, a la seguridad y a la representación en una unidad con coherencia interna y que tiene sentido cuando se la considera en su totalidad. Proveer el empleo sin considerar su calidad y contenido no conduce hacia el progreso. Promover los derechos en el trabajo sin preocuparse por el hecho de que existan o no trabajos para quienes los requieran es igual de infructífero. La representación y el diálogo social son necesarios para asegurar que la gente pueda expresarse y sea tenida en cuenta.

La meta del trabajo decente se expresa de la mejor forma a través de la mirada de la gente común. Se trata de su trabajo y perspectivas de futuro; de sus condiciones de trabajo; del equilibrio entre la vida laboral y la familiar; de llevar a sus hijos a la escuela y sacarlos del trabajo infantil. Se trata de igualdad de género, igualdad de reconocimientos, y de posibilitar a las mujeres que escojan y que tomen el control de sus vidas. Se trata de poder expresarse y de ser escuchado en el trabajo y en la comunidad. Para muchos, es la principal vía de escape de la pobreza. Para muchos más, se trata de poder realizar aspiraciones personales de su vida cotidiana, y de solidaridad con otros. Y en todas partes, para todas las personas, el trabajo decente trata acerca de la dignidad humana. La expresión de todas estas metas será distinta en el caso de un jornalero agrícola en Bihar o un técnico especializado en Silicon Valley, pero existe un común denominador, un cauce de deseos subyacentes, que une a esos extremos. En una reciente publicación del Banco Mundial, Voices of the Poor (Voces de los pobres), se comenta que "los pobres consideran al bienestar en forma holística", lo cual en realidad no se aplica solamente a ellos: la gente de todo nivel tiene metas amplias y complejas que visualizan de manera integral, en las que el trabajo, el ingreso y la seguridad son casi siempre elementos centrales. En su primer informe a la Conferencia de la OIT luego de asumir su cargo como Director General de la Organización en 1999, Juan Somavía resumió dichas metas con el término "trabajo decente".

En idioma inglés el adjetivo decente tiene un significado específico. Cuando decimos tengo un empleo decente, un ingreso decente, estamos expresando algo positivo: el empleo o el ingreso son buenos, están de acuerdo con nuestras expectativas y las de la comunidad, pero no son exagerados, están dentro de las aspiraciones razonables de gente razonable. Pero es una palabra que no siempre se traduce bien; en otros idiomas el concepto no es exactamente igual y a veces se interpreta "decente" en su sentido estricto de opuesto a lo "indecente", con sugerencias morales. Sin embargo, esa no es su acepción más corriente en inglés, donde el vocablo refleja una combinación de algo suficiente y deseable.

Y el término dice "trabajo" porque tiene un sentido más amplio que empleo u ocupación. El trabajo abarca no solo el empleo asalariado sino también el autoempleo y el trabajo en casa, toda la gama de actividades de la economía informal y las tareas domésticas, como la cocina y la limpieza, que para mucha gente significan trabajo. Dicho de otro modo, el trabajo decente no refiere solo al empleo asalariado en grandes empresas, por ejemplo, sino que transmite una idea más completa de participación en la economía y la comunidad.

La noción de trabajo decente tiene cuatro dimensiones principales:

• el trabajo y el empleo en sí mismos;

• los derechos en el trabajo;

• la seguridad; y

• la representación y el diálogo.

Las consideraré individualmente, antes de mirarlas en conjunto.

La primera dimensión del trabajo decente: el trabajo en sí mismo

La primera dimensión se refiere al trabajo propiamente dicho. Hay actualmente unos 160 millones de personas en el mundo que no están empleadas, según estimaciones de la OIT. Otras 500 millones de personas no perciben ingresos suficientes como para posicionar a sus familias por encima de la línea de pobreza de US$ 1 por día por persona. Muchas otras realizan extensas jornadas en trabajo de baja productividad, tienen trabajos informales o precarios, o son excluidos de la fuerza de trabajo sin ser considerados como desempleados. El objetivo del empleo se manifiesta a través de oportunidades apropiadas de labor productiva y trascendente, en condiciones adecuadas; o sea que hay que considerar el tiempo insumido y la intensidad del trabajo, la necesidad de obtener sustento de vida, las posibilidades de desarrollo personal, las oportunidades de utilizar las capacidades individuales. Incluye el trabajo formal e informal, en el hogar, en la fábrica, en la calle, y abarca a mujeres y hombres - gran parte del trabajo que realizan las mujeres, sobre todo en el hogar, es menospreciado y pasa desapercibido. El trabajo decente puede significar también no tener que esforzarse excesivamente y la posibilidad de un retiro favorable. El concepto llega a una noción más amplia del lugar que le corresponde al trabajo en la vida del hombre: estar libres del trabajo excesivo es también una meta.

La segunda dimensión del trabajo decente: los derechos fundamentales

La segunda dimensión son los derechos fundamentales en el trabajo, que están contenidos en las normas laborales básicas de la OIT: libertad de asociación, libertad respecto a la discriminación, libertad respecto al trabajo forzoso, libertad respecto al trabajo infantil. Estas normas han sido ampliamente incumplidas. Por ejemplo, investigaciones actualmente en curso del Instituto Internacional de Estudios Laborales sugieren que cerca de dos de cada cinco países tienen serios problemas de libertad de asociación. Por supuesto, los derechos que se consideran básicos han ido variando con la historia; los que acabamos de enumerar no hubieran sido universalmente aceptados hace 100 años, cuando pocas mujeres tenían derecho al voto y los sistemas coloniales estaban erigidos sobre principios de desigualdad. Pero la aprobación unánime de esos derechos en la Cumbre Social de 1995 les da alcance global hoy en día. Estos son derechos básicos que proveen una base sobre la cual se pueden fundar y construir otros derechos y capacidades. Hay muchos otros derechos vitales que constituyen metas anheladas, pero dependen de la disponibilidad de recursos dentro de determinados sistemas de producción y distribución.

La tercera dimensión del trabajo decente: la seguridad

La tercera dimensión es la seguridad. Muchas ocupaciones son inseguras, porque son irregulares o provisorias, porque su remuneración es despareja, acarrean riesgos físicos, exponen a enfermedades, o por otros motivos. La seguridad es una necesidad imperiosa, y puede lograrse de diversas maneras: a través de sistemas formales de seguro social que cubran eventualidades tales como enfermedad, desocupación o vejez; mediante mecanismos solidarios y mutuales; a través de inversiones preventivas en los lugares de trabajo; y mediante instituciones y políticas de mercado laboral que protejan a los obreros de las fluctuaciones del empleo (legislación o convenios colectivos que desalienten el despido, por ejemplo, o sistemas de capacitación que permitan el reingreso al mercado de trabajo). La eficacia de estos sistemas varía considerablemente, y la OIT sugiere que tan sólo una pequeña fracción de los trabajadores del mundo realmente tiene protección social adecuada. Entretanto, más de 3.000 personas mueren diariamente como consecuencia de accidentes o enfermedades laborales.

La cuarta dimensión del trabajo decente: la representación y el diálogo social

Y la cuarta dimensión es relativa a la representación y el diálogo social. Las formas en que la gente puede hacer oír su voz constituyen un aspecto esencial del trabajo decente. Para los trabajadores, la vía clásica de llegar a la representación y el diálogo es la organización sindical, pero si el trabajo decente ha de traspasar los límites de los asalariados deberá englobar otras formas de organización, por ejemplo a nivel comunitario, o de los cuentapropistas. La organización de los patronos reviste igual importancia. El marco institucional dentro del que se escuche esa voz – verbigracia las estructuras de negociación colectiva o de adopción de decisiones a nivel regional – determinarán en gran medida si es posible identificar metas comunes y llegar a acuerdos. Es a través del diálogo social que se puede lograr amplio apoyo para las otras tres dimensiones del trabajo decente. Pero como señala el informe del año pasado de la OIT sobre ese tema, Your Voice at Work (Su Voz en el Trabajo), el diálogo social presenta grandes imperfecciones en todo el mundo.

La integración del trabajo decente con el desarrollo humano

Cada una de estas cuatro dimensiones del trabajo decente tiene sus propias características, pero todas están estrechamente interrelacionadas y patrocinan juntas metas societarias tales como la integración social, la erradicación de la pobreza y la realización individual. En lo que respecta a la integración social, por ejemplo, es evidente que el trabajo contribuye a ella, pero solo si se ejecuta en las condiciones que corresponden, es decir, sin discriminación, que no sea forzoso, en un ambiente donde los fines colectivos reflejen las opiniones de los interesados.

Un aspecto fundamental de este enfoque radica en la integración de los derechos en un marco que también incluye otras dimensiones de política económica y social. En años recientes se ha puesto un énfasis creciente en los derechos como un componente intrínseco de los planes de desarrollo. El Informe sobre el Desarrollo Humano de 2000 subraya la interacción entre los derechos humanos y el desarrollo humano. "El desarrollo humano y los derechos humanos se aproximan lo suficiente en su motivación e inquietudes como para ser compatibles y congruentes, y difieren lo suficiente en su estrategia y diseño como para complementarse mutuamente de manera fructífera. Por lo tanto, un enfoque más integrado de los dos podría dar significativas recompensas y facilitar en forma práctica los esfuerzos conjuntos para mejorar la dignidad, el bienestar y la libertad de los individuos en general" (pág. 19). Por otra parte, se percibe cada vez más que el Estado es sólo uno de los actores involucrados –el desarrollo es algo que la gente tiene que hacer por sí misma y no esperar pasivamente, y a los derechos hay que reclamarlos y defenderlos– por lo cual hay que recalcar la organización, la participación y la representación. El Informe sobre el Desarrollo de 2000, del Banco Mundial, se interna también por este camino al señalar que la habilitación de las personas, la oportunidad y la seguridad llevan hacia la reducción de la pobreza.

El desarrollo significa también la eliminación de "anti-libertades", tales como la pobreza, la falta de acceso a la infraestructura pública o la negación de los derechos civiles

Quizás la persona que más ha contribuido al desarrollo de estas ideas en años recientes haya sido Amartya Sen. En su libro Development as Freedom (El desarrollo como libertad) este autor propone un concepto del desarrollo que consiste fundamentalmente en expandir las libertades y apunta a metas políticas, económicas y sociales. El desarrollo significa también la eliminación de "anti-libertades", tales como la pobreza, la falta de acceso a la infraestructura pública o la negación de los derechos civiles. Es, en esencia, el fortalecimiento de la capacidad de las personas de alcanzar los objetivos que aprecian.

Estas libertades, en la visión de Sen, tienen un triple vínculo con el desarrollo: en primer término, por su calidad de metas por derecho propio (lazo constitutivo); segundo, porque contribuyen a alcanzar otras metas deseadas, tales como la seguridad y la integración social (lazo instrumental); y tercero, porque ayudan a definir y consolidar un consenso acerca de necesidades, valores y prioridades sociales (lazo constructivo).

Esta interacción entre las libertades y el desarrollo es un aspecto importante de la filosofía del trabajo decente como objetivo de desarrollo. El trabajo decente agrupa libertades de distinto tipo –para utilizar la terminología de Sen–: derechos de los trabajadores, seguridad en el ingreso, oportunidades de empleo. Estos son objetivos en sí mismos, pero reunidos constituyen más que la suma de sus partes. Implican factores tanto sociales como económicos, que el enfoque del trabajo decente trata de juntar y organizar dentro de un marco coherente. Además, el progreso en una de estas dimensiones del trabajo decente puede potenciar el progreso en una o más de las otras.

Citaré un par de ejemplos. El primero se refiere al impacto de la seguridad en los niveles de empleo. Se trata de una relación compleja, y a veces se dice que un exceso de seguridad es negativo para el empleo, que los que están más seguros de su trabajo y de sus ingresos se esfuerzan menos y son menos productivos, de modo que indirectamente un mayor nivel de seguridad hace bajar el producto y el empleo. Pero en realidad las pruebas empíricas no son concluyentes. Si bien es cierto que un alto grado de seguridad – por ejemplo en algunas empresas del sector público – tiende a hacer más lentos los ajustes e innovaciones, y de ese modo afecta adversamente el rendimiento económico, países como Suecia, que ha mantenido una excelente seguridad laboral, u Holanda, que ha garantizado la seguridad de los ingresos, han alcanzado también buenos resultados con respecto al empleo. Tampoco hay indicios de que la legislación para mejorar la seguridad laboral en Chile o en Corea en el decenio de 1990, haya tenido efectos adversos en el empleo. Por el contrario, cuando se desató la crisis financiera en Asia se pudo comprobar que los mecanismos de seguridad eran muy endebles, de modo que el trance tuvo repercusiones desmedidas en términos de desocupación, caída de ingresos y pobreza. En otro aspecto de la seguridad, el relativo a la integridad física de los obreros en su tarea, las pruebas son aún más contundentes: la mayor seguridad en el lugar de trabajo eleva enormemente la productividad. La mayoría de las empresas no invierte lo suficiente en esto, en cierta medida porque solo las beneficia parcialmente y tienen que compartir lo que se logra con los trabajadores y la sociedad en su conjunto.

El segundo ejemplo se refiere a lo que contribuyen la libertad de asociación y la negociación colectiva al rendimiento económico, al desarrollo, y en forma indirecta al empleo. Se dice a menudo que esta relación es negativa porque la organización colectiva conlleva la desigualdad al crear los de ‘adentro’ y los de ‘afuera’, obstaculizar los cambios tecnológicos y colocar los salarios por encima de lo que dicta el mercado. Esta opinión es frecuente entre los economistas neo-clásicos y ha influido en las políticas del Banco Mundial, pero puede rastrearse también en escritos más estructuralistas, como los de Singh y Zammit (2000).

Sin embargo, un reciente trabajo editado por la OIT analizó sistemáticamente las pruebas al respecto (ILO, 2000b), estudiando las relaciones tanto a nivel macro como de empresas. Llegó a la conclusión de que "la libertad de asociación y... las negociaciones colectivas... no son una barrera para el rendimiento económico". Si bien son muchos los factores involucrados, el diálogo y la confianza ayudan a que patronos y obreros apoyen metas comunes, o garantizan que se comprendan los puntos de vista de los diferentes actores, y ofrecen un ambiente social estable propicio para la inversión y la innovación. Por supuesto, esto no siempre es así y los enfrentamientos son comunes. Pero lo importante es que, si se dan los arreglos institucionales apropiados en los mercados de trabajo y de productos, existe un gran potencial de sinergia entre los objetivos sociales y económicos que subyacen al trabajo decente.

Esto es, de hecho, una consideración general: las distintas dimensiones del trabajo decente se refuerzan mutuamente, pero para que ello ocurra tienen que darse las condiciones institucionales. Esto es algo que el trabajo decente comparte con otros objetivos del desarrollo. El fortalecimiento institucional es parte indispensable de una estrategia de trabajo decente, como también lo es de una estrategia de desarrollo.

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