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Parte 3 /3
El trabajo decente en distintas etapas del desarrollo
¿Cómo puede aplicarse ese concepto a los muy diversos
niveles y procesos del desarrollo? ¿Hay un nivel uniforme de trabajo
decente, al que todo el mundo puede aspirar, o varía en el tiempo y el
espacio? Si así fuera, ¿cómo sabemos qué es decente?
Aquí hay dos cosas importantes: la primera de ellas es que
el trabajo decente tiene un piso pero no un techo; y la segunda, que por
encima de ese límite inferior lo que percibimos como trabajo decente
incluye derechos y principios universales, pero asimismo refleja los
valores y posibilidades de cada sociedad. En ese sentido constituye un
objetivo móvil, una meta que evoluciona junto con las posibilidades de las
sociedades, un umbral que se desplaza junto con el progreso económico y
social.
| La pobreza no es
solo cuestión de ingresos, sino también de derechos y capacidades |
Consideremos primero el piso, el basamento. En un artículo
reciente del Financial Times, Wolf (2000) se expresaba escepticismo acerca
de que dichas normas pudieran beneficiar a los trabajadores agrícolas de
los países de bajos ingresos. Sostenía el autor que la gente sumergida en
la pobreza no necesitaba más que ingresos y empleo, que los derechos
básicos no venían al caso. La visión es errada; la pobreza no es solo
cuestión de ingresos, sino también de derechos y capacidades. Por ejemplo,
en algunas partes de la India los jornaleros agrícolas trabajan en un
régimen de sometimiento, se les retacea el derecho a organizarse y las
mujeres y niñas sufren una discriminación extrema. Cuando pueden
contrarrestar esas carencias, sus condiciones de vida mejoran en forma
sistemática, como he podido comprobar de primera mano en las aldeas de
Bihar. El piso social tiene aquí tanta importancia como en el Cuarto Mundo
de las grandes ciudades de Europa y Norteamérica, donde el problema puede
ser el tráfico de inmigrantes o la exclusión de los desamparados.
¿Qué más tiene ese basamento? Un valor importante es la
universalidad, que el trabajo decente sea patrimonio compartido. Todos los
que trabajan tienen derechos en el trabajo, lo cual incluye entre otras
cosas la igualdad de géneros (ILO, 2000a). Habrá quienes se opongan a la
universalidad por su escasa factibilidad – dirán que los derechos no
tienen sentido sin los medios o agentes para hacerlos cumplir, y, por
desgracia, para muchos trabajadores en ambientes informales o domésticos
tal es la situación. Sin embargo Sen (2000) defiende enconadamente la
universalidad, existan o no las instituciones que den vigencia a los
derechos, ya que solo si se manifiesta como objetivo explícito se la podrá
alcanzar en última instancia.
Otros propugnan la inclusión de una gama más amplia de
derechos en la base, como, por ejemplo, el derecho al trabajo y a una
remuneración justa y favorable, los cuales ya figuran en la Declaración
Universal de Derechos Humanos. El derecho a un lugar de trabajo seguro es
algo que la mayoría de los trabajadores considerarían un derecho básico.
Estas son cuestiones que pueden ser discutidas, ya que son algo más que
potestades, y dependen de la disponibilidad de recursos; evidentemente, la
remuneración justa y favorable estará supeditada a las posibilidades de
cada sociedad. Puede argumentarse que se necesita un basamento social
mucho más abarcador, y que todos deben compartir la responsabilidad de que
sea respetado. La idea es muy atrayente, pero no hay acuerdo internacional
generalizado sobre el nivel de un piso así, ni tiene el firme apoyo
mundial de que gozan los derechos y principios expresados en las normas
fundamentales de la OIT.
En segundo lugar, por encima de ese piso el concepto de
trabajo decente brinda un marco para el progreso continuo sobre la base de
principios comunes. No constituye para nada un "corsé" limitante, sino que
las metas dependerán en cada caso de los valores, prioridades y
posibilidades de cada sociedad, que pueden ir cambiando con el tiempo.
Hasta no hace mucho existía un consenso general sobre la prohibición del
trabajo nocturno para la mujer, pero hoy en día la idea tiene menos apoyo
– en Europa al menos– al haber cambiado los conceptos de igualdad de
género. Muchos de los elementos constitutivos del trabajo decente, como
los niveles de seguridad económica o la calidad del empleo, son metas
desarrollistas que suelen elevarse según las posibilidades económicas. En
este proceso el sistema de normas de la OIT ofrece un firme anclaje para
consolidar los avances en todas las dimensiones del trabajo decente;
brinda además pautas de comparación para medir el progreso logrado y
orientarlo en su camino.
| El contenido de
una agenda de trabajo decente habrá de variar según las situaciones
económicas y de desarrollo |
Quisiera dar algunos ejemplos. ¿Cuáles pueden ser los
objetivos de seguridad en el trabajo en distintas circunstancias? Para los
trabajadores agrícolas de Bihar, carentes de reservas y que viven del
trabajo ocasional de jornaleros, la prioridad puede ser la protección
contra las inundaciones o la sequía, que afectan la estabilidad de sus
ingresos en forma dramática. Por otra parte, a menudo realizan sus tareas
en condiciones sumamente insalubres y antihigiénicas, con altas tasas de
accidentalidad. Estos trabajadores están en su mayor parte desorganizados
y son incapaces de defender sus intereses. Tales condiciones dictan
prioridades de política como seguridad laboral básica y prevención de
grandes riesgos.
En un país de ingresos medios –como Chile, por ejemplo–
las prioridades pueden ser más específicas. Los sectores de exportación –
pesca, forestación, minería – tienen que hacer frente a presiones
económicas en los competitivos mercados internacionales que relegan la
seguridad a un segundo plano en las empresas involucradas. Es preciso,
entonces, desarrollar códigos de conducta y métodos de producción para
oponerse a esa tendencia. Las empresas pequeñas no tienen los recursos ni
están sujetas a la inspección de las más grandes, de modo de crean empleos
menos seguros. Una gran minoría dentro de la población logra niveles de
seguridad apropiados, pero la exclusión y las privaciones son aún más
extremas entre los que quedan fuera de las redes de seguridad principales.
En los niveles de ingreso más elevados, puede que se
preste más atención al estrés y otros trastornos similares (aunque
aparecen también a niveles inferiores, sobre todo en Chile, pero se les da
menos prioridad). Quizás las políticas apunten a reducir al mínimo los
riesgos físicos identificables, dando lugar al "principio precautorio" que
extiende la protección a zonas donde los riesgos pueden darse pese a que
no haya pruebas de su magnitud. La mayoría de las sociedades de altos
ingresos tienen, además, brechas en la seguridad social, o segmentos
precarios en los mercados laborales donde campea la exclusión extrema de
algunos grupos rezagados –inmigrantes ilegales o analfabetos, por ejemplo–
que requieren políticas de protección.
Por consiguiente, el contenido de una agenda de trabajo
decente habrá de variar según las situaciones económicas y de desarrollo.
Los ejemplos anteriores se refieren a la seguridad, pero los hay también
con respecto al empleo, los derechos o el diálogo social. Los objetivos y
las pautas serán distintos en cada sociedad, pero el marco general y los
principios en que se basa serán los mismos, y ofrecen, en conjunto, la
posibilidad de trazar un programa coherente de desarrollo.
Trabajo decente y
pobreza
Vale la pena seguir explorando el vínculo que existe entre
el trabajo decente y la eliminación de la pobreza. El umbral de pobreza
como meta del trabajo decente depende de los recursos sociales y
económicos de las sociedades, de manera que tiene un componente relativo.
Como resultado, la línea de pobreza oficial es mucho más alta en los
Estados Unidos que en la India. La palabra "decente" también lleva
implícitos los estándares de cada sociedad. Por lo tanto, la falta de
trabajo decente tiene algo en común con los conceptos de privación y
exclusión, que refieren a situaciones sociales y económicas que no
satisfacen las normas sociales. Los trabajos sobre privaciones relativas y
múltiples –por ejemplo el de Peter Townsend en Londres– estudian las
razones por las cuales algunas personas no logran satisfacer esas normas
(en el trabajo, nivel de vida, acceso a los servicios públicos, la
educación, etc.) que se corresponden con las condiciones normales de
participación en la sociedad de que se trate. Dan pie a reflexiones que
están en un todo de acuerdo con el análisis del trabajo decente.
El problema fue resumido en un estudio de la OIT sobre
acciones contra la pobreza en 1995: "La preocupación de la OIT por la
justicia social lleva lógicamente a recalcar los derechos y las normas:
los derechos, como base para la participación de los trabajadores en la
sociedad; las normas, como medio de expresión de esos derechos. En lo que
hace a la pobreza, la filosofía prevaleciente es el derecho a la
inclusión, en el sentido de participación, protección, acceso a empleos
decentes e ingresos dignos. Pero la concreción de ese derecho depende de
condiciones económicas previas, y para cumplir con esas condiciones hay
que fortalecer las capacidades de los trabajadores y de los
correspondientes sistemas de producción. Así pues, el logro de los
derechos implica el desarrollo de la capacidad económica y social".
| La mayoría de las acciones contra la
pobreza se centran en los estratos sociales absolutamente más
deprimidos, mientras que la agenda del trabajo decente va más allá,
al plantear objetivos para la sociedad en su conjunto |
Esto provee una rica veta de pensamiento que aún no ha
sido adecuadamente explorada. La mayoría de las acciones contra la pobreza
se centran en los estratos sociales absolutamente más deprimidos, mientras
que la agenda del trabajo decente va más allá, al plantear objetivos para
la sociedad en su conjunto. Por lo tanto la agenda del trabajo decente es
más amplia, aunque sin dudas existe un fuerte nexo con la pobreza, en la
medida en que ésta constituye una incapacidad de alcanzar los objetivos
básicos del trabajo decente.
Una reacción habitual a la noción de que el trabajo
decente contribuye a reducir la pobreza es la siguiente: ‘en el proceso de
desarrollo la necesidad más inmediata la constituyen el trabajo y el
ingreso, dejemos la decencia para más adelante’. Era esa fundamentalmente
la actitud adoptada por el artículo del Financial Times mencionado con
anterioridad.
Caben aquí dos comentarios. El primero es si la prioridad
relativa de las distintas dimensiones del trabajo decente varía en función
del nivel de ingresos o desarrollo. Por ejemplo, ¿es el empleo más
importante que la seguridad cuando los niveles de ingresos son bajos, y lo
contrario cuando la gente está ganando más dinero? El segundo es si el
progreso en uno de los aspectos del trabajo decente puede llevarse a cabo
a costas de otro de los aspectos.
Con respecto a lo primero, no hay duda que si estamos
muertos de hambre cualquier trabajo es mejor que ninguno. Pero en la
realidad, la gente tiene aspiraciones que van más allá de eso en todos los
niveles de vida, y aun al borde de la hambruna exige dignidad y respeto.
Como sostienen Bruton y Farris (1999), los trabajadores de bajos ingresos
valoran la seguridad, los derechos y otros aspectos del trabajo decente
tanto como los de ingresos más elevados. Indudablemente, la ponderación de
las distintas dimensiones laborales habrá de cambiar a medida que suben
los niveles generales de vida, pero me parece erróneo pensar que los
aspectos cualitativos del trabajo decente solo entran a tallar cuando se
alcanza un determinado nivel de vida.
Sobre lo segundo –y desde un punto de vista puramente
teórico– a menos que las diferentes dimensiones del trabajo decente se
complementen perfectamente entre sí, es indudable que a cierto nivel se
producirá un toma-y-daca entre ellos. Por ejemplo, mejorar las condiciones
de trabajo tiene su costo, y a menos que ese costo sea absorbido por una
mayor productividad, habrá un efecto negativo en el empleo en una plaza
laboral normal. Es ese otro ingrediente de la argumentación de que primero
está el trabajo, y luego su calidad.
No obstante, y como acabamos de ver, hay pruebas de que el
progreso en los derechos, en la seguridad, en las condiciones laborales y
en el diálogo social tendrán a menudo un efecto positivo en el empleo y en
la productividad, si las condiciones institucionales son propicias. En
última instancia la interrogante es empírica y la información disponible
es fragmentaria; constituye un área importante de futuras investigaciones,
porque condiciona la fijación de ciertos objetivos del trabajo decente, y
determina las prioridades políticas para alcanzarlos Hay otra razón
poderosa que tiene pertinencia en este sentido: la dependencia del camino
andado. A menos que las instituciones y reglas que generan el trabajo
decente se establezcan tempranamente en los ambientes de bajos ingresos,
será difícil introducirlas cuando los ingresos suban. Es así como el
trabajo infantil a los 10 o 12 años se transforma en cosa normal, dando
por tierra con las esperanzas que esos niños puedan tener de una vida
mejor. Así también se perpetúan la discriminación de género y la mano de
obra esclava en los sistemas de producción, ya que muy poco cuesta que
esas desigualdades y privaciones se conviertan en percepciones y pautas de
comportamiento cotidianos. El resultado es que se multiplican las
dificultades de alcanzar objetivos sociales basados en la universalidad y
la igualdad.
Otra crítica común es que el trabajo decente está enfocado
hacia los grupos de ingresos más altos del sector formal, que ya están
relativamente bien protegidos. Es una crítica muy generalizada de las
normas laborales formales, y de las actividades de sindicatos y
asociaciones de empleadores. Singh y Zammit (2000), por ejemplo, sostienen
que "los textos de esas convenciones (Convenciones 87 y 98 de la OIT sobre
la libertad de asociación y las negociaciones colectivas) reflejan las
necesidades e instituciones de las países avanzados en determinado momento
de su historia"... "la definición e interpretación de los derechos humanos
de acuerdo con esas convenciones están destinadas a una pequeña parte de
la población trabajadora, y benefician solo a aquellos que ya gozan de
privilegios".
| La libertad de asociación tiene tanta
importancia en la economía informal como en la formal, aunque adopte
versiones diferentes |
Sin embargo, la interpretación es incorrecta. La libertad
de asociación tiene tanta importancia en la economía informal como en la
formal, aunque adopte versiones diferentes. Es una libertad básica, en el
sentido que le da Sen al término, que permite el acceso a otras
libertades. El problema real consiste en cómo extender esos derechos a
todos los segmentos del mercado laboral, no limitar su aplicación.
Esto puede observarse en los recientes intentos por parte
de la OIT de participar de los procesos de PRSP (por su sigla en inglés,
Poverty Reduction Strategy Papers, Informes de Estrategias para la
Reducción de la Pobreza) en varios países. Este proceso, dirigido por las
instituciones de Bretton Woods, esta diseñado de manera tal que los
actores nacionales deberían definir la estrategia para la reducción de la
pobreza. Sin embargo, careciendo de la participación de representantes de
los trabajadores y de los empleadores – y ante la no participación de la
OIT, como suele acontecer – existe una tendencia a ignorar temas centrales
como la generación de empleo y la seguridad de los ingresos. Es a través
de la inclusión del derecho básico a la representación en las estrategias
de reducción de la pobreza que se puede dar respuesta a las demandas de la
gente, demandas por trabajo decente.
Sigue siendo un hecho que la mayoría de los pobres se
encuentran en el sector informal de la economía, y que las estrategias
para promover el trabajo decente en el ámbito informal enfrenta muchas
dificultades. Al carecer de una organización formal, y dada la ineficacia
de la intervención estatal, la extensión del objetivo de trabajo decente
hacia la economía informal no puede depender de los mecanismos
regulatorios que el Estado aplica en otras áreas. Es preciso hallar
maneras de aumentar capacidades y reforzar voces representativas, generar
y transferir recursos y cambiar incentivos. Tal vez esto requiera que los
actores actuales emprendan nuevas actividades, pero necesita también el apoyo de otros agentes e instituciones. Muchos
sindicatos han aceptado el reto y tratan de extender su acción a los
trabajadores informales, en tanto que instituciones que ya se
manejan con ellos, como SEWA, han demostrado lo mucho que se puede hacer.
Este argumento también puede ser utilizado en lo referente
a las condiciones de empleo, la seguridad y otras dimensiones del trabajo
decente. El informalismo es a menudo un subterfugio deliberado para eludir
normas sociales, en especial el empleo "en negro" en las empresas
formales. Pero aun en la economía informal puede que el empleo de mejor
calidad se justifique a sí mismo a través de una mayor productividad. Una
elección cuidadosa y gradual de las normas a aplicar suele también reducir
los alicientes a la evasión de reglas. Los nuevos instrumentos de
seguridad para ambientes informales –como los microseguros– pueden también
resultar más eficaces que las políticas tradicionales. Dicho de otro modo,
la meta del trabajo decente puede también guiar la elección de políticas
en el sector informal.
El trabajo decente en tanto estrategia de reducción de la
pobreza va más allá de la economía informal. Reconoce la complejidad de la
pobreza, sus múltiples dimensiones, y ofrece un enfoque integrado que
puede dar respuesta a diversas necesidades. Los retornos para posteriores
desarrollos de políticas en este campo son altos.
El trabajo decente como objetivo de la comunidad
internacional a nivel global
Para concluir, lo particular del trabajo decente es que
constituye un enfoque conjunto del trabajo, el empleo y el progreso
social. Abordar estos terrenos requiere una visión equilibrada
e integral de los objetivos sociales y económicos, que incluya la
promoción de derechos, el empleo, la seguridad y el diálogo social. Y eso
no solo a nivel de las políticas nacionales, ya que muchos de los factores
con que hay que lidiar están en el área de la economía internacional y
global (el comercio, los flujos de capital, los sistemas de producción que
traspasan fronteras). De manera que promover el trabajo decente significa
también cambiar la forma en que funciona la economía global, para que sus
beneficios lleguen cada vez a más gente. El trabajo decente no es solo un
objetivo de desarrollo a nivel nacional, sino además un principio
orientador para la economía mundial.
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