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Por último, el proceso de apertura política en el tránsito de un régimen autoritario a otro democrático permitía abrir los espacios para incorporar la palabra de los actores políticos silenciados y dar paso a los relatos contenidos o censurados previamente. Así, por ejemplo, en 2001 se creó una Fiscalía Especial orientada a investigar los crímenes políticos cometidos en el pasado y a castigar a los responsables.58 Ese mismo año el gobierno entregó al Archivo General de la Nación numerosos paquetes conteniendo los millones de documentos generados por los servicios de inteligencia entre 1960 y 1980. Por otra parte, información obtenida por la Comisión Nacional de Derechos Humanos permitía comprobar quienes fueron los presuntos miembros de las fuerzas encargadas de combatir a las organizaciones político-militares durante la primera mitad de los 70 responsables de la desaparición de varios jóvenes ocurrida durante ese periodo.59 Asimismo, en el marco del juicio realizado al interior del ejército en contra de algunos generales acusados de tener vínculos con el narcotráfico, salían a la luz testimonios de miembros de las Fuerzas Armadas que permitían reconstruir la forma como en los años 70 el ejercito actuó contra miembros de los movimientos armados o sus simpatizantes 60. Desde otra perspectiva, en 1988 un grupo de ex militantes fundó el Centro de Investigación Histórica de los Movimientos Armados, a fin de recuperar y preservar la historia de los movimientos guerrilleros a través del rescate de documentos y testimonios de la época. En el terreno académico surgía también un cierto interés por el tema. En el año 2002 el Colegio de Michoacán y el Centro de Investigaciones en Antropología Social organizaban en la ciudad de Morelia el Coloquio La guerrilla en las regiones de México. Siglo XX a fin de analizar la guerrilla desde la lógica del poder y desde la lucha de una oposición que transgredió los cánones fiados por el estado de derecho. De igual modo, se hacían públicos algunos trabajos históricos que, desde diversas perspectivas, abordaban el tema.61 Sin embargo, aún son muchas las limitaciones para que el tema alcance la relevancia pública y política que se merece como parte de la historia mexicana. Así, por ejemplo, si bien la Fiscalía que investiga los crímenes políticos producidos en el pasado sustentándose en testimonios, declaraciones judiciales de testigos de los hechos, documentos existentes en archivos existentes, fotografías, etc., ha logrado credibilidad, se ha enfrentado a un sistema judicial que ha llegado, incluso, a determinar la prescripción de los delitos. Si bien la labor de investigación de la Fiscalía ha sido bastante exhaustiva, esta ha enfrentado obstáculos serios: carencia de recursos humanos, dificultad para acceder a documentos desclasificados, falta de cooperación de quienes jugaron roles políticos relevantes en el pasado, etc. Además, el ejército se ha rehusado a proporcionar información a la Fiscalía, optando por adoptar sus propios métodos y tribunales.62
Por otra parte, si bien ya se encuentran disponibles millares de documentos en el Archivo General de la Nación 63 existen diversos problemas que dificultan que estos se conviertan en instrumentos útiles de análisis. En primer termino, como lo ha señalado el investigador Sergio Aguayo, los cuerpos de seguridad mexicanos —que para justificar su existencia exageraban las amenazas internas a la seguridad así como el poder y peligrosidad de sus enemigos— elaboraban informes en los que se mezclaba "la precisión con los errores, la información relevante con lo intrascendente",64 lo cual obliga a los interesados en el tema a interpretar los en términos de la lógica de quienes escribieron y archivaron los documentos a fin de establecer los nexos que le den sentido a los hechos. En segundo termino, a la inexistencia de un índice ordenador del material, cabe agregar las restricciones en la consulta, el control sobre los documentos, el bloqueo en el acceso a la información y la negativa a proporcionar el permiso para revisar determinados expedientes, etc.65 Todo lo anterior ha dificultado hasta el momento el trabajo de los especialistas evidenciando también que "los archivos no son neutros ni se articulan solo como receptáculos de información, sino que despliegan practicas burocráticas que ponen en juego la normativa y las identidades institucionales".66 A todo lo anterior se suma que el Centro de Investigación Histórica de los Movimientos Armados fue disuelto, quedando dispersos o bajo custodia particular los documentos y testimonios de los que se disponía. Así, en relación a los movimientos político-armados y a la represión consiguiente, parecería existir todavía un silencio colectivo. En un contexto de violencia, inseguridad, discriminación, desempleo y escasa vigencia de los derechos económicos y sociales, el desinterés por recuperar la memoria se traduce en una "des-dramatización" del pasado, en el que se privilegia la preocupación por el presente y el futuro. Por otra parte, el interés por la apertura de la memoria tampoco ha congregado a los jóvenes a diferencia, por ejemplo, de la transición argentina donde los jóvenes coreaban canciones de Mercedes Sosa prohibidas durante la dictadura, o de la transición española donde adolescentes recordaban canciones de la guerra civil. Asimismo, la demanda de justicia parece haberse centrado en un pequeño núcleo: familiares y ex militantes. El resto de los actores políticos parecen estar sumidos en la indiferencia, o en la disputa electoral, como es el caso de la casi totalidad de los partidos políticos. Reflexiones finalesCiertamente, la memoria es una construcción social del pasado y tiene, por tanto, un carácter histórico. Es decir, esta sujeta a cambios, transformaciones y fracturas acordes a los cambios políticos y culturales o a la modificación de la sensibilidad social en momentos específicos. Ciertamente, la re-emergencia de la memoria esta profundamente ligada a la construcción de futuros democráticos para los países, aun reconociendo que ella esta también llena de olvidos; (o, en palabras de Mario Benedetti, "el olvido esta hecho de memorias"). Olvidos y silencios son parte central de la memoria la cual, en tanto re-interpretación del pasado, es una narrativa selectiva, arbitraria y fragmentaria. Así como la memoria total es imposible –como ya lo expresaba Jorge Luis Borges en "Funes, el memorioso"– tampoco es posible el olvido total, aunque existan diversos tipos de olvido. Así, por ejemplo, y siguiendo a Elizabeth Jelin, el "olvido profundo" borra hechos y procesos del pasado y parecería ser, por tanto, definitivo, aunque si se transforman los marcos culturales y políticos podría re-aparecer. Pero los olvidos pueden ser también resultado de una expresa voluntad política en la cual se desarrollan estrategias para impedir la recuperación de la memoria en el futuro. Pero también existe un olvido "evasivo", es decir, un intento por no recordar lo que puede herir, y que es frecuente en situaciones históricas posteriores a traumas sociales colectivos (guerras, masacres, genocidios, etc.).67
Pero los olvidos tienen también otra faceta: el silencio. Silencios obligados, como el mantenido durante la dictadura franquista, por ejemplo.68 O silencios voluntarios en otros casos, de no transmitir y de no relatar, a menos que se encuentren los interlocutores adecuados, situación que puede darse en determinadas coyunturas históricas. Memoria y olvido se juegan, así, en un frágil equilibrio de fuerzas ligado a los cambiantes sentidos e interpretaciones del pasado que siempre, en última instancia, responden a interrogantes del presente y, asimismo, a proyecciones hacia el futuro. Otro ejemplo es el caso de Europa que al recuperar la memoria de lo ocurrido en décadas recientes, se confrontaba con su propio pasado xenófobo y racista, sabiendo que si se reprime parte de la historia, esta puede regresar aun con mayor violencia. De forma similar a Alemania, que suponía con la reunificación se ponía fin a una etapa del pasado que quería olvidar, el Viejo Continente asumía que con el fin de la Guerra Fría, la integración de las economías, el triunfo del liberalismo político y la expansión de la democracia (como idea y también como régimen político) se presagiaba el umbral de una nueva era. Sin embargo, al poco tiempo, la conciencia de las democracias occidentales se confrontaba con viejas y olvidadas heridas. Europa volvía a ser testigo de que la bandera de la "limpieza étnica" volvía a ser levantada en los Balcanes, por ejemplo, para detener, expulsar y eliminar sistemáticamente a millones de personas. Las imágenes desoladas de familias enteras desposeídas de sus bienes y circulando en trenes para ganado levantaban la amnesia que había caído sobre un pasado todavía relativamente reciente. Pero también, en su propio interior, las sombras de un pasado que había permanecido subterráneo, volvían a emerger, ligadas ahora al futuro de una Europa global y comunitaria. La memoria de un pasado ultra-nacionalista, xenófobo y racista volvía a recorrer Europa. En Italia, Bélgica, Suiza, Austria y Francia aparecían movimientos de ultra-derecha que no solo actuaban con violencia en las grandes urbes mediante explosiones racistas, sino que adquirían un notable auge entre la juventud 69 y un importante peso político por medio de las urnas. En algunos casos, como en Austria, Holanda, Italia o Dinamarca, los partidos de ultra-derecha se incorporaban a gobiernos conservadores. En otros, como Francia o Alemania, quedaban fuera de las instituciones nacionales, pero dentro de los gobiernos locales. Ciertamente, los líderes de la ultra-derecha europea niegan ser los herederos de tesis fascistas pasadas. Jean Le Pen, por ejemplo, se define a si mismo como un "liberal de centro derecha" opuesto a la intervención estatal en economía y política, aunque para el la cuestión clave a combatir sean la unidad europea y la inmigración extranjera, contra la cual dirige un discurso excluyente, nacionalista y xenófobo, que se inserta y expande en una Europa globalizada y comunitaria que, al mismo tiempo que constituye un bloque económico tan poderoso que puede hacerle frente a Estados Unidos y Japón, se enfrenta al difícil tema de su relación con el pasado, al tiempo que adormece la memoria en torno a lo que significó la caída del Muro de Berlín, del cual hoy queda solamente una placa metálica en el suelo con la inscripción "Berlín Wall. 1961-1989".70
Con respecto a nuestro continente cabría preguntarse: ¿Qué tendrá mayor fuerza, el peso del olvido o el vigor de la memoria histórica? La pregunta se vuelve crucial a la luz de los desafíos que presentan la consolidación democrática y de construcción de un proyecto futuro de nación. Procesos tales como la desazón frente al fracaso de las esperanzas desarrollistas de los años 50 y 60, las crisis políticas de los 70, el fracaso de las guerrilla urbanas, el resurgimiento de las dictaduras militares, la "década perdida" de los 80, y la cada vez más acelerada inserción en un orden económico global con altos costos sociales ligado a la reducción del Estado y sus responsabilidades ante la ciudadanía y la debilidad institucional democrática obligan, ciertamente, a volver el rostro al pasado para re-interpretar de nueva cuenta lo que hemos sido (o no) y lo que hubiéramos podido ser si los procesos fallidos del desarrollo social no hubiesen sido tales. En esta línea, la re-escritura de la Historia se convierte en un tema problemático, más allá e las fracturas y contradicciones de un discurso histórico oficial, insuficiente ya para legitimar un proyecto de nación y de identidad nacional sustentados sobre los principios de unidad política y homogeneidad. Pero en el caso de los países que sufrieron feroces dictaduras militares, pensar proyectos futuros de nación para alcanzar una democratización no solo política, sino también social y cultural supone, necesariamente, un compromiso con la memoria y una cabal oposición a las políticas del olvido, voluntarias o inducidas, que han estado también presentes en los gobiernos post-dictatoriales, afectos además a conducir a sus países a una "modernización" sustentada no solo en el libre mercado sino en la cultura de lo efímero, la brevedad informática, el privilegio de la imagen y la farandulización de la política.71 Este espacio de memorias porosas permite que se nutran las estrategias del olvido y que en aras de la "reconciliación" se tejan los kilos de la desmemoria. Si bien retóricamente la memoria del pasado inmediato ha sido incorporada en el discurso de reconstrucción democrática, pareciera, por el contrario, que el imaginario del futuro anulara la memoria de aquel oscuro periodo. Así, por ejemplo, no es casual que haya sido un iceberg —llevado desde los mares del Océano Atlántico hasta las costas de España— la figura que representó a Chile en la Exposición de Sevilla en 1992. En el entorno del optimismo modernizante cimentado en los triunfos económicos de la década de los 80, el iceberg mostraba una imagen de Chile como un país en transito a la democracia, eficiente, calculador e imaginativo al estilo europeo y por lo tanto, muy diferente al tropicalismo del resto de la región. La simbólica del iceberg, en su frialdad, representaba para el gobierno de la reapertura democrática una condición natural y virginal, lo cual "dejaba en claro el corte histórico con el pasado que pretendió trazar el Chile de la Transición con el pasado utópico-revolucionario del latinoamericanismo de los 60 y con el pasado traumático de la dictadura militar".72 Aunado a lo anterior, la creciente despolitización —una de las herencias de las dictaduras militares— dificulta el reforzamiento de una "cultura de la memoria" sin la cual todo proceso de transición democrática quedará inconcluso. Sólo cabe, en estos casos, alentar y fortalecer la idea de que la construcción y la perduración de la memoria es una tarea ciudadana, en la que podría realizarse la síntesis entre la memoria y la esperanza. Notas
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