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ISSN 1913-6196

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  ¿Olvidar para construir nación? Elaboración de los planes y programas de estudio de Historia y Ciencias Sociales en el período post-autoritario

Prevención de conflictos

Leonora Reyes Jedlicki

Parte 1 / 2

 I. A modo de introducción [1]

II. Cien años después : la Historia bajo el alero militar

III. De la Historia que se enseña en el proceso post-autoritario chileno

 IV. El olvido en dos escenas: ‘texto discursivo’ (Ideas Fuerza) y ‘con-texto discursivo’ (Auto-censura y Convocatoria)

V. Balance General

Bibliografía

Fuentes

En Chile, el problema de los historiadores de la naciente nación fue verse enfrentados a responder primero a: ¿cómo definir el pasado?; ¿con qué fuentes? Pero en seguida se presentó aún un mayor problema, en torno a la función de la historia: ¿acaso era una forma romántica de entretener a las masas? o más bien ¿era competencia de unos "pocos selectos" quienes coleccionaban textos en la estantería para su placer personal? ¿Sostenía la historia una objetividad científica o más bien era usada en los debates políticos, como base para recomendaciones políticas?

 

I. A modo de introducción [1]

Desde el siglo XIX, y con una fuerza cada vez mayor a partir de la profesionalización de la historia como una disciplina académica, el Estado-nación proporcionó el principio narrativo fundamental para la historia. En un libro de Reba Soffer (Discipline and Power. The University, history and the making of the English elite, 1870-1930, Stanford, Stanford University Press, 1994) se muestra cómo las universidades británicas, y en especial Oxford y Cambridge, elaboraron en el siglo XIX un sistema de valores para las élites dirigentes de la nación y del imperio. Una elaboración en que fue sobre todo la Historia la disciplina encargada de reforzar el consenso en torno a Dios, la patria y la moral. La historia era de este modo, enseñada, estudiada y contratada de acuerdo con un conjunto de suposiciones que tenían mucho más que ver con un consenso patriótico y social que con los métodos de la crítica o el peso de la evidencia. La enseñanza de esta clase de Historia marcó las convicciones y con ellas la conducta, de los graduados universitarios británicos que habían de convertirse en los dirigentes de la política [2].

En Chile, el problema de los historiadores de la naciente nación fue verse enfrentados a responder primero a: ¿cómo definir el pasado?; ¿con qué fuentes? Pero en seguida se presentó aún un mayor problema, en torno a la función de la historia: ¿acaso era una forma romántica de entretener a las masas? o más bien ¿era competencia de unos "pocos selectos" quienes coleccionaban textos en la estantería para su placer personal? ¿Sostenía la historia una objetividad científica o más bien era usada en los debates políticos, como base para recomendaciones políticas? [3].

El libro de texto de historia para las escuelas se constituía  una importante herramienta de la lucha entre los ideales de liberales y conservadores

Las posibilidades eran variadas. Lo cierto es que en aquél momento existía la creencia que al adquirir conocimiento histórico uno se convertía en un "excelente patriota", por lo que al sistema educativo le correspondía una gran cuota de responsabilidad en aquella preparación. Estaba la idea de que las lecciones del pasado ayudaban en las decisiones cotidianas del quehacer político del momento. Los periódicos de la época además, celebraron los esfuerzos de la Universidad de Chile (fundada en 1842) en promover el desarrollo de trabajos históricos, ya que según expresaban, "nada era más útil para los hombres que querían servir a los destinos de la nación que el conocimiento de su historia" [4].  Este entusiasmo inicial respondió a la creencia de que la enseñanza de la historia sería una suerte de "cura para las enfermedades" de la Joven República. La enseñanza de la Historia se convertiría de este modo en la panacea para los conflictos entre Liberales y Conservadores, en donde cada uno era partidario de sistemas educativos diferentes. Los primeros, demandaron más acción del Estado en el financiamiento de la educación pública y en los permisos otorgados a las escuelas, profesores y libros de texto, mientras que los segundos, eran más bien favorables a una mayor iniciativa privada en la formación del sistema educacional, argumentando que el número de escuelas crecería si se abolían los controles regulatorios engorrosos por parte del Estado.

El libro de texto de historia para las escuelas se constituía así, en una importante herramienta de la lucha entre los ideales de liberales y conservadores. Liberales como Barros Arana y Lastarria, pedían mayor intervención estatal en la regulación de éstos, mientras los conservadores, encabezados en figuras como Abdón Cifuentes, ministro de educación durante el gobierno conservador de F. J. Errázuriz, promovían un libro de texto al servicio de la propagación del culto católico [5].

A pesar del optimismo inicial en cuanto a que la educación beneficiaría el progreso chileno, existía una creciente inquietud acerca de a la amplitud de posibilidades interpretativas acerca de las metas de la educación pero también acerca de la función de la enseñanza de la Historia. A propósito de esto, un párroco sacerdote advertía: "la mente de un niño es incapaz de defenderse del error y la mala fe; es susceptible al engaño tan bueno como malo". En realidad, el "hombre de fe" quiso decir que, "un niño podía ser fácilmente educado para convertirse tanto en un patriota como un traidor", entonces la enseñanza de la Historia podía convertirse tanto en ‘sabiduría’ pura, como en un verdadero ‘peligro’ para el Estado chileno [6].

  II. Cien años después : la Historia bajo el alero militar

Casi un siglo más tarde, debió re-fundarse casi por completo la funcionalidad de la educación pública y la enseñanza de la Historia. Si para erigir la naciente República se había requerido en forma explícita de ‘excelentes patriotas’ para la conformación de una élite consciente de hacia donde llevar los destinos de la Nación, cien años después también se reclamaba la urgencia de formar nuevos cuadros de ‘excelentes patriotas’ pero no ya para aportar a un proyecto de nación, sino para cumplir un función ya designada por los arbitrios de la nueva institucionalidad militar. A partir del Golpe de Estado 1973 no sólo se requería justificar la irrupción militar en la vida política civil, sino que debían re-fundarse los valores a los que debía adherirse dado el nuevo momento histórico inaugurado. Atrás quedarían los valores desarrollistas, estatales, comunitarios basados en la larga experiencia asociativa de los grandes sindicatos, confederaciones productivas, asociaciones de dueñas de casa, y de beneficio estatal. El Estado era ahora el gran responsable de todas las calamidades y caos reinante hasta el momento del Golpe Militar.

Las medidas interventoras desde 1974 habían afectado, básicamente, a los programas relacionados con las Humanidades, siendo la enseñanza de la Historia desalojada de sus contenidos vinculados a los problemas del ‘desarrollismo’ (economía, sociedad, industrialización, etc.) por contenidos más bien de orden "simbólico" (la bandera, el escudo, la unidad nacional y los éxitos del Ejército Libertador de Chile)

El Acta de Constitución de la Junta presentaba a las Fuerzas Armadas no sólo como las resguardadoras y defensoras de la integridad física y moral del Estado, sino también de su identidad histórico-cultural. Se menciona asimismo, la necesidad de crear un "Proyecto Nacional", mirando su evolución al largo plazo [7].

En tanto, el orden civil daba un importante giro: durante todo el período 1973-1990, la comunidad escolar quedaría fuera de la ingerencia y participación en el quehacer educativo nacional y comunal, respondiendo a los designios de la nueva normatividad impuesta por los militares ahora al mando del poder público. Los documentos de la política educacional, los planes y programas de estudio, y por ende, los libros de texto de Historia, fueron agresivamente intervenidos. Maestros y funcionarios del Ministerio de Educación fueron despojados de su cargo asegurando una efectiva "depuración" de los actores educativos vinculados al gobierno de la Unidad Popular, quien era el principal responsable del caos reinante hasta el momento del Golpe de Estado. De este modo el Ministerio de Educación se encargó del control de los aspectos pedagógicos y técnico-administrativos a través de los directores de establecimientos, mientras el Comando de Institutos Militares (C.I.M.) tomaba en sus manos la vigilancia de los aspectos ideológicos, disciplinarios y de aquellos relativos a la Seguridad Nacional.

Entre las materias que debían denunciarse a las autoridades militares se encontraban "comentarios sobre política contingente; propagación de chistes relativos a la gestión de la Junta o de sus miembros; distorsión de los conceptos y valores patrios; distorsión de las ideas contenidas en los libros de textos de estudio, dándoles interpretaciones antojadizas o parciales..." [8]. Entre las atribuciones que tenían los miembros del Ejército dependientes de los C.I.M. - que tenían bajo su responsabilidad el Control del Área Educacional del Gran Santiago - estaba "visitar el colegio o escuela a cualquier hora; pedir los horarios de clases y controlar su cumplimiento; citar al Director a la Unidad Militar a que pertenece; proponer al C.I.M. suspender a un profesor, auxiliar o administrativo mientras se efectúa una determinada investigación; proponer al C.I.M. suspender a un Director de colegio...; asistir, sin previo aviso, a reuniones del Centro de Padres o reuniones de carácter docente...; controlar imprevistamente ... el izamiento de la bandera nacional los días lunes de cada semana..." [9].

El lapso 1973-1978 así, por controlar directamente la educación del país en el contexto de lo que ellos mismos denominaron una "cruzada ideológica". Se impuso una drástica modificación de la estructura del sistema y de los contenidos de la enseñanza de acuerdo a una orientación nacionalista, individualista y anti-marxista. Las medidas interventoras desde 1974 habían afectado, básicamente, a los programas relacionados con las Humanidades, siendo la enseñanza de la Historia desalojada de sus contenidos vinculados a los problemas del ‘desarrollismo’ (economía, sociedad, industrialización, etc.) por contenidos más bien de orden "simbólico" (la bandera, el escudo, la unidad nacional y los éxitos del Ejército Libertador de Chile).

El proceso de re-estructuración curricular de Historia durante la dictadura tuvo, en definitiva, la función no sólo de justificar un nuevo Orden Autoritario sino dar coherencia a todo un engranaje social, económico y cultural que se iba consolidando al alero de la Junta

En suma, los militares a través del C.I.M. controlaron toda la política educacional hasta 1979. Una vez determinado que la Junta continuaría con su gobierno por un nuevo período acreditado constitucionalmente, el proyecto educacional se vuelca por completo a la modernización económica basada en la doctrina neo-liberal. De un lado, la Enseñanza General Básica (y poco más tarde, también la Enseñanza Media) se hace cargo explícita y planificadamente del criterio central de división en la sociedad: entre aquellos destinados al trabajo intelectual y aquellos destinados al trabajo manual [10]. De otro lado -aunque los primeros procedimientos de descentralización venían dándose desde 1974-, ahora se concretizaba en toda su magnitud la descentralización de la educación, proceso también llamado "municipalización". Junto a ello se concretaba la apertura del sistema educativo al mercado, como regulador de la actividad social.

En relación a lo primero, el propio General Pinochet señalaba que la Enseñanza Básica constituye el período en que los niños debían ser entrenados "y así queden capacitados para ser buenos trabajadores, buenos ciudadanos y buenos patriotas." [11] Ejemplo de ello es lo que se señala en los nuevos planes y programas:

"es de la mayor importancia que el profesor está convencido profundamente de que la persona es más o menos valiosa, o más o menos feliz por lo que es y no por lo que hace ni por lo que tiene. Sólo de este modo es posible orientar a muchos niños de nuestras escuelas hacia situaciones modestas, reales, evitando de esta manera crear expectativas brillantes pero falsas". [12]

Hombres y mujeres jóvenes son los llamados por excelencia a contribuir al crecimiento del país. Es así como pronto se hace necesario visualizar una preparación más "coherente", que durara a lo menos 12 años, que cubriera la parte más importante del territorio Nacional, para que no quedara ninguna duda de sus funciones, tareas y deberes. Como lo señala el propio J.J. Brunner:

"el carácter de la enseñanza se vuelve así primordialmente instrumental, pues prepara para ocupaciones adultas que presuponen habilidades y actitudes técnicas íntimamente ligadas a la organización, división y jerarquización de la división social del trabajo".

Lo anterior se asoció a la adquisición de ciertas nociones de Historia y Geografía y al aprendizaje de los comportamientos funcionales al desempeño de ocupaciones subordinadas [13] . El proceso de re-estructuración curricular de Historia durante la dictadura tuvo, en definitiva, la función no sólo de justificar un nuevo Orden Autoritario sino dar coherencia a todo un engranaje social, económico y cultural que se iba consolidando al alero de la Junta.

  Notas

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