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Parte 2 / 2
III. De la Historia que
se enseña en el proceso post-autoritario chileno
A la fecha, tenemos una reforma educativa encaminada, y
que ha logrado internar bastantes adelantos tanto en equipamiento e
infraestructura, como en flexibilidad curricular, y perfeccionamiento
docente. Sin embargo, el proyecto educativo de la transición guarda una
clara continuidad con el de la Dictadura. De un lado, la educación sigue
en función del modelo económico de libre mercado y la producción de mano
de obra barata y calificada. Los discursos presidenciales y la Comisión
Nacional para la Modernización de la Educación son explícitos en ello. Si
en las primeras décadas de este siglo se buscaba un joven que colaborara y
contribuyera al cambio social, por ende se ponía más atención en las
potencialidades de los jóvenes en el contexto de un modelo educativo
centrado en la formación de recursos humanos para una sociedad que
construía su propia industrialización. En cambio, hoy en día se busca un
joven que puede integrarse de manera eficiente a un modelo de mercado
abierto, como lo señala el organismo encargado de sugerir los principios
valóricos que habrían de regir la reforma educativa de la transición
democrática:
"... la educación ha pasado a considerarse uno de los
factores claves para incrementar la productividad y para agregar valor a
los productos de exportación..." [14].
De otro lado, tampoco ha logrado incluir a las demandas de
los principales actores de la educación, en la nueva propuesta educativa.
La gestión educativa sigue siendo vertical y autoritaria, tanto en su
gestión como en su proyección al interior del aula.
En lo relativo a la enseñanza de la Historia, los
programas y libros de texto, podemos señalar que pese a los esfuerzos
realizados por el propio Ministerio en relación a adecuar un curriculum
más cerca de la realidad y los estudiantes, así como incorporar algunas
actividades relativas a las llamadas ‘Historias Locales’, han resultado
ser iniciativas aisladas dentro del nuevo marco curricular: Recojo lo que
al respecto plantean las autoras M.T. Rojas y L. Almeyda, en relación a
que no se trataría de utilizar la memoria para tratar un contenido
puntual, sino de situarla en un lugar de privilegio, como herramienta
metodológica válida para conocer no sólo la historia personal y
comunitaria específicas, sino también para aprender la historia de otras y
otros seres humanos en otros contextos espaciales, temporales y
culturales. Aquí, según lo proponen las autoras, se plantea el primer
desafío: lograr ir más allá del ejercicio recordatorio anecdótico para
percatarse de que la memoria está en la base de la construcción del
conocimiento histórico comprendido en toda su amplitud" [15] . La
tendencia del diseño educativo, en tanto, se habría ido centrando poco a
poco centrado en una concepción de joven asociado a la noción de daño
social, impidiendo ver las potencialidades que trae su cultura juvenil
[16].
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Durante la Dictadura tanto el currículo de Historia como sus
libros de texto fueron intervenidos directamente desde el Estado,
adoptando la forma de un discurso militar, nacionalista y moralista.
Apelando a una memoria propia de los sectores más conservadores de
la nación (Iglesia y Fuerzas Armadas) suprimió personajes, conceptos
e incluso períodos, exaltando figuras y batallas propias de la
historia del Ejército |
En suma, tenemos en la actualidad una Reforma que no ha
logrado despojarse de la "arremetida conservadora" iniciada durante la
Dictadura. Una característica importante del proceso de reforma educativa
post-autoritaria ha sido la fuerza con que la contingencia política
nacional ha influido en el carácter de la interpretación histórica
construida para el sistema escolar. A ésta, además, se le ha agregado una
nueva tarea: escribir por primera vez la historia de la Dictadura y La
Transición [17]. Como vimos, durante la Dictadura tanto el currículo de
Historia como sus libros de texto fueron intervenidos directamente desde
el Estado, adoptando la forma de un discurso militar, nacionalista y
moralista. Apelando a una memoria propia de los sectores más conservadores
de la nación (Iglesia y Fuerzas Armadas) suprimió personajes, conceptos e
incluso períodos, exaltando figuras y batallas propias de la historia del
Ejército.
Llegada la hora de iniciar el proceso de transición, se
re-intervino la enseñanza de la Historia, de modo de entregar una versión
"más conciliadora" y en concordancia a las metas políticas propuestas
desde los gobiernos de la Concertación. Pero ¿sobre qué identidades, y por
tanto memorias, se elabora la actual y predominante interpretación
histórica acerca del proceso chileno hasta nuestro días?
De acuerdo con Gabriel Salazar, en los sectores populares
la memoria es fundamentalmente un resumen "interpretado" de la experiencia
empírica acumulada en ellos, en donde el frío y el desamparo, el robo y la
droga, la exclusión, la represión, la tortura y la muerte, el hambre, son
feroces constituyentes empíricos de la realidad y tremendos configuradores
de ‘memoria social’ [18]. Así es como en los períodos que el llama de
"subsidencia del movimiento social" en los que se articulan movimientos de
reagrupación convergente y se constituyen múltiples ‘espacios sociales’
constructores de identidad, se da lugar al desarrollo de "potentes núcleos
o colchones culturales e identitarios". Ellos permiten a los sujetos
‘derrotados’ adquirir visiones compartidas, opiniones conjuntas, críticas
masivas y acompañamiento suficiente para tomar decisiones grupales,
realizar acciones colectivas e inundar la sociedad principal con una
marejada de procesos autogestionados. Este avance, señala el autor, se
realiza consolidando en su retaguardia una poderosa e inamovible memoria
social. Finalmente, la memoria social, está formada en su mayor parte por
la experiencia empírica de la historia, y sobre ella operaría la
‘interpretación’ de los hechos que la componen, interpretación que puede
ser, al comienzo, individual y puramente subjetiva, pero que, a la larga,
inevitablemente, termina siendo grupal, social y comunitaria, siguiendo el
mapa expansivo de la oralidad [19] .
IV.
El olvido en dos
escenas: ‘texto discursivo’ (Ideas Fuerza) y ‘con-texto discursivo’
(Auto-censura y Convocatoria)
a) Acerca de lo que es preciso olvidar para enseñar el
período autoritario (1973-1990) en el sistema escolar de la Transición
La investigación ‘in-extenso’ nos permitió identificar al
menos tres ideas centrales en los materiales educativos de la nueva
asignatura de Historia y Ciencias Sociales [20] .
La primera que apareció es la Idea de que el Golpe de
Estado de 1973 fue inevitable. A esto se agrega la notoria dificultad en
nombrar el hito bajo la denominación Golpe de Estado. La línea
argumentativa que explica el Golpe de Estado en los nuevos materiales
educativos sigue así los siguientes criterios. Uno, enfatizar el clima de
polarización previo al golpe de 1973 evitando la conflictiva situación que
se produce al intentar responsabilizar directamente a las Fuerzas Armadas
en el hecho; dos, silenciar en torno a la búsqueda de otras dimensiones
históricas que permitan buscar nuevas explicaciones y que comprometan una
perspectiva más social-subjetiva en la problematización del Golpe de 1973;
y tres, silenciar la denominación dictadura para nombrar el período
1973-1989, y Golpe de Estado para nombrar el hito en las unidades de los
libros de texto.
La segunda Idea que encontramos es la centralidad
histórica otorgada al proyecto económico emprendido durante el gobierno
militar. Tenemos que se sobre-enfatiza el aspecto económico pero no por
ello se entra en un análisis histórico socio-económico del período. Esto
constituye una clave para tratar el período sin adentrarse en los temas
conflictivos de la época. Se admite que el nuevo modelo económico
instaurado no siempre implicó equidad social. No obstante se silencia en
relación a las dimensiones explicativas acerca de los ‘porqués’, los ‘cómos’,
y los ‘paraqués’ de las nuevas medidas económicas adoptadas por el
Gobierno Militar. Se relevan en muy pocas líneas las deficiencias en
materias sociales, argumentando que será tarea de los nuevos gobiernos de
la transición asumir el "crecimiento con equidad". El aspecto económico es
así el punto tiene mayor relevancia al estudiar la historia contemporánea
de nuestro país, como queda patente tanto por el nombre recibido por la
unidad, como por lo que se ha considerado como obligatorio a enseñar.
Por último encontramos la tercera Idea fundada en la
Reconciliación Nacional y el modo con que es abordado el tema de los
Derechos Humanos. La dimensión ‘futurista’, en la que primarían reglas de
sociabilidad como el "respeto a la diversidad", junto a una "toma de
conciencia de la identidad nacional" toma un lugar prioritario por sobre
una dimensión más presentista del problema. Su discursividad se centra así
en la necesidad de respetarlos en todos los ámbitos de la convivencia
democrática, pero generando importantes silencios en torno a la dimensión
más ‘factual’, es decir, el modo en que concretamente fueron torturadas,
desaparecidas y muertas las personas bajo la dictadura militar.
Las tres Ideas expuestas se van consolidando,
progresivamente, como los puntos de confluencia entre la aparente
diversidad de interpretaciones de pasado contenidas en el ámbito de la
política gubernamental. Se presentan así como memorias en pugna, la
Pinochetista por un lado; la de los gobiernos de la Concertación por otro,
como las ‘verdades’ en juego en la escena pública
b) Memorias ‘auto’-censuradas y no-convocadas al
momento de escribir el período autoritario para el sistema escolar de la
Transición
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El proceso de
re-estructuración curricular de Historia durante la dictadura tuvo,
en definitiva, la función no sólo de justificar un nuevo Orden
Autoritario sino dar coherencia a todo un engranaje social,
económico y cultural que se iba consolidando al alero de la Junta |
El clima político nacional al momento del proceso de
armado de la nueva asignatura de Historia y Ciencias Sociales hizo que la
‘auto-censura’ fuese una práctica recurrente en dicha instancia,
impidiendo, de esta manera, que en esta etapa, y también en las
posteriores, se profundizara un debate más abierto sobre la formulación de
los contenidos y modos de realizar la enseñanza de una Historia y Ciencias
Sociales independiente, crítica y autónoma. De ello, también darían cuenta
los mecanismos participativos empleados para su elaboración.
Al respecto, Jacqueline Gysling (Coordinadora del equipo
de trabajo que confeccionó el marco curricular de Historia y Ciencias
Sociales) comenta que cuando asume Aylwin en 1990, hay una idea de una
plan de Mejoramiento de la Equidad y Calidad de la Educación, pero "no hay
la idea todavía de una transformación cultural. Todo el mundo estaba como
"pisando huevos", no había suficiente base para formular una
transformación radical. Se preveía que la derecha se iba asustar, pero
igual se empieza a trabajar aquí sobre la modificación del curriculum Pasó
del 90 al 96 para que esto saliera a la luz... […] Ahora respecto al tema
concreto de introducir el golpe militar, hubo una restricción, casi una
auto-censura por parte de las autoridades en ese momento. Se consideró que
no "estaban las condiciones" para tirar eso, que eso iba a empantanar todo
lo que se estaba haciendo por la reforma " [21].
Si bien, había sido la Comisión Nacional de Modernización
de la Educación (C.N.M.E.) quien dio las pautas valóricas para un marco
curricular nacional en 1995, fue en mayo de 1991 cuando por primera vez se
decidió encomendar a una Comisión ‘ad-hoc’, interna del Ministerio de
Educación, la realización de una propuesta de este carácter, a ser
sometida a consulta y discusión pública. Esta llegó a formular un
Anteproyecto de Objetivos Fundamentales (O.F.) y Contenidos Mínimos
Obligatorios (C.M.O.) entre abril y agosto de 1992. Sin embargo, este
proceso fue abruptamente interrumpido: una crítica "consistente" que
provino desde sectores de derecha y algunas autoridades de la Iglesia,
produjo que en agosto de 1992 el Ministerio retirara el documento de la
discusión pública. En palabras de Cristián Cox (Coordinador Unidad de
Curriculum y Evaluación del Ministerio de Educación) se había configurado
un debate "en términos y oportunidad no buscados por un Gobierno que actúa
guiado por el objetivo prioritario de la reconciliación nacional... No se
ha vuelto ha reeditar una discusión en los términos de la del año 92."
[22].
El carácter de la ‘convocatoria’ también produjo que no
todas las memorias expresaran su voluntad de decidir en el nuevo proyecto
educacional. En el mensaje que acompañó el proyecto de Ley de Jornada
Escolar Completa Diurna (J.E.C.D.) enviado por Eduardo Frei Ruiz-Tagle en
agosto de 1996, hecho que consuma el proceso de elaboración del proyecto
de reforma, se hace una especial valoración de la participación social
como instrumento de cambio. Aquí se expresa explícitamente la invitación a
la comunidad escolar toda, a participar en los procesos de discusión
referidos a la organización interna y a aquellos que correspondan a la
definición de las prioridades pedagógicas de sus respectivos
establecimientos [23] . Sin embargo, no todo pero al menos una parte
importante del profesorado manifiesta que en la práctica, el carácter del
proceso fue de carácter ‘cerrado’. En el Informe Final del Primer Congreso
Nacional de Educación (Colegio de Profesores de Chile a.g. Santiago,
Octubre de 1997) los profesores de escuelas y liceos de Santiago no sólo
dieron un diagnóstico crítico acerca del modo en que se estaba
construyendo la política educacional, sino que, partiendo por aseverar que
"la educación chilena actual está en crisis", explicitaron la urgencia de
una participación directa del profesorado en la gestión de un proyecto
educativo nacional. Ello dado que la nueva reforma en curso se había
montado fuera de su presencia, sin apelar ni a su experiencia docente ni a
su experiencia histórica como actor protagonista en el diseño de los
proyectos educativos para el país. El documento reclama explícitamente, en
una de sus partes, que:
"en la elaboración de los Objetivos Fundamentales
Transversales (OFT) y Contenidos Mínimos Obligatorios (CMO) no fueron
consideradas las opiniones ni de los profesores de aula ni de los
alumnos. Tampoco hubo espacios de participación de padres, apoderados y
comunidad, en los que se pudieran dar a conocer las necesidades y
expectativas de las familias en relación a la educación de sus hijos"
[24].
Los mecanismos a través de los que se originó la propuesta
curricular, fueron, según palabras del magisterio "verticalistas, y poco
participativos". En palabras de Julio Pinto, estas críticas serían válidas
en tanto el Ministerio seleccionó de manera ‘discrecional’ los
especialistas y académicos que participaron en la elaboración inicial de
la propuesta, en lugar de promover un debate desde la propia base social,
la que eventualmente culminaría en principios objetivos y comunes.
V.
Balance General
Pese a los avances de la actual reforma educativa en
curso, se mantiene un modelo educativo autoritario en sus ámbitos
normativos, de financiamiento, y de la administración. Ahora, si en nombre
de asegurar gobernabilidad en Chile, ha sido preciso mantener el modelo de
mercado abierto de un lado, pero incentivando la participación de la
población bajo los marcos dados por las políticas sociales de los
gobiernos de la transición de otro, es lógico pensar que aquella
gobernabilidad tiene también que asegurarse en los procesos formativos de
los individuos que ejercerán ‘esa’ participación [25]. Como lo señala
Pollack, un proceso eficiente de enseñanza cívica e histórica contribuye a
dar al alumnado coherencia y anclaje con la identidad nacional, ayudando a
"definir y reforzar sentimientos de pertenencia, apuntando a mantener la
cohesión social y a defender fronteras simbólicas. Al mismo tiempo,
proporciona los puntos de referencia para "encuadrar" las memorias de
grupos y sectores dentro de cada contexto nacional." [26]
Por consiguiente, la paz social vista desde la
institucionalidad de la transición democrática, guarda relación con no
exaltar conflictos históricos no de larga ni de mediana de cercana data.
La voluntad social de recordar, de acuerdo con G. Salazar, "sigue la línea
interna del corazón cuando va hacia el pasado, pero termina siguiendo la
línea externa de la acción cuando, desde ese pasado, da la cara hacia el
futuro. Es este ‘giro’ el que, tal vez, hace de la recordación un fantasma
temible. Y es en previsión del mismo, quizá, que las políticas de olvido y
amnesia públicas necesitan ser convenientemente erigidas y administradas."
[27].
Por consiguiente, en este trabajo, lo que hemos tratado de
comunicar sucintamente, es cómo la fabricación de los nuevos programas y
textos de Historia y las Ciencias Sociales, se realizó en paralelo y sin
incluir el desarrollo de estos "colchones culturales e identitarios"
vinculados a la memoria social, los colchones de los actores involucrados
directamente con los procesos de enseñanza-aprendizaje, es decir:
maestros, alumnos, padres y apoderados. Procedimiento que, al fin y al
cabo, ha sido necesario para el resguardo del orden social pactado desde
los inicios de la transición democrática, y que asegura la progresiva
consolidación democrática al menos en su aspecto formal.
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Fuentes
Entrevista realizada en el Ministerio de Educación el 26
de mayo de 2000. Jacqueline Gysling era al momento, coordinadora de la
Unidad Curriculum y Evaluación, e integrante del equipo de trabajo que
confeccionó el marco curricular de Historia y Ciencias Sociales así como
los programas de estudio.
Notas
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