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Los
inmigrantes no son muy populares en estos tiempos, especialmente en los
países ricos. En América del Norte, Europa occidental y Oceanía los
residentes locales tienden a pensar tres cosas acerca de los inmigrantes:
1) que han llegado principalmente para mejorar su situación económica, 2)
que reducen los niveles de ingreso de los nacionales al trabajar en
empleos poco remunerados y obtener beneficios de los programas de
asistencia del Estado, y 3) que representan un "problema" social, ya sea
porque son una carga para los demás, porque son más propensos al crimen o
porque insisten en conservar sus costumbres y no logran "asimilarse" a los
países receptores.
Por supuesto, todo esto es cierto. Por supuesto que el
principal motivo de los inmigrantes es mejorar su situación económica. Por
supuesto que están dispuestos a aceptar trabajos con salarios bajos,
especialmente cuando acaban de llegar. Y visto que como resultado de todo
esto son más pobres en conjunto que los habitantes del país en el que se
instalan, buscan diferentes tipos de asistencia pública y privada, y
ciertamente plantean "problemas" a los países de acogida.
La pregunta que realmente debemos hacernos es: ¿y qué con
ello? Primero que nada los inmigrantes no pueden entrar a otro país de
manera legal o ilegal sin cierto grado de connivencia por parte de los que
allí viven. En consecuencia deben desempeñar alguna función para ellos.
Están dispuestos a tomar empleos que los habitantes locales rehúsan
considerar; no obstante, son necesarios para el funcionamiento de la
economía. No se trata exclusivamente de empleos desagradables que
requieren poca calificación; también se trata en ocasiones de trabajos de
profesionales.
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Actualmente las
estructuras médicas de los países más ricos estarían en serios
problemas si decidieran eliminar al personal médico inmigrante (no
sólo enfermeras, sino también doctores) |
Actualmente, por ejemplo, las estructuras médicas de los
países más ricos estarían en serios problemas si decidieran eliminar al
personal médico inmigrante (no sólo enfermeras, sino también doctores).
Más aun, dado que la mayoría de los países ricos tienen tasas de
crecimiento demográficas descendentes (el porcentaje de personas mayores
de 65 años sigue creciendo) los nacionales no podrían beneficiarse de las
pensiones de las que actualmente gozan si no fuera por los inmigrantes
(entre 18 y 65 años de edad) que expanden la base de contribuciones que
permite financiarlas. Sabemos que en los próximos 25 años, si es que el
número anual de inmigrantes no se cuadruplica, habrá recortes
presupuestarios drásticos hacia 2025.
En lo que respecta a los "problemas" que esto generará,
dependerán de cómo se definan. No obstante, es común que los movimientos
populistas de derecha constantemente exploten el miedo a los inmigrantes.
Estos movimientos son "extremistas" y no alcanzan más de 20 por ciento de
los votos (¿más de 20 por ciento? ¿Acaso ese porcentaje no es ya de por sí
alto?), pero el recurso a ese tipo de demagogia por parte de políticos
situados en el centro del espectro político contribuye a favorecer a la
derecha en estos temas.
Así pues, tenemos un curioso rompecabezas político que
evoluciona continuamente: los países ricos imponen barreras para la
entrada (legal e ilegal), mientras los inmigrantes siguen llegando,
atraídos por traficantes y empresas que desean emplearlos a bajos costos.
Al margen encontramos algunos grupos relativamente pequeños que buscan
aminorar el trato injusto y frecuentemente cruel que recibe la población
inmigrante. El resultado neto es más inmigración y más quejas contra ella.
Ahora observemos algo. Esta es una descripción que los
países ricos hacen de los inmigrantes provenientes de países pobres. Dado
que la riqueza nacional se encuentra fuertemente jerarquizada, estas
acusaciones se aplican no sólo a los mexicanos que van a Estados Unidos,
sino también a los guatemaltecos que ingresan a México, a los
nicaragüenses que entran a Costa Rica, a los filipinos que van a Hong Kong,
a los tailandeses que llegan a Japón, a los egipcios que van a Bahrein, a
los mozambiqueños que se instalan en Sudáfrica, etcétera.
Observemos algo más: esta descripción no se aplica al
movimiento de personas de los países ricos hacia los pobres. Tal
movimiento existe, si bien menos que antes. La colonización fue eso, y los
colonialistas de hoy son relativamente pocos debido a razones políticas
(Israel vendría a ser el único país colonizador verdadero del presente).
Sin embargo, aún se registran movimientos de personas
ricas que compran tierras en zonas pobres, lo cual hace que se eleven las
rentas y los costos de terrenos, y se impida a los residentes locales
permanecer donde están. Ese tipo de movimientos ocurre normalmente dentro
de las fronteras estatales, y por eso no se llama inmigrantes a esas
personas. La creación de la Unión Europea hizo que este fenómeno sucediera
de muchas maneras en toda Europa.
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En pocos temas hay
tanta hipocresía como en la inmigración. Los proponentes de la
economía de mercado casi nunca la extienden al libre movimiento de
la fuerza laboral |
En pocos temas hay tanta hipocresía como en la
inmigración. Los proponentes de la economía de mercado casi nunca la
extienden al libre movimiento de la fuerza laboral, debido a dos razones:
1) sería políticamente impopular en las regiones más ricas, y 2) socavaría
el sistema mundial diferencial de costos laborales, crucial para maximizar
los niveles mundiales de ganancias.
El resultado es que cuando la Unión Soviética no permitía
a sus habitantes emigrar libremente, se le acusaba con indignación de
violar los derechos humanos, pero cuando los regímenes poscomunistas
permiten a la gente emigrar sin restricciones, inmediatamente los países
más ricos imponen barreras a su entrada. ¿Qué pasaría si dejáramos que el
agua alcanzara su propio nivel? ¿Qué sucedería si se eliminaran todos los
obstáculos al movimiento, entrada y salida, alrededor del mundo? ¿Toda
India emigraría hacia Estados Unidos, todo Bangladesh a Gran Bretaña, toda
China a Japón? Por supuesto que no. No más de lo que dentro de Estados
Unidos los habitantes de Mississippi emigran a Connecticut, o no más de lo
que los de Northumberland lo hacen hacia Sussex, en Gran Bretaña. La
mayoría de la gente tiende a preferir el lugar en el que creció porque
comparte con él su cultura, conoce su historia, tiene lazos familiares.
¿Acaso todas las culturas se convertirían en híbridos? Ya todas lo son.
Tómese cualquier zona de Europa o Asia y se constatarán oleadas de
comunidades que han atravesado esas tierras en los últimos mil años; a su
paso han dejado residuos de sus lenguas, religiones, hábitos alimenticios,
modos de ver el mundo.
Debemos acostumbrarnos a que existan movimientos de
personas. De hecho es el área en la que el laissez-faire puede
realmente funcionar; recuérdese que el eslogan original era laissez-faire,
laissez-passer (dejar hacer, dejar pasar). Dentro de los países dichos
movimientos ocurren todo el tiempo.
Sabemos que el movimiento hacia las zonas donde viven
personas consideradas de bajo nivel social normalmente provoca la salida
de las que dicen pertenecer a un nivel social superior. Podemos aplaudir o
deplorar dicha situación, lo cierto es que frecuentemente tratamos de
regularla mediante la prohibición de movimientos entre zonas y
comunidades. ¿Dónde estaría lo terrible si se aplicara tal principio a los
estados? ¿Se asimilarían los inmigrantes? Si por asimilación se entiende
que los inmigrantes se vuelvan clones de los habitantes del lugar al que
llegan, es evidente que no sucedería así. Pero ¿sería eso una virtud?
Todos los países se caracterizan por su diversidad, lo
cual es una virtud, no defecto. Un poco más de especias en la cacerola
daría más gusto a las cosas. Evidentemente los inmigrantes (especialmente
sus hijos) intentarán encajar con sus vecinos. Todos lo hacemos. Y los
vecinos pueden incluso intentar encajar con los recién llegados. Esto es
aprender, adaptarse. Claro, ésta es una de esas ideas que sólo
funcionarían realmente si todo mundo las aceptara y aplicara. Si un país
aceptara la inmigración libre, sin que los demás hagan lo mismo, se vería
abrumado. Pero si todo el mundo lo hiciera, creo que los flujos
migratorios no aumentarían mucho más que en el presente, serían más
racionales y menos peligrosos, y provocarían menos oposición.
Nota
Publicado en La Jornada. México D.F. Traducción: Marta
Tawil
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