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La
corrupción es un proceso social inherente a la condición humana y por lo
tanto de alcance universal. Ninguna sociedad puede declararse totalmente
libre de este flagelo. Pero hay ciertos tipos de organización social que
facilitan la corrupción más que otros por auspiciar la opacidad de las
instituciones y la ausencia de libertades ciudadanas, –entre las que se
destaca la del libre pensamiento, asociación, libertad de prensa y de
acceso a fuentes de información. De igual modo, allí donde existe una
concentración de poderes sin contrapeso ni equilibrios recíprocos se crea
el medio ambiente propicio a las prácticas corruptas.
La libertad puede ser considerada una categoría económica.
Cuando la libertad sucumbe ante las tendencias orientadas al control de
pensamiento y expresión ciudadanas, se resiente la calidad del régimen
democrático así como también la eficiencia del sistema económico. Esa fue
una importante lección del pasado siglo XX.
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La libertad puede
ser considerada una categoría económica |
La supresión de la libertad puede ocurrir bajo un gobierno
afectado por tendencias autoritarias o bajo un régimen político
totalitario como los del llamado socialismo real o de Estado del pasado
siglo. Pero ocurre también que se pretende en ocasiones coartar las
libertades en el marco de un régimen político democrático –como ocurrió en
los propios EEUU durante el macartismo y resurge hoy agitando el
patriotismo de tiempos de guerra. Unos y otros, al perseguir a aquellos
que tienen el coraje de disentir de la línea de pensamiento prevaleciente
u oficialmente sancionada, se exponen no solo al rechazo de aquellos que
creen en los valores libertarios y democráticos sino a enmarcar a los
sistemas económicos de sus países en contextos de irracionalidad e
ineficiencia.
A inicios de este siglo parecía que ese apotegma se vería
cuestionado por los impresionantes niveles de crecimiento económico y
competitividad de China en donde todavía prevalece un régimen político de
partido único que impone severas restricciones a algunas de las libertades
políticas y civiles básicas. Pero acontecimientos más recientes tienden a
reiterar la tesis de Amartya Sen, Premio Nóbel de Economía, de que la
falta de libertades no es compatible con el desarrollo sustentable.
La industria china –que opera bajo un sistema que no
permite las libertades de expresión, prensa, asociación u organización de
sindicatos independientes- es susceptible de producir mercancías,
incluyendo medicamentos, sin los necesarios controles de calidad que
incluso resulten peligrosas a la salud humana. Mientras los afectados por
esos productos eran los habitantes de ese país no fue posible que las
quejas de los familiares de los niños que perecieron por usar algunos de
esos productos se hicieran escuchar por los altos dirigentes políticos.
Algunos inversionistas extranjeros creyeron que podrían sacar ventaja de
la falta de libertades políticas y civiles chinas para reducir sus costos
de producción sin atender consideraciones salariales, ambientales o
sociales. Los negocios les marchaban bien y estos empresarios occidentales
incluso constituyeron un fuerte lobby en EEUU y la Unión Europea para
suavizar las críticas al sistema político chino que les permitía sacar
ventajas competitivas. Pero cuando esas mercancías cruzaron la frontera
geográfica y política del cerrado régimen chino y alcanzaron países con
libertades ciudadanas básicas se produjo una revuelta de consumidores
afectados contra los productores chinos, las compañías occidentales que
tenían empresas conjuntas con ellos y los que importaban aquellos
productos de aquel país así como contra los funcionarios de gobiernos
occidentales que no habían ejercido los controles sanitarios con el
necesario rigor que estipulan las leyes vigentes.
Lamentablemente, no fue hasta que enfermaron las mascotas
y niños de familias occidentales que la opinión publica prestó mayor
atención a las condiciones en que produce la industria china. La foto en
primera plana del periódico español El País mostrando a unos famélicos
obreros que trabajaban y vivían encadenados día y noche a sus máquinas
en la fábrica propiedad del primer secretario
del partido comunista chino en una localidad provincial d aquel país, no
pareció en aquel momento conmover a la opinión publica internacional. La
mayor parte de los consumidores occidentales siguió comprando esos
productos a muy competitivos precios garantizados por la falta de
controles ambientales y de salubridad, a menudo conjugados con trabajo
esclavo o semi esclavo que son posibles bajo un régimen político sin
libertades ciudadanas.
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El reciente
escándalo ha mostrado el Talón de Aquiles del modelo chino para todo
aquel que alguna vez se haya deslumbrado por su competitividad |
El presente escándalo ya le viene costando a la economía
china pérdidas considerables sobre todo cuando se acercan las navidades y
los compradores consideren la conveniencia de evitar, por simple
prudencia, adquirir mercadería importada de aquel país. Es por eso que ya
le ha costado a China lo más preciado y difícil de reconstruir: su
credibilidad ante el consumidor. La reacción típica de este tipo de
regímenes políticos –pedir el fusilamiento de algunos funcionarios- no va
a restaurar esa credibilidad. Tampoco el que se establezca un nuevo súper
ministerio de inspección o se aprueben leyes draconianas. La atmósfera de
opacidad, falta de libertades ciudadanas básicas, impunidad oficial y
debilidad o ausencia de un estado de derecho, está en la raíz de esas
patologías económicas y no se resolverán sin una transformación del
régimen político hacia otro de mayores libertades y derechos ciudadanos.
En otras palabras: un régimen político cerrado podrá producir y consumir
mercancías dentro de una economía cerrada pero no interactuar de manera
sostenida con una economía global abierta sin llegar a sufrir severos
reveses. El reciente escándalo ha mostrado el Talón de Aquiles del modelo
chino para todo aquel que alguna vez se haya deslumbrado por su
competitividad y por ello haya considerado imitarlo de algún modo para
alcanzar sus éxitos de crecimiento económico.
Pero si bien el problema de la corrupción es más extendido
y agudo cuando se presenta bajo regimenes políticos totalitarios no deja
de serlo cuando emerge en el marco de regimenes formalmente democráticos
que padecen de manera endémica de estados de derecho e instituciones
democráticas débiles. Otro tanto ocurre en países de larga trayectoria
democrática. Casos paradigmáticos de corrupción han ocurrido en Estados
Unidos con grandes corporaciones como ocurrió en el pasado reciente en el
caso de la ENRON. Las democracias europeas también se han visto
cíclicamente estremecidas por las revelaciones de la prensa sobre procesos
de corrupción de altos dignatarios y sus familiares. Ni siquiera las
Naciones Unidas han escapado a esa plaga.
América Latina y el Caribe la sufren desde regímenes
democráticos y estados de derecho que aún dejan
mucho que desear como tales en no pocos países. Esas son las raíces de la
galopante corrupción que azota varios países de la región. Llama la
atención que Fidel Castro, en un medular discurso pronunciado en noviembre
del 2005, expresó que si la sociedad cubana corría el riesgo hoy de
derrumbarse no es por el peligro de una invasión militar de Estados
Unidos, sino por el cáncer de la corrupción que llamó a combatir. Este ha
sido uno de los temas que, después de caer convaleciente el pasado año ese
Jefe de Estado, ha seguido planteando su hermano Raúl, que hoy lo ha
sustituido al frente de esa nación, quien ha convocado a un amplio debate
autocrítico nacional que permita que problemas como ese sean abordados de
manera pública para buscarles soluciones.
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La respuesta a la
corrupción es siempre fortalecer la calidad de la democracia, los
estados de derecho y la participación de la sociedad civil en la
lucha contra la opacidad, la impunidad y la corrupción |
La respuesta a la corrupción es siempre fortalecer la
calidad de la democracia, los estados de derecho y la participación de la
sociedad civil en la lucha contra la opacidad, la impunidad y la
corrupción. Eso supone, inexcusablemente, regímenes políticos
descentralizados en poderes independientes que se equilibren y contra
chequeen recíprocamente así como libertades básicas de pensamiento,
expresión, asociación y prensa. Aquellos políticos que solicitan poderes
permanentes y omnímodos con la promesa de que sólo así podrán salvar a sus
pueblos de la criminalidad, corrupción, o de sus enemigos, sean reales o
imaginarios, deben ser corregidos con simultánea cortesía y firmeza.
Los pueblos pueden salvarse por si mismos tanto de la
corrupción como de los abusos de poder y de cualquier enemigo cuando a sus
integrantes se les permite alcanzar a plenitud su condición de ciudadanos
autónomos y libres para asociarse en la protección y promoción de sus
verdaderos intereses. Fortalecer la calidad democrática de los sistemas
políticos es el camino para controlar las prácticas corruptas.
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