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ISSN 1913-6196

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  De victimas del conflicto a promotores de cambio:
trabajo psicosocial y reconciliación en Guatemala

Democracia y derechos humanos

Vilma Duque 

Parte 1 / 2

Este trabajo es un fragmento de la ponencia presentada a la
Conferencia Internacional
 "De lidiar con el pasado hacia la futura cooperación regional
 y los retos globales de la reconciliación",
 
celebrada en Berlín en el año 2005. Descargar ponencia completa

  Introducción

Han pasado veinte años desde que en Guatemala se empezó a hablar de "democracia", de poner fin a una larga historia de dictaduras militares que sembraron el terror y la muerte. Pronto se cumplirán nueve años de la firma de la Paz que terminó con un conflicto armado de 36 años. Es el momento de reflexionar sobre el trabajo psicosocial, una parte importante en todo proceso de reconciliación.

Los alcances y límites de dicho trabajo dependen principalmente de las condiciones del contexto en que éste se desarrolla. Los datos que hasta ahora tenemos son más que reveladores. Los informes de la verdad1, dan cuenta de historias de vida desgarradoras. Hechos tan crueles que hacen dudar del ser humano: 669 casos de masacres2, cometidos en su mayoría contra el pueblo maya, 200,000 muertos y desparecidos. Esto apenas nos da una idea de la magnitud del daño y del trabajo por hacer. Las condiciones políticas actuales nos permiten completar el panorama3. Especialmente si se toma en cuenta que en Guatemala la democratización se dio como un proceso dirigido desde arriba. Esto lógicamente, no implicó un claro cambio de las elites políticas del país. Por lo tanto no es de sorprender que, entre las elites más conservadoras, siga existiendo un espíritu que implícitamente justifica los crímenes cometidos.

En este contexto ¿Qué rol ha tenido el trabajo psicosocial en el proceso de reconciliación? Iniciaré tratando de responder a la pregunta sobre: ¿Cuáles fueron los efectos de la violencia política en los afectados directos y en la sociedad en su conjunto? Y en realidad ¿Qué avances se han dado para enfrentar las secuelas y traumas dejados por una guerra tan cruel y prolongada? Además ¿Qué función ha tenido la cooperación internacional en este proceso y cuál ha sido el rol del Estado? Buscar respuestas a tantas interrogantes, no parece una tarea fácil. Y menos cuando estas nos acercan a temas tan complejos como enfrentar el pasado y trabajar por una sociedad más justa, por una sociedad reconciliada.

Causas y efectos psicosociales de la violencia política

Aunque toda forma de violencia deja heridas y huellas psicosociales, la de Guatemala tiene algunos rasgos especiales. 93% de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el enfrentamiento armado se le atribuyen al Estado a través de sus instituciones, Ejército y fuerzas de seguridad

Aunque toda forma de violencia deja heridas y huellas psicosociales, la de Guatemala tiene algunos rasgos especiales. 93% de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el enfrentamiento armado se le atribuyen al Estado a través de sus instituciones, Ejército y fuerzas de seguridad. El 3% son atribuidas a la guerrilla4. Los militares torturaron, violaron, desaparecieron, asesinaron a miles de guatemaltecos inocentes. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico-CEH en su informe concluye que se cometieron actos de genocidio5. El enfrentamiento directo entre el ejército y la guerrilla apenas produjo el 10% de las víctimas6. El resto fue población civil acusada de "pertenecer" o "apoyar a la guerrilla".

La violencia desenfrenada obviamente dejó daños individuales, es decir heridas profundas en las personas que la sufrieron directamente. Entre ellos se puede mencionar algunos síntomas del Síndrome de Estrés Postraumático7, duelo alterado, enfermedades psicosomáticas, angustia, depresión, desvalorización, sentimientos de culpa entre otros8. Indudablemente los daños individuales también van acompañados de daños sociales, sobre todo cuando éstos se dan en grupos específicos o en la población en general.

A parte de la violencia política ejercida durante todos los años que duró la guerra, en el caso de Guatemala son varios los factores que determinan los efectos psicosociales y políticos de ésta. Aquí quiero mencionar dos de los más importantes: a) la lógica que ha habido detrás de las violaciones a los Derechos Humanos y b) la violencia como fenómeno estructural más allá del enfrentamiento armado interno:

  1. La lógica del "enemigo interno". En Guatemala, durante la época más álgida del conflicto armado, cualquier persona que se atrevía a cuestionar el orden establecido podía ser eliminada. Ser denunciado como "subversivo", como "simpatizante de la guerrilla" o simplemente por demandar educación o salud equivalía a la muerte. Cualquier reivindicación para superar las grandes desigualdades fue brutalmente reprimida. Hasta hoy en día, las viudas, los líderes de organizaciones de víctimas, los promotores de salud mental y de Derechos Humanos siguen siendo acusados de ser "guerrilleros" o haber colaborado con ellos9. Algunos psicólogos en América Latina hablan en este contexto de los efectos de la "mentira institucionalizada" que impactó en casi todos los sectores de la sociedad.

  2. El segundo factor consiste en la larga historia de la violencia cuyo origen se remonta a la constitución misma del Estado guatemalteco. Durante siglos, la clase dominante en Guatemala, especialmente la elite agraria ha considerado a los pueblos indígenas como mano de obra barata. Situación que, hasta el día de hoy, fundamenta el sistema económico del país. En el campo, el Estado generalmente no ha estado presente. Como consecuencia de ello la vida entera de los mayas estuvo sometida al interés del patrón más cercano. Raramente han contado con servicios de educación o salud. Esta situación llevó a que, ya en la década de los 70, muchas comunidades rurales se organizaran como una forma de luchar contra la marginación y la pobreza. Ante la amenaza de la organización fuera esta social o política la estrategia de la guerra se orientó a quebrar la conciencia histórica de los indígenas, destruir sus organizaciones, violentar sus costumbres. Antes y durante el conflicto armado, la violencia ha sido el instrumento de control social por excelencia. Todavía hoy en día, después de la guerra, Guatemala sigue siendo una sociedad de grandes desigualdades económicas, sociales y políticas. La discriminación y el racismo, especialmente contra la población indígena, aún es parte de la vida cotidiana.

No habría que olvidar también que durante todos los años que duró la guerra, Ejército y Estado eran prácticamente lo mismo, esto acentúo aún más la militarización de la sociedad. Las dictaduras militares se sucedían unas a otras. Y éstas actuaban en complicidad con importantes sectores de la sociedad, quienes bajo la amenaza del "comunismo" veían afectados sus propios intereses de clase. Edelberto Torres10 califica a estas dictaduras militares como una modalidad del Estado oligárquico quien, ahora de una forma más sutil, sigue frenando las transformaciones sociales necesarias para superar las causas que llevaron a la guerra: las grandes desigualdades económicas, sociales y políticas, la discriminación y el racismo.

  ¿Cuáles son entonces los efectos psicosociales que se derivan de la violencia política?

El trauma en Guatemala como en muchos países latinoamericanos fue socialmente producido. Por ello su comprensión y solución requiere no solo atender el problema del individuo, sino también sus raíces sociales. Es decir las condiciones que lo provocaron.11 Esta forma de entender el trauma como un fenómeno social más que como patología individual ha marcado casi todas las intervenciones en estas latitudes.

El uso de la violencia desde el Estado, cuya función debería ser protectora, tiene efectos devastadores en la subjetividad humana

Por otro lado ha sido tanta y tan larga la historia de violencia que algunos psicólogos y sociólogos hablan de sus marcas en el inconsciente colectivo de todos los guatemaltecos12. El uso de la violencia desde el Estado, cuya función debería ser protectora, tiene efectos devastadores en la subjetividad humana. Ante la amenaza permanente de perder la vida, el miedo y el terror se instalan como respuestas "normales", ante situaciones anormales. Y esto no terminó con el fin del conflicto armado. Una vez instalado el miedo y el terror, estos conducen a conductas paralizantes que inhiben la participación en una sociedad democrática13. Las conductas inhibitorias genera en palabras de Marco Antonio Garavito, "una especie de impotencia frente a la condición traumática de la realidad y que se expresa en una pasividad creciente frente a ella"14. Un país manejado por el terror convierte a sus pobladores en personas temerosas y dependientes, resignadas e incapaces de proyectarse al futuro de manera autónoma.

Aún cuando la guerra afectó mayoritariamente al pueblo maya, más del 80% de las víctimas, Guatemala es catalogada como una sociedad enferma en su conjunto. Al miedo instalado se suma la división y polarización social que nos impide soñar un futuro diferente. A nivel psicológico, la polarización social hace que todo lo "malo" se proyecte en el otro bando15 y que el mundo sea visto de manera bipolar, en blanco y negro. Por otro lado el uso de la violencia no ha sido solo potestad del Estado, ha sido internalizada por grandes sectores de población como la forma común de resolver conflictos. Y aunque estos fenómenos tienen una raíz que va más allá del EAI, se profundizaron con la guerra reciente.

La militarización de la vida cotidiana sembró el miedo y el terror también a nivel comunitario, cambió las costumbres y patrones de relaciones, sembró la desconfianza y el temor

Además de ello la militarización de la vida cotidiana sembró el miedo y el terror también a nivel comunitario, cambió las costumbres y patrones de relaciones, sembró la desconfianza y el temor. Nadie estaba a salvo de poder ser denunciado por su propio vecino. Con frecuencia miembros de una misma familia estaban unos con el ejército, otros con la guerrilla. La participación social fue y sigue siendo considerada como un factor de riesgo. En el ámbito comunitario en dónde conviven víctimas con victimarios, persiste el temor de que si como victimas se "organizan" la represión vendrá de nuevo.

¿Cómo restablecer la confianza y fortalecer la unión si a nivel comunitario siguen intactas las estructuras paramilitares creadas durante la guerra?

Esta pregunta nos lleva al otro gran dilema que enfrenta la superación del pasado en Guatemala. Durante la época más álgida de la guerra, en los años 80-83, el Ejército descubre que el indígena podría ser uno de sus mejores aliados obligándolos a organizarse en las patrullas de autodefensa civil- PAC Bajo el lema "si no estas conmigo, estás contra mi" cientos de miles de varones indígenas, jóvenes, adultos y ancianos, tenían que patrullar y participar con el ejército en la caza y exterminio de guerrilleros.

Considerados como estrategia clave en la lucha contrainsurgente desde 1981 las PAC ya participaban en algunas de las masacres. La CEH documentó que en el 18% de las violaciones a los Derechos Humanos las PAC estuvieron involucradas16. Lo más perverso de esta estrategia, diseñada desde el alto mando militar, fue poner a luchar a "hermanos contra hermanos" profundizando así la división, el terror y la desconfianza a nivel comunitario.

  ¿Qué implicaciones tuvo y sigue teniendo esta estructura a nivel comunitario?

El problema creado por el Ejército en su afán de quitarle "la base" a la guerrilla, no terminó cuando con la firma de los Acuerdos de Paz, se acordó la desmovilización de la guerrilla y desarticulación de las estructuras paramilitares. Con la llegada al poder del FRG en el año 2000, cuyo líder más visible sigue siendo el General Efraín Ríos Montt, resurge el tema de las patrullas de autodefensa civil-PAC y sus demandas de pago por los servicios prestados. En un acto calificado de ofensa para los miles de sobrevivientes de la guerra, el presidente Alfonso Portillo autorizó el primer pago y oficialmente los declaró como "héroes y defensores de la patria". Además de ser una ofensa, este pago fue declarado como inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia.

Llevar a cabo medidas de compensación a los Ex PAC, sin haber iniciado procesos de resarcimiento y dignificación a las víctimas del conflicto armado se convierte en una nueva forma de agresión que evoca temores del pasado y abre viejas heridas. Por otro lado el instrumentalizar el tema de las Ex PAC con fines políticos y acceder a sus demandas y presiones, coloca a las víctimas en una situación desprotegida y de mucha vulnerabilidad. La fuerte organización de los Ex PAC a nivel comunitario en complicidad con antiguas estructuras militares, se convierte en un factor de amenaza para las víctimas que demandan justicia y juicio a los responsables, entre ellos algunos ex patrulleros. Bloquea además procesos de exhumaciones, claves en todo proceso de reparación a las víctimas y recuperación de la memoria. En lugares donde estas se realizan, la presencia de los Ex PAC intimida a las víctimas y en algunos casos las hacen retraerse de los procesos iniciados.

El olvido y la impunidad jamás podrán ser las bases para fortalecer la democracia

El caso de las Ex PAC a la par de estructuras de poder paralelos ilustran que, pese a la firma de la paz y los acuerdos correspondientes, todavía hace falta mucho para esclarecer el pasado, deducir responsabilidades y crear las bases de un nuevo contrato social. Un contrato que permita ver hacia atrás sin comprometer el futuro. Es decir garantizar la no repetición de los horrores del pasado pero también crear las condiciones para ello. "Olvido, borrón y cuenta nueva", la versión del pasado en Guatemala, no puede ser la salida. El olvido y la impunidad jamás podrán ser las bases para fortalecer la democracia. La lucha contra la impunidad y la aplicación de justicia es un derecho de las víctimas y de cualquier persona afectada, contribuye a la condena de conductas criminales y sientan precedentes para la no repetición.

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