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ISSN 1913-6196

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 Para que todo cambie, todo tiene que cambiar.
Otra visión política del desarrollo regional

Desarrollo Humano Sustentable

Alberto Bejarano Ávila

Parte 2 / 2

  El atávico enfoque del desarrollo

Otro tema a abordar es el relacionado con los desusados e inoportunos enfoques del desarrollo. En una sociedad saturada por las influencias neoliberales pareciera que todo en la vida se reduce a la economía, que únicamente es en las cuestiones de empresa e inversiones donde comienzan y terminan las expectativas de vida para el ciudadano común y corriente. Todos los recetarios que formulan las clases dirigentes para sustentar sus visiones de desarrollo parten de elucubraciones sobre economías de mercado. Tan grave es el asunto para sociedades como la tolimense que hasta la educación pareciera que solo puede imaginarse en función de economías de mercado y de rentabilidad.

Aquí tendríamos que hacer una consideración básica: una cosa es pensar asuntos de desarrollo y crecimiento económico desde la perspectiva de las regiones que han superado las etapas del subdesarrollo y se encuentran en etapas modernas y hasta posmodernas y otra cosa es pensar el desarrollo desde perspectivas regionales premodernas y con graves desajustes sociales.

Los imaginarios y la visión estratégica de las regiones desarrolladas no son equiparables a regiones subdesarrolladas como la nuestra, pues las primeras cuentan con una relativa madurez paradigmática ya alcanzada, mientras que la nuestra aun está inmersa en un verdadero caos de imaginarios que achica toda visión estratégica y por ende hace errática y de corto vuelo toda actuación pública y privada.

 El desarrollo que tiene como objetivo incuestionable al ser humano, empieza en un cambio de paradigmas y en una visión colectiva de futuro, se construye en la economía y en la organización social y se expresa o se realiza en el bienestar individual y colectivo.

Entonces, desde nuestra perspectiva de región atrasada de un país atrasado, debemos enfatizar que el verdadero desarrollo no empieza ni acaba en la economía. Aquí, el desarrollo que tiene como objetivo incuestionable al ser humano, empieza en un cambio de paradigmas y en una visión colectiva de futuro, se construye en la economía y en la organización social y se expresa o se realiza en el bienestar individual y colectivo.

Como puede colegirse de esta proposición, el progreso económico necesariamente debe estar precedido de un ordenamiento de ideas con contenido ontológico y ético y de un imaginario de futuro construido desde y en función de la inclusión social. Por tanto, la educación y también la organización político-gubernamental (La política en general) deben alimentar la visión de ese desarrollo y acompañar el curso de construcción del mismo, asunto que es diferente a que la educación, como la política, este al servicio de ideas extrañas y excluyentes.

El desempeño económico y la calidad de la organización social, son los espacios concretos donde se imprime un ideario y un imaginario y por tanto su esencia y su práctica debe tener una clara relación de correspondencia: La economía al servicio del hombre, no el hombre al servicio de la economía. Estas ideas tal vez sean extrañas, alucinadas y de difícil aceptación por los personeros de la vida pública y por los actores económicos de la región, pero consideramos nuestro deber plantearlas con franqueza.

Por pensar ingenuamente que la economía es el principio y el fin de la sociedad, hemos perdido el sentido histórico, hemos debilitado la identidad y la verdadera noción de región, hemos vendido o hipotecado nuestros recursos naturales y hemos permitido que a nombre del desarrollo otros usufructúen nuestras potencialidades humanas y físicas.

El verdadero desarrollo no se mide en indicadores de crecimiento económico sino en índices de calidad de vida y en índices de inclusión social

Entendiendo que el verdadero desarrollo no se mide en indicadores de crecimiento económico sino en índices de calidad de vida y en índices de inclusión social; entonces, como ya fue dicho, el desarrollo debe plasmarse en el bienestar individual y colectivo. Esta es una verdad intrínseca, mas no exclusiva, de las ideas de una izquierda reflexiva y con claro sentido histórico, ideas que por su insondable carga humanista se hacen universales y pueden ser compartidas por personas que participan en diferentes categorías políticas, sociales y económicas.

Por ello mismo es que la izquierda debe ser pluralista y no dogmática, sus actores deben ser verdaderos demócratas y nunca caudillistas o traficantes del poder. Así es como entendemos el asunto del desarrollo, así es como concebimos el asunto de las militancias políticas consecuentes y es sobre estas bases que justificamos cualquier esfuerzo para compartir tesis, para realizar debates, para enfrentar el acuerdo y el desacuerdo y en general para emular con todos los actores políticos, independiente desde que banderas estos actúen, pues las ideas-fuerza que tienen carácter universal son las que franquean el paso a las visiones compartidas y a los objetivos comunes.

La educación o cultura política para el desarrollo, y sus buenas prácticas, no podrán esperarse de la diatriba, de la ofensa, de la descalificación, del abuso del poder. Estas son mañas atávicas de la política que en lugar de iluminar un futuro común nos hacen retroceder hasta acercarnos a los tiempos de los trogloditas.

Estas mañas atávicas hacen de lo político algo sucio y repelente; con estas mañas recurrentes hemos logrado que la política no sea el punto de encuentro de ideas y voluntades para construir un futuro digno, sino todo lo contrario, que la política sea azuzadora de la discordia, de la confusión, de la dispersión y de la desconfianza, defectos que son propios de las sociedades primitivas, atrasadas y decadentes.

De otra parte debemos señalar también que el desarrollo, si bien no empieza ni acaba en la economía, si es consustancial con la prosperidad y, a su vez, la prosperidad es consustancial con la riqueza económica. A partir de este juicio deberíamos entender entonces que la prosperidad regional es condición vital para imaginar una comunidad regional en pleno disfrute de estadios superiores del desarrollo.

Vista la cuestión de esta manera, resultaría oportuno reiterar que las estrategias de formación y acumulación de capital regional deberían ser sustentadas por los dirigentes, políticos y económicos, como condición previa para que la comunidad regional pudiera considerar y aceptar cualquier promesa de desarrollo. Si esta condición no se cumple entonces debería considerarse sospechosa y carente de consistencia cualquier promesa electoral y cualquier propuesta gremial en este sentido.

Claro, muchos dirigentes, sobre todo los políticos, en compensación a su incapacidad de concebir y proponer estrategias endógenas de orden económico, fundamentan su proselitismo regional en los recursos que supuestamente han de tramitarse y conseguirse con el gobierno nacional. De hecho este supuesto, aun en la idea de que sea plenamente realizable, no es aceptable como sustento de una visión estratégica para alcanzar la prosperidad económica de la región.

El desarrollo es la plena calidad de vida individual y colectiva. El desarrollo es una vocación de vida, no una vocación económica

Seguramente muchos programas regionales se puedan realizar con recursos de las transferencias nacionales o incorporando políticas nacionales y sectoriales a los planes locales y regionales de desarrollo, al fin y al cabo este es un derecho, pero debería ser claro para la opinión que una cosa son los limitados programas de bienestar o las pocas obras de infraestructura de los planes nacionales de inversión y otra cosa es la plena prosperidad de la región, con el agravante de que los programas nacionales generan una dependencia centralista, distorsionan el rol del político al reducir su oficio solamente a términos de eficacia en la intermediación, distrae la atención sobre fundamentales estrategias endógenas para pensar el desarrollo y permiten que el modelo neoliberal pueda hacer de las suyas en la región, como bien lo hemos podido experimentar con las privatizaciones y la neutralización de nuestros de por si exiguos márgenes de maniobra.

El desarrollo es o no es y la tensión de esta disyuntiva debe proporcionar la única medida de información para calificar la eficacia o ineficacia de los actores económicos, sociales y políticos. Los tolimenses, a cuenta de promesas de progreso, no podemos continuar alimentando electoralmente una historia de frustraciones y seguir siendo testigos pasivos del atraso endémico, el desempleo, la marginalidad y la exclusión.

El desarrollo debe reflejarse en el rostro de todos nuestros paisanos y con ello queremos decir que tolimenses e ibaguereños, hombres y mujeres sin distingo alguno, tienen el derecho al bienestar económico, a una mejor calidad de vida y a gozar de una clara certidumbre de futuro para sus hijos y para los descendientes de estos.

Bajo estas premisas, la construcción de visiones compartidas de un futuro para el Tolima y para Ibagué no podrían ser nunca más ejercicios coyunturales o circunstanciales basado en una unidimensionalidad economicista; la visión compartida debe fundarse en concepciones humanistas colectivamente construidas para poder comprometer la acción conjunta de todos los sectores constitutivos de nuestra sociedad regional. El desarrollo es cultura, estética, economía, bienestar, sostenibilidad ambiental, solidaridad, convivencia civilizada. El desarrollo es la plena calidad de vida individual y colectiva. El desarrollo es una vocación de vida, no una vocación económica.

  Para que todo cambie…

El cambio, como un concepto político que indica la transición de lo viejo a lo nuevo, ha ido perdiendo su vasto significado, es una palabra desgastada y hasta envilecida por el abuso exagerado a que es sometida en todo episodio electoral. En nuestro libro, "El País Pijao" citamos un fragmento del Gatopardo de Tomáis di Lampedusa que aconseja "cambiarlo todo para que nada cambie"2 y decíamos allí cómo en nuestra sociedad esta exhortación se reedita con frecuencia. Prácticamente todo dirigente político, económico o social, basa su discurso cotidiano en una promesa de cambio y sin embargo nada cambia a lo largo de tantas décadas.

El cambio, para nosotros, es un fenómeno colectivo; no es el efecto de una voluntad individual, es el efecto de muchas voluntades entendidas en una amplia diversidad de pensamientos y disciplinas que convergen a un objetivo común, es decir, es un acuerdo de unidad en la diversidad para alcanzar un sueño colectivo

¿Por qué nada cambia a pesar de tantos supuestos promotores del cambio? Este interrogante que aborda una de las ideas-fuerza de este ensayo, debe responderse desde un punto de vista diferente, precisamente porque es desde razones diferentes de donde se pueden abordar prospectivas de lo diferente. El cambio, para nosotros, es un fenómeno colectivo; no es el efecto de una voluntad individual, es el efecto de muchas voluntades entendidas en una amplia diversidad de pensamientos y disciplinas que convergen a un objetivo común, es decir, es un acuerdo de unidad en la diversidad para alcanzar un sueño colectivo. El cambio es cultural, es de prácticas cotidianas, es de esquemas económicos, es de discurso, es de actitudes políticas, es de referentes.

El cambio comienza en lo aparentemente más trivial y en lo más complejo, empieza desde diferentes puntos de partida. El cambio es como la metáfora de la bola de nieve, donde se combina las fuerzas potenciales con las fuerzas cinéticas para producir consecuencias colosales.

El cambio puede comenzar en alguna parte y en todas partes; puede comenzar en un hecho económico, en un estilo periodístico, en un tipo de organización social, en un discurso político, en una cátedra, en un trabajo académico. Pero también puede comenzar en todos los anteriores y en otros fenómenos posibles. La bola de nieve se lanza o se desprende desde cualquier parte o desde partes diferentes, pero claro, siempre que éste o estos puntos de partida estén a la altura conveniente, pues es impensable que la bola adquiera velocidad y capacidad de atracción y acumulación de masa si es lanzada o se desprende de lugares bajos.

En la metáfora de la bola de nieve, la altura se mide en metros, en la prospectiva regional la altura se mide en la calidad y la intensidad de difusión de los paradigmas y en la profundidad y amplitud de la visión colectiva de futuro y es por ello que atrás hemos sostenido que el desarrollo empieza en un cambio de paradigmas y en una visión de futuro colectivamente construida.

Desde luego que la idea de visión de futuro y de paradigma, como lo veremos mas adelante, no es necesariamente un asunto de complejas pertinencias políticas o académicas, la visión y el paradigma es una cuestión atinente a cualquier variable de la actividad humana que desde luego puede influir positiva o negativamente en las conductas generales. Por ejemplo, algunos dicen que "el ejemplo arrastra" y otros más cercanos a las metáforas científicas, como Edward Lorens, aluden al "efecto mariposa", tema del cual nos ocupamos ligeramente en nuestro libro "El País Pijao" y sobre lo cual mas adelante precisaremos la referencia.

En refinada prosa, un párrafo de Ernesto Sábato nos permite ver la importancia de lo sencillo, dice Sábato: "A pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer el valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas, son las que están generando una nueva narración de la historia, abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida".

Sobre estas reflexiones debemos afirmar que todos podemos ser agentes de cambio, que la responsabilidad del cambio no es endosable solo a los actores políticos o a los actores económicos. Usted, yo y todos los demás, independientemente de donde estemos, pero siempre que estemos ubicados en una posición de conveniente altura, podríamos lanzar esa pequeña bola de nieve que puede convertirse en un alud de progreso y prosperidad, un alud que obligaría a todo lo que esté en las partes medias o bajas de la pendiente a que igualmente se sumen al resultado final. Esta es la dinámica del desarrollo, lo demás serán lugares comunes, confusión, sofismas y engaños.

En nuestro libro "El País Pijao" 3, además de las referencias al "efecto mariposa", hacíamos una cita del ensayo de John David García, "Una Alternativa Creativa" en la que se afirma que "un paradigma es un modelo para comprender la realidad, que nos permite relacionarnos con el mundo circundante y tener sentido de identidad dentro de lo que percibimos es el mundo real". Si el modelo que equivocadamente tiene un individuo para comprender la realidad y relacionarse con el mundo de sopetón se encuentra con otras ideas, otros proyectos, otras proposiciones ideológicas, entonces es factible que el individuo se sienta amenazado.

El mismo García explica esta paradoja: "Solo las personas que se autoengañan sienten su identidad (ego) amenazada al tener que admitir que están equivocados, entonces distorsionan la realidad con tal de aferrarse a sus creencias falsas… Cuando este tipo de conflictos afectan creencias aun mas fundamentales como quienes somos, de donde venimos, a donde vamos y como podemos llegar allí, la resistencia al cambio de paradigmas es mucho mayor". Este es el imbricado conflicto de identidad y creencias que impide a las gentes de una región como la tolimense poder encontrar el camino correcto para la realización de sus aspiraciones.

"Solo podemos seguir aprendiendo, dice García, cuando admitimos que podemos estar equivocados y que aprendemos muchos mas al reconocer nuestros errores que al reafirmar nuestras creencias". Este asunto de los paradigmas debería ocupar más tiempo en las disciplinas académicas, en el discurso político y en los trabajos de investigación.

Aunque pudieran existir otras categorías para clasificar a los actores públicos, nosotros agrupamos en cuatro categorías generales los tipos de actores que deberían comprometerse al unísono en profundos cambios de paradigmas, actitudes, estrategias, programas. Advertimos si que el orden establecido es antojadizo, pues la dinámica del desarrollo, tal como fue dicho, puede dispararse desde cualquier parte y desde todas las partes.

Con sujeción a un enfoque sistémico nos atrevemos a plantear otra visión política para el desarrollo regional. Para que todo cambie, todo tiene que cambiar, es la proposición que seguidamente intentamos sustentar mediante la utilización de unos pocos ejemplos (apenas tres por cada categoría) en los cuales intentamos hacer una lectura de las prácticas actuales o vieja usanza y el enfoque de un nuevo paradigma que quizás mereciera atención para ser mejorado o reformulado por los diversos actores.

 Notas

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