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Parte 1/2
Precisamos de una pedagogía de
comunicación con
que vencer el desamor acrítico del antidiálogo
Paulo Freire
El
desarrollo sostenible en el siglo XXI sigue siendo una utopía. Su
formulación como única alternativa posible para salvar a la especie humana
ha quedado conceptualizada entre los lineamientos de organismos
internacionales, en programas académicos, en la fundamentación de las
ayudas económicas de las Organizaciones no Gubernamentales a los países
del Tercer Mundo, en los discursos de los políticos e incluso de los
medios masivos de comunicación. Pero la inmensa mayoría de los seres
humanos no tienen la certeza de que puedan ser un agente real de ese
cambio que sugiere el tan llevado y traído tema.
¿De quién es la responsabilidad de edificar ese mundo
mejor para todos? Mientras no se atiendan las más elementales necesidades
de la humanidad, ni sea saldada la deuda milenaria con un planeta
sobreexplotado, mientras no se respete el derecho a la vida como el
derecho a la paz, y a protagonizar un proyecto de desarrollo humano en el
presente, como garantía de un futuro más justo y posible; el desarrollo
social será eternamente un asunto pendiente, sin espacio entre los que más
necesitan encontrar una vía real de desarrollo.
Participar implica compartir la acción por eso se ha
identificado como un aspecto esencial para involucrar a la población en el
cambio integral que se precisa en función del diseño y realización de ese
mañana común. Pero la participación también se aprende, no es algo que
podamos hacer naturalmente por instinto, es preciso estimularla,
promoverla.
"Solo a través de la comunicación podremos trabajar
realmente en favor de una causa común, de un interés común, para mejorar
nuestra situación (…)" aseguró Gro Brundtland, ex - Primera Ministra de
Noruega y ex -Presidenta de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y
el Desarrollo, con lo que sugiere que la comunicación puede ser un camino
hacia la verdadera participación. El Informe del PNUD de 1993 sobre el
desarrollo humano considera a la población "una fuerza motriz de su propio
desarrollo", con mayor relevancia que cualquier inversión financiera o
tecnológica. Pensar la comunicación en función del desarrollo, implica que
las personas participen integralmente en la toma de las decisiones que le
afectan, o lo que es lo mismo, en la construcción de su destino.
Propiciar, organizar, facilitar la participación activa de los sujetos
sociales, es un presupuesto imprescindible para cualquier proyecto de
desarrollo. El intercambio de ideas, de preocupaciones, de alternativas
permite reflexionar acerca de la realidad compartida y mirar juntos hacia
el horizonte como una meta a alcanzar.
El derecho a la
comunicación
Desde que se habló por vez primera de desarrollo -humano,
social, sostenible 1 -, la comunicación
ha sido un tema cercano. Para algunos la necesidad de establecer nexos
entre ambos términos, llegó a través de experiencias de desarrollo en las
que los recursos comunicativos se convirtieron en una urgencia, otros
partieron de reflexiones conceptuales, de las relaciones entre teoría y
práctica, quizás hasta hubo un poco de intuición. De uno u otro modo, la
comunicación, como un derecho humano universal y fundamental ha sentando
sus bases en la praxis cuando se ha tratado de proyectos de desarrollo.
Las miradas en cuestiones comunicativas se han enfocado de
disímiles maneras, aunque en muchos casos hay un patrón común: el intento
de informar sobre las vías posibles para alcanzar el desarrollo, el cambio
social, abordar las ventajas de esas propuestas, incentivar las
iniciativas fundamentalmente locales y sugerir que la población ofrezca su
apoyo, que se sensibilice con esta aspiración.
Sistematizar saberes en este campo devuelve una
multiplicidad de sentidos, funciones, escenarios, actores, que difieren
por la jerarquía que les dan a los momentos y componentes del proceso
comunicativo y la concepción que hay tras sus prácticas. Por el rol social
que desempeña la comunicación –y que se vislumbra cada vez más
trascendental- es un tema que rebasa el plano académico y alcanza
dimensiones políticas.
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Si se tiene en cuenta la
capacidad de intercambio y de diálogo que puede estimular la
comunicación, entonces las posibilidades de participación de cada
ciudadano son más reales en la sociedad, y esta adquiere un sentido
más democrático |
Si la comunicación es reducida a la transmisión de
informaciones, los emisores cuentan con una mayoría de receptores
dependientes de su poder en una sociedad verticalista y unidireccional,
autoritaria. Si por el contrario, se tiene en cuenta la capacidad de
intercambio y de diálogo que puede estimular la comunicación, entonces las
posibilidades de participación de cada ciudadano son más reales en la
sociedad, y esta adquiere un sentido más democrático.
En el contexto latinoamericano no todos los intentos o
búsquedas de un camino hacia el tan anhelado desarrollo de la región, se
gestaron como una propuesta real de cambio, de autogestión, de creación e
impulso de capacidades endógenas –como se perfilan muchos proyectos en la
actualidad-. Uno de los casos más ilustrativos proviene de los Estados
Unidos, que desde los 50 propusieron programas para el desarrollo rural
relacionados con la modernización, entendida en términos de
industrialización.
Tras postulados aparentemente participativos con la
Alianza para el Progreso, el gobierno norteamericano en la década del
sesenta pretendió enmascarar su afán imperial. La ayuda económica a sus
homólogos latinoamericanos se presentaba como una alternativa para el
desarrollo económico y social de los beneficiados por esta política. La
propuesta primermundista planteaba desde su formulación, condicionamientos
para someter a los implicados desde abajo, a quienes se les indicaba cómo
y hasta dónde podrían intervenir, en qué invertirían, qué tecnología
asimilar, con lo que se truncó cualquier sueño del verdadero desarrollo. (Rebellato,
2004)
El pensamiento latinoamericano desde las peculiaridades y
complejidades que distinguen a este continente, no ha quedado al margen de
la problemática del desarrollo social. En ese sentido se destaca la
concepción estructuralista o primera teoría global del desarrollo,
promovida desde los trabajos realizados en el marco de la Comisión
Económica para América Latina (CEPAL) y las teorizaciones sobre la
dependencia. Entre los principales aportes de estos paradigmas se
encuentran el nuevo sentido que recibió el calificativo de
subdesarrollado, ya no solo se limitaba al retraso en términos puramente
económicos y productivos, sino a una relación estructural entre
desarrollados y subdesarrollados, en la que estos últimos ocupan una
posición de subordinación, desventajosa ante la economía internacional y
también ante las relaciones sociales y las estructuras de poder. Se evalúa
la necesidad de análisis integrados del desarrollo, que tomen en cuenta el
sistema económico y las transformaciones en el sistema político (la
estructura de clases, sectores y grupos sociales, el sistema de
dominación).
"Sin embargo, la crisis de los paradigmas, el agotamiento
de los modelos de desarrollo practicados en la región y el empuje
neoliberal, determinaron que en los 80 se produjera una suerte de
"contrarrevolución en la teoría del desarrollo" que significó no sólo la
falta de voluntad política real para encauzar programas alternativos a las
recetas neoliberales, sino también cierta inacción del pensamiento que
debía construir los enfoques que sirvieran de fundamento a verdaderas
estrategias de desarrollo." (Núñez, 2003).
Los 80 fueron bautizados por la CEPAL como la "década
perdida", en explícita alusión a la teoría y práctica del desarrollo. Otro
ritmo marcarían los 90, con el retorno de la polémica, ahora muy asociada
a la aspiración de sostenibilidad, de ahí que al debate sobre desarrollo,
se incorporen temas claves como ciencia, educación, tecnología, cuidado
del medio ambiente, equidad, justicia social y calidad de vida. Un aspecto
significativo es el interés por establecer políticas globales, por
implicar y sensibilizar a todas las naciones en este nuevo modelo de
desarrollo, una aspiración, que ya no solo queda a la espera de los
esfuerzos de los países subdesarrollados, que intentan alcanzar -en vano-
a los del primer mundo.
Desde el punto de vista comunicativo las demandas sociales
y el injusto orden mundial, exigieron también un cambio, para romper los
esquemas rígidos de dominación y falta de equidad, reflejados en la
concentración del poder de comunicarse en unos pocos en detrimento de la
mayoría sin voz. La nueva propuesta llegó a partir del cuestionamiento al
modelo establecido, verticalista, y unidireccional, elaborado por Shannon
y Weaver (1962) para la transmisión de información entre máquinas y
aplicado luego a la comunicación humana. En el esquema que lo representa
el proceso comunicativo se reduce a (EMISOR-MEDIO-RECEPTOR), sin que
exista intercambio de roles entre el emisor y el receptor. El primero
trasmite la información, que el otro ha de recibir en "puro silencio", por
lo que la comunicación se convierte en un monólogo, que inactiva a uno de
los participantes en el proceso, destinado a escuchar, a acatar. Ligada a
esta perspectiva y a los esfuerzos por la modernización, se formuló la
teoría de la difusión, en la que el rol de la comunicación es transferir
innovaciones tecnológicas desde las agencias de desarrollo a sus
audiencias, y crear una predisposición para el cambio a través del logro
de un clima de modernización entre los miembros del público.
En la pedagogía también tiene un equivalente, que calificó
Paulo Freire de bancario, al hacer énfasis en los contenidos
2. (Kaplún, 2002: 20-25). Otros dos modelos
educativos tienen correspondencia con los enunciados en el ámbito
comunicativo: el persuasivo 3 , que desplaza
su centro hacia los resultados, pero mantiene el carácter exógeno del
anterior, pues el conocimiento es una construcción elaborada,
seleccionada, trasmitida desde el educador o el emisor, por lo que no
concibe el protagonismo del estudiante o destinatario. El nuevo elemento
en este es la retroalimentación, como respuesta o reacción del receptor
ante el estímulo –mensaje- enviado por el emisor, que busca comprobar por
esa vía la eficacia de su mensaje. Solo logra una seudoparticipación del
receptor, que es manipulado, condicionado y persuadido.
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El interés no está
en la transmisión del saber, ni en la imposición de conductas, sino
en el desarrollo de capacidades en las personas para la toma de
decisiones, para acceder al conocimiento, interpretarlo e
incorporarlo en su vida |
El otro modelo pone énfasis en el proceso, como espacio de
aprendizaje para educadores y educandos 5,
para interlocutores 6 -sujetos activos,
capaces de enviar y transmitir mensajes, de aprender y enseñar a la vez.-
El interés no está en la transmisión del saber, ni en la imposición de
conductas, sino en el desarrollo de capacidades en las personas para la
toma de decisiones, para acceder al conocimiento, interpretarlo e
incorporarlo en su vida, de ahí su carácter endógeno. Estimula el
intercambio en contextos grupales y comunitarios y su esquema
7 representa un proceso abierto, bidireccional,
horizontal (postula la Acción - Reflexión – Acción).
Tanto Paulo Freire (1970), desde su pronunciamiento
pedagógico, como Mario Kaplún 8, con su
apuesta comunicativa, centrada en la formación para trabajar con y desde
los medios de comunicación con una finalidad transformadora; significan la
importancia del diálogo y la participación integral
9, del aprender a aprender y a desaprender,
desde el ejercicio del pensar para solucionar los problemas y transformar
la realidad, la sociedad. Las nuevas concepciones cuestionan la
dependencia generada por la extensión de la influencia de los medios de
comunicación del norte desarrollado sobre el sur subdesarrollado. Surgen
propuestas muy comprometidas con los excluidos, como la de los
investigadores Antonio Pasquali y Luis Ramiro Beltrán. Este último
redefine a la comunicación como "el proceso 10
de interacción social democrática basada en el intercambio de signos, por
el cual los seres humanos comparten voluntariamente experiencias bajo
condiciones libres e igualitarias de acceso, diálogo y participación" (Kaplún:
2002:58).
América Latina entra en los albores de un nuevo paradigma
de la comunicación, participativo, liberador, dialógico, más democrático,
que favorece el desarrollo, que sustituye al destinatario-en su rol de
pasividad- por un interlocutor activo, -implicado, comprometido y con el
derecho de decidir sobre sí, de protagonizar su crecimiento humano y la
del grupo, organización, institución o comunidad a la que pertenece.- Este
paradigma comunicacional sirve de base a la propuesta de una Televisión
Universitaria que estimule la participación en función del desarrollo
humano -finalidad de esta páginas.- De él aprovecha fundamentalmente su
factibilidad en ámbitos comunitarios, donde se estimula la
formación y desarrollo de capacidades y habilidades en los sujetos
para que desempeñen un rol activo en los procesos comunicativos. Su
diseño flexible concibe a la prealimentación como un momento de
búsqueda para explorar el contexto, sus frenos y potencialidades y conocer
a las personas que intervienen, con sus concepciones, necesidades,
expectativas, miedos y anhelos, de modo que la comunicación estimule el
crecimiento personal, grupal, comunitario desde la acción y la reflexión.
La UNESCO a partir de la década del 70, incita al debate
sobre la teoría de la dependencia y su influencia en el ámbito
comunicativo. Se convocan varias reuniones donde se aborda el tema. Se
analizan los flujos desiguales de información y junto a las líneas
programáticas de lo que se llamaría el Nuevo Orden Económico
Internacional, se plantea la necesidad de un Nuevo Orden Mundial de la
Información y la Comunicación.
Se crea una Comisión Internacional para el Estudio de los
Problemas de la Comunicación, presidida por el irlandés Seán MacBride,
cuyo informe final es presentado en la XXI Conferencia General de la
UNESCO (Belgrado, 1980). Entre sus aportes se destacan el análisis de la
situación de la comunicación en el mundo, sus desequilibrios y vínculo con
las estructuras socioeconómicas y culturales vigentes. Además defiende el
derecho democrático a la comunicación, a participar en la producción y no
sólo en el consumo de la información, así como la necesidad de establecer
políticas de comunicación democráticas en defensa de la identidad y del
desarrollo. El Informe MacBride devino en un referente fundamental para el
establecimiento de políticas comunicativas y el desarrollo de nuevas
propuestas y análisis sobre el tema. A pesar de esos esfuerzos 26 años
después el panorama comunicativo no ha cambiado mucho.
En las últimas décadas se han ido delineando posiciones
que plantean enfoques de la comunicación desde las prácticas sociales, una
mediación que no es precisamente la de los medios. En ese sentido se
destacan los aportes, el investigador y académico Jesús Martín Barbero,
quien menciona como tres dimensiones o componentes esenciales de la
práctica social: la sociabilidad, la ritualidad y la tecnicidad, que
median el proceso comunicativo, lo hacen más diverso, rico y complejo por
lo que "el fortalecimiento de prácticas sociales -autónomas y
democráticas- y especialmente de la comunicación, producto y componente de
ellas, es uno de los mayores desafíos que actualmente se enfrenta y la
condición sine qua non, para ir haciendo realidad una utopía sustentada en
una libertad comprometida con la justicia y la equidad, y en una
solidaridad crítica" (Barbero citado por Orozco, 1998:3).
Otro teórico, Manuel Martín Serrano también llama la
atención sobre la mediación social como paradigma básico para una teoría
social de la comunicación, que implica trabajar a la vez, la relación y la
independencia entre sistemas sociales y sistemas comunicativos, teniendo
en cuenta los ámbitos: de las formas institucionales (la comunicación es
institucional, económica, política, cultural), las lógicas de producción
(industriales y mercantiles) y los usos sociales, tanto de los medios
institucionales como de los productos masivos, de los mensajes, de los
discursos, de los programas. El investigador español fundamenta además la
interpretación de la comunicación con un enfoque sistémico, porque:
- "concurren componentes tan heterogéneos como: actores (de
naturaleza animal o humana); instrumentos de comunicación
(herramientas biológicas o tecnológicas); expresiones comunicativas
(producidas por órganos del cuerpo o trabajadas en materiales);
representaciones (cognitivas o innatas),
- ocurren los intercambios de información entre sistema y
entorno, dejando a un lado las transferencias de energías,
- alcanza un estado y evolución en función de un fin que le es
específico o que le ha sido asignado por el agente que lo controla."
(citado por Saladrigas, 2003: 17)
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La comunicación,
usada desde el poder desmedidamente con fines políticos y
comerciales, puede revindicar su sentido original en función de lo
comunitario, de lo social, del desarrollo real de las mayorías, que
después de tanto andar y soñar, siguen silenciadas |
La complejidad de la comunicación, entendida como un
proceso en el que intervienen dos o más seres o comunidades humanas que
comparten conocimientos, experiencias, sentimientos y construyen
significados comunes; aunque sea a distancia, a través de medios
artificiales, que les permiten establecer relaciones entre sí y pasar de
la existencia individual aislada a la existencia social comunitaria, ha
motivado miradas múltiples desde diferentes niveles: masivo ,
institucional, comunitario , intra e intergrupal o interpersonal, cada
uno, con características muy específicas, que favorecen o frenan la
concepción transmisiva o la participativa de estas prácticas. Esta ha sido
una breve aproximación teórica en busca de la comprensión de los lazos que
unen a la comunicación y al desarrollo, que al decir de Luis Ramiro
Beltrán (2002) deben fomentar "(…) el acceso y apropiación de los medios
por parte de las comunidades, para asegurar, además del aspecto
tecnológico y de desarrollo, la justicia social."
Retomando el Informe MacBride, las necesidades de la
comunicación en una sociedad democrática deberían satisfacerse mediante la
extensión de derechos específicos, tales como el derecho a ser informado,
el derecho a informar, el derecho a la intimidad, el derecho a participar
en la comunicación pública, el derecho a saber, el derecho a transmitir,
el derecho a discutir, el derecho a la vida privada, elementos todos de un
concepto nuevo: el derecho a comunicarse (…) (Colectivo de autores, 2005)
También los participantes en el Seminario sobre Comunicación Social y
Educación (Quito, 1982) auspiciado por la OREALC/UNESCO enfatizaron en la
necesidad de que el proceso comunicativo le dé a las personas "la
oportunidad de ser alternativamente emisores y receptores", con lo que
proponen reemplazar los roles de locutores y oyentes por el de
interlocutor (Kaplún, 2002:59).
Una nueva propuesta de desarrollo, un nuevo paradigma
comunicacional convergen en las alternativas al servicio de ese futuro
común por construir de manera sostenible. La comunicación, usada desde el
poder desmedidamente con fines políticos y comerciales, puede revindicar
su sentido original en función de lo comunitario, de lo social, del
desarrollo real de las mayorías, que después de tanto andar y soñar,
siguen silenciadas.
Notas
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