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Casi
todo el mundo acepta hoy que durante los últimos 30 años se ha producido
una grave degradación del entorno natural en que vivimos, a forteriori
si hablamos de los últimos cien o quinientos años. Así es, a pesar de los
frecuentes e importantes inventos tecnológicos y de una expansión del
conocimiento científico que podrían habernos hecho creer que conducirían
hacia una consecuencia totalmente opuesta. Uno de los resultados de esto
es que actualmente, a diferencia de lo que ocurría hace 30, 100 o 500
años, la ecología se ha convertido en un problema político importante en
muchas partes del mundo. Incluso, existen movimientos políticos
razonablemente significativos organizados esencialmente en torno a la
defensa del medio ambiente para impedir una mayor degradación e intentar
revertir la situación en la medida en que sea posible.
Evidentemente, la gravedad atribuida a este problema
contemporáneo oscila entre la opinión de aquellos que creen inminente el
día del juicio final y la de quienes consideran que puede estar
cercana una solución técnica. Creo que la mayoría de las personas tienen
una postura situada entre esas dos opiniones extremas. Yo no estoy en
posición adecuada para hablar de este tema desde un punto de vista
científico, pero aceptaré como plausible esa apreciación intermedia y me
dedicaré a analizar la relevancia de este asunto para la economía política
del sistema-mundo.
Por supuesto, el universo se encuentra en un incesante
cambio, por lo que el mero hecho de que las cosas ya no sean como eran
antes es tan banal que no merece que se le preste ninguna atención.
Además, dentro de esta constante turbulencia hay modelos de renovación
estructural, a los que llamamos vida. Los fenómenos vivos, u
orgánicos, tienen comienzo y fin para cada existencia individual, pero en
el proceso se produce procreación, de forma que las especies tienden a
conservarse. Pero esta renovación cíclica nunca es perfecta, y, por lo
tanto, la ecología global nunca se mantiene estática. Por otra parte,
todos los fenómenos vivos ingieren de alguna forma productos procedentes
del exterior, entre los que se encuentran la mayoría de las veces otros
fenómenos vivos, y la proporción predador/presa no es nunca perfecta, por
lo que el medio biológico está en constante evolución.
Más aún, los venenos también son fenómenos naturales y
juegan un papel en el equilibrio ecológico desde mucho antes de que los
seres humanos entraran en juego. El que hoy sepamos mucha más química y
biología que nuestros antepasados quizá nos haga más conscientes de la
presencia de toxinas en nuestro medio ambiente, aunque también podría no
ser así, ya que actualmente estamos enterándonos de cuan sofisticados eran
los pueblos pre-alfabetizados en lo que se refería a toxinas y
antitoxinas. Nosotros aprendemos todas estas cosas en la escuela y en la
enseñanza secundaria, así como en la simple observación de la vida
cotidiana. No obstante, frecuentemente tendemos a despreciar estas obvias
limitaciones cuando hablamos de la política relacionada con los temas
ecológicos.
Plantearse estos problemas sólo tiene sentido si creemos
que en los últimos años ha ocurrido algo especial o adicional, aumentando
el peligro, y si, al mismo tiempo, creemos que es posible hacer algo
frente a ese peligro incrementado. Generalmente, el planteamiento de los
verdes y de otros movimientos ecologistas incluye ambos aspectos: nivel
creciente de peligro (por ejemplo, agujeros en la capa de ozono, efecto
invernadero, fusiones atómicas) y soluciones potenciales.
¿Quién está en peligro?
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Antes de dar respuesta a ¿quién está en peligro? hay que responder
cuál es la fuente del peligro |
Como dije, estoy dispuesto a tomar como punto de partida
la suposición de que resulta razonable plantearse que estamos ante una
amenaza creciente, que requiere alguna reacción urgente. Sin embargo, a
fin de reaccionar con inteligencia frente a esa amenaza, debemos hacernos
dos preguntas: ¿quién está en peligro?, ¿por qué existe esta mayor
amenaza? A su vez, la pregunta "peligro para quién" tiene dos componentes:
quién entre los seres humanos y quién entre los seres vivos.
La primera pregunta saca a relucir la comparación entre las actitudes del
Norte y del Sur frente a los problemas ecológicos. La segunda afecta a la
ecología profunda. Pero ambas preguntas implican, de hecho, aspectos
relativos a la naturaleza de la civilización capitalista y al
funcionamiento de la economía-mundo capitalista, lo que significa que
antes de poder dar respuesta al "quién está en peligro" debemos analizar
mejor cuál es la fuente del peligro.
Comencemos recordando dos aspectos elementales del
capitalismo histórico. Uno es bien conocido: el capitalismo es un sistema
que tiene una necesidad imperiosa de expansión en términos de producción
total y en términos geográficos, a fin de mantener su objetivo principal,
la acumulación incesante. El segundo aspecto se toma en cuenta menos
frecuentemente. Para los capitalistas, sobre todo para los grandes
capitalistas, un elemento esencial en la acumulación de capital es dejar
sin pagar sus cuentas. Esto es lo que yo llamo los trapos sucios [dirty
secret] del capitalismo.
Los trapos sucios del
capitalismo
Permítanme desarrollar estos dos aspectos. El primero, la
expansión constante de la economía-mundo capitalista, es admitido por
todos. Los defensores del capitalismo venden esto como una de sus grandes
virtudes. Sin embargo, las personas comprometidas con los problemas
ecológicos lo presentan como uno de sus grandes vicios, y, en particular,
frecuentemente cuestionan uno de los puntales ideológicos de esta
expansión, la afirmación del derecho (en realidad, deber) de los seres
humanos "a conquistar la naturaleza." Ahora bien, ciertamente, ni la
expansión ni la conquista de la naturaleza eran desconocidas antes de los
inicios de la economía-mundo capitalista durante el siglo XVI. Pero, al
igual que muchos otros fenómenos sociales anteriores a esta época, en los
sistemas históricos precedentes no tenían prioridad existencial. Lo que el
capitalismo histórico hizo fue poner en primer plano ambos temas (la
expansión real y su justificación ideológica), permitiendo a los
capitalistas pasar por alto las objeciones sociales a este terrible dúo.
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Todos los valores
de la civilización capitalista son milenarios, pero también lo son
otros valores contradictorios |
Ésta es la verdadera diferencia entre el capitalismo
histórico y los sistemas históricos previos. Todos los valores de la
civilización capitalista son milenarios, pero también lo son otros valores
contradictorios. Como capitalismo histórico entendemos un sistema en el
que las instituciones que se construyeron posibilitan que los valores
capitalistas tomen prioridad, de forma que la economía-mundo en su
conjunto tomó el camino de la mercantilización de todas las cosas haciendo
de la acumulación incesante de capital su objeto propio.
Evidentemente, el efecto de esto no se experimenta en un
día o incluso en un siglo. La expansión tiene un efecto acumulativo. Lleva
tiempo derribar los árboles. Los árboles de Irlanda fueron cortados todos
durante el Siglo XVII. Pero había otros árboles en otros lugares. Hoy,
hablamos de la selva amazónica como de la última extensión realmente
poblada de árboles, y parece que está desapareciendo rápidamente. Lleva
tiempo verter toxinas en los ríos o en la atmósfera. Hace sólo 50 años, el
smog era una palabra reciente, inventada para describir las
inusitadas condiciones de Los Ángeles. Estaba pensada para describir la
vida en una localidad que mostró una cruel desatención hacia la calidad de
vida y la cultura. Hoy, el smog está en todos los lados, e infecta
Atenas y París. Y la economía-mundo capitalista sigue expandiéndose con
una imprudente velocidad. Incluso en la actual onda descendente (Kondratieff-B),
oímos hablar de notables tasas de crecimiento en el Este y el Sudeste de
Asia. ¿Qué podemos esperar de la siguiente onda ascendente Kondratieff-A?
Además, la democratización del mundo, y ha habido una
democratización, ha implicado que esta expansión siga siendo
increíblemente popular en muchas partes del mundo. Probablemente, es más
popular que nunca lo haya sido. Hay más personas reclamando sus derechos,
y éstos incluyen, muy destacadamente, el derecho a un trozo del pastel.
Pero un trozo del pastel para un porcentaje grande de la población mundial
exige necesariamente más producción, sin mencionar el hecho de que esa
población mundial sigue creciendo todavía. Así que no son solamente los
capitalistas quienes quieren la expansión, sino también mucha gente
corriente. Esto no impide que mucha de esta misma gente quiera también
detener la degradación del medio ambiente en el mundo. Pero esto
simplemente prueba que estamos metidos en otra contradicción de este
sistema histórico. Mucha gente quiere tener más árboles y más bienes
materiales, y gran parte de ella se limita a separar en sus mentes ambas
demandas.
Desde el punto de vista de los capitalistas, como sabemos,
el objetivo de la producción creciente es obtener ganancias. Haciendo una
distinción que no creo que esté anticuada, esto implica una producción
para el cambio y no una producción para el uso.
Las ganancias obtenidas en una única operación son iguales
al margen existente entre el precio de venta y el coste total de
producción, es decir, el coste de todo aquello que es necesario para
colocar ese producto en el punto de venta. Por supuesto, las ganancias
reales sobre la totalidad de las operaciones realizadas por un capitalista
se calculan multiplicando este margen por la cantidad de operaciones de
venta realizadas. Por tanto, el "mercado" limita los precios de venta, en
cierta medida, porque si el precio aumenta demasiado puede ocurrir que las
ganancias totales obtenidas al vender sean menores que con precios más
bajos.
¿Pero qué cosas limitan los costes totales? En esto, juega
un papel importante el precio del trabajo, que, evidentemente, incluye el
precio del trabajo incorporado en los diferentes inputs. Sin
embargo, el precio establecido en el mercado de trabajo no depende
exclusivamente de la relación entre oferta y demanda, sino también del
poder negociador del movimiento obrero. Éste es un tema complicado, pues
son muchos los factores que influyen sobre la fuerza de ese poder
negociador. Lo que puede decirse es que, a lo largo de la historia de la
economía-mundo capitalista, ese poder de negociación ha aumentado como
tendencia secular, a pesar de las subidas y bajadas propias de sus ritmos
cíclicos. Hoy, a la entrada del siglo XXI, esta fuerza está a punto de
iniciar un movimiento singular ascendente, a causa de la desruralización
del mundo.
La desruralización
La desruralización es crucial para el precio del trabajo.
En términos de poder negociador, hay diferentes tipos de ejército
laboral de reserva. El grupo más débil ha sido siempre el formado por
personas residentes en áreas rurales y que se trasladan por primera vez a
áreas urbanas para buscar un trabajo asalariado. En general, para estas
personas el salario urbano, incluso si es extremadamente bajo respecto a
los estándares mundiales o locales, suele ser económicamente más ventajoso
que la permanencia en las áreas rurales. Probablemente, harán falta veinte
o treinta años para que estas personas modifiquen su sistema económico de
referencia y lleguen a ser totalmente conscientes de su poder potencial en
un puesto de trabajo urbano, comenzando a comprometerse en algún tipo de
acción sindical para tratar de obtener salarios más altos. Las personas
residentes desde hace largo tiempo en áreas urbanas reclaman, en líneas
generales, niveles salariales más altos para aceptar un trabajo
asalariado, incluso si carecen de empleo en la economía formal y viven en
terribles condiciones insalubres. Esto se debe a que ya han aprendido a
obtener, a través de fuentes alternativas propias del centro urbano, un
nivel mínimo de ingresos que es más alto que el ofrecido a los inmigrantes
rurales recién llegados.
Así, aunque queda todavía un enorme ejército laboral de
reserva en el sistema-mundo, la rápida desruralización del sistema
provoca un rápido aumento del precio medio del trabajo, lo que, a su vez,
implica que tasa media de ganancia debe ir bajando necesariamente. Esta
disminución de la tasa de ganancia hace mucho más importante la reducción
de otros costes no laborales. Pero, por supuesto, todos los inputs
que intervienen en la producción son afectados por el incremento de los
costes laborales. Aunque las innovaciones técnicas pueden continuar
reduciendo el coste de algunos inputs y los gobiernos pueden
continuar instituyendo y defendiendo posiciones monopolísticas de algunas
empresas, facilitando así el mantenimiento de precios de venta elevados,
no por ello deja de ser absolutamente crucial para los capitalistas seguir
descargando sobre otros parte de sus costes.
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A lo largo de la
historia del capitalismo histórico, los gobiernos han permitido que
las empresas no asuman muchos de sus costes, renunciando a
requerirles que lo hagan |
Evidentemente, esos "otros" son el Estado o, si no es éste
directamente, la "sociedad". Permítanme investigar cómo se hace eso y cómo
se paga la factura. Hay dos vías distintas para que los Estados paguen los
costes. Los gobiernos pueden aceptar formalmente ese papel, a través de
subvenciones de algún tipo. Sin embargo, las subvenciones son cada vez más
visibles e impopulares, provocando fuertes protestas de las empresas
competidoras y de los contribuyentes. Las subvenciones plantean problemas
políticos. Pero hay otro camino, más importante y políticamente menos
dificultoso para los gobiernos, porque todo lo que requiere es una
no-acción. A lo largo de la historia del capitalismo histórico, los
gobiernos han permitido que las empresas no asuman muchos de sus costes,
renunciando a requerirles que lo hagan. Los gobiernos hacen esto, en
parte, poniendo infraestructuras a su disposición, y, posiblemente en
mayor parte, no insistiendo en que una operación productiva debe incluir
el coste de restaurar el medio ambiente para que éste sea "preservado".
Las alternativas
Hay dos tipos diferentes de operaciones para la
preservación del medio ambiente. El primero consiste en limpiar los
efectos negativos de una actividad productiva (por ejemplo, combatiendo
las toxinas químicas subproducto de la producción, o eliminando los
residuos no biodegradables). El segundo tipo consiste en invertir en la
renovación de los recursos naturales que han sido utilizados (por ejemplo,
replantando árboles). Los movimientos ecologistas han planteado una larga
serie de propuestas específicas dirigidas hacia esos objetivos. En
general, estas propuestas encuentran una resistencia considerable por
parte de las empresas que podrían ser afectadas por ellas, porque estas
medidas son muy costosas y, por tanto, llevarían a una reducción de
producción.
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No hay salida dentro del entramado del sistema histórico existente |
La verdad es que las empresas tienen esencialmente razón.
Estas medidas son, desde luego, demasiado costosas, si se plantea el
problema en términos de mantener la actual tasa media de ganancia a nivel
mundial. Sí, son extremadamente costosas. Dada la desruralización del
mundo y sus ya importantes efectos sobre la acumulación de capital, la
puesta en práctica de medidas ecológicas significativas y seriamente
llevadas a cabo, podría ser el golpe de gracia a la viabilidad de la
economía-mundo capitalista. Por lo tanto, con independencia de las
posiciones que sobre estos temas expresen los departamentos de relaciones
públicas de determinadas empresas, lo único que podemos esperar de los
capitalistas en general es un constante hacerse el remolón.
De hecho, estamos ante tres alternativas:
- Una, los gobiernos pueden insistir en que todas las empresas deben
internalizar todos los costes, y nos encontraríamos de inmediato con una
aguda disminución de beneficios.
- Dos, los gobiernos pueden pagar la factura de las medidas ecológicas
(limpieza y restauración más prevención), utilizando impuestos para
ello. Pero si se aumentan los impuestos, entonces, o bien se aumentan
sobre las empresas, lo que conduciría a la misma reducción de las
ganancias, o bien se aumentan sobre el resto de la gente, lo que
posiblemente conduciría a una intensa rebelión fiscal.
- Tres, podemos no hacer prácticamente nada, lo que conduciría a las
diversas catástrofes ecológicas de las que los movimientos ecologistas
nos han alertado.
Hasta ahora, la tercera alternativa es la que ha
predominado. En cualquier caso, esto explica por qué digo que "no hay
salida", queriendo decir que no hay salida dentro del entramado del
sistema histórico existente.
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Es un asunto de
economía política, en primer lugar, y, por tanto, de opciones
morales y políticas |
Por supuesto, si bien los gobiernos rechazan la primera
alternativa -requerir la internalización de costes-, pueden intentar
comprar tiempo, que es, precisamente, lo que muchos han hecho. Una de
las maneras principales de "comprar tiempo" es intentar desplazar el
problema desde los políticamente fuertes hacia los políticamente débiles,
esto es, del Norte hacia el Sur, lo que puede hacerse de dos formas. La
primera de ellas es descargar todos los residuos en el Sur, comprando un
poco de tiempo para el Norte sin afectar a la acumulación mundial. La otra
consiste en tratar de imponer al Sur la posposición de su "desarrollo",
forzándole a aceptar severas limitaciones a la producción industrial o la
utilización de formas de producción ecológicamente más saludables, pero
también más caras. Esto plantea inmediatamente la pregunta de quién paga
el precio de las restricciones globales y la de si, en cualquier caso,
podrán funcionar. Por ejemplo, si China aceptase reducir el uso de
combustibles fósiles, ¿cómo afectaría esto a las perspectivas de China
como parte en expansión del mercado mundial, y, por tanto, también a las
perspectivas de la acumulación de capital? Terminamos volviendo al mismo
punto.
Francamente, probablemente sea una suerte que el descargar
los problemas sobre el Sur no sea ya una solución real a largo plazo para
estos dilemas. Podría decirse que durante los últimos 500 años eso formaba
parte del procedimiento establecido. Pero la expansión de la
economía-mundo ha sido tan grande, y el consiguiente nivel de degradación
tan grave, que no queda espacio para arreglar significativamente la
situación exportándola a la periferia. Estamos obligados a volver a los
fundamentos. Es un asunto de economía política, en primer lugar, y, por
tanto, de opciones morales y políticas.
Los dilemas
Los dilemas ambientales que encaramos hoy son resultado
directo de la economía-mundo capitalista. Mientras que todos los sistemas
históricos anteriores transformaron la ecología, y algunos de ellos
llegaron a destruir la posibilidad de mantener en áreas determinadas un
equilibrio viable que asegurase la supervivencia del sistema histórico
localmente existente, solamente el capitalismo histórico ha llegado a ser
una amenaza para la posibilidad de una existencia futura viable de la
humanidad, por haber sido el primer sistema histórico que ha englobado
toda la Tierra y que ha expandido la producción y la población más allá de
todo lo previamente imaginable.
Hemos llegado a esta situación porque en este sistema los
capitalistas han conseguido hacer ineficaz la capacidad de otras fuerzas
para imponer límites a la actividad de los capitalistas en nombre de
valores diferentes al de la acumulación incesante de capital. El problema
ha sido, precisamente, Prometeo desencadenado.
Pero Prometeo desencadenado no es algo inherente a la
sociedad humana. Este desencadenamiento, del que alardean los defensores
del actual sistema, fue él mismo un difícil logro, cuyas ventajas a medio
plazo están siendo ahora superadas abrumadoramente por sus desventajas a
largo plazo. La economía política de la actual situación consiste en que
el capitalismo histórico está, de hecho, en crisis precisamente porque no
puede encontrar soluciones razonables a sus dilemas actuales, entre los
que la incapacidad para contener la destrucción ecológica es uno de los
mayores, aunque no el único.
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La
legislación reformista tiene límites inherentes |
De este análisis, saco varias conclusiones. La primera es
que la legislación reformista tiene límites inherentes. Si la medida del
éxito de esa legislación es el grado en que logre disminuir
apreciablemente la degradación ambiental mundial en los próximos 10-20
años, yo predeciría que será muy pequeño, pues la oposición política será
feroz, dado el impacto que tal legislación tiene sobre la acumulación de
capital. Sin embargo, eso no quiere decir que sea inútil realizar esos
esfuerzos. Todo lo contrario, muy probablemente. La presión política en
favor de tal legislación puede aumentar los dilemas del sistema
capitalista. Puede facilitar la cristalización de los verdaderos problemas
políticos que están en juego, a condición de que esos problemas se
planteen correctamente.
Los empresarios han argumentado esencialmente que la
opción es empleos versus romanticismo, o humanos versus
naturaleza. En gran medida, muchas de las personas comprometidas con la
problemática ecologista han caído en la trampa, respondiendo de dos
maneras diferentes que, a mi entender, son ambas incorrectas. Unos han
dicho que "una puntada a tiempo ahorra nueve", sugiriendo que, dentro de
la estructura del sistema actual, es formalmente racional para los
gobiernos gastar una cantidad x ahora para no gastar después
cantidades mucho mayores. Esta es una línea argumental que tiene sentido
dentro de la estructura de un sistema determinado. Pero acabo de
argumentar que, desde el punto de vista de los capitalistas, tal "dar
puntadas a tiempo," si son lo suficientemente amplias para detener el
daño, no resultan racionales, ya que amenazaría de manera fundamental la
posibilidad de una continua acumulación de capital.
También considero políticamente impracticable la segunda
respuesta dada a los empresarios, basada en las virtudes de la naturaleza
y las maldades de la ciencia. En la práctica, esto se traduce en la
defensa de una obscura fauna de la que la mayoría de la gente no ha oído
hablar nunca y respecto a la cual se siente indiferente, lo que conduce a
que responsabilice de la destrucción de empleo a unos intelectuales de
clase media urbana. Así, la atención queda desplazada de los problemas
principales, que son y deben seguir siendo dos. El primero es que los
capitalistas no pagan su cuenta. El segundo es que la incesante
acumulación de capital es un objetivo materialmente irracional, ante el
que existe una alternativa básica consistente en sopesar y comparar las
ventajas de los diversos factores (incluyendo las de la producción) en
términos de racionalidad material colectiva.
Ha habido una desafortunada tendencia a hacer de la
ciencia y de la tecnología el enemigo, cuando la verdadera raíz genérica
del problema es el capitalismo. Ciertamente, el capitalismo ha utilizado
el esplendor del interminable avance tecnológico como una de sus
justificaciones. Y ha respaldado una determinada visión de la ciencia
-ciencia newtoniana, determinista-, utilizada como mortaja cultural y aval
del argumento político que pretende que los seres humanos deben
"conquistar" la naturaleza, que pueden hacerlo y que todos los efectos
negativos de la expansión económica podrían ser contrarrestados por el
inevitable progreso científico.
Sabemos hoy que esta visión y esta versión de ciencia
tienen una aplicabilidad limitada y universal. Esta versión de la ciencia
se enfrenta al desafío fundamental planteado desde la propia comunidad
científica, en particular desde el amplio grupo dedicado a lo que
denominan como "estudios sobre la complejidad". Las ciencias de la
complejidad son muy diferentes de la ciencia newtoniana en muy diversos
aspectos: rechazo de la posibilidad intrínseca de predicibilidad;
afirmación de la normalidad de los sistemas alejados del equilibrio, con
sus inevitables bifurcaciones; centralidad de la flecha del tiempo. Pero
lo que quizá sea más relevante para el tema que estamos tratando es el
énfasis puesto en la creatividad autoconstituyente de los procesos
naturales y en la inseparabilidad entre seres humanos y naturaleza, lo que
conduce a afirmar que la ciencia es parte integrante de la cultura.
Desaparece la idea de una actividad intelectual desarraigada que aspire a
una verdad eterna subyacente a todo lo existente. En su lugar, surge la
visión de un mundo de realidad descubrible, pero en el que no puede
descubrirse el futuro, porque el futuro está todavía sin crear. El futuro
no está inscrito en el presente, aunque pueda estar circunscrito por el
pasado.
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La
fuente de la destrucción ecológica es la necesidad de externalizar
costos que sienten los empresarios y, por tanto, la ausencia de
incentivos para tomar decisiones ecológicamente sensibles |
Me parecen muy claras las implicaciones políticas de esta
visión de la ciencia. El presente es siempre toma de decisiones, pero,
cómo alguien dijo una vez, aunque nosotros hagamos nuestra propia
historia, no la hacemos tal y como la hemos escogido. Pero la hacemos. El
presente es siempre toma de decisiones, pero la gama de opciones se
expande considerablemente en los períodos que preceden inmediatamente a
una bifurcación, cuando el sistema está más alejado del equilibrio, porque
en ese momento inputs pequeños provocan grandes outputs (a
diferencia de lo que ocurre cerca del equilibrio, cuando grandes inputs
producen pequeños outputs).
Volvamos ahora al tema de la ecología, al que he situado
dentro de la estructura de la economía política del sistema-mundo. He
explicado que la fuente de la destrucción ecológica es la necesidad de
externalizar costos que sienten los empresarios y, por tanto, la ausencia
de incentivos para tomar decisiones ecológicamente sensibles. He explicado
también, sin embargo, que este problema es más grave que nunca a causa de
la crisis sistémica en que hemos entrado, ya que ésta ha limitado de
varias formas las posibilidades de acumulación de capital, quedando la
externalización de costes como uno de los principales y más accesibles
remedios paliativos. De ahí he deducido que hoy es más difícil que nunca
obtener un asentimiento serio de los grupos empresariales a la adopción de
medidas para luchar contra la degradación ecológica.
Todo esto puede traducirse en el lenguaje de la
complejidad muy fácilmente. Estamos en el período inmediatamente
precedente a una bifurcación. El sistema histórico actual está, de hecho,
en crisis terminal. El problema que se nos plantea es qué es lo que lo
reemplazará. Esta es la discusión política central de los próximos 25-50
años. El tema de la degradación ecológica es un escenario central para
esta discusión, aunque no el único. Pienso que todo lo que tenemos que
decir es que el debate es sobre la racionalidad material, y que estamos
luchando por una solución o por un sistema que sea materialmente racional.
El concepto de racionalidad material presupone que en
todas las decisiones sociales hay conflictos entre valores diferentes y
entre grupos diferentes que, frecuentemente, hablan en nombre de valores
opuestos. Presupone también que no existe ningún sistema que pueda
satisfacer simultáneamente todos esos conjuntos de valores, incluso aunque
creyésemos que todos ellos se lo merecen. Para ser materialmente racional
hay que hacer elecciones que den como resultado una combinación óptima.
¿Pero qué significa óptimo? En parte, podríamos definirlo con el viejo
lema de Jeremy Bentham, lo mejor para la mayoría. El problema es que este
lema, aunque nos coloca en el camino adecuado (el resultado), tiene muchos
puntos débiles.
Por ejemplo, ¿quiénes son la mayoría? El problema
ecológico nos hace muy sensibles ante esta pregunta. Está claro que,
cuando hablamos de degradación ecológica, no podemos hablar de un único
país. Ni siquiera podemos limitarnos a nuestro planeta. También hay que
tomar en cuenta la cuestión generacional. Lo mejor para la actual
generación podría ser muy nocivo para los intereses de las generaciones
futuras. Por otra parte, la generación actual también tiene sus derechos.
En realidad, estamos ya en medio de este debate que afecta a personas
realmente existentes: ¿qué porcentaje de los gastos sociales dedicar a los
niños, a los trabajadores adultos y a las personas mayores? Si añadimos a
los aún no nacidos, no resulta en absoluto fácil llegar a una distribución
justa.
Construir un sistema
social alternativo
Pero precisamente este es el tipo de sistema social
alternativo que debemos tratar de construir, un sistema que discuta,
sopese y decida colectivamente este tipo de asuntos fundamentales. La
producción es importante. Necesitamos usar los árboles como madera y como
combustible, también los necesitamos para que den sombra y belleza
estética. Y necesitamos seguir teniendo árboles en el futuro para todos
estos usos. El argumento tradicional de los empresarios es que esas
decisiones sociales se toman mejor por acumulación de decisiones
individuales, pues, en su opinión, no existe un mecanismo mejor que
permita alcanzar decisiones colectivas. Sin embargo, por plausible que esa
línea de razonamiento pueda ser, no justifica una situación en la que una
persona toma una decisión que es lucrativa para ella al precio de hacer
caer impresionantes costes sobre otros que carecen de la posibilidad de
conseguir que sus opiniones, preferencias o intereses sean tomados en
cuenta al tomar la decisión. Pero esto es, precisamente, lo que la
externalización de costes hace.
¿No hay salida? No hay salida dentro de la estructura del
sistema histórico existente. Pero resulta que estamos en el proceso de
salir de este sistema. La verdadera pregunta que se nos plantea es la de
¿a dónde llegaremos como resultado de este proceso?. Aquí y ahora debemos
levantar el estandarte de la racionalidad material, en torno al cual
debemos agruparnos. Una vez que aceptemos la importancia de recorrer el
camino de la racionalidad material, debemos ser conscientes de que es un
camino largo y arduo. Involucra no solamente un nuevo sistema social, sino
también nuevas estructuras de conocimiento, en las que la filosofía y las
ciencias no podrán seguir divorciadas, y retornaremos a la epistemología
singular en pos del conocimiento utilizada con anterioridad a la creación
de la economía-mundo capitalista. Si comenzamos a recorrer este camino,
tanto en lo que se refiere al sistema social en que vivimos como en cuanto
a las estructuras de conocimiento que usamos para interpretarlo,
necesitamos ser muy conscientes de que estamos ante un comienzo, no, de
ninguna manera, ante un final. Los comienzos son inciertos, audaces y
difíciles, pero ofrecen una promesa, que es lo máximo.
Notas
Publicado originalmente en Iniciativa Socialista
http://www.inisoc.org/
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