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ISSN 1913-6196

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  ¿Tiene historia el "desarrollo"?

Desarrollo Humano Sustentable

Karen Ponciano 

 

En la actualidad, el término "desarrollo" es utilizado en distintos contextos, siendo por ello un vocablo apropiado por actores de diversa índole: funcionarios del Estado, ONG, estudiantes, líderes campesinos/as, gremio magisterial, investigadores sociales, empresarios, etc.

Todos hablamos de "desarrollo", de la necesidad de "programas 'viables' de desarrollo", de la importancia de buscar un "modelo de desarrollo" adecuado para el país y/o la región y, en algunos casos, hablamos de "alternativas" al modelo de desarrollo dominante. Discutimos enérgicamente alrededor de distintas visiones, proyectos y políticas de desarrollo. Pero ¿de qué hablamos y sobre qué discutimos? ¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué nos resulta tan natural hablar de "desarrollo"? ¿Sabemos qué es lo que este término implica, qué es lo que está detrás de las diferentes "corrientes" de desarrollo?

Estas preguntas son, a nuestro juicio, necesarias para entender cómo el "desarrollo" se ha instalado como una manera de construir y percibir la realidad social. La intención de este pequeño artículo es resaltar que la noción de "desarrollo" debe situarse en una perspectiva de transformación histórica.

  Al final de la cola

La genealogía conceptual del término tiene sus orígenes en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la noción biológica de desarrollo fue progresivamente aplicada a un nuevo contexto relativo a la sociedad y la población. A ese proceso contribuyó la emergencia de la teoría de la evolución. Fue el uso creativo de esta teoría, en la segunda mitad del siglo XIX, lo que consolidó irrevocablemente el empleo del término "desarrollo" en el campo social – la llamada "era del darwinismo social". Se argumentaba -escribe Anthony Giddens a propósito de los darwinistas sociales- que las sociedades humanas, al igual que los organismos biológicos, luchaban entre ellas para sobrevivir. "Las sociedades 'modernas' -se decía- salieron ganadoras de tal lucha, y por ello representan el estadio más avanzado en materia de progreso social realizado hasta la fecha". El darwinismo social logra entonces articular una noción de superioridad occidental en relación a otras sociedades.

Incluso en nuestros días es posible rastrear este imaginario en discursos, programas y políticas. A pesar de haber sido fuertemente criticado, continúa moldeando los fundamentos de la utilización actual del término "desarrollo" y de su contraparte: el "subdesarrollo". Este término constituía un espejo negativo; es decir, una afirmación de la falta de desarrollo (la no presencia o la ausencia de desarrollo). Los países "subdesarrollados" fueron transformados en un espejo invertido de la realidad de los industrializados: un espejo que los desvaloriza y los envía al final de la cola; un espejo que define su identidad -que de hecho es aquélla de una mayoría heterogénea y diversa- en los términos de una minoría homogenizante, explica Gustavo Esteva.

  Un mundo de sabelotodos

Varios autores han puesto en evidencia cómo se estableció una "era del desarrollo" en los años posteriores a la segunda guerra mundial. En efecto, a partir de la década de los cuarenta se crea un vasto dispositivo de intelectuales, expertos y tecnócratas ligados al desarrollo cuya presencia se hace notoria en casi todo el mundo. Guatemala no es la excepción: ya en 1951, el entonces Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo organizó una misión técnica en el país para plantear estrategias desarrollistas. Al mismo tiempo, la aspiración de desarrollo se constituye en una necesidad indiscutible: una aspiración que inevitablemente forma parte de nuestras reivindicaciones sociales.

Así, desde finales de los años cuarenta del siglo XX hemos presenciado diversas iniciativas, propuestas, políticas o proyectos de desarrollo con infinidad de apellidos: desarrollo industrial, desarrollo rural, desarrollo humano, ecodesarrollo, desarrollo sostenible, "Mujeres en Desarrollo", etc. Muchas veces seguimos a ciegas tales iniciativas sin cuestionar el concepto de desarrollo que nutre estas propuestas.

¿Por qué es valioso detenernos a examinar los pasos por los que ha transitado el desarrollo? Simplemente porque esta reflexión nos ayudaría a entender que el "concepto de desarrollo" que manejamos unos y otros (agencias internacionales, organizaciones sociales, académicos, funcionarios, etc.) refleja una noción de lo que "debe ser" entendido como desarrollo. Y de ello dependen, precisamente, las estrategias que se formulen. Si no analizamos qué es lo que se utiliza como concepto de desarrollo, es posible que ni siquiera nos interroguemos hasta qué punto las estrategias que proponemos estén reforzando un modelo reproductor de desigualdades sociales.

  Y ellas cargando al mundo...

En el caso de las mujeres, hay una multitud de perspectivas que se han implementado a nivel mundial para tratar las relaciones entre mujer y desarrollo. Sin embargo, es alarmante constatar que el tema de la mujer, que surge como una alternativa al paradigma del desarrollo dominante en los años setenta, ha sido incorporado al discurso y prácticas hegemónicos actuales.

Una perspectiva histórica de las estrategias que "incorporan" a la mujer nos permitiría cuestionar el hecho de que éstas han funcionado como un elemento legitimador de un Estado cuya fuerte tendencia es implementar políticas de desarrollo que dejan la responsabilidad de la sobrevivencia en manos de las mujeres, los grupos familiares, las comunidades u organizaciones comunitarias. Se refuerza así una lógica de desobligación del Estado en materia de gasto social.

En relación a las políticas de desarrollo rural, habría que analizar por qué el énfasis puesto a lo largo de los años sobre la productividad de las mujeres excluye elementos decisivos para comprender su situación, tales como las relaciones de poder entre hombres y mujeres, los conflictos de intereses dentro del grupo doméstico, a nivel comunitario, regional o nacional, o el desigual acceso al poder y a los recursos.

Notas

Publicado  en La Cuerda. Año 10. No 97

   

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