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En la
actualidad, el término "desarrollo" es utilizado en distintos contextos,
siendo por ello un vocablo apropiado por actores de diversa índole:
funcionarios del Estado, ONG, estudiantes, líderes campesinos/as, gremio
magisterial, investigadores sociales, empresarios, etc.
Todos hablamos de "desarrollo", de la necesidad de
"programas 'viables' de desarrollo", de la importancia de buscar un
"modelo de desarrollo" adecuado para el país y/o la región y, en algunos
casos, hablamos de "alternativas" al modelo de desarrollo dominante.
Discutimos enérgicamente alrededor de distintas visiones, proyectos y
políticas de desarrollo. Pero ¿de qué hablamos y sobre qué discutimos?
¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué nos resulta tan natural hablar de
"desarrollo"? ¿Sabemos qué es lo que este término implica, qué es lo que
está detrás de las diferentes "corrientes" de desarrollo?
Estas preguntas son, a nuestro juicio, necesarias para
entender cómo el "desarrollo" se ha instalado como una manera de construir
y percibir la realidad social. La intención de este pequeño artículo es
resaltar que la noción de "desarrollo" debe situarse en una perspectiva de
transformación histórica.
Al final de la cola
La genealogía conceptual del término tiene sus orígenes en
la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la noción biológica de desarrollo
fue progresivamente aplicada a un nuevo contexto relativo a la sociedad y
la población. A ese proceso contribuyó la emergencia de la teoría de la
evolución. Fue el uso creativo de esta teoría, en la segunda mitad del
siglo XIX, lo que consolidó irrevocablemente el empleo del término
"desarrollo" en el campo social – la llamada "era del darwinismo social".
Se argumentaba -escribe Anthony Giddens a propósito de los darwinistas
sociales- que las sociedades humanas, al igual que los organismos
biológicos, luchaban entre ellas para sobrevivir. "Las sociedades
'modernas' -se decía- salieron ganadoras de tal lucha, y por ello
representan el estadio más avanzado en materia de progreso social
realizado hasta la fecha". El darwinismo social logra entonces articular
una noción de superioridad occidental en relación a otras sociedades.
Incluso en nuestros días es posible rastrear este
imaginario en discursos, programas y políticas. A pesar de haber sido
fuertemente criticado, continúa moldeando los fundamentos de la
utilización actual del término "desarrollo" y de su contraparte: el
"subdesarrollo". Este término constituía un espejo negativo; es decir, una
afirmación de la falta de desarrollo (la no presencia o la ausencia de
desarrollo). Los países "subdesarrollados" fueron transformados en un
espejo invertido de la realidad de los industrializados: un espejo que los
desvaloriza y los envía al final de la cola; un espejo que define su
identidad -que de hecho es aquélla de una mayoría heterogénea y diversa-
en los términos de una minoría homogenizante, explica Gustavo Esteva.
Un mundo de sabelotodos
Varios autores han puesto en evidencia cómo se estableció
una "era del desarrollo" en los años posteriores a la segunda guerra
mundial. En efecto, a partir de la década de los cuarenta se crea un vasto
dispositivo de intelectuales, expertos y tecnócratas ligados al desarrollo
cuya presencia se hace notoria en casi todo el mundo. Guatemala no es la
excepción: ya en 1951, el entonces Banco Internacional para la
Reconstrucción y el Desarrollo organizó una misión técnica en el país para
plantear estrategias desarrollistas. Al mismo tiempo, la aspiración de
desarrollo se constituye en una necesidad indiscutible: una aspiración que
inevitablemente forma parte de nuestras reivindicaciones sociales.
Así, desde finales de los años cuarenta del siglo XX hemos
presenciado diversas iniciativas, propuestas, políticas o proyectos de
desarrollo con infinidad de apellidos: desarrollo industrial, desarrollo
rural, desarrollo humano, ecodesarrollo, desarrollo sostenible, "Mujeres
en Desarrollo", etc. Muchas veces seguimos a ciegas tales iniciativas sin
cuestionar el concepto de desarrollo que nutre estas propuestas.
¿Por qué es valioso detenernos a examinar los pasos por
los que ha transitado el desarrollo? Simplemente porque esta reflexión nos
ayudaría a entender que el "concepto de desarrollo" que manejamos unos y
otros (agencias internacionales, organizaciones sociales, académicos,
funcionarios, etc.) refleja una noción de lo que "debe ser" entendido como
desarrollo. Y de ello dependen, precisamente, las estrategias que se
formulen. Si no analizamos qué es lo que se utiliza como concepto de
desarrollo, es posible que ni siquiera nos interroguemos hasta qué punto
las estrategias que proponemos estén reforzando un modelo reproductor de
desigualdades sociales.
Y ellas cargando al
mundo...
En el caso de las mujeres, hay una multitud de
perspectivas que se han implementado a nivel mundial para tratar las
relaciones entre mujer y desarrollo. Sin embargo, es alarmante constatar
que el tema de la mujer, que surge como una alternativa al paradigma del
desarrollo dominante en los años setenta, ha sido incorporado al discurso
y prácticas hegemónicos actuales.
Una perspectiva histórica de las estrategias que
"incorporan" a la mujer nos permitiría cuestionar el hecho de que éstas
han funcionado como un elemento legitimador de un Estado cuya fuerte
tendencia es implementar políticas de desarrollo que dejan la
responsabilidad de la sobrevivencia en manos de las mujeres, los grupos
familiares, las comunidades u organizaciones comunitarias. Se refuerza así
una lógica de desobligación del Estado en materia de gasto social.
En relación a las políticas de desarrollo rural, habría
que analizar por qué el énfasis puesto a lo largo de los años sobre la
productividad de las mujeres excluye elementos decisivos para comprender
su situación, tales como las relaciones de poder entre hombres y mujeres,
los conflictos de intereses dentro del grupo doméstico, a nivel
comunitario, regional o nacional, o el desigual acceso al poder y a los
recursos.
Notas
Publicado en
La Cuerda. Año 10. No 97
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