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Este artículo es un fragmento del ensayo
publicado en
Nueva Sociedad No. 202
¿Puede un empresario ser de izquierda?
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La
tarea de la izquierda política en Latinoamérica es muy grande, porque es
doble. La primera consiste en representar los intereses de vastos sectores
excluidos políticamente, esto es, encauzar hacia la política real a grupos
que de otro modo podrían ser víctimas de encendidos demagogos (de
izquierda o de derecha) o de la destructiva acción de los partidos de la
izquierda arcaica. La segunda consiste en preservar el espacio político.
Esta última tarea es tanto o más difícil si se toma en cuenta que en
algunas ocasiones no solo se debe preservar, sino también crear ese
espacio, lo que implica construir alternativas para la politización de la
derecha, que en muchos casos se ubica en posiciones tanto o más salvajes
que la izquierda arcaica. Quizás la respuesta a si los empresarios pueden
ser de izquierda implique contestar antes la pregunta respecto de si estos
empresarios reúnen las condiciones para dejarse representar por un partido
democrático, ya sea de derecha o de izquierda, en un orden caracterizado
por el juego político de la afirmación y la negación.
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No hay ninguna ley que
establezca que los únicos intereses dignos de ser representados son
los económicos. Esta última es una leyenda liberal que el marxismo
asumió como propia |
El problema primario, entonces, es la vinculación de los
empresarios con la política y, en un lugar secundario, la definición
acerca de si pueden ser de izquierda o de derecha. Si hay política en
términos reales, es decir, si hay antagonismos articulados, los
empresarios pueden ser de izquierda o de derecha, y no solo como
empresarios, sino como ciudadanos. Es importante subrayar esto último,
porque no hay en el mundo un empresario que sea únicamente empresario, sin
ser al mismo tiempo ciudadano, creyente de una religión o ateo, miembro de
una familia, etc. Cada una de esas pertenencias implica una determinada
identidad, y cada identidad produce intereses propios que, si se dan las
condiciones, pueden ser representados en la escena política, pues no hay
ninguna ley que establezca que los únicos intereses dignos de ser
representados son los económicos. Esta última es una leyenda liberal que
el marxismo asumió como propia.
Sin embargo, el hecho de que la izquierda política no
logre cumplir esas dos tareas de modo simultáneo, o de que al hacerlo
experimente un desgaste que la lleva a perder elecciones, no debe ser
visto como un fracaso, ni tampoco como la pérdida de una "oportunidad
histórica", ni mucho menos como una tragedia social. El poder político no
está ahí para ser ocupado de una vez y para siempre, como reza el ideario
de la izquierda arcaica. El poder también existe para "ser perdido", pues
quien ingresa en la política pensando que va a ganar la entrada a la
eternidad, se equivocó de lugar. Por definición, en un régimen político
todo gobierno es –y debe ser– transitorio.
El trauma revolucionario
Hoy, por ejemplo, existe cierta euforia porque en algunos
países de la región han coincidido diversos gobiernos de izquierda, a tal
punto, que muchos comentaristas hablan de una "nueva era" latinoamericana.
Esa euforia se ve acrecentada por el hecho de que no pocos empresarios han
optado por inclinarse hacia la izquierda. No obstante, en cuatro o cinco
años más, la correlación puede ser la inversa. Es importante, por lo
tanto, que cada gobierno de izquierda política asegure lugares de
ejercicio de la oposición para la derecha, pues tarde o temprano esos
mismos lugares van a ser ocupados por ellos, lo que no tiene nada de
negativo. En una política democrática suele ocurrir que desde la oposición
se tiene más poder que desde el gobierno o, por lo menos, más libertad. El
ejercicio del gobierno desgasta e incluso corrompe a los partidos. La
oposición es el lugar de la renovación, tanto programática como personal.
Esos planteamientos son, por lo demás, el abecé de toda política, pero no
en América Latina, donde la "clase política" todavía se encuentra
intoxicada con tanta ideología de "toma de poder" propagada por la
izquierda antipolítica del pasado, cuyos representantes todavía actúan en
el presente, incluso dentro de algunos gobiernos democráticos.
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Mediante la
apelación a la idea de revolución, se suspende la lógica política y
los adversarios se convierten definitivamente en enemigos, pues –de
acuerdo con Montesquieu, Kant y Arendt– toda revolución es "guerra
interna". Y en la guerra, tanto interna como externa, no pueden
existir izquierdas ni derechas |
Para muchas personas, incluso pertenecientes a la
izquierda política, resulta difícil aceptar la idea de que ser de
izquierda no significa ser revolucionario. Efectivamente, ser de izquierda
y ser revolucionario son dos identidades distintas. Son, incluso,
antagónicas. Ser de izquierda significa formar parte de un juego de
relaciones (izquierda-centro-derecha) y, por eso mismo, supone la
integración dentro de ese juego. Ser revolucionario supone no aceptar el
juego, es decir, romper con las reglas del juego. De esta manera, cuando
un gobierno se declara a sí mismo revolucionario, divide el espacio
político en dos partes irreconciliables. Los opositores, según la propia
lógica del gobierno "revolucionario", ya no pueden ser opositores, sino
simplemente "contrarrevolucionarios". Mediante la apelación a la idea de
revolución, se suspende la lógica política y los adversarios se convierten
definitivamente en enemigos, pues –de acuerdo con Montesquieu, Kant y
Arendt– toda revolución es "guerra interna". Y en la guerra, tanto interna
como externa, no pueden existir izquierdas ni derechas. Éste es un tema
decisivo (que habrá que tratar más detenidamente en una próxima ocasión),
no solo en lo que respecta al papel de los empresarios en la política,
sino para la teoría política en general.
Es interesante constatar que hay izquierdas políticas en
América Latina que, al renunciar al apocalipsis revolucionario, han
civilizado parcialmente no solo a la derecha, sino también a la izquierda
arcaica. Éste es el caso, por ejemplo, de la izquierda política chilena,
que al constituirse como izquierda democrática ha obligado a ambos polos a
integrarse al juego, algo que, para una derecha cuyo pasado reciente era
radicalmente dictatorial, ha significado un proceso más que complicado. En
Argentina, Uruguay y Brasil comienza también a estructurarse un espacio de
confrontación política cuya fuerza democrática de integración proviene más
del lado izquierdo que del derecho. La gran novedad en América Latina no
reside solo en la confluencia de diversos gobiernos de izquierda, sino en
la creciente politización democrática de la izquierda, que la ha
convertido en la creadora de un espacio para el juego político que hasta
hace poco solo existía de un modo precario. Que esa izquierda aparezca
como un medio fundacional del proceso político democrático es un hecho que
comienza a ser reconocido por un electorado ya cansado de traumas
"revolucionarios" y "contrarrevolucionarios". A ese electorado también
pertenecen, sin duda, algunos empresarios que ven en la izquierda –y no en
la derecha– la principal fuerza democrática.
Acerca de los
empresarios
Aun suponiendo que los empresarios ingresen en la escena
política solo como empresarios (lo que desde un punto de vista
antropológico no es posible), más importante que saber si optan por la
izquierda o la derecha es la forma que asume su integración política en
algún partido. Desde la perspectiva de una tipología casi weberiana, sería
posible distinguir tres formas de adhesión partidaria por parte del sector
empresarial: como militantes, como clientes o como
electores.
Para cualquier partido, no solo de izquierda, es altamente
problemático contar con las asociaciones empresariales como fuerzas
militantes. Si algunos empresarios ingresan en un partido de izquierda
como ciudadanos, no hay, por cierto, ningún problema. Pero si entran como
empresarios-militantes, lo más probable es que hagan todo lo
posible para que ese partido atienda sus intereses particulares. Se
convierten entonces en un grupo de presión dentro del partido e intentarán
direccionar su política. En ese caso, estaríamos frente al peligro de la "economización
de la política", una realidad en algunos partidos políticos
latinoamericanos.
La segunda opción es el clientelismo, mediante el
cual sectores empresariales brindan su apoyo (incluido el financiero) a un
determinado partido político a cambio del cumplimiento de ciertos
objetivos. Se repite aquí el fenómeno de "economización de la política",
al que se agrega el correspondiente grado de corrupción que implica toda
relación cientelista. Dicha relación se articula generalmente entre los
empresarios y los partidos de derecha, o los partidos nacional-populistas,
que tienden a establecer comunicaciones de tipo vertical con los grupos
económicos, sean éstos empresariales (asociaciones) o asalariados
(sindicatos). El clientelismo, empresarial o sindical, es uno de los males
más graves de la política latinoamericana, y ningún partido de gobierno
está libre de él. ¿Qué grado de clientelismo puede soportar un partido de
izquierda democrático sin dejar de ser de izquierda y, sobre todo, sin
dejar de ser democrático?
La tercera opción es, políticamente hablando, la más
saludable. Que determinados grupos empresariales se conviertan durante un
periodo en electores de un partido de izquierda puede obedecer a
muchísimas razones. Entre ellas, una central es la capacidad de la
izquierda para ofrecer una mayor estabilidad social que garantice
inversiones a largo plazo. El apoyo electoral no implica ningún compromiso
fijo, es una relación sujeta a plazos, y no convierte a un partido
político en un medio de acceso al poder económico. Si es ésa la relación
que se ha ido estableciendo entre los empresarios y la moderna izquierda
política, no es ninguna razón para gritar alarma.
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En principio, hay
que observar que ya no se trata de una sola clase, como la ideología
marxista definió en su época a los "capitalistas" o la "burguesía".
Los empresarios están hoy lejos de ser un sector unificado y, por lo
mismo, se encuentran sujetos a diversas clasificaciones internas |
Por último, antes de terminar este artículo, permítaseme
una muy breve referencia al sector empresarial en la actualidad. En
principio, hay que observar que ya no se trata de una sola clase, como la
ideología marxista definió en su época a los "capitalistas" o la
"burguesía". Los empresarios están hoy lejos de ser un sector unificado y,
por lo mismo, se encuentran sujetos a diversas clasificaciones internas.
Por ejemplo, los grandes empresarios de hoy ya no son solo aquellos que
ejercen un mayor control cuantitativo sobre la llamada fuerza de trabajo,
lo que implica que "empresarios pequeños" pueden ser más poderosos que los
"grandes" si es que disponen de una mejor infraestructura informática y un
acceso más directo a los mercados. Eso significa que, en la llamada
"composición orgánica del capital", deben ser integrados –además de la
fuerza de trabajo y la maquinaria (términos casi en desuso)– la
información, la comunicación y la inteligencia, tanto computacional como
personal.
Por otro lado, y como resultado de la globalización, la
actividad empresarial no se encuentra sujeta a los límites de una nación,
y opera en un espacio de navegación transnacional que articula ya no solo
puestos estables de trabajo, sino "proyectos" que producen, y al mismo
tiempo destruyen, lugares ocupacionales. Ello ha traído como consecuencia
que la actividad empresarial no sea ya específica y que se difunda a
múltiples actividades cotidianas. Los empresarios del creciente sector de
servicios son más bien empresarios ocasionales, que pueden ser también, en
determinados momentos, profesionales o simples trabajadores. Empresarios
son, incluso, algunos empresarios que no saben que son empresarios.
Un dentista, para poner un ejemplo sencillo, puede ser un
trabajador profesional si cumple cuatro horas de trabajo en un hospital;
empleado, si es que trabaja cuatro horas más en una clínica privada;
empresario, si es que, además, es copropietario de la clínica, y
accionista de gran empresa, si es que invierte parte de sus excedentes en
la bolsa. En ese sentido, no aparece ninguna razón específica para que ese
dentista vote o no vote por la izquierda, pues él mismo es (o ha llegado a
ser) un ser "multidimensional". Qué dimensión es la más decisiva a la hora
de definir sus opciones políticas es algo que solo puede decidir él frente
a la urna, algo que no se encuentra escrito en ningún tratado de
sociología. En mi propia actividad, la académica, conozco a colegas "de
izquierda", incluso de la más arcaica, que inventan proyectos "de
investigación" que son financiados por bancos y fundaciones –que
distribuyen puestos de trabajo e incluso fijan salarios– que un día
desaparecen para dar lugar a otros. Dichos académicos dirigen, en efecto,
microempresas investigativas y son, además de académicos, empresarios
(aunque no les guste). El empresario "puro" amenaza con convertirse en una
reliquia del pasado, una reliquia arqueológica, igual que la izquierda
arcaica. La transformación de la vida empresarial seguirá teniendo lugar
en el marco de un orden llamado capitalista que, en capacidad de
transformación, deja cada vez más de parecerse a sí mismo. Esto, empero,
es otro tema, sobre el que podrían escribirse voluminosos libros.
Lleguemos entonces hasta aquí: cada artículo, al fin, no es sino un breve
fragmento del pensamiento de su autor.
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