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ISSN 1913-6196

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  Izquierda, empresario y política

Desarrollo Humano Sustentable

Fernando Mires

 

Este artículo es un fragmento del ensayo publicado en
 Nueva Sociedad No. 202 ¿Puede un empresario ser de izquierda?

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La tarea de la izquierda política en Latinoamérica es muy grande, porque es doble. La primera consiste en representar los intereses de vastos sectores excluidos políticamente, esto es, encauzar hacia la política real a grupos que de otro modo podrían ser víctimas de encendidos demagogos (de izquierda o de derecha) o de la destructiva acción de los partidos de la izquierda arcaica. La segunda consiste en preservar el espacio político. Esta última tarea es tanto o más difícil si se toma en cuenta que en algunas ocasiones no solo se debe preservar, sino también crear ese espacio, lo que implica construir alternativas para la politización de la derecha, que en muchos casos se ubica en posiciones tanto o más salvajes que la izquierda arcaica. Quizás la respuesta a si los empresarios pueden ser de izquierda implique contestar antes la pregunta respecto de si estos empresarios reúnen las condiciones para dejarse representar por un partido democrático, ya sea de derecha o de izquierda, en un orden caracterizado por el juego político de la afirmación y la negación.

No hay ninguna ley que establezca que los únicos intereses dignos de ser representados son los económicos. Esta última es una leyenda liberal que el marxismo asumió como propia

El problema primario, entonces, es la vinculación de los empresarios con la política y, en un lugar secundario, la definición acerca de si pueden ser de izquierda o de derecha. Si hay política en términos reales, es decir, si hay antagonismos articulados, los empresarios pueden ser de izquierda o de derecha, y no solo como empresarios, sino como ciudadanos. Es importante subrayar esto último, porque no hay en el mundo un empresario que sea únicamente empresario, sin ser al mismo tiempo ciudadano, creyente de una religión o ateo, miembro de una familia, etc. Cada una de esas pertenencias implica una determinada identidad, y cada identidad produce intereses propios que, si se dan las condiciones, pueden ser representados en la escena política, pues no hay ninguna ley que establezca que los únicos intereses dignos de ser representados son los económicos. Esta última es una leyenda liberal que el marxismo asumió como propia.

Sin embargo, el hecho de que la izquierda política no logre cumplir esas dos tareas de modo simultáneo, o de que al hacerlo experimente un desgaste que la lleva a perder elecciones, no debe ser visto como un fracaso, ni tampoco como la pérdida de una "oportunidad histórica", ni mucho menos como una tragedia social. El poder político no está ahí para ser ocupado de una vez y para siempre, como reza el ideario de la izquierda arcaica. El poder también existe para "ser perdido", pues quien ingresa en la política pensando que va a ganar la entrada a la eternidad, se equivocó de lugar. Por definición, en un régimen político todo gobierno es –y debe ser– transitorio.

  El trauma revolucionario

Hoy, por ejemplo, existe cierta euforia porque en algunos países de la región han coincidido diversos gobiernos de izquierda, a tal punto, que muchos comentaristas hablan de una "nueva era" latinoamericana. Esa euforia se ve acrecentada por el hecho de que no pocos empresarios han optado por inclinarse hacia la izquierda. No obstante, en cuatro o cinco años más, la correlación puede ser la inversa. Es importante, por lo tanto, que cada gobierno de izquierda política asegure lugares de ejercicio de la oposición para la derecha, pues tarde o temprano esos mismos lugares van a ser ocupados por ellos, lo que no tiene nada de negativo. En una política democrática suele ocurrir que desde la oposición se tiene más poder que desde el gobierno o, por lo menos, más libertad. El ejercicio del gobierno desgasta e incluso corrompe a los partidos. La oposición es el lugar de la renovación, tanto programática como personal. Esos planteamientos son, por lo demás, el abecé de toda política, pero no en América Latina, donde la "clase política" todavía se encuentra intoxicada con tanta ideología de "toma de poder" propagada por la izquierda antipolítica del pasado, cuyos representantes todavía actúan en el presente, incluso dentro de algunos gobiernos democráticos.

Mediante la apelación a la idea de revolución, se suspende la lógica política y los adversarios se convierten definitivamente en enemigos, pues –de acuerdo con Montesquieu, Kant y Arendt– toda revolución es "guerra interna". Y en la guerra, tanto interna como externa, no pueden existir izquierdas ni derechas

Para muchas personas, incluso pertenecientes a la izquierda política, resulta difícil aceptar la idea de que ser de izquierda no significa ser revolucionario. Efectivamente, ser de izquierda y ser revolucionario son dos identidades distintas. Son, incluso, antagónicas. Ser de izquierda significa formar parte de un juego de relaciones (izquierda-centro-derecha) y, por eso mismo, supone la integración dentro de ese juego. Ser revolucionario supone no aceptar el juego, es decir, romper con las reglas del juego. De esta manera, cuando un gobierno se declara a sí mismo revolucionario, divide el espacio político en dos partes irreconciliables. Los opositores, según la propia lógica del gobierno "revolucionario", ya no pueden ser opositores, sino simplemente "contrarrevolucionarios". Mediante la apelación a la idea de revolución, se suspende la lógica política y los adversarios se convierten definitivamente en enemigos, pues –de acuerdo con Montesquieu, Kant y Arendt– toda revolución es "guerra interna". Y en la guerra, tanto interna como externa, no pueden existir izquierdas ni derechas. Éste es un tema decisivo (que habrá que tratar más detenidamente en una próxima ocasión), no solo en lo que respecta al papel de los empresarios en la política, sino para la teoría política en general.

Es interesante constatar que hay izquierdas políticas en América Latina que, al renunciar al apocalipsis revolucionario, han civilizado parcialmente no solo a la derecha, sino también a la izquierda arcaica. Éste es el caso, por ejemplo, de la izquierda política chilena, que al constituirse como izquierda democrática ha obligado a ambos polos a integrarse al juego, algo que, para una derecha cuyo pasado reciente era radicalmente dictatorial, ha significado un proceso más que complicado. En Argentina, Uruguay y Brasil comienza también a estructurarse un espacio de confrontación política cuya fuerza democrática de integración proviene más del lado izquierdo que del derecho. La gran novedad en América Latina no reside solo en la confluencia de diversos gobiernos de izquierda, sino en la creciente politización democrática de la izquierda, que la ha convertido en la creadora de un espacio para el juego político que hasta hace poco solo existía de un modo precario. Que esa izquierda aparezca como un medio fundacional del proceso político democrático es un hecho que comienza a ser reconocido por un electorado ya cansado de traumas "revolucionarios" y "contrarrevolucionarios". A ese electorado también pertenecen, sin duda, algunos empresarios que ven en la izquierda –y no en la derecha– la principal fuerza democrática.

  Acerca de los empresarios

Aun suponiendo que los empresarios ingresen en la escena política solo como empresarios (lo que desde un punto de vista antropológico no es posible), más importante que saber si optan por la izquierda o la derecha es la forma que asume su integración política en algún partido. Desde la perspectiva de una tipología casi weberiana, sería posible distinguir tres formas de adhesión partidaria por parte del sector empresarial: como militantes, como clientes o como electores.

Para cualquier partido, no solo de izquierda, es altamente problemático contar con las asociaciones empresariales como fuerzas militantes. Si algunos empresarios ingresan en un partido de izquierda como ciudadanos, no hay, por cierto, ningún problema. Pero si entran como empresarios-militantes, lo más probable es que hagan todo lo posible para que ese partido atienda sus intereses particulares. Se convierten entonces en un grupo de presión dentro del partido e intentarán direccionar su política. En ese caso, estaríamos frente al peligro de la "economización de la política", una realidad en algunos partidos políticos latinoamericanos.

La segunda opción es el clientelismo, mediante el cual sectores empresariales brindan su apoyo (incluido el financiero) a un determinado partido político a cambio del cumplimiento de ciertos objetivos. Se repite aquí el fenómeno de "economización de la política", al que se agrega el correspondiente grado de corrupción que implica toda relación cientelista. Dicha relación se articula generalmente entre los empresarios y los partidos de derecha, o los partidos nacional-populistas, que tienden a establecer comunicaciones de tipo vertical con los grupos económicos, sean éstos empresariales (asociaciones) o asalariados (sindicatos). El clientelismo, empresarial o sindical, es uno de los males más graves de la política latinoamericana, y ningún partido de gobierno está libre de él. ¿Qué grado de clientelismo puede soportar un partido de izquierda democrático sin dejar de ser de izquierda y, sobre todo, sin dejar de ser democrático?

La tercera opción es, políticamente hablando, la más saludable. Que determinados grupos empresariales se conviertan durante un periodo en electores de un partido de izquierda puede obedecer a muchísimas razones. Entre ellas, una central es la capacidad de la izquierda para ofrecer una mayor estabilidad social que garantice inversiones a largo plazo. El apoyo electoral no implica ningún compromiso fijo, es una relación sujeta a plazos, y no convierte a un partido político en un medio de acceso al poder económico. Si es ésa la relación que se ha ido estableciendo entre los empresarios y la moderna izquierda política, no es ninguna razón para gritar alarma.

En principio, hay que observar que ya no se trata de una sola clase, como la ideología marxista definió en su época a los "capitalistas" o la "burguesía". Los empresarios están hoy lejos de ser un sector unificado y, por lo mismo, se encuentran sujetos a diversas clasificaciones internas

Por último, antes de terminar este artículo, permítaseme una muy breve referencia al sector empresarial en la actualidad. En principio, hay que observar que ya no se trata de una sola clase, como la ideología marxista definió en su época a los "capitalistas" o la "burguesía". Los empresarios están hoy lejos de ser un sector unificado y, por lo mismo, se encuentran sujetos a diversas clasificaciones internas. Por ejemplo, los grandes empresarios de hoy ya no son solo aquellos que ejercen un mayor control cuantitativo sobre la llamada fuerza de trabajo, lo que implica que "empresarios pequeños" pueden ser más poderosos que los "grandes" si es que disponen de una mejor infraestructura informática y un acceso más directo a los mercados. Eso significa que, en la llamada "composición orgánica del capital", deben ser integrados –además de la fuerza de trabajo y la maquinaria (términos casi en desuso)– la información, la comunicación y la inteligencia, tanto computacional como personal.

Por otro lado, y como resultado de la globalización, la actividad empresarial no se encuentra sujeta a los límites de una nación, y opera en un espacio de navegación transnacional que articula ya no solo puestos estables de trabajo, sino "proyectos" que producen, y al mismo tiempo destruyen, lugares ocupacionales. Ello ha traído como consecuencia que la actividad empresarial no sea ya específica y que se difunda a múltiples actividades cotidianas. Los empresarios del creciente sector de servicios son más bien empresarios ocasionales, que pueden ser también, en determinados momentos, profesionales o simples trabajadores. Empresarios son, incluso, algunos empresarios que no saben que son empresarios.

Un dentista, para poner un ejemplo sencillo, puede ser un trabajador profesional si cumple cuatro horas de trabajo en un hospital; empleado, si es que trabaja cuatro horas más en una clínica privada; empresario, si es que, además, es copropietario de la clínica, y accionista de gran empresa, si es que invierte parte de sus excedentes en la bolsa. En ese sentido, no aparece ninguna razón específica para que ese dentista vote o no vote por la izquierda, pues él mismo es (o ha llegado a ser) un ser "multidimensional". Qué dimensión es la más decisiva a la hora de definir sus opciones políticas es algo que solo puede decidir él frente a la urna, algo que no se encuentra escrito en ningún tratado de sociología. En mi propia actividad, la académica, conozco a colegas "de izquierda", incluso de la más arcaica, que inventan proyectos "de investigación" que son financiados por bancos y fundaciones –que distribuyen puestos de trabajo e incluso fijan salarios– que un día desaparecen para dar lugar a otros. Dichos académicos dirigen, en efecto, microempresas investigativas y son, además de académicos, empresarios (aunque no les guste). El empresario "puro" amenaza con convertirse en una reliquia del pasado, una reliquia arqueológica, igual que la izquierda arcaica. La transformación de la vida empresarial seguirá teniendo lugar en el marco de un orden llamado capitalista que, en capacidad de transformación, deja cada vez más de parecerse a sí mismo. Esto, empero, es otro tema, sobre el que podrían escribirse voluminosos libros. Lleguemos entonces hasta aquí: cada artículo, al fin, no es sino un breve fragmento del pensamiento de su autor.

   

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