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La
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, celebrada en
Estocolmo el año 1972, puso de relieve por primera vez que los temas
ambientales empezaban a adquirir importancia internacional. El medio
dejaba, pues, de ser la cuestión que hasta entonces había preocupado
fundamentalmente a los ecologistas y a los ecólogos -cada uno de ellos,
obviamente, desde una perspectiva diferente, que no excluyente-, para
pasar a interesar al resto de sectores de la sociedad.
El año 1983 se dio un paso adelante en la elaboración de
un nuevo modelo de entender la realidad ambiental, cuando la Comisión
Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo estimuló la filosofía del
desarrollo sostenible. De acuerdo con dicha filosofía, la sociedad había
de ser capaz de satisfacer sus necesidades del presente sin comprometer la
capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas.
A partir de todo ello se fueron asentando los principios
básicos del desarrollo sostenible, que en su vertiente ambiental son los
siguientes:
- Consumir recursos no renovables por debajo de su tasa de
substitución.
- Consumir recursos renovables por debajo de su tasa de renovación.
- Verter residuos en cantidades y calidades asimilables por parte de
los sistemas naturales.
- Mantener la biodiversidad.
- Garantizar la equidad redistributiva de las plusvalías.
Contrariamente a lo que pasa con el modelo socioeconómico
actual, que se rige por criterios de cantidad y no de calidad, el simple
crecimiento económico no es el objetivo de la sostenibilidad. Desde esta
perspectiva, desarrollo y crecimiento no son sinónimos, ya que para el
sostenibilismo el objetivo no es tener más sino vivir mejor. Esto
significa, desde luego, que las primeras ideas sobre sostenibilidad
ambiental se han ido completando con elementos de carácter social y
económico, de modo que ahora se formulan en términos socioambientales más
globales.
La filosofía sostenibilista hace hincapié en el desarrollo
integral, un concepto mucho más ambicioso que el simple crecimiento
económico. El desarrollo integral implica:
- Crecimiento: el bienestar y la riqueza se identifican exclusivamente
con un aumento cuantitativo en el volumen de las economías (más
producción, más consumo, más riqueza). Por este motivo, el indicador de
crecimiento por excelencia es el producto nacional bruto (PIB), que mide
el volumen de bienes y servicios producidos. No obstante, el incremento
del PIB no siempre va acompañado de una mejora de la calidad de la vida
humana.
- Desarrollo: el bienestar y la riqueza se asocian a la mejora
cualitativa de los servicios y de los recursos a los que tiene acceso
una persona. En este caso, los indicadores de desarrollo aún no están
completamente definidos, pero uno de los utilizados actualmente se
denomina, precisamente, índice de desarrollo humano (IDH). El IDH ha
sido elaborado por las Naciones Unidas y combina tres indicadores:
esperanza de vida, alfabetización y PIB.
La sostenibilidad va acompañada de la idea de equidad: es
un desarrollo que engloba a todos los habitantes del planeta,
redistribuyendo a todos ellos las plusvalías. En este sentido, los límites
del crecimiento y, por tanto, la inviabilidad de hacer crecer
indefinidamente el PIB, resultan especialmente notorios cuando se
considera que el consumo o la riqueza de algunos impide el disfrute de la
mayoría. Es decir, el fin (bienestar) no justifica los medios (consumo de
recursos naturales).
El desarrollo sostenible requiere cambios de mentalidad y
de paradigma económico parecidos a los producidos en su momento por la
revolución Industrial. De hecho, su consecución también se fundamenta en
dos revoluciones: la de la eficiencia y la fiscal, sin olvidar el cambio
en la gestión del territorio. Los procesos productivos propios de los
países industrializados han incrementado sus requerimientos energéticos y
de materiales de forma desproporcionada al tipo de bien o servicio que
producen, siendo ésta la razón del aumento de la ineficiencia del sistema
económico. Pero el problema es que esta ineficiencia no queda constatada
contablemente, ya que los precios de las materias primas no reflejan los
costes reales de su obtención, ni tampoco se contabiliza el coste de
eliminarlas o reciclarlas.
La reorientación de la tecnología hacia objetivos de
eficiencia en el consumo de recursos, la reestructuración del sistema
económico para que el ahorro de recursos naturales sea rentable, y la
gestión ambiental para hacer del territorio un valor natural a conservar y
no sometido a especulación, son los tres ejes fundamentales sobre los
cuales debe asentarse la cultura de la sostenibilidad, concretamente:
- La ecología: gestión socioambiental del territorio. El negocio de
los espacios libres crea una profunda asimetría, ya que registra flujos
de renta supuestamente renovables basados en el consumo o deterioro
físico de stocks no reproducibles y con pocas posibilidades de
recuperación para otro uso que el urbano. La consecuencia de ello es la
degradación patrimonial. El destino de los espacios libres ha de avanzar
hacia la conservación y no hacia el consumo. Por otra parte, hay que
evitar que se produzca una erosión sensible de la biodiversidad. En todo
caso, estructurar el territorio respetando la realidad ambiental obliga,
entre otras cosas, a mantener la medida funcional mínima de cada unidad
territorial.
- La tecnología: revolución de la eficiencia. El estado actual de la
tecnología permite mejorar la eficiencia de los procesos productivos en,
al menos, un factor de 4; es decir, permite que el rendimiento de una
unidad de recursos se multiplique por 4. Las energías renovables; los
electrodomésticos de bajo consumo, los materiales durables, los
productos desmontables, recuperables o reciclables; las tecnologías de
ahorro y reutilización de agua, son algunas muestras de las tecnologías
blandas que propugna el desarrollo sostenible.
- La economía: reconversión económica y fiscal. Para que la revolución
de la eficiencia tenga éxito es preciso que sea rentable, y eso sólo
será posible si se modifica el concepto de productividad (ver "La
revolución de la eficiencia"). Pero la mejora de la productividad se
identifica hoy en día con la reducción del número de trabajadores
necesarios para producir un bien o servicio; se trata, por tanto, de
productividad laboral. El desarrollo sostenible apuesta por la
productividad del recurso, es decir, por reducir el número de recursos
(materiales, energía, residuos) necesarios para producir un bien o
servicio, gravando fiscalmente los recursos naturales en lugar de la
mano de obra.
Esta líneas, no obstante, han de estar enmarcadas en un
contexto cuyo objetivo prioritario sea la mejora de la calidad de vida, no
sólo en cuanto a salud física y mental de los individuos, sino también en
lo que respecta a la mejora de las condiciones sociales de la
colectividad.
Nota
Este concepto ha sido desarrollado en el trabajo:
Reconeixement ambiental del municipi de Lleida i Pla d'Acció Ambiental
(Agenda 21 Local)
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