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Fragmento del ensayo
Década de la educación
para un futuro sostenible (2005-2014):
un punto de inflexión necesario en la atención ala situación del planeta
publicado en la
Revista Iberoamericana de Educación No. 40, 2006

El concepto de sostenibilidad surge por vía negativa, como
resultado de los análisis de la situación del mundo, que puede describirse
como una «emergencia planetaria» (Bybee, 1991), como una circunstancia
insostenible que amenaza gravemente el futuro de la humanidad.
Un futuro amenazado es, sin ir más lejos, el titulo
del primer capítulo de Nuestro futuro común, el informe de la
Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (CMMAD, 1988),
organización a la que debemos uno de los primeros intentos de introducir
el concepto de sostenibilidad o de sustentabilidad: «El desarrollo
sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación
presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para
satisfacer sus propias necesidades».
Una primera crítica de las muchas que ha recibido la
definición de la CMMAD es la de que el concepto de desarrollo sostenible
apenas sería la expresión de una idea de sentido común (sostenible vendría
de sostener, cuyo primer significado, de su raíz latina sustinere,
es «sustentar, mantener firme una cosa»), de la que aparecen indicios en
numerosas civilizaciones que han intuido la necesidad de preservar los
recursos para las generaciones futuras.
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La idea de insostenibilidad del actual desarrollo es
reciente, y ha constituido una sorpresa para la mayoría |
Sin embargo, es preciso rechazar con contundencia esta
crítica, y dejar bien claro que se trata de un concepto del todo nuevo,
que supone haber comprendido que el mundo no es tan ancho ni tan ilimitado
como habíamos creído. Hay un breve texto de Victoria Chitepo, Ministra de
Recursos Naturales y Turismo de Zimbabwe, en Nuestro futuro común
(el informe de la CMMAD), que expresa esto con la mayor claridad: «Se
creía que el cielo es tan inmenso y claro que nada podría cambiar su
color, que nuestros ríos son tan grandes y sus aguas tan caudalosas que
ninguna actividad humana podría cambiar su calidad, y que había tal
abundancia de árboles y de bosques naturales que nunca terminaríamos con
ellos. Después de todo, vuelven a crecer. Hoy en día sabemos más. El ritmo
alarmante con el que se está despojando la superficie de la Tierra indica
que muy pronto ya no tendremos árboles que talar para el desarrollo
humano». Y ese conocimiento es nuevo: la idea de insostenibilidad
del actual desarrollo es reciente, y ha constituido una sorpresa para la
mayoría. Esto es algo que no debe escamotearse con referencias a algún
texto sagrado mis o menos críptico, o a comportamientos de pueblos muy
aislados para quienes el mundo consistía en el escaso espacio que
habitaban.
Estamos hablando de una idea reciente que avanza con
mucha dificultad, porque los signos de degradación han sido hasta
tiempos cercanos poco visibles, y porque en ciertas partes del mundo los
seres humanos hemos visto mejorados de forma muy considerable nuestro
nivel y nuestra calidad de vida en muy pocas acacias.
La supeditación de la naturaleza a las necesidades ya los
deseos de los seres humanos ha sido vista siempre como signo distintivo de
sociedades avanzadas, explica Mayor Zaragoza (2000) en Un mundo nuevo.
Ni siquiera se planteaba como supeditación: la naturaleza era
prácticamente ilimitada, y se podía centrar la atención en nuestras
necesidades sin que tuviéramos que preocuparnos por las consecuencias
ambientales. El problema ni siquiera se planteaba. Después han venido las
señales de alarma de los científicos, los estudios internacionales...,
pero todo eso no ha calado en la población, como tampoco en los
responsables políticos, en los educadores, o en quienes planifican y
dirigen el desarrollo industrial o la producción agrícola.
A este respecto, Mayor Zaragoza señala que «la
preocupación, surgida recientemente, por la preservación de nuestro
planeta, es indicio de una auténtica revolución de las mentalidades:
aparecida en apenas una o dos generaciones, esta metamorfosis cultural,
científica y social, rompe con una larga tradición de indiferencia, por no
decir de hostilidad».
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La economía y el medio
ambiente no pueden tratarse por separado |
Ahora bien, no se trata de ver el desarrollo y el medio
ambiente como contradictorios (el primero «agrediendo» al segundo, y este
«limitando» al primero), sino de reconocer que están estrechamente
vinculados, que la economía y el medio ambiente no pueden tratarse por
separado. Después de la revolución copernicana que vino a unificar Cielo y
Tierra, después de la Teoría de la Evolución que estableció el puente
entre la especie humana y el resto de los seres vivos..., ahora estaríamos
asistiendo a la integración ambiente-desarrollo (Vilches y Gil-Pérez,
2003). Podríamos decir que, sustituyendo a un modelo económico apoyado en
el crecimiento a ultranza, el paradigma de economía ecológica que
se vislumbra plantea la sostenibilidad de un desarrollo sin crecimiento,
ajustando la economía a las exigencias de la ecología y del bienestar
social global.
No obstante, son muchos los que rechazan esa asociación, y
señalan que el binomio «desarrollo sostenible» constituye una
contradicción, una manipulación de los «desarrollistas», de los
partidarios del crecimiento económico, que pretenden hacer creer en su
compatibilidad con la sostenibilidad ecológica (Naredo, 1998).
Por otra parte, la idea de un desarrollo sostenible parte
de la suposición de que puede haber desarrollo, mejora cualitativa o
despliegue de potencialidades sin crecimiento, es decir, sin
incremento cuantitativo de la escala física, sin incorporación de mayor
cantidad de energía ni de materiales. En otras palabras: es el
crecimiento lo que no puede continuar de manera indefinida en un mundo
finito, pero si es posible el desarrollo. Posible y necesario,
porque las actuales formas de vida no pueden continuar; deben experimentar
cambios cualitativos profundos, tanto para aquellos (la mayoría) que viven
en la precariedad, como para el 20% que lo hace mes o menos
confortablemente. Y esos cambios cualitativos suponen un desarrollo –no un
crecimiento– que será preciso diseñar y orientar en condiciones adecuadas.
Otra de las críticas que suele hacerse a la definición de
la CMMAD es la de que, si bien se preocupa por las generaciones futuras,
no dice nada acerca de las tremendas diferencias que se dan en la
actualidad entre quienes viven en un mundo de opulencia y quienes se
mantienen en la mayor de las miserias. Es cierto que la expresión
«satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la
capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias
necesidades» puede parecer ambigua al respecto. Pero, en la misma página
en la que se da dicha definición, podemos leer: «aun el restringido
concepto de sostenibilidad física implica la preocupación por la igualdad
social entre las generaciones, preocupación que debe extenderse
lógicamente a la igualdad dentro de cada generación». Y a renglón
seguido se agrega: «el desarrollo sostenible requiere la satisfacción de
las necesidades básicas de todos, y extiende a todos la oportunidad de
satisfacer sus aspiraciones a una vida mejor». No hay, pues, olvido de la
solidaridad intrageneracional (sobre esta problemática podemos ver también
en la web el tema de acción clave: reducción de la pobreza).
Algunos cuestionan la idea misma de sostenibilidad en un
universo regido por el segundo principio de la termodinámica, que marca el
inevitable crecimiento de la entropía hacia la muerte térmica del
universo. Nada es sostenible ad in eternum, por supuesto..., y el
Sol se apagará algún día. Pero cuando se advierte contra los actuales
procesos de degradación a los que estamos contribuyendo, no hablamos de
miles de millones de años, sino, por desgracia, de unas pocas décadas.
Preconizar un desarrollo sostenible es pensar en nuestra generación yen
las futuras con una perspectiva temporal humana de cientos, o, a lo sumo,
de miles de años. Ir más allá sería pura ciencia-ficción. Como dice Ramón
Folch (1998), «el desarrollo sostenible no es ninguna teoría, y mucho
menos una verdad revelada [...], sino la expresión de un deseo razonable,
de una necesidad imperiosa: la de avanzar progresando, no la de moverse
derrapando». Hablamos de sostenibilidad «dentro de un orden», o sea, de un
periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que sostenerse
equivalga a que tenga una duración lo más aceptable posible, y que sea lo
bastante acotado como para no perderse en disquisiciones.
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El auténtico
peligro reside en la acción de quienes siguen actuando como si el
medio pudiera soportarlo todo, y que son, hoy por hoy, la inmensa
mayoría de los ciudadanos y de los responsables políticos |
Cabe señalar que todas esas críticas al concepto de
desarrollo sostenible no representan un serio peligro; más bien utilizan
argumentos que refuerzan la orientación propuesta por la CMMAD, y salen al
paso de sus desvirtuaciones. El auténtico peligro reside en la acción de
quienes siguen actuando como si el medio pudiera soportarlo todo, y que
son, hoy por hoy, la inmensa mayoría de los ciudadanos y de los
responsables políticos. No se explican de otra forma las reticencias para
aplicar, por ejemplo, acuerdos tan modestos como el de Kyoto para evitar
el incremento del efecto invernadero. Ello hace necesario que nos
impliquemos con decisión en esta batalla para contribuir a la emergencia
de una nueva mentalidad, a una nueva forma de enfocar nuestra relación con
el resto de la naturaleza. Como ha expresado Bybee (1991), la
sostenibilidad constituye «la idea central unificadora más necesaria en
este momento de la historia de la humanidad». Una idea central que se
apoya en el estudio de los problemas, en el análisis de sus causas y en la
adopción de medidas correctoras.
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