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Parte 1 / 2
La dicotomía actual entre consumo y medio ambiente
Este artículo constituye
el capítulo XVIII del libro
Consumo y movimiento de
consumidores. Derechos, deberes y protección al consumidor.
La imposición del
consumo o la libertad de escoger
El
consumo, una de las actividades fundamentales del mundo contemporáneo, ha
alcanzado muy altos niveles de crecimiento y versatilidad en las llamadas
"sociedades de consumo", sobre todo en los países más desarrollados. Por
otra parte, como es conocido, los exacerbados hábitos consumistas imponen
patrones apoyados en la publicidad, y en sus objetivos van más allá de la
sola finalidad de satisfacer las necesidades y demandas racionales de los
consumidores.
Estas sociedades de mercado han crecido bajo la influencia
de las nuevas políticas y técnicas productivas. Han estado basadas en el
derroche de recursos naturales, se han convertido, de hecho, en grandes
depredadoras del medio. Los actuales patrones de consume, originados por
estas sociedades, lamentablemente siguen un modelo irracional, ecológica y
socialmente. Todo indica que los llamados patrones de producción y consumo
ya resultan insostenibles y requieren ser modificados. Sin embargo, apelar
a esta necesidad de cambio no basta, pues lograr una transformación
espontánea es utópico. Es necesario luchar y trabajar con eficiencia e
inteligencia para alcanzar, a escala global, el surgimiento de una amplia
conciencia en la ciudadanía de consumo sustentable.
Los productos que hoy se lanzan al mercado son la
consecuencia de los procesos productivos vigentes. Estos procesos
dependen, en general, de altos consumos de recursos y servicios
ambientales. En muchos casos, también generan procesos contaminantes del
medio. Comprendemos que por muy reducido que sea sus consecuencias, si
estos procesos no son controlados, acrecentarán sus perjuicios y dañaran
irreparablemente el entorno. Aunque estos problemas sean responsabilidad
de todas las personas, debido a sus estándares y dinámica económica, son
las sociedades de los países desarrollados, por su carácter de mayores
productores y consumidores, los que más altas cuotas de deterioro
ambiental acumulan.
Cuando un consumidor compra artículos cuya producción,
consumo o uso ha contaminado o daña al medio, aun en el caso de realizar
ese acto inconscientemente, se produce una relación de complicidad entre
productor y el consumidor en el proceso de deterioro ambiental. El
desconocimiento no exime de cierto nivel de responsabilidad.
Un paradigma en cuanto al cotidiano acto de consumo,
podría expresarse como sigue: llegar todos a alcanzar un grado de
conciencia tal, que permita valorar las implicaciones de cada acto de
consumo sobre el ambiente.
El transformarnos, de simples consumidores pasivos a
consumidores conscientes, está relacionado directamente, con la
posibilidad de conocer que bienes y servicios han sido elaborados causando
las menores consecuencias posibles al medio y, por supuesto, con la
posibilidad de elegir correctamente. El consumo sostenible lo ejercemos
cuando preferimos o exigimos productos y envases de materiales
reciclables, o cuando favorecemos las políticas productivas o comerciales
que menos ocasionan contaminación ecológica.
La mayoría de los procesos productivos dependen, en algún
grado, del consumo de energía, y muchos son altos consumidores. También
demandan, un conjunto de recursos naturales que, en no pocos casos, son
escasos o renovables; lo cual implica, a la larga un uso intensivo de esos
recursos y la consecuente contaminación de los soportes naturales donde se
realiza la producción (aire, agua, suelos).
La economía contemporánea, bajo la presión de la
competencia y la búsqueda de ganancias a corto plazo, promueve
permanentemente la competitividad a través del incremento de la
producción, lo que magnifica los impactos ambientales de las tecnologías y
de los procesos productivos. Estos impactos ya no ocurren sólo en el
ámbito de ecosistemas locales, sino de la propia biosfera, con la emisión
de contaminantes en la atmósfera, la contaminación de los acuíferos y el
daño a los ecosistemas marinos.
Los procesos de desertificación y aridez de los suelos, no
son sólo resultados del impacto directo de la actividad humana productiva,
sino también de los ajustes naturales a esa agresión que no soporta ya la
carga de contaminantes de los procesos productivos con crecimiento
ilimitado.
Hoy se aprecia, muchas veces como algo común o inevitable,
la proliferación de fábricas de tecnología obsoletas o muy contaminante y
de elevado riesgo para la salud humana y natural: la pérdida de
biodiversidad debido a los procesos de las "fronteras civilizadoras" como
es el caso de la Amazonía; el trasiego de desechos tóxicos por todo el
mundo.
Lamentablemente, todavía parece lejano el día en que el
ser humano sea capaz de implementar en forma consciente tecnologías
limpias, y gran parte de la humanidad se ha acostumbrado a ver cómo
cotidianamente se renuevan esos ciclos fatales. Sin poseer conciencia
suficiente para proceder al respecto.
La paradoja del
desarrollo. Responsabilidad productiva de las empresas y el mercado
Un breve análisis de la evolución experimentada por los
procesos de producción permite apreciar que, inicialmente, los productores
se orientaban según las demandas y necesidades de un universo potencial de
consumidores. Sus percepciones eran regidas por leyes del valor y de la
oferta y la demanda. De esa forma, sus producciones y, en consecuencia,
sus productos estaban directamente relacionados con estos principios
clásicos.
Durante décadas, el objetivo de la producción fue
incrementar la cantidad de productos para lograr mayores niveles de
ganancia e imponerse a la competencia, sin que importara mucho el
deterioro o agotamiento de los recursos naturales.
Posteriormente, los mercados nacionales se expandieron e,
incluso, rebasaron las fronteras políticas; se elevó el poder adquisitivo
de un sector de la población; se desarrolló una revolución
científico-técnica que permitió el incremento de la productividad y el
surgimiento de nuevos productos y surtidos.
La revolución en las comunicaciones, unida a surgimiento
de novedosas tecnologías y técnicas para promocionar los productos en los
mercados, la publicidad y las modas, devinieron eficaces instrumentos para
la competencia entre productos y, de cierta forma consolidaron los nuevos
estilos de manejo de los mercados, contribuyendo a estructurar, segmentar
y generar periódicamente la aparición de nuevos productos y, con ello,
mayores utilidades para las empresas.
Estas nuevas circunstancias han posibilitado a los
empresarios producir no para los consumidores, sino para satisfacer las
exigencias de búsqueda de mayores utilidades, debido a que posteriormente
esos productos, dadas las influencias de los dinámicos agentes del
mercado, encontrarán espacios propicios para su realización.
Entonces, es indudable que un cambio significativo ha
ocurrido en esos procesos, en medio de un crecimiento demográfico
acelerado, el desarrollo de las nuevas tecnologías, el aumento del poder
adquisitivo de ciertos sectores de consumidores y la consolidación de
estilos de vida, valores y hábitos de consumo que han sido impuestos por
los medios y la cultura occidental.
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