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ISSN 1913-6196

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 Construcción de ciudadanía en entornos de desigualdad

Democracia y derechos humanos

Por Sonia Fleury  

Parte 1 /4

La evolución del debate sobre gobernabilidad democrática en las últimas décadas no ha sido capaz de superar las limitaciones impuestas por el modelo de democracia representativa, asumido como parámetro para el rediseño de la institucionalidad. La tesis que se defiende aquí es que sólo con un nuevo modelo de democracia que asocie la democracia representativa con la democracia deliberativa se generarán las condiciones necesarias para la concertación social en una esfera pública ampliada, que permita la creación de un nuevo pacto político, capaz de dar sustento a las políticas públicas redistributivas.

 

Introducción

Se ha descrito a América Latina como la región con el mayor índice de desigualdad en el mundo, una característica capaz de perdurar en períodos ascendentes y descendentes del ciclo económico, con Estados intervencionistas y neoliberales, modelos nacionalistas y globalizados, culturas arcaicas y posmodernas, pactos corporativos y neocorporativos. Más que la ausencia de igualdad, que indicaría la existencia de distintos grados de inserción en la sociedad política y en el mercado, lo que ocurre en la región es un fenómeno de exclusión, de persistencia de una esfera pública restringida que no incluye a una gran parte de la población.

Con la introducción del régimen democrático en la región, la experiencia de las últimas décadas ha demostrado que la mera identificación de la democracia con el régimen democrático es problemática y pone en evidencia las limitadas posibilidades de gobernabilidad en contextos donde el régimen democrático coexiste con altos niveles de exclusión y desigualdad. 

La evolución del debate sobre gobernabilidad democrática en este período no ha sido capaz de superar las limitaciones impuestas por el modelo de democracia representativa, asumido como parámetro para el rediseño de la institucionalidad. La tesis que se defiende aquí es que sólo con un nuevo modelo de democracia que asocie la democracia representativa con la democracia deliberativa se generarán las condiciones necesarias para la concertación social en una esfera pública ampliada, que permita la creación de un nuevo pacto político, capaz de dar sustento a las políticas públicas redistributivas. 

La reconstrucción de la esfera pública debe identificarse claramente como parte de la lucha por la hegemonía y la constitución de un nuevo bloque en el poder, que atraviesa al Estado y requiere nuevos aparatos, tecnologías y procesos para ejercer el poder, que inscriban las nuevas relaciones de poder en su materialidad organizativa. Este proceso de interacción y transformación tanto del Estado como de la sociedad puede y debe darse simultáneamente, impulsado en una u otra dirección, en estos dos polos que constituyen la esfera pública.

Gobernabilidad y gobernanza

Transcurridos pocos años de intentos de estabilización de las recientes democracias latinoamericanas, en un contexto económico recesivo e inflacionario, que subordina las demandas emergentes a los dictámenes de ajuste estructural y equilibrio fiscal acordados con los organismos financieros internacionales como condición para el ingreso de estas economías en el sistema globalizado, existen diferentes manifestaciones populares que indican el grado de deterioro de los fundamentos de la autoridad y de las instituciones políticas de la región (Fleury, 2003a).

En estos últimos años, hicieron eclosión diversas manifestaciones "callejeras" en países como Perú, Ecuador, Bolivia, México y Argentina, Paraguay, Venezuela, para no mencionar el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, Chiapas en México y la guerrilla en Colombia. En algunos casos, estas manifestaciones reivindicatorias se superponen y/o son conducidas por movimientos sociales organizados a partir de una condición particular de exclusión; otras veces, parece que surgen de la propia fragmentación social. En la mayor parte de estos casos, las manifestaciones tienen lugar sin una forma orgánica desarrollada y/o rechazan a los dirigentes así como las vías tradicionales de canalización de los conflictos, y el ciudadano y la ciudadana común -que algunas veces tiene alguna vinculación con movimientos sociales- son quienes aparecen en las calles, dispuestos a imponer su voluntad política con la violencia de su expresión.

Al analizar el proceso de urbanización de La Paz, Calderón y Szmukler (2000) identifican la manifestación urbana de un patrón histórico de desigualdades y discriminación, fruto de la confluencia de tres fenómenos: la urbanización acelerada, la modernización limitada y la democracia restringida. Para estos autores, la explicación de por qué los conflictos se manifiestan en las calles se funda en la persistencia de jerarquías socioculturales, "pues dichas jerarquías restan sentido al diálogo, a la palabra y a los procesos de deliberación colectiva, al considerar a los otros como inferiores".

Dicho de otro modo, las calles se transforman en el escenario donde demuestran el poder justamente aquellos a los que se les ha vedado la posibilidad de comunicación, merced a una norma que los excluye de poder participar en la esfera pública. La reapropiación de los espacios públicos y la depredación de los símbolos de poder u opresión económica es una manifestación corriente de violencia contra un poder considerado excluyente e ilegítimo.

¿Qué posibilidades hay de que estas manifestaciones expresen identidades de resistencia y, más aún, de que se transformen en identidades de proyecto (Castells, 1999), pasando de ser una comunidad creada en torno a la resistencia a una identidad proyectada, que potencialmente no sólo puede reconstruir su lugar sino que, al hacerlo, puede transformar la sociedad?

Son muchos los interrogantes, pero ciertamente esto abarcaría desde la creación de una comunidad, y no sólo una manifestación de pura violencia, hasta la posibilidad de trascender la resistencia específica, forjando identidades políticas y organizaciones con miras a reconstruir la esfera pública. 

Fundamentalmente, la reconstrucción de la esfera pública implica un proceso que requiere la aceptación de la institucionalización del conflicto y su negociación, requisitos que no son aceptados fácilmente en las sociedades, ni por las elites dominantes ni por los manifestantes atomizados. En otras palabras, el desarrollo de una cultura de la democracia depende de que se constituyan actores sociales capaces de desarrollar formas de organización y recursos estratégicos que les permitan ser incluidos en procesos de negociación y construcción de proyectos hegemónicos. La ausencia de estas condiciones coloca una vez más la crisis de autoridad y legitimidad en el escenario regional, lo que genera una recurrente situación de ingobernabilidad.

En la coyuntura actual, Reis (2001) identifica tres tipos de crisis de ingobernabilidad, a las que denomina por "sobrecarga", "pretoriana" y "hobbesiana". La ingobernabilidad por sobrecarga corresponde a la crisis de las socialdemocracias iniciada hace aproximadamente un cuarto de siglo. La crisis pretoriana se refiere a la condición de precariedad institucional e inestabilidad política propia de muchos países de la periferia del capitalismo mundial en el siglo XX. La crisis hobbesiana, por su parte, es fruto de las consecuencias políticas que surgen como resultado de la fragmentación social de la globalización y la reafirmación del mercado, lo que se suma a la penetración del narcotráfico (violencia urbana, aumento de la criminalidad, inseguridad). Para este autor, en el tercer caso, lo que está en juego es el mantenimiento del orden y la seguridad, un problema constitucional de preservación de la autoridad del que se ocupó Hobbes.

América Latina convive simultáneamente con estas tres diferentes crisis de gobernabilidad, de tal manera que, en algunas situaciones, como la colombiana, es difícil comprender cómo, en ambos lados del conflicto, se interconectan las deficientes políticas públicas que deben responder a las demandas sociales, la sublevación revolucionaria y la penetración del crimen organizado. Sin embargo, la mayor parte de las manifestaciones recientes en la región reclama contra la ilegitimidad de los gobiernos e instituciones, pero no propone una solución fuera del marco democrático. Al contrario, propone que se profundice la democracia.

La crisis de gobernabilidad que atraviesa la región en los últimos años es el fruto de dos fenómenos concomitantes: el agotamiento del pacto corporativo que legitimó el ejercicio del poder político del Estado desarrollista y, por otra parte, las dificultades de readecuación de las economías nacionales al proceso de globalización en curso. El pacto corporativo fue el acuerdo político e institucional que le permitió al Estado desarrollista construir y mantener una alianza entre intereses contradictorios sin una nítida hegemonía política, lo que propició las condiciones para promover el proceso de industrialización sustitutiva. 

En el contexto actual, en una sociedad que se ha vuelto cada vez más compleja y con un régimen democrático en vigencia, la incapacidad gubernamental de responder a las demandas políticas y sociales de los actores tradicionales y el surgimiento de nuevos actores, ajenos al pacto corporativo prevaleciente, agudizaron la crisis de gobernabilidad.

Además, los actores políticos tradicionales -elites económicas, tecnoburocracia, organizaciones corporativas, partidos políticos- tienen dificultad para adaptarse a la nueva situación, donde los intereses sociales dejan de constituirse prioritariamente dentro del Estado, lo que hace necesario que la sociedad se oponga a ello inicialmente, en un contexto en el cual prevalece la lógica de mercado y de una economía globalizada.

Forjado por el pacto corporativo, el tejido social se fue alterando con la transformación de los actores tradicionalmente vinculados a él, que hoy le reclaman mayor autonomía al Estado, al tiempo que buscan preservar sus canales tradicionales de representación. Por otro lado, los nuevos movimientos sociales, la emergencia de una pluralidad de organizaciones no gubernamentales, las diferentes formas de asociativismo evidencian un nuevo escenario, donde los que fueron excluidos del pacto corporativo buscan formas de organización propia, con mayor autonomía y menor control por parte del Estado. La transición a la democracia permite la movilización de esta sociedad civil organizada en torno a sus demandas ciudadanas.

Según Diniz (1997), la crisis de gobernabilidad de la década de 1990 puede explicarse por la brecha entre el Estado y la sociedad: "La brecha entre una institucionalidad estatal rígida, dotada de un débil potencial de incorporación política, y una estructura social cada vez más compleja y diferenciada agudizó las tensiones asociadas con el proceso de modernización. Se instauró un sistema multifacético y multipolar de representación de intereses, a través del cual la sociedad sobrepasó al aparato institucional vigente, con la implosión del antiguo modelo de control corporativo del Estado sobre ella". 

Las transformaciones económicas relacionadas con el agotamiento del modelo de industrialización sustitutiva se asociaron con la necesidad de liberalización de la economía, la reducción del intervencionismo estatal, la interrupción de la espiral inflacionaria, la reducción de las cargas y el déficit fiscal, el aumento de la productividad de la economía, y se constituyeron en condiciones para la inserción de las economías regionales dentro de una economía globalizada. La estabilización económica tuvo como consecuencia la alteración del marco de actores políticos, con la introducción de la burocracia de los organismos internacionales como un actor clave para definir políticas públicas. Al depender de los recursos y de la aprobación de las medidas económicas por parte de los organismos internacionales de financiamiento, los Gobiernos democráticamente electos se ven cada vez más limitados en su capacidad de decisión y más orientados a buscar una legitimidad "hacia afuera", rompiendo acuerdos con sus aliados nacionales y frustrando las expectativas de los que los eligieron.

Sin el apoyo político de los actores vinculados al pacto corporativo, los Gobiernos electos buscan alianzas internas tanto con los sectores de las elites políticas tradicionales u "oligarquías" como con las nuevas elites, vinculadas a la reproducción del capital financiero. Contradictoriamente, como los procesos de privatización disminuyeron los recursos disponibles para que los gobernantes atendieran a sus clientelas, se redujo su margen de maniobras. Por otro lado, dada la creciente importancia de los medios en las elecciones gubernamentales, el costo de las campañas políticas creció exponencialmente, lo que ha generado un proceso de intercambio de apoyos financieros en atención a los intereses de los financiadores, y esto ha provocado que la corrupción y este tipo de clientelismo estén casi legalizados.

En el escenario de una economía globalizada y subordinada a un proceso de especulación del capital financiero sin precedentes, potenciado por las tecnologías informáticas, las economías dependientes se vuelven prisioneras de un ciclo perverso, en el cual las condiciones de gobernabilidad son evaluadas por agencias financieras privadas, que definen los índices de riesgo para los inversores internacionales. Crear las condiciones para atraer la inversión extranjera de capitales, volátiles en su mayoría, pasa a ser un punto crítico del que dependen los Gobiernos para administrar la moneda y el déficit, aun cuando esto signifique aumentos especulativos de intereses, que perjudican principalmente a los productores nacionales y transforman las economías dependientes en exportadoras de capital bajo la forma del pago de la deuda contraída para garantizar la estabilidad de la economía.

En estas circunstancias, surgió una hegemonía sin precedentes y sin contrapesos: la de los intereses del capital financiero, que condujo a las economías nacionales hacia procesos de recesión, razón por la cual la década de 1990 se percibe hoy como un retroceso extraordinario para el desarrollo nacional, cuyos altos costos sociales fueron sólo aliviados por los programas para combatir la pobreza. Sin embargo, la concentración de la riqueza no se alteró: sólo su distribución cambió, lo que perjudicó al sector productivo y concentró las ganancias en manos del capital financiero.

El debate reciente sobre las condiciones de gobernabilidad en América Latina intentó disociarse de la matriz conservadora que, en la década de 1960, produjo una intensa polémica sobre las relaciones entre modernización, desarrollo y gobernabilidad. En esa oportunidad, la necesidad de orden, considerado imprescindible para asegurar el desarrollo económico, pasó a ser el valor que justificaba las soluciones políticas autoritarias (Huntington, 1968; Fiori, 995 y Reis, 1995). El nuevo debate acerca de la gobernabilidad en la década de 1990 vuelve a concentrarse en la necesidad de construir el orden, pero en un contexto más complejo, porque se trata de mantener el orden democrático. Así, el concepto adquiere el adjetivo actual y se convierte en "gobernabilidad democrática", con lo que procura distanciarse tanto de las soluciones autoritarias como de la restricción conceptual que lo limita a la mera capacidad estatal de gobernar.

La gobernabilidad democrática pasa a ser vista como "la actitud de un sistema democrático para autogobernarse y enfrentar positivamente los desafíos y las oportunidades que se presentan" (Prats y Català, 1996). El desafío actual es la construcción de "un orden institucional distinto, que necesariamente debe ser abierto, conflictivo y plural" (Calderón, 1995a). 

La problemática de la gobernabilidad comprende tanto el fortalecimiento de la capacidad del Gobierno para asegurar los bienes públicos en una sociedad, como también la existencia de normas y valores compartidos -denominados hoy "capital social"- que organicen las interacciones colectivas, y generen las condiciones para una acción cooperativa entre los diferentes actores y agentes sociales. Las instituciones, ya sea como reglas formales o informales, y las organizaciones son construcciones sociales creadas para reducir la incertidumbre en las transacciones humanas (North, 1993). De esta forma, inducen la cooperación y afectan el desempeño final de la economía y las instituciones políticas (Putnam, 1996).

La polémica en torno al problema del déficit crónico de gobernabilidad en América Latina retoma las hipótesis explicativas tradicionales, que lo atribuyen al exceso de demandas generadas como consecuencia de la democratización, que crea una desproporción entre aquéllas y los recursos disponibles.

La hipótesis sostenida por la teoría de la modernización, según la cual una rápida modernización puede llevar a una revolución en materia de expectativas crecientes, pondría el desarrollo económico como condición para poder preservar la democracia política. Las numerosas críticas a la teoría de la modernización, desarrolladas por diversos autores a partir de la década de 1970, arribaron a la conclusión de que no hay un nivel particular deseable de desarrollo económico que constituya un prerrequisito para la democracia (Altman, 2001), a lo que se suma la afirmación de Amartya Sen (1999), quien analiza las evidencias de las investigaciones sobre la relación entre ambos fenómenos: "Si todos los estudios comparativos son vistos en conjunto, la hipótesis de que no hay una clara relación entre el crecimiento económico y la democracia en ninguna dirección se mantiene extremadamente plausible". 

Numerosos analistas sostienen que la fragilidad de la arquitectura político-institucional -en especial, la ausencia del estado de derecho y las debilidades del sistema partidario junto con el precario funcionamiento del Parlamento- se origina en el déficit que amenaza la gobernabilidad en la región. Para estos autores, la gobernabilidad es un derivado de la institucionalización de la democracia. 

La identificación de la democracia con el estado democrático de derecho (democratic rule of law) es defendida por O'Donnell (2001): "La democracia no es tan sólo un régimen democrático, sino también un modo particular de relación entre Estado y ciudadanos, y entre los propios ciudadanos, bajo un tipo de estado de derecho que, junto con la ciudadanía política, sostiene la ciudadanía civil y una red completa de rendición de cuentas". 

Los derechos civiles y los derechos políticos serían el principal apoyo del pluralismo, además de ser una condensación de relaciones de poder de los individuos y asociaciones. Por tanto, su ampliación a todos los ciudadanos dentro de un estado de derecho en vigencia, sumado a las condiciones impuestas al ejercicio del poder en materia de rendición de cuentas, serían los requisitos para considerar a los individuos sujetos jurídicos, o ciudadanos, con derechos y deberes derivados de su pertenencia política y, por ende, autonomía personal y responsabilidad por sus acciones.

El corazón de la democracia residiría en la ampliación de los derechos civiles y en la efectividad de la legalidad estatal para difundirse en forma igualitaria sobre todo el territorio nacional. Para O'Donnell (2002), en muchas de las democracias latinoamericanas persisten áreas "marrones", donde la legalidad del Estado no llega y donde prevalecen las relaciones de poder personalistas, patrimoniales y mafiosas. En estos casos, el Estado sería territorialmente evanescente y las burocracias estarían colonizadas por intereses privados.

Finalmente, algunos autores destacan que la persistencia de un modelo económico excluyente, caracterizado por índices calamitosos de desigualdad y exclusión, constituye el factor central para el debilitamiento de las instituciones democráticas, cuya sustentabilidad debería basarse en un nivel mínimo de igualdad entre los ciudadanos. A la incapacidad de responder a las demandas sociales emergentes con el proceso de democratización se suman medidas cada vez más restrictivas que alteran el nivel de beneficios sociales anteriormente existente, y los subordinan a una lógica lucrativa, que excluye a sectores cada vez mayores de la población de las condiciones de trabajo formal y de las garantías sociales. La inestabilidad, la inseguridad, la insensibilidad de los gobernantes son los sentimientos que caracterizan la vida en las grandes metrópolis de la región, lo que aumenta los riesgos de ingobernabilidad.

En el caso de América Latina, cuyo desarrollo económico y social tiene como rasgo más notorio precisamente el elevado nivel de desigualdad y exclusión, la gobernabilidad democrática no puede separarse de la búsqueda de soluciones para la inclusión social y la reducción de la desigualdad. La creación de mecanismos de inclusión social -definida por Calderón (1995a) como "la capacidad que tiene la sociedad para construir una ciudadanía activa, eliminar las barreras discriminatorias en el mercado y diseminar una cultura de la solidaridad"- es nuevamente la respuesta desde el punto de vista político. 

De la misma manera, uno de los aspectos singulares del proceso de consolidación democrática en América Latina es el resurgimiento de la disyuntiva entre los diferentes elementos que componen la ciudadanía, lo que abre cursos articulares, contaminados de contradicciones. Mientras que los derechos políticos se encuentran prácticamente universalizados, los derechos civiles todavía no están garantizados, y los derechos sociales, en muchos casos, sufren retrocesos como consecuencia de los planes recesivos de ajuste económico.

El hecho de que los derechos civiles hayan antecedido a los derechos políticos en los países desarrollados, mientras que en América Latina se vive el proceso inverso, llevó a O'Donnell (1998) a identificar las democracias latinoamericanas como no cívicas, con predominio de una ciudadanía de baja densidad. Los derechos civiles y las libertades políticas son los principales soportes del pluralismo y de la diversidad, además de crear las condiciones para el ejercicio de una autoridad burocrática que rinda cuentas de sus actos. Por estas razones, la propuesta de O'Donnell se orienta hacia la conquista de los derechos civiles como una cuestión estratégica para consolidar la democracia en la región, admitiendo que la desigualdad también es producto de la ausencia del estado de derecho.

No obstante, la distinción entre las reformas legales y el fortalecimiento del estado de derecho permite demostrar que el problema no reside en la falta de un marco legal, sino en los usos y abusos del sistema legal, que permite la impunidad de los poderosos, la corrupción de los funcionarios y la aplicación de la ley como forma de castigo para los políticamente desprotegidos. Da Mata (1983) discurre sobre la preponderancia de esta institucionalidad oculta, que opera como norma, pues organiza las interacciones sociales a partir de la desigualdad cristalizada en la jerarquía vigente de poder y no a partir de la igualdad entronizada en la ley. 

Más allá de la construcción de un marco institucional fortalecido, lo que se pone de manifiesto es la extrema segmentación de la sociedad civil, que lleva a Oxhorn (1998) a afirmar que, a diferencia del círculo virtuoso de incorporación de los derechos ciudadanos descrito por Marshall (1967) al analizar el caso inglés, la democracia en América Latina continúa restringiendo el potencial de la sociedad civil. Sin ninguna duda, no hay evidencias consistentes, ya sean teóricas o históricas, que indiquen que la construcción de la ciudadanía en la región deberá, en primera instancia, asegurar los derechos civiles mediante la construcción de democracias formales y luego enfrentar el problema distributivo, asegurando los derechos sociales.

En cambio, la cuestión social fue y continúa siendo el lugar donde se constituyen los actores sociales que buscan introducir en el terreno político sus necesidades, transformadas políticamente en demandas. De la misma manera, a través de las políticas sociales es como el Estado interpela a los ciudadanos, resignificando así los contenidos conflictivos mediante tecnologías apropiadas, despolitizando las demandas que a él se dirigen y, finalmente, redefiniendo el significado de la ciudadanía.

En los últimos años, los aparatos de política social construidos durante la vigencia del pacto corporativo -el período de las reformas sociales- se desmontaron en América Latina con una aceptación sin precedentes en otras sociedades. Este fenómeno se debe a diversos factores: por ejemplo, la identificación de los beneficios como privilegios, la burocratización y el clientelismo como prácticas predominantes, para no mencionar la corrupción y la incapacidad de responder con estos aparatos a las nuevas demandas ciudadanas.

Las demandas democráticas canalizaron las reivindicaciones para construir un nuevo patrón de políticas sociales, libre de la tutela de la condición de trabajo, para asociarse universalmente a la condición de ciudadanía. En algunos países, estas demandas se plasmaron en la legislación constitucional de las democracias emergentes, en sistemas universales, descentralizados y participativos de políticas sociales. Sin embargo, la crisis fiscal del Estado, el predominio del pensamiento liberal y de la orientación de los organismos internacionales en pro de políticas sociales focalizadas, y el reflujo de los movimientos sociales reivindicativos fueron suficientes para que en los últimos años se conformara un nuevo patrón de política social para la región.

Este patrón se caracteriza por la segmentación de las políticas sociales de acuerdo con el poder adquisitivo de cada grupo, de modo que se diseñan sistemas duales de servicios sociales, o sea, públicos para los pobres y de mercado para quienes los pueden pagar. La inexistencia de mecanismos de solidaridad entre ricos y pobres acarrea un enorme peso al Estado, que tiene que soportar los costos de la pobreza.

Como consecuencia, se asiste a la ruptura de la solidaridad forjada en el período populista entre los estratos medios y la población más pobre. Al mismo tiempo, esta segmentación de las políticas sociales se traduce en condiciones diferenciadas de ciudadanía e implica la cosificación de la separación entre los derechos sociales para los que tienen recursos (en el populismo los recursos eran sobre todo políticos y ahora son financieros) y los beneficios sociales para los pobres, a quienes no se les atribuyen derechos.

El deterioro de las condiciones de vida de las capas medias, la inestabilidad del mercado laboral, la incapacidad de las políticas asistenciales dirigidas a combatir la pobreza, la ineficiencia y precariedad de los sistemas de atención universalizados generan constantemente nuevas formas de articulación de la población alrededor de la cuestión social. La constitución de actores políticos, formas organizativas, articulaciones innovadoras entre el Estado, el mercado y la comunidad demuestran que la conciencia y la participación de la ciudadanía se están procesando en el ámbito de las políticas y los derechos sociales, y reafirman que éste sigue siendo el curso particular de construcción de la democracia.

Para Genro (1997), "la reivindicación ciudadana comienza como un proceso de construcción de miles de organizaciones que promueven la autoorganización de la comunidad en torno a sus intereses particulares, predominantemente situados en la esfera de la reproducción, creando una esfera pública no estatal que genera nuevas formas de autonomía e inclusión alternativas". Estas organizaciones son mediadoras de la acción política directa de los ciudadanos y, a su vez, crean las condiciones para instalar sus intereses y reformar el ejercicio del poder político en el ámbito local.

La tesis que se presenta aquí es que la construcción de la democracia en la región introduce la reivindicación ciudadana de un derecho de quinta generación -más allá de los derechos civiles, políticos, sociales y difusos-, que equivale a demandar una gestión deliberativa de las políticas públicas, en especial, de las políticas sociales. 

Hasta el momento, se desconoce cuáles son los mecanismos requeridos para que se construya un nuevo diseño institucional del Estado que permita la articulación de esta nueva realidad del poder local en un pacto político que no sólo garantice la gobernabilidad del Estado nacional, sino que fortalezca su posición en los foros supranacionales. Sin embargo, ésta no es una hipótesis que deba ser excluida, dada la capacidad de innovación social y transformación de la esfera pública a la que se asiste a escala local y micro social; en consecuencia, hoy lo local es un laboratorio de transformaciones políticas y administrativas, muchas de las cuales se generalizan posteriormente en el ámbito nacional. 

No obstante, la generación de las condiciones de gobernabilidad local e incluso la transformación del Estado a este nivel no pueden opacar la problemática de la gobernabilidad presente a escala nacional. La propuesta que se defiende aquí implica que la gobernabilidad democrática en el plano nacional depende de la capacidad de introducir, también a este nivel, los mecanismos de democracia deliberativa que permitan la inclusión social y la construcción de un nuevo bloque dirigente.


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