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Parte 2 /4
Un nuevo paradigma para la democracia
La expansión de la ciudadanía
La
esfera pública democrática, como orden simbólico relacional, constituye el
espacio donde los sujetos así constituidos afirman su identidad e
intercambian significados que dan sentido y dirección a sus acciones (Fleury,
2003b). La igualdad requerida en la esfera pública se construye
políticamente, ya que en la naturaleza humana lo que se encuentra es la
diferencia (Arendt, 1993).
La ciudadanía, hipótesis jurídico-política igualitaria inscrita como
posibilidad en función de la naturaleza del Estado moderno, fue la mediación
más importante para reconstituir la totalidad (comunidad) necesaria en aras
de la integración social (Fleury, 1994). Esta mediación, junto con el
sistema de representación, y las instituciones a las que dieron origen
configuraron la ingeniería institucional democrática y materializaron la
emergencia de una esfera social que Habermas (1984) denominó repolitizada, o
Estado-social, donde las instituciones estatales y sociales se sintetizan
para formar un complejo único e indiferenciado. Este fenómeno remitiría a la
disolución de la división liberal entre lo público y lo privado, entre el
Estado y la sociedad civil.
Sin embargo, estas dicotomías sólo se superan si no se escamotean las
diferenciaciones y si el análisis se encamina hacia el concepto de Estado
ampliado (Buci-Gluksmann, 1980), puesto que dicho concepto no elude la
cuestión de los conflictos de poder y de sus orígenes materiales, ya que la
hegemonía no sólo excluye, sino que asimismo requiere dominación y coerción.
Más allá de sus determinantes materiales, los procesos de inclusión y de
exclusión se fundan en una dimensión simbólica o civilizadora por medio de
la cual se definen y reproducen las reglas y los rituales de inclusión y
exclusión, en una comunidad político-jurídica (de ciudadanos), pero en
esencia una comunidad de sentidos (Fleury, 1998).
La ecualización político-jurídica alcanzada al adquirir la condición de
ciudadanía otorga un fundamento legítimo al ejercicio del poder, al tiempo
que niega los clivajes sociales y los actores colectivos, y absolutiza al
individuo como portador material de los derechos y deberes de la ciudadanía.
No obstante, este efecto de oscurecimiento de la dinámica conflictiva en una
sociedad de clases se reinstala a cada instante debido a la imposibilidad de
concretar la igualdad presupuesta en la noción de ciudadanía, contradicción
esta que será el núcleo central que anime la dinámica social y reivindique
una nueva institucionalidad democrática para el Estado. A pesar de ello, la
ciudadanía, al igual que cualquier otro sistema clasificatorio, implica un
criterio de inclusión que también debe verse como un criterio de exclusión,
ya que los criterios que definen la inclusión en la comunidad política y el
goce de derechos son, al mismo tiempo, los que sancionan las normas de
exclusión.
La construcción de una identidad común, que supere las diferencias, no está
exenta de que se la diferencie de otros grupos sociales, por lo que se
genera un sistema de privilegios que gozarán aquellos que fueron incluidos
en dicha comunidad políticamente construida. Wallerstein (1998) identifica
en la ciudadanía un cambio que determina que un sistema de exclusión basado
en una cláusula de barrera abierta de clase dé lugar a un sistema de
inclusión/exclusión con una barrera de carácter nacional, que en su opción
equivale a una barrera de clase oculta. Internamente, la nación, el racismo
y el sexismo también funcionaron como formas que excluían a grupos raciales
y a las mujeres de la condición de igualdad asegurada por la condición de
ciudadano.
Aunque la condición de ciudadanía no haya sido universalmente distribuida en
ninguna sociedad, su postulación tiene importantes consecuencias que se
reflejan en las diversas dimensiones que componen la ciudadanía, al igual
que en sus cuestionamientos actuales en relación con las dimensiones cívica,
igualitaria, jurídica, institucional e histórica.
La dimensión cívica se relaciona con la condición de inclusión activa de los
ciudadanos en la comunidad política, donde se comparte un sistema de
creencias respecto de los poderes públicos, la sociedad y el conjunto de
derechos y deberes que se atribuyen a la condición de ciudadano. Como
dimensión pública de los individuos, la ciudadanía presupone un modelo de
integración y de sociabilidad que trasciende los intereses egoístas del
individuo en el mercado en favor de una actitud generosa y solidaria.
La transición de una comunidad de relaciones interpersonales primarias a una
comunidad abstracta de ciudadanos se alcanzó a través de la participación,
tanto racional como afectiva, en una comunidad política formalmente
constituida como Estado-nación. En las sociedades complejas, la transmisión
de los valores cívicos, como la responsabilidad y la tolerancia, y de la
información necesaria para la inclusión activa es un requisito con el que
deben cumplir todos los componentes involucrados en el proceso de
socialización, especialmente, el sistema educativo, la familia y los medios
de comunicación. Sin embargo, la existencia de incentivos para el
comportamiento cívico y de sanciones para el comportamiento "cínico" (del
free-rider al familismo amoral) parece ser decisiva para que predomine una u
otra actitud en cada sociedad.
La tradición basada en Rousseau pretende que la participación democrática
sea el mejor camino para enseñar la responsabilidad y la tolerancia;
recientemente, los estudios sobre capital social volvieron a tratar el tema
de la predisposición a la cooperación basada en las relaciones de confianza
que se establecen en las redes horizontales de participación cívica (Putnam,
1996).
No obstante, el actual predominio de valores individuales y de consumo
revierte el ideal republicano que valora naturalmente la participación
política, entendiéndola como un costo necesario para preservar la vida
privada (Kimlicka y Norman, 1997). En cambio, la distribución altamente
diferenciada de información, recursos políticos y riqueza, y la existencia
de sistemas donde predominan valores "cínicos", especialmente entre las
elites políticas (Reis y Castro, 2001), apuntan a reducir progresivamente el
componente cívico de la ciudadanía, base para la construcción de una
comunidad cohesionada e integrada.
Paradójicamente, al desarrollo del estado de bienestar social se lo
identifica como una de las causas de la reducción del civismo, en la medida
en que:
- contribuyó a erosionar los valores solidarios al alterar la estructura
de clases, ya que le otorgó un peso cada vez mayor a las capas medias
profesionales que se incorporaban como prestadores de servicios, en
detrimento de la presencia de trabajadores organizados colectivamente que
reivindicaban mayor justicia social;
- redujo la perspectiva emancipadora de la ciudadanía a una consigna de
consumo, transformando al ciudadano activo en un consumidor pasivo.
Ambos factores fueron, juntamente con otros, responsables de
las transformaciones de sociabilidad que desembocaron en el actual
individualismo consumista, expresión de la erosión de las identidades
colectivas.
En el debate de la teoría sobre la ciudadanía existe la tendencia a la
oposición entre aquellos que valorizan la ciudadanía activa, entendida como
la participación de los sujetos en una comunidad "dialógica", en contraste
con una ciudadanía pasiva, comprendida como portadora de una titularidad de
bienes y servicios garantizados por derechos (Crounch, 1999; Kymlincka y
Norman, 1997).
Esta oposición entre la dimensión cívica y la dimensión jurídica es, en mi
opinión, incorrecta y arbitraria, en la medida en que la ciudadanía,
entendida como dimensión pública de los individuos, rescata la mediación
entre el Estado y la sociedad, y se materializa en un conjunto de derechos y
deberes que, por consiguiente, restituye y revitaliza la comunidad política.
En primer lugar, más que una lista de derechos y beneficios, la dimensión
jurídica entraña la noción más abstracta del "derecho a tener derechos", una
condición que se confunde con la propia inclusión en la comunidad política
y, asimismo, potencia la conciencia de la ciudadanía como resultado del
descubrimiento y de la lucha por la conquista de derechos. En segundo lugar,
la inclusión de los derechos sociales en la condición de ciudadanía
transformó y diversificó la esfera pública al instalar en ella los intereses
de sectores dominados. La ciudadanía en tanto proceso de inclusión en la
comunidad política es la expresión del proceso de expansión de la hegemonía,
mediante el cual el Estado restringido se transforma en Estado ampliado.
La esfera pública liberal incluía derechos basados en un supuesto estado
natural de los hombres, en función del cual la libertad precedería a la
sociabilidad. Al contrario, como señala Bobbio (1993), los derechos sociales
no se limitan a las libertades genéricas de los individuos porque también
son ejercidos por los sujetos concretos, por los grupos singulares en la
sociedad; en consecuencia, se trata de exigencias que se expresan a través
de la demanda de una intervención pública.
El desarrollo de los sistemas de bienestar social transformó profundamente
la democracia contemporánea, pues privó a los criterios de mercado de su
condición monopólica de reguladores de la solidaridad social. Ello trajo
aparejado que se modificara la naturaleza del Estado y de las relaciones de
éste con la economía (Procacci, 1999; Esping-Andersen, 1990).
El surgimiento de los derechos de cuarta generación o derechos difusos rompe
definitivamente con el encapsulamiento individual de la ciudadanía, y
permite su desplazamiento como referente nacional, lo que involucra al
Estado, la población y el territorio. Estos cambios redimensionan la esfera
pública y la sitúan a escala global. Para Castells (1998), la revolución de
las tecnologías de la información permitió globalizar las actividades
estratégicas, que pasaron a operar al unísono en tiempo real. La
internacionalización de los mercados financieros, las transformaciones de
las relaciones laborales, el lugar de privilegio ocupado por los mercados y
el debilitamiento de las capacidades de los Gobiernos son consecuencia de
este proceso, que tendría como resultado la creación de la sociedad red,
caracterizada por mayor exclusión y desprotección de los ciudadanos.
Para Vargas (2001), empero, los efectos ambivalentes de la globalización,
que excluye e integra al mismo tiempo, modifican, potencian y renuevan las
dinámicas de exclusión/inclusión. La construcción de una sociedad civil
global con su correspondiente ciudadanía global superaría la exclusión
inherente a la identificación de la condición ciudadana con la nacionalidad
e implicaría la diversidad. Los movimientos sociales contendrían el germen
de la formación de esta sociedad civil global.
La pérdida del referente nacional en una sociedad cada vez más diferenciada
y policéntrica también se identifica como una cuestión crucial para la
cohesión social. Si, por un lado, la pérdida del monopolio del poder por
parte del Estado se ve como un proceso que genera fragmentaciones y amenaza
la cohesión, por otro lado, algunos autores identifican las estrategias de
descentralización, subsidiariedad y delegación como la única posibilidad de
reconciliar a la ciudadanía con la comunidad, rescatando a la ciudadanía
activa como núcleo central de este concepto. Para Crouch (1999), mientras
que la elite puede organizarse y participar a nivel nacional, las masas
populares sólo pueden hacerlo a nivel local, lo que introduce una
desigualdad y un obstáculo para que se concrete la ciudadanía.
A la par de los intentos de los movimientos sociales por encontrar formas de
articulación para demandar cada vez con mayor frecuencia la construcción de
una esfera pública global democrática -el mejor ejemplo es el Foro Social
Mundial-, lo que se observa es la coexistencia de este movimiento, cuyo
objetivo es una ciudadanía global, junto a una ciudadanía política nacional
cada vez más restringida por la existencia de instituciones supranacionales
que determinan el ejercicio del poder político, y subordinan el Estado
nacional a sus dictámenes.
La tensión entre lo local, lo nacional y lo global define una nueva
territorialidad para la ciudadanía, cuyo desarrollo en todos estos niveles
no es óbice para que los diferentes derechos puedan ser reivindicados en
distintas instancias (los derechos humanos y ambientales a escala global,
los derechos políticos y sociales a escala nacional y los derechos de
deliberación, o de quinta generación, a escala local). Si esta tesis fuera
correcta, el fenómeno incluso podría generar una disociación y hasta cierta
oposición entre los componentes de la ciudadanía, a semejanza de lo ocurrido
en otras circunstancias, como lo señaló Marshall (1965) con relación a la
oposición que tuvo lugar en Inglaterra en el siglo XVIII entre derechos
civiles y derechos sociales. La fragmentación que se percibe con la
simultaneidad de espacios políticos en una realidad policéntrica se agrega a
las cuestiones relacionadas con la aceptación de la diversidad, dentro de
una noción igualitaria como la de ciudadanía.
La igualación jurídica y política de la condición de ciudadanía abrió un
campo de lucha sobre la noción de igualdad, entendida por los liberales como
natural y de oportunidades (Friedman y Friedman, 1980), o también de
resultados, desde una perspectiva socialdemócrata. La permanente tensión
entre libertad e igualdad, fundamentos de la ciudadanía a los que se asocia
la solidaridad, da lugar a diferentes concepciones de democracia, que ponen
el énfasis en las libertades inherentes al individualismo posesivo, la
igualdad de resultados sustantivos o la autonomía del sujeto.
El predominio del principio de libertad permite concebir una democracia que
enfatiza el establecimiento de un conjunto de reglas para ejercer el poder
político, hace hincapié en que no se discrimine la preferencia de los
ciudadanos como se define en la poliarquía de Dahl (1971) y destaca la
precedencia del estado de derecho con relación a los demás derechos
ciudadanos, tal como lo postula O'Donnell.
La concepción de la democracia que privilegia la igualdad trata de
garantizarle a la ciudadanía resultados sustantivos, aunque esto implique
una mayor intervención estatal y un tratamiento homogéneo por parte de la
burocracia. Sen (1995) considera que tanto la subordinación de la igualdad a
la libertad que hacen los libertarios como la subordinación de la libertad a
la igualdad hecha por los igualitarios serían, en ambos casos, errores
categóricos, ya que "la libertad se encuentra entre los posibles campos de
aplicación de la igualdad y la igualdad se halla entre los posibles esquemas
distributivos de la libertad", contradicción esta que desaparece al
introducir la noción de capacidad. Sin embargo, al quedar ausente la
condición de sujeto, la capacidad deja de referirse a la dinámica política e
institucional para convertirse en un argumento ético.
La recuperación de la noción de ciudadanía en tanto emancipación de los
sujetos socialmente construidos identifica a la ciudadanía como estado de
plena autonomía, que no configura un estado general y universal, sino un
camino que se dirige hacia la aceptación de la alteridad, cuyo goce está
mediado por la institucionalidad permanentemente reconstruida. Esta
reconstrucción activa y permanente de la institucionalidad y de la misma
esfera pública requiere que se acepten las singularidades y las diferencias,
así como que se tornen públicos los espacios que anteriormente eran
considerados privados. En este sentido, la ciudadanía no puede dejar de ser
comprendida en toda su complejidad contradictoria: entre lo individual y lo
colectivo; entre lo público y lo privado; entre la homogeneidad y la
singularidad.
La propuesta de una democracia radical de Chantall Mouffe (1996) desarrolla
una teoría sobre el sujeto descentrado, constituido en la intersección de
una multiplicidad de posiciones subjetivas, y a su vez exige el
reconocimiento de la diferencia, de la articularización de lo universal.
Según esta propuesta, la ciudadanía deja de ser considerada sólo una
condición legal y pasa a ser comprendida como "la identidad política común
de personas que pueden estar empeñadas en muchos emprendimientos con
finalidades diversas y con diferentes concepciones del bien, pero que, en la
búsqueda de su satisfacción y en la ejecución de sus acciones, aceptan
someterse a las reglas que prescribe la república" (Mouffe, 1996).
La comprensión de la ciudadanía como una identidad compartida también supone
la igualdad e inclusión de los individuos en la comunidad política. Si bien
la persistencia sistemática de cierto nivel de desigualdad fue el motor del
desarrollo y de la complejización de la propia noción de ciudadanía, la
denuncia de la existencia de grupos y poblaciones excluidos de la comunidad
común de los ciudadanos -mujeres, afrodescendientes, homosexuales, minorías
étnicas y religiosas- introduce en el debate sobre la ciudadanía la
necesidad de considerar las diferencias.
Aun cuando el concepto igualitario de ciudadanía sirvió para encubrir la
exclusión, la homogeneidad de tratamiento a través de la administración
impersonal y burocrática de los servicios del estado de bienestar social
normalizó la sociedad, negando las diferencias en las demandas y las
singularidades de los sujetos. De este modo, la ciudadanía universalista es
denunciada como un impedimento para la expansión de la democracia en la
actualidad (Mouffe, 1996), porque es incapaz de incorporar las actuales
reivindicaciones, como la de igualdad compleja, propuesta por Walzer (1993),
o la de ciudadanía diferenciada, propuesta por Young (1989). Este último,
considera que la verdadera igualdad requiere la afirmación de las
diferencias grupales, por lo que propone, en función de un formato de
ciudadanía diferenciada, la creación de fondos públicos para ofrecer formas
de defensa, la garantía de representación de los grupos oprimidos, así como
la instrumentación de políticas diferenciadas para atender las demandas
singulares de estos grupos.
La propuesta de ciudadanía diferenciada, como forma de atender las
necesidades de los grupos excluidos, planteó serias preocupaciones
relacionadas con la capacidad de cohesión social y construcción de una
comunidad política y de sentidos, a partir de reivindicaciones particulares.
Del mismo modo, las políticas dirigidas a combatir la exclusión se
divulgaron como opuestas a las políticas universalistas, lo que generó un
falso antagonismo que sólo recientemente comienza a disolverse, cuando se
conciben políticas selectivas que favorecen y permiten la inclusión de los
grupos excluidos en sistemas universalizados de protección social.
Para Kimilicka y Norman (1997), los derechos especiales de representación y
los derechos multiculturales no amenazarían la cohesión social porque son
reivindicaciones de inclusión, mientras que los derechos de autogobierno
podrían corroer la función integradora de la ciudadanía.
El debate sobre la identificación de los atributos de la ciudadanía con
criterios pertinentes al universo masculino generó la noción de ciudadanía
diferenciada, que canaliza propuestas de representación grupal de los grupos
oprimidos (Young, 1990). La negación de la ciudadanía a grupos de la
población implica incluso "ausencia de espacios de reconocimiento y de
vínculos propiamente civiles (lo que) se traduce en la dificultad para
formular los dramas cotidianos (individuales y colectivos) en el lenguaje
público de los derechos y, por eso mismo, con tendencia a que se los coloque
en un pie de igualdad con los códigos morales de la vida privada" (Telles,
1994).
La identificación del ciudadano con el hombre trabajador y proveedor tiene
como consecuencia la construcción de una esfera pública externa al ambiente
familiar del trabajo femenino y de la vida familiar, que aún se considera
parte de la esfera privada, donde la regulación estatal y los derechos de la
ciudadanía se encuentran ausentes.
Esta identificación de la ciudadanía con el hombre blanco, productor y
proveedor se basa en la noción liberal de autonomía del ciudadano,
considerada atributo individual del trabajador productivo, de la que quedan
excluidos los que son considerados económica y/o socialmente dependientes.
Las críticas a un principio de autonomía que no considera que la dependencia
social sea una condición intrínseca de la supervivencia en sociedad han sido
expresadas tanto por el movimiento feminista como por los que defienden la
ampliación de la ciudadanía a las personas con discapacidades físicas. Ambos
grupos reivindican su inclusión como ciudadanos, y han construido una serie
de reivindicaciones que comportan derechos y beneficios que aún hoy no están
garantizados para quienes poseen alguna deficiencia física, o que
desarrollan su trabajo en la esfera doméstica.
La pérdida de la centralidad del trabajo como categoría organizadora de la
sociabilidad y la reestructuración de las relaciones productivas, con sus
implicancias sobre la flexibilización de las relaciones laborales,
contribuyen a romper los límites estrechos que configuraron el espacio de la
ciudadanía, lo que puede derivar en su desvinculación de la condición de
trabajo, y permitir que se incluyan otras demandas y otros grupos sociales.
La sociedad civil se revigoriza en la medida en que se garantizan la
diversidad, la pluralidad y la autonomía de sujetos organizados que se
encuentran e interactúan buscando instalar sus intereses en la esfera
pública. En este sentido, la esfera pública no puede identificarse meramente
con la sociedad civil, vista como instituciones autónomas mediadoras de la
relación entre el individuo y el Estado que, además, juzgan la acción
estatal de una manera racional y moral, y se configuran como un nivel meso
institucional a la manera de las asociaciones políticas de Tocqueville.
Existe actualmente una fuerte tendencia a buscar en las organizaciones
autónomas de la sociedad civil la esencia de la esfera pública en oposición
a la heteronomía de la ciudadanía, que es definida por el Estado.
En la esfera pública democrática es donde deben encontrarse la interacción
entre la sociedad civil fortalecida y los mecanismos
político-institucionales permeables a estas demandas que, a su vez, inducen
políticas públicas que transforman las relaciones de poder y las prácticas
administrativas correspondientes.
Al estudiar los nuevos movimientos sociales, Foweraker y Landman (1977)
confirman el papel central de la noción de derechos cuando se trata de
modelar nuevas formas sociales de pensamiento y de acción de las
organizaciones sociales, que universalizan demandas particulares y diseminan
la percepción de los derechos a través de la acción colectiva. Por tanto, si
la democracia no puede prescindir de la dimensión liberal representada por
la defensa de las libertades individuales básicas, la judialización de las
relaciones políticas es entonces una consecuencia inevitable, ya que las
libertades se objetivan en un cuerpo de derechos positivos e instituciones
estatales.
La lucha por la inclusión en la condición de ciudadanía, iniciada por los
movimientos y organizaciones sociales a partir de la identificación de sus
carencias y de la incapacidad del Estado para atenderlas, ha sido el
principal factor de dinamización y transformación en América Latina, tanto
de la sociedad como del Estado. Este razonamiento nos lleva a su vez a
reflexionar sobre la dimensión institucional de la ciudadanía, expuesta en
forma sumamente interesante por Marshall y con frecuencia olvidada por sus
críticos, que únicamente lo identifican como portavoz de la ciudadanía
jurídica.
Es imposible ignorar que la burocracia estatal es necesaria como fundamento
y soporte material de la igualdad política de los ciudadanos. Sin embargo,
la ciudadanía no puede dejar de ser reducida a la normatividad estatal,
aunque pierde en esta forma su dimensión subjetiva y emancipadora. Mientras
que la administración patrimonial se caracteriza por la utilización privada
de los recursos públicos y el uso de criterios personales y particularistas
para asignar esos mismos recursos, la ciudadanía presupone la diferenciación
entre el interés público y el privado y/o personal, mediante la adopción de
criterios objetivos y universales para la distribución de los recursos
públicos, sobre la base de las relaciones contractuales y el acceso
universalizado a las decisiones (Fedozzi, 1997).
Sin embargo, la construcción de una esfera pública revigorizada necesita
superar la exclusividad de los mecanismos de representación territorial y la
existencia de una burocracia weberiana, que fueron los soportes materiales
de la ciudadanía universal, pero que no fueron capaces de incluir en la
esfera pública a múltiples grupos excluidos. La inclusión activa en una
esfera pública plural y diversificada exige una nueva institucionalidad que
posibilite transformar la igualdad simple en compleja, la universalidad en
diversidad, y la democracia tradicional en formas innovadoras de
participación y cogestión que se han de aplicar en estructuras
gubernamentales descentralizadas.
El sistema de representación de base territorial y la competencia electoral
son imprescindibles para garantizar la pluralidad y la representación
democrática, pero resultan insuficientes en función de la desigual
distribución de recursos y los mecanismos de exclusión social. Por tanto, la
combinación del sistema de representación territorial con mecanismos de
representación corporativa o grupal puede reducir las disfuncionalidades del
sistema representativo. No obstante, se impone la aparición de nuevas formas
y arreglos institucionales que combinen el sistema representativo con la
participación directa de las organizaciones públicas autogestionadas si se
ha de transformar a las sociedades donde la estructura de poder se
caracteriza por la centralidad, la inequidad y la exclusión.
En este sentido, la democratización de la esfera pública debe tener en
cuenta ciertos aspectos cruciales, por ejemplo, la participación ciudadana
en las decisiones colectivas que afectan a la comunidad política,
resguardada por un cuerpo de reglas reconocidas que, más que aceptadas, son
colectivamente construidas para resolver la representación de intereses y la
negociación de los conflictos.
Las estrategias propuestas como las más proficuas, que involucran la
descentralización, la municipalización y la participación, pueden caer en un
vacío tecnocrático o voluntarista, si no se someten a un examen que
califique su orientación política y su capacidad para generar una nueva base
técnica, capaz de movilizar y accionar el potencial organizativo de la
sociedad.
En otras palabras, la participación ciudadana, si no altera la distribución
del poder y de la riqueza social, al mismo tiempo que transforma las
estructuras estatales y societarias, traduciendo institucionalmente la
inclusión de los nuevos sujetos en constitución, sólo será movilización y
construcción de la identidad social. En este caso, la falta de
correspondencia entre la movilización de la comunidad y la transformación de
la esfera pública con la inclusión de nuevos sujetos tiende a profundizar la
crisis de legitimidad de las instituciones públicas y a generar crisis
persistentes de ingobernabilidad.
Se puede afirmar que existe actualmente una reivindicación de la
participación directa de las poblaciones excluidas, lo que constituye un
derecho de quinta generación y requiere una nueva institucionalidad
democrática deliberativa para la gestión pública compartida. Se parte de la
afirmación de un criterio normativo de evaluación que se funda en la
capacidad de respuesta a los problemas que aparecen en la construcción de la
esfera pública democrática y se relacionan con la ampliación de la
ciudadanía mediante la resolución de cuestiones relativas a la integración,
la participación y la distribución.
En este sentido, resulta imposible dejar fuera del campo político de la
ciudadanía la esfera de la producción, ya que es ahí donde se definen las
relaciones económicas y de poder. Así, el criterio para evaluar las
políticas públicas se basará en su capacidad de alterar las relaciones de
poder existentes, de modo que permitan transformar las estructuras
burocráticas del Estado y de las organizaciones de la sociedad a fin de
construir una esfera pública democrática.
Analizadas las tensiones que se presentan actualmente para responder a los
desafíos impuestos por las luchas sociales y por las profundas
transformaciones en el marco institucional de las relaciones políticas y de
poder, cabe reafirmar que la ciudadanía constituye el marco analítico para
la integración en una esfera pública democrática, plural y diversificada
sobre la base de su reconfiguración y de la incorporación de las demandas
que históricamente se plantean en cada una de las dimensiones que componen
esta noción.
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