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Parte 2 /7
Conflictos
de transición: En sentido amplio, son los que aluden a la fragilidad de
los sistemas democráticos y aquellos que se refieren a las luchas, entre
fuerzas rivales, para hacerse con el poder en procesos de transición y
cambio político. Desde esta óptica, a continuación, se analiza brevemente el
papel que ciertos actores - a saber: militares y movimientos antisistémicos
- pueden jugar en la desestabilización de dichos procesos10.
Durante los últimos quince años, la región ha experimentado
la difusión y generalización de las formas de gobierno democrático en la
casi totalidad de los países. América Latina ha dejado de ser una región en
la que predominaban los gobiernos dictatoriales de la década de los ochenta
para transitar, con mayor o menor éxito según el caso, hacia sistemas de
derecho y regímenes pluralistas. La ola democratizadora alcanzó a países
como Brasil, Argentina, Uruguay y Chile, acompañada por los efectos de la
paz centroamericana, durante la década de los noventa (Nicaragua, El
Salvador, Honduras), la primera experiencia democrática de Paraguay o la
distensión en Panamá (ver Tabla 2).
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Tabla 2. Las nuevas democracias en América Latina |
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País |
Año |
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Ecuador |
1979 |
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Perú |
1980 |
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Honduras |
1981 |
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Bolivia |
1982 |
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Argentina |
1983 |
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El Salvador |
1984 |
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Brasil |
1984 |
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Nicaragua |
1984 |
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Guatemala |
1985 |
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Uruguay |
1985 |
|
Paraguay |
1989 |
Sin embargo, no debe confundirse la instauración de
mecanismos propios de democracia representativa con una democracia
institucional consolidada. Varios países de la región enfrentan aún graves
obstáculos para consolidar este proceso de una manera efectiva y
prácticamente toda la región está demostrando una considerable lentitud para
evolucionar desde un gobierno electo democráticamente a una democracia
institucional consolidada. En otras palabras, las democracias
latinoamericanas actuales son aún muy vulnerables y resultan más formales
que reales (PNUD, 2004; Arias Calderón, 2004)
11. Entre otros aspectos, y a nivel de actores, determinar si
una democracia está o no consolidada supone: analizar la desaparición del
riesgo inminente de nuevos golpes militares, la existencia de movimientos
antisistema y tener en cuenta el grado de profundización de las condiciones
de estabilidad de la democracia. Estos aspectos son clave en un momento en
el que las democracias latinoamericanas empiezan a carecer de legitimidad y
apoyo, con un telón de fondo dominado por la desconfianza hacia los partidos
políticos y la sombra de la corrupción. En este contexto, el papel que
pueden desencadenar ciertos actores puede resultar desestabilizador en los
procesos de democratización.
Históricamente la región ha contemplado como el papel de los
militares ha sido clave – más que el de otros actores - en las rupturas y
continuidades de la democracia. Así mismo, al margen de su papel
protagónico, el respaldo de las Fuerzas Armadas también resulta
significativo en los diversos episodios que han afectado a la vida
democrática latinoamericana12. Pero a pesar de la relevancia
que los militares siguen teniendo en la región, ésta se ha visto alterada
durante los últimos diez – quince años por varios motivos que especifica
CIIIP-UPAZ (2000)13:
- Muchos de los conflictos y disputas territoriales que tuvieron sus
raíces en el período de formación de los Estados nacionales y que fueron
parte del tradicional enfrentamiento a nivel internacional, lograron
alcanzar diversas formas de arbitrio o paz negociada14.
- A nivel doméstico, se vio reducida la inestabilidad generada por
diferentes formas de acción de guerrilla o de guerra civil. Los
movimientos insurgentes perdieron importancia relativa con respecto a la
década anterior. Así, gran parte de los focos de conflicto que alcanzaron
su nivel más alto a principios o mediados de los ochenta fueron total o
parcialmente suprimidos o bien fueron neutralizados mediante negociaciones
y acuerdos15.
- Durante la década de los setenta y ya entrada la del ochenta, parte de
la región latinoamericana, y en particular el Cono Sur, dejó de estar
gobernada por sistemas políticos autoritarios bajo el dominio directo de
los militares16.
Pero a pesar de las transformaciones que ha sufrido, la
institución militar continúa teniendo un protagonismo decisivo en la vida
política y socio-económica de la región y, en algunos países, su rol sigue
siendo básico en el presente y futuro inmediato al seguir protagonizando
irrupciones en la vida democrática de los mismos17. Sin
embargo lo que sí es válido para la mayoría de países de la región es el
considerable descenso en el número de personas movilizadas por los aparatos
militares. Sin embargo, los riesgos y peligros no han desaparecido.
Sobretodo en Centroamérica, los procesos de paz han dado lugar, por falta de
recursos y a pesar de las medidas previstas en las negociaciones de paz, a
una reinserción incierta – tanto a nivel socioeconómico como psicológico -
de muchos guerrilleros y soldados desmovilizados18. Así, muy a
menudo, la etapa de post-guerra genera un aumento de la delincuencia, el
nivel de violencia se acrecienta por la abundancia de armas de guerra en
circulación y la criminalidad constituye la principal preocupación de la
práctica totalidad de los gobiernos regionales en materia de orden público
(caso de Guatemala, por ejemplo, con la acción de las bandas juveniles – las
"maras" - y los casi cuatro-cientos asesinatos de mujeres tan sólo en el
pasado año – Del Alamo, 2004).
La importación de armamento en el total de las importaciones
de América Latina también se ha ido reduciendo. Sin embargo, no ocurre lo
mismo con los gastos: en toda la región no cae el presupuesto militar sino
que se incrementa ligeramente. Así, es significativo que a pesar de la
distensión del conflicto armado en la región, el gasto dedicado a defensa
continúa aumentando.
Las mayores reducciones del personal movilizado por las
Fuerzas Armadas y el descenso en las importaciones de armas se localizan en
Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras. En general, estos procesos han
conllevado una reducción del gasto militar. Aunque la reducción del personal
militar y del volumen de importación de armamento en América del Sur haya
sido importante, su magnitud no guarda ningún paralelismo con el
comportamiento de Centroamérica (ver Recuadro 1 para el caso de Guatemala) y
se constatan diferencias importantes entre países: el gasto militar ha ido
aumentando en algunos mientras que en otros se ha ido reduciendo. Entre los
primeros, Colombia, Chile, Ecuador y Paraguay; en el segundo, Perú y
Argentina son los casos más extremos de la región sudamericana de la
reducción del gasto militar.
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Recuadro 1. El aumento del gasto militar en América Latina;
los avances en Guatemala
A pesar de las persistentes crisis económicas y sociales,
las inversiones en gasto militar han aumentado un 24% en un lapso de diez
años (La nación, 2004) y varios países han optado por priorizar este rubro
en lugar de atender las graves emergencias sociales que son una de las
mayores causas de inestabilidad en la región. Con casi la mitad de los
latinoamericanos viviendo en la pobreza, el año pasado la región destinó a
sus fuerzas armadas 21.800 millones de dólares, una cifra muy superior a los
17.600 que se gastaba en 1994. Sin embargo, nada garantiza que lo que no se
gaste en armas va a ir destinado a programas sociales. Ante esta tendencia
general despuntan excepciones como la de Guatemala. La llegada del nuevo
presidente Oscar Berger ha supuesto la reducción del presupuesto de las
Fuerzas Armadas y el retiro de 12.109 de sus miembros. Las fuerzas militares
contaban con 27.609 miembros, cifra que quedó en 15.500 la última semana del
pasado mes de junio y su presupuesto se reducirá de 118,7 millones de
dólares a 97,5; hasta la fecha, el presupuesto militar era uno de los más
elevados en el país. Berger ha prometido una reorganización de las fuerzas
militares con el objeto de utilizar los recursos que se ahorren en programas
de educación, infraestructuras y salud, tres de los problemas más agobiantes
que afronta el país. A partir del próximo año, el presupuesto militar sólo
alcanzará al 0,33 del Producto Interior Bruto (PIB), la mitad del 0,66 que
contemplaban los acuerdos de paz.
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Además de las Fuerzas Armadas, los otros actores que
históricamente han concentrado una capacidad para sobrepasar los mecanismos
preestablecidos han sido los movimientos insurreccionales. El peso de esos
movimientos ha ido disminuyendo notoriamente aunque con notables
excepciones: Colombia y, en una escala claramente inferior, México. En estos
países, al igual que en el resto de la región, existe un respaldo desgastado
de las tradicionales reglas de resolución de los conflictos y, por tanto, un
debilitamiento en la integración de las tensiones y el procesamiento no
partidizado de las diferencias que llevan al conflicto. En estos casos, la
política nacional es cuestionada y no existen acuerdos plenos para la
aceptación de las reglas procedimentales propiamente democráticas. Esta
misma problemática parece haberse agudizado en Ecuador y en Bolivia con los
sucesos acaecidos en los últimos años que han demostrado la capacidad de
este tipo de movimientos aunque fuertemente cargados de un discurso étnico
(esta cuestión se trata más extensamente en los conflictos de identidad).
Al margen de la acción de militares y movimientos
insurreccionales, la debilidad de los principios democráticos es palpable en
todos los países de la región. Sin embargo, Centroamérica parece la zona en
la que dicha debilidad es más notable – quizás porque el proceso de
transición es más reciente - y prácticamente todos los países
centroamericanos siguen experimentando graves tensiones. En El Salvador,
Honduras, Nicaragua y Guatemala los procesos de paz se afianzaron y los
conflictos fueron suprimidos fundamentalmente en base a acuerdos y
negociaciones en los cuales participaron militares y guerrilleros con una
multiplicidad de actores sociales que fueron esenciales en los diálogos de
paz. Pero si bien estos países han logrado superar sus conflictos armados,
todavía aparecen expuestos a la violencia estructural que impide la
consolidación de los principios democráticos19. Estos casos
demuestran que la reconstrucción de las sociedades que han experimentado una
cultura de la violencia durante décadas es extremadamente compleja y
requiere múltiples esfuerzos20.
Debe tenerse en cuenta que la relación democracia –
conflicto es una dinámica que se retro-alimenta en la medida en que, por un
lado, una institucionalidad democrática arraigada conduce a un mejor
desempeño en materia de reducción y solución de los conflictos. Por otro,
que en condiciones de baja conflictividad social, buen desempeño económico,
y distensión de demandas, los desafíos que enfrenta la etapa de transición
disminuyen o son más bajos que los de una configuración opuesta como es
aquella que predomina en la mayor parte de los países de la región, marcada
por un pasado de inequidad extrema y exclusión. El logro de una transición
exitosa dependerá, por tanto, de la capacidad para superar los obstáculos
generados por aquellas estructuras que han tenido vigencia en la historia
reciente de la región; entre ellas, el papel de los militares o las
justificaciones históricas que condicionan el actuar de los movimientos
antisistémicos.
Notas
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