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ISSN 1913-6196

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 América Latina: una región en conflicto

Prevención y resolución de conflictos

Por Óscar del Álamo

Parte 3 /7

Conflictos de desarrollo. Son los que se gestan como consecuencia de la distribución desigual de recursos y que generan brechas al interior de las poblaciones. En la región, podemos hablar de un conflicto estructural resultante de un sistema social que ofrece oportunidades desiguales a sus miembros. Esto implica oportunidades de vida distintas que suponen un acceso diferente a los beneficios del desarrollo, una distribución desigual de recursos y un poder e influencia variable en las instancias de decisión en la asignación de los mismos. En la medida que una sociedad posee valores altos de distribución negativa de la riqueza y limita la participación de los individuos en las decisiones, principalmente aunque no exclusivamente en términos de recursos económicos, es mayor el conflicto. Así mismo, hay que tener en cuenta que no todos los conflictos son desencadenados por motivos económicos aunque los factores económicos resultan determinantes: en casi todos los conflictos es posible detectar razones económicas como causas principales o secundarias y que juegan un rol en la explicación de un conflicto social; además, todos los conflictos tienen repercusiones económicas muy importantes21.

América Latina es la región del mundo en donde el sector más enriquecido de la población concentra una mayor proporción del ingreso. El decil más rico de la población de América Latina y el Caribe retiene el 48% del ingreso total mientras que el decil más pobre sólo recibe el 1,6%; en las naciones industrializadas el decil superior recibe el 29,1% mientras que el decil inferior recibe el 2,5%. Además, desde la década de los setenta hasta la de los noventa, la desigualdad en América Latina y el Caribe fue superior en 10 puntos respecto de Asia; en 17,5 puntos respecto de los 30 países de la OCDE y en 20,4 puntos respecto de Europa oriental (Banco Mundial, 2004). La inequidad en el país menos desigual de la región, Uruguay, es superior respecto al país más desigual de Europa oriental y los países industrializados. En promedio, la desigualdad del ingreso ha tendido a empeorar en la región aunque las experiencias son variadas22. Pero, en general, puede afirmarse que esta desigualdad puede incrementar la desintegración social, disminuir las formas de acción solidarias o cooperativas, aumentar la desconfianza mutua, y dificultar los procesos de gobernabilidad y de acuerdos políticos.

El origen de esta situación está asociado a las pautas de desarrollo seguidas por las respectivas sociedades y con la influencia del legado colonial23. América Latina achaca la disparidad asociada al desarrollo desigual entre las regiones de un mismo estado (el eje campo / ciudad refleja esta situación)24 y las tensiones derivadas de las repercusiones de los modelos de ajuste implementados en toda la región25. Esta tendencia ha provocado que no solamente queden al margen determinados países de las dinámicas económicas regionales sino también ciertas regiones al interior de los Estados. América Latina se ha convertido en el paradigma de esta situación en el momento que se detecta, de manera generalizada, la progresiva concentración económica en los núcleos urbanos en detrimento de las zonas rurales, lo que ha producido una brecha cada vez más pronunciada. La región se caracteriza por la presencia creciente de poblaciones de excluidos que quedan al margen del empleo y de las necesidades básicas. Es así como se reproduce una cultura del conflicto asociada a las grandes ciudades, cada vez más superpobladas, tras la desestructuración de las bases agrícolas-familiares y las migraciones de las zonas rurales a los circuitos urbanos26 (ver Recuadro 2). De este modo, se experimenta un proceso que es económico pero que también afecta a los sistemas socio-culturales de los países27.

Recuadro 2. Capitales superpobladas

Un tercio de la población Argentina vive en la capital, Buenos Aires; Santiago alberga el 46% de la población chilena; San José de Costa Rica contempla 1,2 millones (de los 3,5 que tiene el país) de ciudadanos transitando diariamente por sus calles; finalmente, Ciudad de México ya es la metrópolis más poblada del mundo y algunos expertos pronostican una población de 40 a 50 millones de habitantes para el año 2010 (Corbella, 2000). Esta situación se ha agravado con las migraciones provinentes del entorno rural. En Chile por ejemplo, se calcula que de las 998.000 personas indígenas censadas el año 1992, un 80% reside en áreas urbanas, la mayor parte de ellas en la zona metropolitana de la capital. En las décadas recientes, se calcula que las grandes ciudades como Lima, La Paz o Ciudad de México han recibido un aporte mayor de población indígena, que procede del entorno rural, que el que recibieron históricamente debido, sobre todo, al deterioro y estancamiento de las economías comunitario/campesinas, la pérdida de recursos productivos y la atracción y necesidad del trabajo asalariado urbano.

Estas pautas de desarrollo se encuentran arraigadas al pasado colonial de la región y, sobretodo, a las situaciones de dependencia creadas entre los colonos y la población local. A pesar de los cambios políticos, sociales y económicos que tuvieron lugar durante el siglo pasado, las fuentes de desigualdad provinentes de la colonia se mantienen en la actualidad aunque con modalidades institucionales diferentes. Así, como en el antiguo período colonial, hoy también se detecta la influencia de las élites sobre las instituciones y las políticas públicas para favorecer sus intereses; estas instituciones se caracterizan hoy, al igual que ayer, por su debilidad. Si bien la transición a regímenes democráticos vivida por muchos países ha impulsado importantes avances, los patrones de influencia siguen siendo altamente desiguales y aún existe una tradición de clientelismo y patronazgo y un protagonismo arraigado de ciertos actores, a pesar de las prácticas electorales a nivel nacional y local28.

El fruto de estas tendencias son notables sectores de la sociedad caracterizados por su vulnerabilidad al estar expuestos a la pobreza y próximos a la desafiliación social por carecer de empleo y de soportes de otra naturaleza. En líneas generales, una pobreza que afecta a niños, adolescentes, mujeres e indígenas; así en países como Bolivia o Perú, por ejemplo, se detecta una creciente pobreza que podría calificarse como femenina, urbana e indígena (Banco Mundial, 2004) y vinculada a la consolidación o no del status de ciudadanía. Por tanto, la pobreza no se reduce únicamente a factores exclusivamente económicos sino también sociales y políticos.

Prácticamente todos los países de la región podrían entrar en este tipo de conflictos aunque quizás las repercusiones políticas de esta circunstancia han sido mucho más visibles en unos que en otros. Por ejemplo, la caída del presidente Sánchez de Lozada en Bolivia fue motivada por sectores que se reconocen como excluidos y víctimas de un sistema al que juzgan como "corrupto" porque no les asegura un acceso igualitario a las oportunidades. Esta interacción permite contemplar, en casos como los precisados, conflictos de transición democrática asociados a los conflictos de desarrollo. Así, los países en los que la distribución de los recursos materiales consagra una inequidad significativa, parecen estar más expuestos a la inestabilidad y al conflicto político (ver Recuadro 3 para ver el caso de Bolivia). Smith (1997) precisa que en el momento en que las poblaciones son prósperas y tienen una seguridad mínima para poder conservar su nivel de vida, y en especial cuando la riqueza está bien repartida, la democracia tiene mayores posibilidades de funcionar a largo plazo. Es así que las poblaciones requieren algo más que derechos y consultas electorales puntuales; es indispensable una cultura política democrática, pero esto se consigue mejor cuando los problemas de redistribución son menores29. De este modo, Prats (2004) afirma que no basta con iniciar un proceso de democratización para que se generen las fuerzas capaces de construir las instituciones y las políticas requeridas para el desarrollo humano. La situación actual de la región no parece la más propicia para que el proceso se produzca fácilmente30.

Recuadro 3. Bolivia, pobreza y desigualdad

Bolivia es uno de los países con mayor desigualdad social y económica en América Latina, una situación que provoca conflictos y violencia. El caso de Bolivia demuestra una tendencia que se manifiesta en toda la región: las profundas diferencias de capacidades entre los individuos y los grupos de América Latina radican en las interacciones entre los activos económicos, las oportunidades económicas, las fuerzas políticas y los procesos socioculturales. Desigualdad y la pobreza, aunque son temas relacionados, son diferentes aunque los países con altos niveles de desigualdad encuentran dificultades o incluso les es imposible escapar de la pobreza y ésta persiste (o aumenta) porque la mayoría de los países no han experimentado grandes cambios en sus estructuras sociales desde la época colonial. En el caso particular de Bolivia, los sectores más ricos tienen ingresos hasta 90 veces más altos que los pobres; en las ciudades esa relación es de 38 a 1, pero en el campo se dispara hasta una proporción de 170 a 1, lo que muestra el elevado grado de desigualdad que se vive en el país (Paz Vargas, 2004). Estos niveles de desigualdad afectan especialmente al área rural y se reflejan en los elevados niveles de pobreza nacional con lo que puede observarse que la riqueza del país está mucho muy concentrada en unas pocas manos. Por tanto, Bolivia no sólo es el país más pobre de Sudamérica, sino también en el que hay una mayor desigualdad entre los ricos y pobres (en Latinoamérica la relación entre el ingreso de los ricos y pobres, es de 30 a 1; en Uruguay, el país más igualitario, la relación es de 15 a 1). Una desigualdad que se expresa no sólo en los ingresos, sino también en ámbitos como el acceso a la educación y salud.

De lo visto aquí se desprende que la desigualdad en la distribución de los ingresos, por sí sola, provoca conflictos, violencia y genera debilidad del tejido institucional. Sin embargo, la clave para solventar el problema no es sólo económica aunque este factor resulta clave. México y Chile descubrieron que el incremento salarial no disminuyó los índices de desigualdad; estos casos indican que cuando un crecimiento prolongado no consigue reducir la desigualdad, ésta tiene un trasfondo estructural y nos encontramos con una desigualdad que va más allá de rentas y riqueza. Es, por tanto, una desigualdad de capacidades y oportunidades; como precisa Prats (2004) esto se traduce en el aumento de la pobreza, el deterioro de la calidad del empleo, el mantenimiento de la informalidad, el deterioro medioambiental, la falta de mejora en los derechos - civiles, económicos y sociales, la persistencia de las discriminaciones de género y étnicas, el escaso avance del estado de derecho, la intensificación de las redes de tráficos ilegales y delincuenciales...dicho de otro modo, los rendimientos de la democracia en términos de desarrollo humano han sido por lo general decepcionantes.

La participación en las actividades informales como aquellas vinculadas al narcotráfico – como por ejemplo el cultivo de la hoja de coca - se ha ido consolidando progresivamente como una de las vías de escape a la pobreza, en especial de la zona andina. La situación particular de Colombia es a menudo citada como el ejemplo de la desestabilización que puede crear el narcotráfico aunque éste se manifiesta en muchos otros países de la región, en especial en Bolivia y Perú. Durante los últimos años, los conflictos para los pequeños y medianos cultivadores de coca en esos países y en Colombia no se han resuelto de manera pacífica, y por el contrario, se han develado como factores de alta inestabilidad para la región Andina (ver cuadro 4).

Recuadro 4. El cultivo de coca en Bolivia y Perú

Al margen del cultivo de coca para uso tradicional en Bolivia lo que impulsó el tráfico para fines considerados ilícitos fue la caída de los precios de la materia prima de los productos agrícolas y minerales así como las medidas para frenar la inflación. Una enorme cantidad de campesinos tuvieron oportunidad para salir de su crítica situación económica mediante el cultivo de la coca que les proporcionaba unas ganancias mucho mayores. Cuando la hiperinflación alcanzó un nivel de 24.000% en 1985, el presidente Paz Estensoro implementó severos programas de ajuste estructural que supusieron el paro para muchos trabajadores incluyendo a 20.000 mineros en 1985 debido a la nacionalización de las industrias del estaño y del cobre. Los despidos produjeron migraciones masivas desde ciudades mineras como Potosí a las tierras bajas escasamente habitadas del Chapare para desarrollar el cultivo de la hoja de coca. Así, desde mediados de los ochenta, Bolivia (junto a Colombia) ha ostentado el "dudoso" honor de ser el principal suministrador de la materia prima para el mercado mundial de cocaína. Los esfuerzos destinados a la erradicación de la coca (para evitar el aumento del narcotráfico), teniendo en cuenta la importancia y la simbología de ésta para la población indígena y campesina (y por extensión para el país), provocaron el aumento de las protestas populares lo que supuso una amenaza para la estabilidad política. En Perú, el cultivo de la hoja de coca ha sido también contemplado como una estrategia para tratar de escapar de la pobreza. Este fenómeno se vio extendido sobretodo entre los sectores indígenas de la sierra y selva provocando que, hasta 1992, el país fuera el primer productor mundial de coca, con más de 120 mil hectáreas sembradas (Lama, 2002). Esta cifra ha ido reduciendo significativamente desde entonces, para llegar a 34 mil en 2000, con lo que Perú cedía el primer lugar a Bolivia en este insumo. Las estimaciones apuntan a que en la zona de la selva unas 400 mil familias subsisten directa o indirectamente de la coca, en un entorno marcado por la actuación de grupos armados y células de guerrilla. La grave caída de los precios agrícolas que padece el país ha sostenido la actividad desarrollada en los últimos años y los programas de sustitución de cultivos han fracasado porque no pueden competir con la rentabilidad de la coca. A lo que cabe añadir la venganza de los narcotraficantes sobre los campesinos en el caso de que estos se nieguen a seguir con la producción del cultivo.

De otro lado, cabe destacar que las tensiones medioambientales forman parte de los conflictos de desarrollo31. América Latina ha logrado preservar gran parte de sus recursos naturales: las riquezas de la cuenca Amazónica, sus yacimientos petrolíferos y mineros, sus fuentes de agua, su diversidad biológica - útil para industrias farmacéuticas y de otro tipo- o sus riquezas marinas que son la esencia de la capacidad de supervivencia de sus pueblos indígenas pero, a la vez, fuente de ingresos para los gobiernos nacionales y las grandes empresas. La importancia de los recursos naturales en la región es patente ya que éstos no sólo dan identidad sino que también son fundamentales para su sistema productivo. Pero a pesar de los esfuerzos por la preservación, la progresiva escasez de estos recursos naturales es el factor que ha marcado la proliferación de los conflictos por la disputa de los mismos.

En este sentido, una de las realidades más evidentes en la América Latina actual son las disputas entre las grandes empresas transnacionales, los gobiernos de los países, las elites que dominan las naciones de la región y las poblaciones autóctonas en torno a la disponibilidad, extracción y uso de los recursos naturales.

Las compañías extranjeras o nacionales tienden a desconocer los principios de consulta previa informada así como otros mecanismos de participación y respeto de los derechos humanos de las poblaciones afectadas por la extracción de sus recursos, la contaminación, el desalojo o la pérdida de la soberanía cultural, social y territorial. Por su parte, los gobiernos nacionales buscan la obtención de ingresos a cambio de la concesión de permisos, licencias de exploración, explotación y exportación de importantes fuentes de energía; la construcción de grandes proyectos de infraestructura - como represas, carreteras, vías férreas, complejos turísticos; y la introducción de empresas agroindustriales. Estos procesos quiebran la economía campesina, deterioran el medio ambiente y frustran las esperanzas de las poblaciones afectadas.

No es algo extraño encontrarse con casos en los que los representantes gubernamentales y los de las compañías involucradas acudan a procedimientos engañosos para simplemente informar a las comunidades acerca de decisiones ya tomadas, sobre hechos consumados, en los cuales se alegan normatividades y argumentos de seguridad nacional para llevar a cabo programas y proyectos. Si bien los colectivos indígenas se han visto respaldados por un creciente reconocimiento de sus derechos, el propio derecho internacional o por la acción de actores como las ONGs, siguen las disputas y, salvo contadas excepciones, se encuentran en el peor lado de la balanza.

La pérdida de credibilidad de las comunidades afectadas por los proyectos y programas vinculados a los recursos naturales se ha convertido en una de las causas principales que conduce a la ruptura del diálogo entre las partes, a la realización de acciones de hecho que llamen la atención de la opinión pública nacional e internacional y a la constitución de sistemas de oposición civil (ver Recuadro 5).

Recuadro 5. Los pueblos indígenas bolivianos y las empresas petroleras; Ecuador: el caso de Pastaza

El día 9 de Agosto, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, se inició también el tratamiento de la Nueva Ley de Hidrocarburos en el Congreso Nacional Boliviano ante la que los pueblos indígenas han demandado la inclusión de un "Titulo de Derechos Indígenas". Los Derechos Indígenas forman parte de la Ley de la República; son vinculantes y suponen el compromiso ineludible del Estado Boliviano a precautelar los derechos de los pueblos indígenas que se han convertido en afectados directos de las actividades de la industria extractiva - que explota gas, petróleo y minerales – y que se encuentra en el 54% del territorio nacional, coincidiendo con territorios y comunidades indígenas. A pesar de ello ni los anteriores gobiernos ni el actual de Carlos Mesa han cumplido con la ley que precautela los derechos indígenas. Los gobiernos de turno, sin consulta previa e informada, han entregado en concesión cuadriculas mineras y reservas de gas y petróleo en los territorios de las comunidades originarias ocasionando una serie de impactos sociales y ambientales que vulneran los derechos de los pueblos indígenas. No sólo el derecho a la consulta se ha visto violado sino también el derecho a la compensación e indemnización. Las poblaciones indígenas argumentan que bajo el amparo de la actual Ley de Hidrocarburos, las empresas transnacionales se apropian de espacios territoriales expropiándolos con el pretexto de ser utilidad pública; así mismo denuncian la contaminación del agua, los cauces de los ríos o la deforestación de los montes. En resumen, una serie de impactos sociales y ambientales que deberían ser mitigados y la afectación a territorios indígenas compensada. Desde las poblaciones indígenas bolivianas se denuncia que ni la ley anterior ni las propuestas de Ley actuales toman en cuenta sus derechos y que hasta la fecha el Estado ha sido incapaz de hacer cumplir. Es así que los Pueblos Indígenas han dado un ultimátum al Parlamento Boliviano para que se introduzca su propuesta de un "Título de Derechos Indígenas"; caso contrario, los pueblos originarios están dispuestos a llamar "al levantamiento indígena". Si bien pueden encontrarse diversas disputas en relación a temas medioambientales en América Latina, uno de los de mayor repercusión ha sido el de la provincia de Pastaza, en Ecuador. Durante los últimos 25 años, Ecuador ha crecido sobre una base económica que se ha sustentado en la explotación y exportación de petróleo. No obstante la importancia en la generación de divisas, la actividad petrolera ha sido cuestionada por los graves impactos y conflictos provocados, sobre todo, en el nororiente de la amazonía ecuatoriana. Hasta mediados de la década de los años 80, las actividades petroleras se habían concentrado en las provincias nororientales, pero ante una política de apertura al capital extranjero, el desarrollo de las actividades petroleras se extiende a otras provincias amazónicas como es Pastaza, donde la población indígena ha protestado por la ocupación de sus territorios lo que ha derivado en una serie de disputas socio-ambientales. Así, en la zona destaca el conflicto que se ha mantenido entre consorcio Arco Oriente que opera desde 1988 con pueblos indígenas que se han opuesto al desarrollo petrolero por temor a que se repliquen las prácticas petroleras de la zona nororiental que causaron contaminación, destrucción de amplias zonas de bosque y recursos naturales. Frente a todos los conflictos, el Estado ecuatoriano se ha mantenido casi ausente y ha dejado que las negociaciones y el manejo de los conflictos sean asumidos por los actores directamente involucrados, incumpliendo el compromiso asumido frente a la Empresa de garantizar el desarrollo del proyecto, desatendiendo además la ejecución de obras de infraestructura básica y el desarrollo integral de los pueblos.

En los últimos años, y en líneas generales, estos conflictos se han intensificado en la zona amazónica (Bolivia, Brasil, Ecuador, Perú) y afectando de manera más directa a las poblaciones indígenas (también en países como Chile, Colombia o Paraguay en el que el peso de la población indígena no es tan relevante) por su particular relación con el medio ambiente asociada a su cosmovisión y forma de vida.

Notas

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