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 América Latina: una región en conflicto

Prevención y resolución de conflictos

Por Óscar del Álamo

Parte 6 /7

2. Una breve reflexión: el conflicto en ¿positivo?

En la actualidad, América Latina vive la herencia de los desafíos no superados históricamente lo que ha provocado que, en la década de los noventa, la región se haya consolidado como aquella con las desigualdades sociales más flagrantes. Esto hace que Latinoamérica se encuentre con una serie de retos en relación a los conflictos presentados cuyo enfrentamiento puede significar el crecimiento de oportunidades para prevenir su deterioro, ampliación u ocurrencia en el futuro cercano. Con lo que hemos visto en las páginas anteriores, podemos concluir que América Latina ha superado las dos últimas décadas con avances notables pero no suficientes y quedan aún muchas asignaturas pendientes a afrontar en el nuevo milenio. Así mismo, las dinámicas dentro de la región han sido y son bastante desiguales; unas diferencias que se agravan si establecemos comparaciones por países.

De este modo, la región vive atravesada por disputas y tensiones que han derivado en la existencia de una conflictividad permanente y variada - resuelta en arreglos que sólo han procurado una volátil estabilidad - que debilitan los procesos de democratización en marcha. Por tanto, América Latina se presenta simplemente como una región prometedora, con progresos destacados pero con numerosos motivos de preocupación, muchas reformas pendientes y una democracia que no satisface a sus ciudadanos afectados por la progresión de las desigualdades (la agitación social constante, las abstenciones masivas o los constantes votos de castigo hacia el partido en el poder son muestra de ello). Estos factores constituyen la semilla para que, lejos de apaciguarse, se consoliden los conflictos ya existentes o aparezcan nuevos.

Casos como los avances en materia de identidad y género demuestran que el conflicto no necesariamente debe percibirse negativamente y que puede conducir a transformaciones que resulten positivas. Y este es un aspecto muy importante en un momento en que la región atraviesa por un acentuado incremento, profundización y radicalización de los conflictos que han evidenciado las debilidades y los límites de los procesos de democratización. Fundamentalmente, el crecimiento de los niveles de desigualdad y polarización social dan cuenta de las dificultades de los regímenes democráticos para incorporar eficazmente el principio de igualdad en caso de que no se produzcan los cambios institucionales necesarios.

Es así que los conflictos demuestran las limitaciones de la democracia pero, a la vez, a través de las experiencias positivas que se han derivado de ellos, indican que existen opciones de mejora a través de la profundización de los diseños institucionales existentes. Así, los conflictos no sólo constituyen un factor de perturbación y de desestructuración, sino que también pueden contribuir a la regulación social, a la invención de normas y de reglas comunes de convivencia entre actores enfrentados39. En consecuencia, el conflicto se ha convertido en palanca de transformación social y mecanismo a partir del que empezar a modificar situaciones injustas y desigualitarias.

Los propios mecanismos democráticos (especialmente en casos como los conflictos identitarios y los de género) han sido capaces de absorber, gestionar y procesar el conflicto; tras esta fase ha surgido una reforma institucional que, a pesar de que requiere la aparición y solidez de otros elementos – actitudes, valores, etc - se constituye en el primer paso adelante hacia la superación de las complejidades. Por tanto, la conflictividad es la expresión de las debilidades de la democracia y los arreglos legales e institucionales las herramientas para superarlas. Por tanto, la clave del proceso pasa por el diseño de las instituciones democráticas para que respondan a las auténticas necesidades e intereses de las partes en conflicto. Es así que no debería hablarse de suprimir el conflicto sino de gestionarlo para obtener avances "en positivo".

Esta circunstancia está intrínsecamente vinculada a la visibilidad de los conflictos o, en otras palabras, al grado de transparencia que tiene la sociedad la cual hace más o menos visibles sus tensiones40. Es el grado de visibilidad es lo que permite definir un tipo de conflicto aunque el hecho de que un conflicto resulte visible no implica que encuentre vías de solución; aunque la visibilidad ayuda (CIIIP-UPAZ, 2000). En otras palabras, es más factible que una sociedad pueda construir vías de solución efectivas en la medida que consiga determinar el conflicto, hasta ese momento encubierto, de ciertas instituciones y prácticas sociales (por ejemplo como ha sucedido en los aspectos referentes a la igualdad de género, el respeto por el medio ambiente o por las diferencias étnicas, entre otros). Por tanto, el grado de visibilidad o encubrimiento del conflicto depende de cada sociedad y el resultado final del proceso (situación conflictiva / situación no conflictiva) dependerá del grado en que dicha sociedad reconozca y resuelva favorablemente los diferentes conflictos presentes en ella.

Con lo visto en las anteriores páginas podríamos decir que hay una razón, tal vez la principal, por la cual se han hecho visibles nuevos tipos de conflicto en América Latina. Según CIIIP-UPAZ (2000) se trata de la aparición en la esfera pública de grupos, hasta el momento "subordinados", que han expresado en las últimas décadas su descontento con el lugar que ocupan en las sociedades contemporáneas (véase el caso de los indígenas). Por tanto, la visibilidad de algunos tipos de conflicto y su canalización "positiva" ha sido posible a partir de la acción de aquellos que se encuentran en el polo que sufre en mayor medida dicho conflicto; en particular, las "minorías"41 étnicas y las mujeres (así mismo, las acciones de los grupos y colectivos preocupados por la violencia de género o por aquella asentada en diferencias étnicas han contribuido también para que los conflictos se vuelvan visibles)42.

Y la acción de los actores se vincula directamente con el bajo desempeño del Estado para controlar, conciliar o solucionar las diferencias que surgen entre los diferentes grupos (políticos, religiosos, etc.) y/o cumplir con su papel en la provisión de bienes y servicios públicos. Es así que, la mayor parte de los conflictos de carácter político socio-económico provienen de la insatisfacción de determinados colectivos de población en relación a las instituciones políticas y al estado.

En consecuencia, en la base de la inmensa mayoría de los conflictos que se producen en la región nos encontramos con problemas relacionados con la discriminación política, la pérdida de legitimidad de las instituciones estatales, la instrumentalización de las diferencias (étnicas, religiosas, culturales) o las discrepancias y disputas por hacerse con el poder o mantenerlo. Por tanto, un trasfondo conflictivo marcado por la existencia de profundas desigualdades.

Proponer soluciones al respecto sería complejo y requeriría de un análisis detallado por países. Sin embargo, en líneas generales, para hacer frente a las profundas raíces históricas de la desigualdad (además de los poderosos intereses que la sustentan y que persisten hasta hoy) y los conflictos que a partir de ella se generan, se evidencia la necesidad de construir instituciones políticas y sociales más abiertas, que permitan a los grupos subordinados lograr mayores niveles de participación en la sociedad.

Notas

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