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Parte 1 /2
Conferencia magistral pronunciada por Su Excelencia el
arzobispo Giampaolo Crepaldi, secretario del Pontificio Consejo Justicia y
Paz en la inauguración de la IX Semana Social Católica de Cuba, celebrada en
la Casa Diocesana de Camagüey del 17 al 21 de noviembre de 2004.
La superación de los conflictos
No parezca una provocación gratuita, ni un inútil juego de
palabras, pero me parece que la primera contribución que la Iglesia da a la
superación de los conflictos es recordar de manera realista al hombre que
los conflictos no se pueden superar de manera definitiva.
La palabra "conflicto" aparece inmediatamente como negativa,
y, en parte, lo es. El conflicto evoca agresividad y violencia, odio y
contraposición. La "superación" de los conflictos aparece, por tanto, no
sólo deseable sino necesaria. En efecto, esta evoca de inmediato a la mente
una situación de concordia y de solidaridad, de justicia y de paz.
Sin embargo, al profundizar el análisis nos damos cuenta que
los conflictos no siempre son negativos; efectivamente existen también
conflictos legítimos de intereses, conflictos para limitar o eliminar la
opresión del hombre por el hombre, conflictos para reivindicar derechos
conculcados, conflictos entre propuestas políticas lícitamente diversas.
Profundizando todavía más el análisis, nos damos cuenta también que, con
frecuencia, la pretensión de superar totalmente los conflictos comporta
costos onerosos para el hombre y para la sociedad. El orden y la concordia
nacional pueden ser pagados a costa de la libertad y de la justicia. La
voluntad utópica de eliminar todos los conflictos puede ser la matriz de
nuevos e inenarrables conflictos: de ella, en efecto, han nacido muchas
formas de despotismo, en ocasiones muy cruento y hasta inhumano. Es
necesario entonces discernir, para que la retórica de la superación de los
conflictos no se vuelva contra el bien del hombre.
La Rerum novarum, con la que el Papa León XIII inició la
historia moderna de la doctrina social de la Iglesia, describía una
situación social enormemente conflictiva, típica de aquella fase del
capitalismo, pero no menos parecida a la situación actual. Frente a los
conflictos de entonces, la encíclica, como es sabido, valora críticamente
las propuestas de solución presentadas por las ideologías del tiempo e
ilustra las de la Iglesia, inspiradas en el Evangelio, sin conceder nada al
espíritu utópico y maximalista –que también ampliamente presente a finales
del siglo XIX en diversas formas de mesianismo laico de fondo social– de
quien querría superar definitivamente los conflictos. En un pasaje
memorable, la Rerum novarum pone en guardia contra los peligros de querer
construir un paraíso en la tierra: «el fin de las… adversidades no se dará
en la tierra, porque los males consiguientes al pecado son ásperos, duros y
difíciles de soportar y es preciso que acompañen al hombre hasta el último
instante de su vida. Así, pues, sufrir y padecer es cosa humana, y para los
hombres que lo experimenten todo y lo intenten todo, no habrá fuerza ni
ingenio capaz de desterrar por completo estas incomodidades de la sociedad
humana. Si algunos alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases
humildes una vida exenta de dolor y calamidades, llena de constantes
placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo y cometen un fraude que
tarde o temprano acabará produciendo males mayores que los presentes» (n.
14).
«Males mayores que los presentes»: ¿Cuántos de estos males han sido
producidos por mesianismos políticos que han pretendido "replasmar" la
naturaleza humana para conducir la historia hacia una sociedad sin
conflictos? Uno de éstos ha sido sin duda el comunismo, como ha escrito el
militante sui generis que fue (León Trotski): «El hombre se fijará como meta
volverse dueño de sus sentimientos, elevar sus instintos al nivel de la
conciencia, hacerlos claros y transparentes, avanzar con su voluntad hasta
las profundidades más escondidas de su inconsciente y elevarse así hasta
crear un tipo biológico-social superior y, si se quiere, el superhombre»1.
"Replasmar" la naturaleza humana para llegar al paraíso en la tierra es
posible sólo si se sostiene que el hombre pueda constituirse como tal con
sus solas fuerzas. Sólo si el hombre está totalmente en poder de si mismo
estará también en grado de "replasmarse". En efecto, Karl Marx escribe en
sus Manuscritos: «Dado que para el hombre socialista toda la así llamada
historia del mundo no es otra cosa que la generación del hombre mediante el
trabajo humano, ninguna otra cosa que el devenir de la naturaleza por el
hombre, él tiene la prueba evidente, irresistible, de su nacimiento a través
de sí mismo»2.
La presunción de resolver definitivamente todos los
conflictos y de acceder a una fase final de la historia dentro de la misma
historia, se funda sobre la conjetura que el hombre esté totalmente en poder
de sí mismo y que por tanto pueda imponer un nuevo tipo de hombre y una
sociedad nueva en la que no exista más la necesidad de hombres buenos,
porque todos los conflictos encuentran pacificación automática o, mejor
dicho, se extinguen. No se trata sólo del comunismo, sino de cualquier otra
ideología fuera de la realidad que busque "garantías definitivas" e
inmanentes.
Por esto estoy convencido, como decía al inicio, que la primera forma de
contribución que la Iglesia Católica da para la superación de los
conflictos, es la de recordar continuamente que los conflictos no son
(completamente) superables y que las injusticias, las molestias, el
desprecio de los derechos humanos, continuarán mientras durará el acontecer
de este mundo, porque «mientras tanto, la lucha entre el bien y el mal
continúa incluso en el corazón del hombre» (Centesimus annus, 25). Como dice
la Rerum novarum, esto puede servir para impedir cosas peores y más graves
dado que, con la pretensión de eliminar para siempre todos los conflictos,
se termina por imponer remedios que son peores que los males que se busca
eliminar. A cien años de distancia le hace eco la Centesimus annus: «Cuando
los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social
perfecta que haga imposible el mal, piensan también que pueden usar todos
los medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla» (Centesimus
annus, 25).
Esto no significa que los conflictos como tales deban ser
tolerados acrítica y pasivamente, ni que se haga apología del conflicto. En
efecto, quien pretende eliminar todos los conflictos olvida que actuando así
elimina también los conflictos por la justicia.
Reconociendo que los conflictos no serán jamás eliminados
completamente, el cristianismo reconoce también lo positivo de ellos,
entendidos como las luchas por la justicia y por el respeto de la persona.
Los conflictos no sólo no son completamente eliminables –en sentido
negativo– porque el hombre es pecador, como dice la Rerum novarum, sino
también –en sentido positivo– porque él es bueno y lucha por la justicia sin
resignarse a que sus hermanos no sean respetados en su dignidad. Una
situación final ausente de conflictos no tendría más necesidad de hombres
buenos y la vida social, económica y política no sería ya una vida moral.
La Iglesia nos recuerda que el hombre es justo y pecador a la vez, y que,
por tanto, siempre existirán conflictos originados por su pecado y luchas
por la justicia originadas por su buena voluntad y por su capacidad de
indignarse, siempre habrá lugar para una auténtica «praxis de liberación» (Centesimus
annus, 26). La plenitud no es cosa de este mundo, hasta la paz requiere
"lucha", esfuerzo, conflicto, comenzando por el conflicto con nosotros
mismos.
La conflictualidad no es originaria
Las corrientes de pensamiento social y político que
pretenderían superar en la historia todos los conflictos y acceder a una
situación post – conflictual, parten de la convicción de que el conflicto
sea originario y que el hombre sea naturalmente conflictivo. Por este motivo
ellos se ven forzados a prever la posibilidad de cambiar la naturaleza del
hombre. La doctrina social de la Iglesia, por el contrario, piensa que el
hombre no sea originaria y estructuralmente conflictivo, sino social y
originariamente perteneciente a una comunidad de hermanos, a la comunidad de
todo el género humano. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
recientemente publicado por el Pontificio Consejo «Justicia y Paz», dice por
ejemplo que:«La persona es constitutivamente un ser social, porque así la ha
querido Dios que la ha creado. La naturaleza del hombre se manifiesta, en
efecto, como naturaleza de un ser que responde a sus propias necesidades
sobre la base de una subjetividad relacional, es decir, como un ser libre y
responsable, que reconoce la necesidad de integrarse y de colaborar con sus
semejantes y que es capaz de comunión con ellos en el orden del conocimiento
y del amor» (n. 149). Quien conoce la enseñanza social de la Iglesia, sabe
que el Magisterio siempre ha sostenido este punto estratégico y el Concilio
Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et spes afirma que «el
hombre, por su íntima naturaleza, es un ser social, y no puede vivir ni
desplegar sus cualidades, sin relacionarse con los demás» (n. 12).
Los conflictos existen, pero no representan una situación natural
originaria, más bien se inscriben en lo positivo de la relación comunitaria
entre los hombres. Decía León XIII que «es mal capital… suponer que una
clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza
hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en
un perpetuo duelo. Es esto tan ajeno a la razón y a la verdad» (Rerum
novarum,.14). La así llamada "lucha de clases" ha sido por muchos decenios
la situación más típica del conflicto, cargada además de múltiples valencias
políticas e ideológicas. Es muy significativo, entonces que León XIII
ciertamente no lo niegue, pero sí rechace que su carácter sea natural y por
tanto "estructural", por adoptar una palabra en boga a finales del siglo XIX.
Si el conflicto no es natural es posible corregirlo y llevarlo a un
equilibrio, sin tener todavía la pretensión de superar todo conflicto en
cuanto tal. Sólo reconociéndolo como un hecho humano, es decir como un hecho
moral, el conflicto es superable –aunque no del todo–, puede ser canalizado
al interno de la legítima reivindicación, puede convertirse en oportunidad
para la solidaridad recíproca y, hasta, de innovación y mejoría de la
sociedad. La paz social y la consecución del bien común no contradicen la
dialéctica social y política. No son la quietud de la muerte, sino la
dinámica de la vida y se logran con la confrontación entre los intereses
legítimos y las diversas visiones a propósito de los caminos que hay que
recorrer para alcanzar el bien.
Estamos en presencia ya de una segunda importante contribución que la
Iglesia da para la superación de los conflictos. La Iglesia es portadora de
un mensaje que pertenece a una común "familia humana" fundada sobre la
Paternidad de Dios y esto constituye el contexto donde colocar también los
conflictos legítimos –a fin que encuentren orientación ética constante y
universal– para que puedan ser moderados y realisticamente superados.
Los conflictos y la "religión civil"
He querido alargarme en el subrayar el realismo cristiano
ante los conflictos, porque quisiera que se evitase entender la religión
cristiana sólo como un antídoto para los conflictos, una especie de
"amortiguador" de los conflictos sociales, una fuente dispensadora de
"buenos sentimientos" muy útiles para atar juntos a los ciudadanos. Existe
siempre el peligro que la sociedad entienda ( y entienda mal) el anuncio de
la paz y de la justicia de Cristo como un somnífero para las tensiones
sociales y como un adhesivo capaz de tener unidos a los ciudadanos desde el
interno cuando el poder no lo lograse desde el externo.
Sabemos que el pensador político que más que ningún otro ha
teorizado sobre la "religión civil" ha sido Jean Jacques Rousseau, según el
cual: "Los horribles disensos y los infinitos desórdenes que este peligroso
poder portaría consigo, muestran más que cualquier otra cosa cómo los
gobiernos humanos tengan necesidad de una base más sólida que no la simple
razón, y cómo fuese necesario para la paz pública que la voluntad divina
interviniera para dar a la autoridad soberana un carácter sagrado e
inviolable que quitase a los súbditos el funesto derecho de disponer de
ella. Si la religión no hubiese hecho otro bien a los hombres, esto ya sería
suficiente»3.
Soy consciente que el concepto de "religión civil" tiene
también una acepción positiva. Ella significa también la capacidad que la
religión cristiana posee de animar la cultura y la historia, de traducirse
–pero sin por ello confundirse– en ideales sociales y políticos, en
costumbres y formas de convivencia comunitaria. En este sentido la "religión
civil" se debe a la natural fecundidad histórica del cristianismo, capaz de
animar los diversos ideales históricos concretos.
Sin embargo, la "religión civil" tiene también una versión negativa,
significa la religión privada de su dimensión propiamente trascendente y
reducida a ética social y escuela de buenas costumbres. Una religión
domesticada y privada de su capacidad de ser levadura y profecía, de
anunciar y denunciar. Es fácil, en estos casos, que el Estado mismo se
construya una religión por sí mismo, como ha sucedido con frecuencia en el
pasado, dado que una religión reducida a buenas maneras no sirve a nadie,
mucho menos al poder que la quería usar como instrumentum regni.
Ciertamente la religión cristiana sana los conflictos y predica el perdón,
que tiene también una clara valencia social y política, como escribe el
Santo Padre Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada de la Paz del 1° de
enero de 2002: «La capacidad de perdonar es básica en cualquier proyecto de
una sociedad futura más justa y solidaria» (n.9). Es cierto también que esta
promueve la comprensión recíproca y la paz social. Pero esto lo hace a
partir de la Resurrección de Cristo, es decir de un mensaje de renovación y
conversión que va más allá de los preceptos de la ley.
La fe cristiana de nuestras comunidades aporta su contribución específica a
la superación de los conflictos entre los hombres, los grupos, las etnias,
las clases, no cuando se reduce a un fármaco social, sino cuando anuncia la
justicia y la paz del Señor, no cuando es utilizada para esconder los
conflictos en una especie de falsa y aparente concordia, sino cuando mueve
las conciencias para superarlos en la justicia.
La libertad religiosa y la función pública
de la religión
La religión puede expresar toda su contribución a la
libertad del hombre y a la justicia, es decir a la superación de los
conflictos negativos y a las contraposiciones violentas, cuando permanece
auténtica, sin reducirse a religión civil. Un ejemplo de esta función es
constituido por la influencia que el cristianismo ha tenido en los hechos de
1989 en Europa Oriental. Como sabemos, el Santo Padre Juan Pablo II
reflexionó teológicamente sobre esta función, tanto en la encíclica
Centesimus annus, como en los anuales Discursos al Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede de aquellos años4. Animados también por el
cristianismo, «pueblos enteros han tomado la palabra […] para demostrar que
no es posible sofocar las libertades fundamentales que dan sentido a la vida
del hombre» y que «no puede existir una sociedad digna sin el respeto de los
valores trascendentes» (Discurso al Cuerpo Diplomático 1990, 7). En las
sociedades de Europa Oriental, la religión cristiana ha dado prueba de haber
sido el factor principal de liberación, por los múltiples reflejos, incluso
sociales y políticos, no porque haya desarrollado directamente una tarea
política, ni porque se haya propuesto como una simple ética para la
contención social en tiempos difíciles y conflictivos, sino porque ha sido
coherente con su propia misión religiosa. Indicando una vocación
trascendente, el cristianismo atestigua cada día, en todo lugar, que todo
hombre tiene una eminente dignidad trascendente. Refiriéndose a Aquel de
quien todo procede y al que este mundo retorna, se opone a que el hombre sea
reducido a esclavitud. Hablando de un Dios "encarnado", dando visibilidad al
amor de Dios por todos los hombres, el cristianismo –y en particular el
catolicismo– no puede dejar de desarrollar también una función pública. La Gaudium et spes afirma que «el cristiano que falta a sus obligaciones
temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus
obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» (n. 43).
El catolicismo no es una secta, está dentro de la historia para encontrar a
todos. No es un asunto privado, sino una presencia comunitaria que ama todos
los aspectos del hombre y los quiere redimir todos. No es un fenómeno
individual y no puede renunciar a ser "religión de pueblo", no obstante las
muchas formas de intimismo particular y privado inducidas por la
secularización. «Se tiene a veces la impresión –leemos en el Discurso al
Cuerpo Diplomático de 1993, n. 7– de una voluntad, por parte de algunos, de
relegar la religión a la esfera de lo privado, bajo el pretexto de que las
convicciones y las normas de comportamiento de los creyentes serían
sinónimas de regresión o de atentado contra la libertad». Pero «la Iglesia
católica y la Santa Sede –precisa el Santo Padre– no pretenden en modo
alguno imponer juicios y preceptos, sino solamente dar el testimonio de su
concepción del hombre y de la historia, sabiendo que dicha concepción
procede de una Revelación divina».
Según Juan Pablo II, es precisamente la fe religiosa que
constituye el antídoto principal contra la esclavitud de las ideologías y
sus conflictos: en efecto, «cuando el hombre se convierte en la medida
exclusiva de todo, sin referencia a Aquel de quien todo viene y hacia el que
este mundo retorna, rápidamente se convierte en esclavo de su propia
finitud» (1990, 8). No siendo una ideología, el cristianismo valora todas
las porciones de verdad difundidas por doquier, todo lo examina a la luz de
la Verdad absoluta y no manipulable, y nada impone con la violencia o por la
fuerza. La verdad ideológica se impone a cualquier costo porque se trata de
una verdad instrumentalizada y que, por tanto, genera conflictos por
reacción, mientras que el "yugo" de Cristo es suave, y el cristiano, como su
Maestro, es "manso y humilde de corazón" porque la Verdad es la Persona del
Verbo Encarnado. Reivindicando a la fe cristiana una radical naturaleza no
ideológica, el Santo Padre puede reivindicarle también su función pública,
que no debe ser vista con temor sino como una riqueza, como un impulso para
mirar en alto, para relativizar el poder y orientarlo hacia el Bien y la
Verdad trascendentes.
Notas
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