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Parte 2 /2
¿Conflictos entre religiones?
Pero
es precisamente a esta nueva función pública de las religiones que hoy una
cierta opinión pública atribuye la causa de los principales conflictos de
nuestros días. Sobre este punto es necesario detenerse con atención.
Hasta hace algunos años, aparecía muy aventajada la idea de
un espacio público internacional "neutro" con respecto a las religiones,
confiado casi exclusivamente a los Estados y, en particular, a las dos super
potencias. Parecía que en el mundo occidental la valencia pública de la
religión fuera inhibida por la laicidad de la vida política, cuando no por
el laicismo y el proceso de secularización que tendía a relegar la religión
a lo privado. En el mundo comunista, a excepción del caso polaco, parecía
que las religiones estuvieran somnolientas bajo la dictadura o que hubieran
sido fuertemente debilitadas por la propaganda atea y por la persecución. En
ambos hemisferios políticos parecía que la ideología hubiera sacado
definitivamente ventaja sobre la religión.
Inesperadamente, por el contrario, después de la caída del
Muro y el fin de los bloques, también las religiones quedaron libres. En
Occidente se ha aprendido así que bajo la apariencia de un secularismo
rampante, viven fuertes tensiones religiosas. Los Estados Unidos, por
ejemplo, considerados a la vanguardia de la secularización en Occidente, han
descubierto sus propias raíces religiosas, al punto que algún observador
habla de creciente diferenciación, precisamente sobre este punto, entre
Estados Unidos y Europa. En Oriente, de la disgregación del imperio
soviético emergieron múltiples pertenencias religiosas que en algunos casos,
por desgracia, han llegado incluso a estallar en forma de conflictos
virulentos.
Las migraciones globales han puesto además a las religiones
una al lado de la otra y la escena política mundial, con sus conocidas
vicisitudes, ha conducido a la notoriedad de la crónica y de la política la
religión islámica.
Todo esto ha comportado, no sólo un renovado peso social y
político de las religiones, sino sobre todo su reivindicación "de derecho"
para una función pública. Si en ocasiones ello ha sido y es fuente de
conflicto y de guerra, considero que pueda y deba convertirse, en un futuro
no lejano, en elemento de paz. Sobre este terreno se jugará cada vez más en
el futuro próximo la suerte de la paz en nuestro mundo, bajo una condición
fundamental: que las religiones sepan evitar cada vez con mayor atención los
dos extremos, el del espacio público neutro y el del fundamentalismo. Un
espacio público neutro, deseado por fuerzas ideológicas y políticas, y por
los Estados que se sirven de una concepción liberal e iluminista de la vida
política entendida en sentido contractual, y no como compromiso en favor del
"bien", es imposible de realizar ya que es contradictorio. Para negar una
visibilidad pública a la religión, el Estado neutro debería imponer un acto
de fuerza igualmente "absoluto" que la absolutidad que se quiere impedir
expresar a las religiones. En tal caso la posición "laica" se calificaría
como "fundamentalismo laico", o como "ideología laica", es decir, algo
bastante diverso del espacio público neutro. Para garantizar una presunta
libertad del espacio público se impide al creyente manifestar libremente en
la sociedad la pertenencia religiosa que da sentido a su vida. Este
impedimento se califica como un acto soberano del Estado que, por tanto, se
impone a la sociedad civil y a la persona, en vez de ponerse a su servicio.
Semejantes posturas no pueden tener otro resultado que aumentar los
conflictos religiosos, tanto entre los grupos religiosos, como entre éstos y
el Estado. Al mismo tiempo, es necesario evitar el fundamentalismo
religioso, es decir la ocupación directa del espacio público por parte de
una religión.
Impidiendo la libertad religiosa, se desconoce un derecho
fundamental del hombre y, por tanto, se ponen las bases para nuevos
conflictos.
Como se ve, será cada vez más importante garantizar en el
futuro la libertad religiosa, no sólo en los textos constitucionales, sino
sobre todo en la práctica política concreta. La libertad religiosa no es
causa de guerra, al contrario es la condición para evitar el
fundamentalismo, tanto laico como religioso, que representan las formas
principales de intolerancia religiosa en el mundo de hoy, las fuentes de los
conflictos así llamados "religiosos".
La construcción de la paz, sin utopías
Pero es sobre todo en el campo de la construcción de la paz
donde la Iglesia puede expresar más adecuadamente su vocación de contribuir
a la superación de los conflictos. Pero también aquí es necesario ser
realistas y distinguir bien lo específico cristiano en vistas a la
consecución de la paz. Lo haremos clarificando la distinción entre los
términos pacífico, pacifista y pacificador.
La paz es ante todo un patrimonio de la persona, una de sus
cualidades éticas y espirituales. Pacíficas no son primariamente las
instituciones, los tratados internacionales, las relaciones entre las
cancillerías. Pacífico es en primer lugar el hombre, cada una de las
personas capaces, por don de Dios y por virtud propia, de vivir una relación
no conflictiva con sí mismo y con los demás. La paz es la riqueza humana
propia de los hombres de paz, de los "pacíficos" que nos habla Jesús en el
discurso de la montaña: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). No tendremos jamás estructuras
de paz sin hombres de paz, sin personas pacíficas. Con demasiada frecuencia,
en el pasado, nos hemos ilusionado pensando que los mecanismos o los
procesos estructurales nos garantizarían un mundo de paz sin más necesidad
de hombres pacíficos.
El hombre de paz siembra la paz a su alrededor, por medio de
él se expande en círculos concéntricos: a la familia, a las personas
vecinas, a la sociedad, al ambiente de trabajo y poco a poco a todas las
relaciones en que él está comprometido. El hombre de paz es pacífico siempre
y en cualquier situación de la vida, ya que la paz pertenece a su ser, es un
habitus que no abandona. Las posturas de paz le vienen espontáneas y vive
con gran serenidad una moralidad de la paz tal que la lucha y la guerra no
encuentran ni siquiera audiencia en su presencia.
Pacífista es, por el contrario, quien se moviliza por la paz
y la hace un proyecto social y político. El pacifismo es algo bueno, pero
puede también degenerar. Este trae sus frutos positivos sólo si es llevado
adelante por hombres de paz. Se puede decir que el pacifismo depende del ser
pacífico. El pacifismo sin protagonistas pacíficos corre incluso el riesgo
de traicionar la meta de la paz. Puede volverse una ideología, maniquea en
sus juicios y hasta intolerante. Insensible a la complejidad de las
situaciones, a la responsabilidad en juego, a los tiempos que son requeridos
a veces para que una perspectiva madure progresivamente. El pacifismo no se
contenta con testimoniar, quiere convencer, adquirir consenso, traducirse en
propuesta vencedora y, por tanto, también de poder. Se trata de expectativas
y de procesos legítimos que, sin embargo, pueden hacer uso, para alcanzar
los resultados, de la violencia de las palabras y de las posturas, de la
exclusión y del juicio fácil, de la opción de parte absolutizada como la
única expresión de un auténtico pacifismo. Por ello el pacifismo tiene
necesidad de ser continuamente enmendado, reconducido a sus razones más
profundas, es decir, a la paz que habita en los corazones de los hombres
pacíficos. En efecto, al releer bien la historia del pacifismo, nos damos
cuenta que éste ha tenido más éxito cuando más ha logrado encarnarse en
hombres pacíficos. Ha logrado movilizar las conciencias y obtener también
resultados políticos concretos, precisamente porque sus protagonistas han
sabido guiar el movimiento pacifista mediante sus cualidades de hombres
pacíficos, libres y disponibles a la llamada de la paz.
«El Papa no puede calificarse como un pacifista»5,
escribe A. Riccardi de la Comunidad de San Egidio. Ante todo porque él
siempre ha rendido homenaje a quien ha ofrecido la propia vida por la
salvación de la patria; en segundo lugar porque jamás ha condenado en
sentido único las guerras, sino siempre y sólo "la" guerra, frecuentemente
el único en recordar también a la conciencia de la humanidad tantas guerras
"olvidadas"; en tercer lugar porque ha estado también entre los primeros en
imaginar formas adecuadas de intervención humanitaria y de interposición.
Pero sobre todo él no puede ser enumerado entre los pacifistas por la
sabiduría del realismo cristiano, según el cual el único modo de servir a la
paz es no posesionarse de ella, sino, al contrario, dejarse por ella
conquistar. En el pacifismo militante existe, en el fondo, una voluntad de
poseer la paz e imponerla. No hay duda que ella deba ser también puesta y,
dentro de ciertos límites, impuesta, pero es igualmente verdadero que ella
debe germinar y crecer. Se le puede cultivar, producirla es difícil. La
sabiduría del realismo cristiano sabe bien que la paz es un don de Dios
antes que una conquista humana.
Llegamos, finalmente, al pacificador. Él trae alimento de su
ser hombre de paz para vincularse con los demás hombres de paz y, como
tales, insertarse dentro de las situaciones históricas de conflicto para
ofrecer palabras, actitudes y soluciones de paz. Tanto el pacifismo
simplifica, juzga y a veces condena, cuanto la acción pacificadora quiere
por el contrario entender la complejidad, ayudar a crecer, proponer
soluciones que ayuden a mejorar, convertir a la paz convirtiéndose a ella.
El pacificador entra de manera realista en los conflictos de la historia y
se hace fermento. Si el pacifismo es guiado con frecuencia por la ideología
y recorre un proyecto político, el pacificador o "el que trabaja por la
paz", es guiado primero que nada por el amor, porque como escribía San
Agustín, «Tener la paz significa amar»6.
La Iglesia ayuda a superar los conflictos sobre todo
formando hombres pacíficos y pacificadores.
Cuba, 17 de noviembre de 2004.
Notas
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