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 Misión de la iglesia en la solución pacífica de los conflictos

Prevención y resolución de conflictos

Por Arzobispo Giampaolo Crepaldi

Parte 2 /2

¿Conflictos entre religiones?

Pero es precisamente a esta nueva función pública de las religiones que hoy una cierta opinión pública atribuye la causa de los principales conflictos de nuestros días. Sobre este punto es necesario detenerse con atención.

Hasta hace algunos años, aparecía muy aventajada la idea de un espacio público internacional "neutro" con respecto a las religiones, confiado casi exclusivamente a los Estados y, en particular, a las dos super potencias. Parecía que en el mundo occidental la valencia pública de la religión fuera inhibida por la laicidad de la vida política, cuando no por el laicismo y el proceso de secularización que tendía a relegar la religión a lo privado. En el mundo comunista, a excepción del caso polaco, parecía que las religiones estuvieran somnolientas bajo la dictadura o que hubieran sido fuertemente debilitadas por la propaganda atea y por la persecución. En ambos hemisferios políticos parecía que la ideología hubiera sacado definitivamente ventaja sobre la religión.

Inesperadamente, por el contrario, después de la caída del Muro y el fin de los bloques, también las religiones quedaron libres. En Occidente se ha aprendido así que bajo la apariencia de un secularismo rampante, viven fuertes tensiones religiosas. Los Estados Unidos, por ejemplo, considerados a la vanguardia de la secularización en Occidente, han descubierto sus propias raíces religiosas, al punto que algún observador habla de creciente diferenciación, precisamente sobre este punto, entre Estados Unidos y Europa. En Oriente, de la disgregación del imperio soviético emergieron múltiples pertenencias religiosas que en algunos casos, por desgracia, han llegado incluso a estallar en forma de conflictos virulentos.

Las migraciones globales han puesto además a las religiones una al lado de la otra y la escena política mundial, con sus conocidas vicisitudes, ha conducido a la notoriedad de la crónica y de la política la religión islámica.

Todo esto ha comportado, no sólo un renovado peso social y político de las religiones, sino sobre todo su reivindicación "de derecho" para una función pública. Si en ocasiones ello ha sido y es fuente de conflicto y de guerra, considero que pueda y deba convertirse, en un futuro no lejano, en elemento de paz. Sobre este terreno se jugará cada vez más en el futuro próximo la suerte de la paz en nuestro mundo, bajo una condición fundamental: que las religiones sepan evitar cada vez con mayor atención los dos extremos, el del espacio público neutro y el del fundamentalismo. Un espacio público neutro, deseado por fuerzas ideológicas y políticas, y por los Estados que se sirven de una concepción liberal e iluminista de la vida política entendida en sentido contractual, y no como compromiso en favor del "bien", es imposible de realizar ya que es contradictorio. Para negar una visibilidad pública a la religión, el Estado neutro debería imponer un acto de fuerza igualmente "absoluto" que la absolutidad que se quiere impedir expresar a las religiones. En tal caso la posición "laica" se calificaría como "fundamentalismo laico", o como "ideología laica", es decir, algo bastante diverso del espacio público neutro. Para garantizar una presunta libertad del espacio público se impide al creyente manifestar libremente en la sociedad la pertenencia religiosa que da sentido a su vida. Este impedimento se califica como un acto soberano del Estado que, por tanto, se impone a la sociedad civil y a la persona, en vez de ponerse a su servicio. Semejantes posturas no pueden tener otro resultado que aumentar los conflictos religiosos, tanto entre los grupos religiosos, como entre éstos y el Estado. Al mismo tiempo, es necesario evitar el fundamentalismo religioso, es decir la ocupación directa del espacio público por parte de una religión.

Impidiendo la libertad religiosa, se desconoce un derecho fundamental del hombre y, por tanto, se ponen las bases para nuevos conflictos.

Como se ve, será cada vez más importante garantizar en el futuro la libertad religiosa, no sólo en los textos constitucionales, sino sobre todo en la práctica política concreta. La libertad religiosa no es causa de guerra, al contrario es la condición para evitar el fundamentalismo, tanto laico como religioso, que representan las formas principales de intolerancia religiosa en el mundo de hoy, las fuentes de los conflictos así llamados "religiosos".

La construcción de la paz, sin utopías

Pero es sobre todo en el campo de la construcción de la paz donde la Iglesia puede expresar más adecuadamente su vocación de contribuir a la superación de los conflictos. Pero también aquí es necesario ser realistas y distinguir bien lo específico cristiano en vistas a la consecución de la paz. Lo haremos clarificando la distinción entre los términos pacífico, pacifista y pacificador.

La paz es ante todo un patrimonio de la persona, una de sus cualidades éticas y espirituales. Pacíficas no son primariamente las instituciones, los tratados internacionales, las relaciones entre las cancillerías. Pacífico es en primer lugar el hombre, cada una de las personas capaces, por don de Dios y por virtud propia, de vivir una relación no conflictiva con sí mismo y con los demás. La paz es la riqueza humana propia de los hombres de paz, de los "pacíficos" que nos habla Jesús en el discurso de la montaña: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). No tendremos jamás estructuras de paz sin hombres de paz, sin personas pacíficas. Con demasiada frecuencia, en el pasado, nos hemos ilusionado pensando que los mecanismos o los procesos estructurales nos garantizarían un mundo de paz sin más necesidad de hombres pacíficos.

El hombre de paz siembra la paz a su alrededor, por medio de él se expande en círculos concéntricos: a la familia, a las personas vecinas, a la sociedad, al ambiente de trabajo y poco a poco a todas las relaciones en que él está comprometido. El hombre de paz es pacífico siempre y en cualquier situación de la vida, ya que la paz pertenece a su ser, es un habitus que no abandona. Las posturas de paz le vienen espontáneas y vive con gran serenidad una moralidad de la paz tal que la lucha y la guerra no encuentran ni siquiera audiencia en su presencia.

Pacífista es, por el contrario, quien se moviliza por la paz y la hace un proyecto social y político. El pacifismo es algo bueno, pero puede también degenerar. Este trae sus frutos positivos sólo si es llevado adelante por hombres de paz. Se puede decir que el pacifismo depende del ser pacífico. El pacifismo sin protagonistas pacíficos corre incluso el riesgo de traicionar la meta de la paz. Puede volverse una ideología, maniquea en sus juicios y hasta intolerante. Insensible a la complejidad de las situaciones, a la responsabilidad en juego, a los tiempos que son requeridos a veces para que una perspectiva madure progresivamente. El pacifismo no se contenta con testimoniar, quiere convencer, adquirir consenso, traducirse en propuesta vencedora y, por tanto, también de poder. Se trata de expectativas y de procesos legítimos que, sin embargo, pueden hacer uso, para alcanzar los resultados, de la violencia de las palabras y de las posturas, de la exclusión y del juicio fácil, de la opción de parte absolutizada como la única expresión de un auténtico pacifismo. Por ello el pacifismo tiene necesidad de ser continuamente enmendado, reconducido a sus razones más profundas, es decir, a la paz que habita en los corazones de los hombres pacíficos. En efecto, al releer bien la historia del pacifismo, nos damos cuenta que éste ha tenido más éxito cuando más ha logrado encarnarse en hombres pacíficos. Ha logrado movilizar las conciencias y obtener también resultados políticos concretos, precisamente porque sus protagonistas han sabido guiar el movimiento pacifista mediante sus cualidades de hombres pacíficos, libres y disponibles a la llamada de la paz.

«El Papa no puede calificarse como un pacifista»5, escribe A. Riccardi de la Comunidad de San Egidio. Ante todo porque él siempre ha rendido homenaje a quien ha ofrecido la propia vida por la salvación de la patria; en segundo lugar porque jamás ha condenado en sentido único las guerras, sino siempre y sólo "la" guerra, frecuentemente el único en recordar también a la conciencia de la humanidad tantas guerras "olvidadas"; en tercer lugar porque ha estado también entre los primeros en imaginar formas adecuadas de intervención humanitaria y de interposición. Pero sobre todo él no puede ser enumerado entre los pacifistas por la sabiduría del realismo cristiano, según el cual el único modo de servir a la paz es no posesionarse de ella, sino, al contrario, dejarse por ella conquistar. En el pacifismo militante existe, en el fondo, una voluntad de poseer la paz e imponerla. No hay duda que ella deba ser también puesta y, dentro de ciertos límites, impuesta, pero es igualmente verdadero que ella debe germinar y crecer. Se le puede cultivar, producirla es difícil. La sabiduría del realismo cristiano sabe bien que la paz es un don de Dios antes que una conquista humana.

Llegamos, finalmente, al pacificador. Él trae alimento de su ser hombre de paz para vincularse con los demás hombres de paz y, como tales, insertarse dentro de las situaciones históricas de conflicto para ofrecer palabras, actitudes y soluciones de paz. Tanto el pacifismo simplifica, juzga y a veces condena, cuanto la acción pacificadora quiere por el contrario entender la complejidad, ayudar a crecer, proponer soluciones que ayuden a mejorar, convertir a la paz convirtiéndose a ella. El pacificador entra de manera realista en los conflictos de la historia y se hace fermento. Si el pacifismo es guiado con frecuencia por la ideología y recorre un proyecto político, el pacificador o "el que trabaja por la paz", es guiado primero que nada por el amor, porque como escribía San Agustín, «Tener la paz significa amar»6.

La Iglesia ayuda a superar los conflictos sobre todo formando hombres pacíficos y pacificadores.

Cuba, 17 de noviembre de 2004.

Notas

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