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ISSN 1913-6196

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 Democracia y desarrollo humano en América Latina...¿una historia de desencuentro?

Democracia y derechos humanos

Por Marc Bou i Novensà & Íñigo Macías-Aymar

Parte 1 /2

La democracia entró a formar parte esencial de la agenda internacional del desarrollo a comienzos y mediados de la década de los ochenta. La consecución de gobiernos democráticos y transparentes pasó a formar parte esencial del desarrollo, no sólo como objetivo, sino también como medio a través del cual las sociedades deberían definir sus carencias, y por tanto, los principales problemas a los que hacer frente. El final de la Guerra Fría -y en consecuencia, de los intereses geoestratégicos que tan crucialmente habían determinado la política exterior y de ayuda al desarrollo de las grandes potencias durante el periodo-, y el resurgimiento de una conceptualización del desarrollo humano mucho más amplia, completa, y superando la hasta entonces predominante visión economicista, colocaron la democratización en primera línea de la "guerra contra el subdesarrollo".

Desde entonces, muchos han sido los esfuerzos, tanto humanos como financieros que, desde las principales instituciones financieras internacionales y agencias de desarrollo, se han destinado para apoyar a los países embarcados en jóvenes y frágiles procesos de democratización, y para persuadir a otros con sistemas autoritarios y dictatoriales a cambiar. A pesar de estos esfuerzos, los resultados obtenidos durante todo este tiempo han restado sensiblemente por debajo de las expectativas de los ciudadanos.

El caso latinoamericano es, quizás, el ejemplo más paradigmático, pues el avance democrático y el desarrollo económico y social de la región han viajado por senderos distintos durante las últimas tres décadas, incluso durante largos periodos parecen haberlo hecho en sentidos opuestos. Así pues, y a pesar de la bonanza económica generalizada durante el periodo, a mediados de la década de los 70 únicamente tres países de la región elegían a sus representantes mediante competitivos procesos electorales libres y justos. A finales de esta década y a comienzos de la década de 1980, la región prosiguió su avance democrático, experimentando el inicio de una corriente democrática que afectó a la gran mayoría de países latinoamericanos. Sin embargo, y de manera simultánea, casi todas estas jóvenes democracias tuvieron que hacer frente a graves problemas de carácter económico derivados del elevado nivel de endeudamiento público acumulado y la repentina interrupción en los flujos de entrada de capital extranjero. La impronta dejada por esta "década perdida" es aún hoy visible, pues a pesar del afianzamiento de los procesos de democratización en la región, el tímido desempeño económico experimentado durante los años 90 y la persistente desigualdad no han evitado que en el año 2000, muchos latinoamericanos presenten unas condiciones de vida similares, sino peores, con relación a las de 1980.

Por todo ello, podemos afirmar que la democracia como sistema de representación política o como un medio en América Latina parece no haber satisfecho las expectativas de los ciudadanos entorno a un mejor y mayor bienestar. Análogamente, la democracia como un fin, es decir, el avance en los derechos políticos y libertades civiles que hoy disfrutan los habitantes de la región, se ha visto totalmente anulado por la incapacidad de traducir estos avances en mayor bienestar económico y social. Como resultado, y especialmente influenciado por etapas anteriores en las que el avance social se produjo durante gobiernos o regímenes no democráticos, el habitante medio de la región se encuentra desencantado con su situación y comienza a desconfiar en este sistema de representación político como el más adecuado para satisfacer sus necesidades. Incluso se cuestiona la coexistencia de ambos aspectos: democracia y desarrollo.

Dos son las cuestiones que, de manera tentativa, se plantean a lo largo de este artículo: ¿Son la democracia y el desarrollo social y económico dos objetivos antagónicos en la región? ¿Cuáles son las cualidades que a nivel institucional requiere el modelo democrático para ser efectivo y facilitar el desarrollo?

¿Democracia para el desarrollo humano en América Latina?

A pesar de los notables avances que durante las últimas décadas y a nivel agregado han experimentado ciertos indicadores estrechamente relacionados con el desarrollo humano, como la esperanza de vida, la tasa de alfabetismo o el nivel educativo, cerca de la mitad de los latinoamericanos -un 43,5% en 2002, de acuerdo con las estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)- no alcanza el ingreso necesario para satisfacer sus necesidades básicas. Y es que a pesar de los enormes esfuerzos desplegados por la ciudadanía latinoamericana en su lucha por la democracia, el tan ansiado "dividendo democrático" no parece haberse materializado. La gente confiaba en que la caída de regímenes autoritarios y corruptos, y su sustitución por líderes elegidos de manera democrática, harían aumentar la sensibilidad del Estado y del sector público por suplir sus necesidades. La historia de la región ha revelado muchas veces lo contrario.

Como consecuencia, no deja de sorprender que una gran parte de los latinoamericanos vea la democracia y el desarrollo económico y social como dos aspectos no compatibles e incluso antagónicos. Sus detractores sostienen que la democracia desemboca, con suma facilidad, en desorden y confusión, dificultando el consenso en áreas clave como el desarrollo económico y social; o la introducción de políticas impopulares. Incluso sus más acérrimos enemigos argumentan que los estados no democráticos, dirigistas o autoritarios obtienen mejores réditos en el ámbito económico.

¿Cómo encaja el concepto y la práctica de la democracia en la mejora del bienestar de los individuos? ¿Es el sistema democrático el mejor aliado para el desarrollo humano? Para conocer la respuesta a estas preguntas conviene que primero clarifiquemos y ahondemos en el concepto de desarrollo humano, para así conocer sus principales características.

El desarrollo humano, y su conceptualización en aras de obtener unos objetivos claros que perseguir, así como un baremo sobre el que medir la efectividad de las políticas o acciones emprendidas, ha sido un término ampliamente debatido y analizado. Afortunadamente, y tras largos periodos de hegemonía de la aproximación "utilitarista y economicista" al bienestar, a día de hoy, existe un consenso generalizado entre la comunidad internacional entorno al contenido del concepto de desarrollo humano, sus principales características e implicaciones.

Este consenso gira entorno a la teoría de las capacidades desarrollada por el economista hindú y premio Nóbel, Amartya K. Sen, a finales de la década de 1980. De acuerdo con este autor, y huyendo de las tesis utilitaristas, el bienestar de los individuos se debe redefinir como la capacidad que tiene cada persona para elegir el modo de vida que más valora y desea llevar a cabo. De este modo, el bienestar ya no hace referencia únicamente a niveles de ingresos o al bienestar económico que disfruta el individuo, sino que va más allá. El bienestar viene determinado por el abanico de oportunidades de elección, o el conjunto de libertades que, de manera efectiva, dispone el individuo. Como resultado, el desarrollo de las sociedades debe consistir en el incremento de estas capacidades y la ampliación de estas libertades, sólo de esta manera el individuo será dueño de su propio destino.

De este modo, incrementos en el nivel de ingresos, que en el pasado constituían un fin en si mismos, pasan a constituir un medio, un instrumento mediante el cuál las personas consiguen satisfacer su realización personal. El desarrollo, por tanto, es un concepto caracterizado por la multidimensionalidad, pues debe considerar las diferentes dimensiones que conforman la vida de los individuos, a grosso modo: la dimensión económica, la política, la social y la cultural.

Así pues, la democracia y el desarrollo humano parecen predestinados a ser buenos compañeros de viaje. Efectivamente, si el desarrollo humano coloca a los individuos en el centro del bienestar, la democracia supone el mejor de los sistemas de representación política, pues también considera a los individuos y a la sociedad como fuente originaria de legitimidad y poder. Asimismo, y siguiendo la lógica Seniana, la democracia y especialmente, la libertad política inherente en sus fundamentos, supone un pilar básico sobre el que se sustenta el desarrollo humano. En su teoría de las capacidades, la democracia adopta tres importantes papeles, tanto como medio y como fin.

Como medio, la contribución de la libertad política y la extensión de los derechos civiles es doble. Por un lado, la democracia facilita y potencia la atención política sobre las necesidades y preocupaciones de los individuos. Por el otro, la democracia establece un adecuado escenario de diálogo en el que los diferentes agentes e individuos de la sociedad puedan construir y conceptualizar sus propias necesidades. Ante un sistema autoritario en el que los individuos viesen limitada su libertad de expresión y acceso al poder político, nadie nos asegura que las medidas tomadas desde el sector público vayan a atender las necesidades de los más pobres. Como fin, la democracia, indudablemente, se ajusta perfectamente al concepto de desarrollo humano satisfaciendo su dimensión política y social. Si el bienestar de los individuos supone la eliminación de todas las formas de constricción a la libertad del individuo -lo que Sen denomina como fuentes de no-libertad-, la democracia supone la consecución de este ideal en el ámbito político, facilitando la capacidad de todos los individuos para gobernar su propio destino.

En definitiva, si consideramos que el desarrollo es mucho más que el crecimiento económico y su objetivo último es que todos los individuos tengan las mismas oportunidades para satisfacer sus necesidades, sus anhelos… en definitiva, desarrollar su potencial, entonces la democracia no sólo supone la representación de este ideal, sino también la materialización de estos anhelos. Del mismo modo, también se ha de considerar el hecho que la relación entre democracia y desarrollo humano no es unidireccional, sino que se mueve en ambas direcciones. Así por ejemplo, situaciones de extrema carencia limitan el libre y efectivo ejercicio por parte de los individuos de sus derechos y obligaciones democráticas. Análogamente, el libre acceso a los activos y las oportunidades económicas resulta extremadamente difícil de concebir en un entorno no democrático.

Sin embargo, y a pesar de lo argumentado, la teoría y la intuición, por muy consolidadas que parezcan, muchas veces no han acabado de materializarse. Numerosos han sido los países que aún disfrutando de un sistema de representación política de carácter competitivo y universal, han sido incapaces de atender las demandas de los individuos y se han caracterizado por un errático desempeño económico y social. Y es que la democracia no puede considerarse el remedio para todos los males que aquejan a las sociedades en desarrollo. Constituye parte del remedio, pero no es el único, ni por si solo suficiente. Algunos reconocidos autores señalan los diferentes efectos opuestos que la democracia puede tener en el desempeño económico general. Así por ejemplo, en entornos de gran desigualdad y altos niveles de pobreza -dos aspectos que, desafortunadamente, caracterizan la realidad latinoamericana-, las democracias son susceptibles de no ofrecer los resultados esperados. No es descabellado pensar que como consecuencia de las importantes presiones redistributivas a que estarán sometidas estas democracias, se generen unos incentivos perversos por los cuales los ricos no lleven a cabo ciertas decisiones de inversión como resultado de la mayor presión fiscal. 

¿Cuál ha sido la relación entre democracia y prosperidad a lo largo de la historia? Por un lado, encontramos la experiencia de varios países como Chile, Hong Kong (ahora parte de la República Popular China), Taiwán, Singapur, y Corea del Sur, que padeciendo graves carencias a nivel social y económico, experimentaron un avance espectacular en estos ámbitos bajo el amparo de regímenes políticos no democráticos. Sin embargo, por el otro, podemos afirmar sin lugar a dudas, que a largo plazo, los países que gozan de un mayor nivel de bienestar y desarrollo humano, de mayores y más sostenidas tasas de crecimiento económico son también los que poseen una mayor tradición democrática en su haber. Sólo hace falta fijarnos en los países que ocupan los primeros puestos del ránking que sobre el Índice de Desarrollo Humano elabora el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Todos ellos (Noruega, Islandia, Suecia, Australia, Holanda,…) son sociedades que disfrutan de una alta transparencia y participación en sus procesos de elección, y de una amplia "experiencia democrática" a sus espaldas.

Así pues, la evidencia empírica no permite establecer un nexo causal directo y claro entre democracia y desarrollo; o lo que es lo mismo, no podemos afirmar que la democracia sea una condición suficiente para conseguir crecimiento económico y desarrollo social. Sin embargo, lo que sí podemos afirmar con rotundidad, es que no hace falta sacrificar las libertades políticas y civiles para conseguir un mayor nivel de rentas y que gozar de un sistema democrático sustentado en un adecuado entramado institucional capaz de empoderar de manera igualitaria a los individuos en la sociedad a todos los niveles -social, económico y por supuesto político-, aumenta, de manera crítica, la probabilidad de conseguir mayores niveles de bienestar.

Notas

Tomado del Instituto Internacional de Gobernabilidad deCatalunya
"Gobernanza", Revista internacional de gobernabilidad para el desarrollo humano
ISSN 1697-5669


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