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 Democracia y desarrollo humano en América Latina...¿una historia de desencuentro?

Democracia y derechos humanos

Por Marc Bou i Novensà & Íñigo Macías-Aymar

Parte 2 /2

La democracia: de las ideas a la praxis

Etimológicamente la palabra democracia significa "poder (kratos) del pueblo (demos)". En este sentido, el mismo vocablo establece una concepción sobre las fuentes y sobre la legitimidad del poder en el que se concibe el principio omnis potestas a populo (todo el poder deriva del pueblo). Ahora bien, una cosa es conocer el significado literal del término y otra, bien distinta, definir exactamente qué significa. No cabe duda de que la democracia ateniense poco tiene que ver con la democracia liberal de nuestros tiempos. Pero no sólo esto. El concepto de democracia no siempre ha gozado de tan buena reputación como en la actualidad. Cabe recordar que no fue hasta la emergencia del liberalismo político, cuando la democracia dejaría atrás las connotaciones peyorativas que acarreó a sus espaldas durante siglos. 

¿Cuándo podemos afirmar que un país es democrático? La respuesta a esta pregunta no es pacífica y dependerá, en mayor o menor medida, de qué entendamos por régimen democrático y de cuáles son las exigencias mínimas que un determinado país debería reunir. Sin ánimo de ser exhaustivos y sin voluntad de caer en debates normativos estériles, en las siguientes líneas se abordan aquellos aspectos que, a nuestro juicio, todo país debería albergar en su seno para que pudiera ser catalogado como plenamente democrático haciendo hincapié, más adelante, en el caso concreto de los países de América Latina.

La democracia, como la define Sartori, debe responder al principio de mayoría limitada. Esto significa que el futuro de la democracia y su perdurabilidad en el tiempo dependen de la convertibilidad de las mayorías en minorías, y viceversa. En este sentido, se requiere que la mayoría respete en todo momento los derechos y libertades de la minoría. Los derechos de la mayoría no pueden ser ilimitados, sino, más bien, restringidos y evitando actitudes arbitrarias e incontrolables. Así pues, no habrá democracia cuando, por un lado, no haya protección de las minorías y, por otro, cuando la mayoría pueda autoerigirse permanentemente en ganador absoluto de todas las contiendas. Anular la oposición significa ir en contra de los mismos principios democráticos ya que se excluye del juego político a una parte esencial del demos y, por ende, se vacía de contenido el concepto de soberanía popular.

La alternancia en un sistema democrático, pues, debe venir determinada por los distintos procedimientos electorales a través del sufragio universal e igual. Ahora bien, la celebración de elecciones regulares y la representación política de la ciudadanía que conlleva, son una exigencia necesaria pero no suficiente para atorgar la etiqueta de país democrático. A nadie se le escapa que la convocatoria de unos comicios no tiene por qué ser necesariamente libre y, por tanto, la transmisión del poder que supone la representación no tiene por qué ser el reflejo de las distintas sensibilidades políticas de la sociedad.

La concesión del poder a una elite política encargada de representar al pueblo debe ser, pues, libremente consentida y, por tanto, revocable. Si los dirigentes son capaces de sustraerse del control de la ciudadanía o los mecanismos de control habilitados a tal efecto carecen de plena eficacia, el sistema democrático está predestinado a su propio suicidio político. La rendición de cuentas (accountability), tanto vertical (entre representantes y representados) como horizontal (entre poderes públicos), son procedimientos ineludibles para la regeneración democrática. El control permanente a través de las elecciones sobre la actuación de las autoridades políticas permite que éstos respondan periódicamente de sus actos. Del mismo modo, la independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, es decir, la autonomía de los pesos y contrapesos que ejercen los distintos poderes del Estado, es otra de las exigencias claves e ineludibles cuando pensamos en cualquier democracia.

Por otro lado, existe cierto consenso en definir a los partidos políticos como los principales actores del escenario político de las democracias contemporáneas. No obstante, los partidos políticos ya no son los únicos actores en la esfera pública capaces de articular y canalizar los intereses de la sociedad que, dicho sea de paso, son cada vez más fragmentados y específicos. Los grandes beneficiados de esta situación son las asociaciones de interés o los movimientos sociales que se han erigido como importantes estructuras de presión ante el gobierno. Pero la pérdida de protagonismo absoluto de los partidos también procede de otros derroteros. La crisis de los partidos provendría también de la tendencia oligárquica que ha caracterizado su evolución. Hay una percepción generalizada que planea sobre estas organizaciones al definirlas como maquinarias burocráticas al servicio de ciertas ambiciones personales de los políticos profesionales que les aleja de los intereses y preocupaciones reales de la población. Pero hay más. Los partidos han visto erosionado su propia credibilidad y prestigio ante la opinión pública como consecuencia de episodios de corrupción y financiación ilegal.

Así pues, aunque los partidos son indiscutiblemente una de las instituciones fundamentales de cualquier sistema democrático, afrontan una pérdida de protagonismo en el escenario político. Sea como fuere, la pluralidad de opciones políticas y la competencia libre interpartidista da sentido a la misma idea de democracia. Si no podemos escoger, al menos, entre dos opciones políticas diferentes, parece obvio afirmar que no somos libres en nuestra decisión. Esto nos conduce a defender, por extensión, la opción legítima de los ciudadanos de poder asociarse y participar en organizaciones políticas con el objetivo de difundir y defender los distintos modus vivendi presentes en una sociedad.

Para que los ciudadanos ejerzan su derecho a voto de un modo responsable y consciente, requiere que tengan a su disposición todo tipo de instrumentos que les aporten elementos básicos para que forme su propia opinión. Necesitan recibir información que sea veraz y lo más ajustada a la realidad de los hechos. En este sentido, los medios de comunicación son imprescindibles. Pero éstos deben ser libres, independientes y neutrales y, por tanto, ajenos a cualquier tipo de injerencia por parte del Estado u otros actores. La libertad de prensa y la difusión de opiniones es, sin lugar a dudas, otro de los derechos democráticos a los que no podemos renunciar.

Hasta aquí que se ha abordado la democracia como medio, es decir, desde una perspectiva instrumental o procedimental. Esta vertiente de análisis gira alrededor, como se ha visto, de las distintas reglas del proceso político que deben imperar en toda democracia. Dicho en otras palabras, hemos intentado establecer las mínimas reglas del juego para que la democracia pueda desarrollarse de un modo natural y saludable. Pero, en nuestra opinión, un país no puede ser calificado como democrático por el mero hecho de reunir determinados requisitos en el plano formal. Nos vemos obligados, entonces, a analizar la democracia como fin, es decir, desde la vertiente del deber ser o de los objetivos políticos que debe alcanzar. ¿Por qué tanto empeño en la democracia?, ¿Cuál es su valor sustantivo real?

La democracia es mucho más que un entramado de reglas e instituciones. La democracia debe funcionar. Y cuando decimos "funcionar" nos referimos a que proporcione estabilidad política y sea capaz de reducir las (injustas) desigualdades económicas y sociales que acechan permanentemente a parte de la población. La democracia debe estar guiada por un espíritu igualitario dónde fomente la igualdad de oportunidades y la justicia social. Pero esto no siempre sucede así y la democracia puede acabar desvirtuándose. América Latina es un triste ejemplo de ello.

Referirse a la región latinoamericana en su conjunto implica, muy a menudo, desconocer la gran diversidad de situaciones que engloba esta región. Sin embargo, la pobreza y la desigualdad endémicas que afligen esta parte del mundo son unos hechos bastante comunes y preocupantes en la mayoría de sus países. Durante las dos últimas décadas, América Latina ha visto como la mayoría de sus países transitaban de un régimen autoritario a uno que se ajustaba a las exigencias de una democracia liberal. Este es, sin lugar a dudas, uno de sus principales logros más recientes. Pero, como se vio más arriba, la democracia no ha sido capaz de dar respuesta a las expectativas generadas de mejor calidad de vida. El crecimiento económico que ha experimentado la región no ha sido estable pero, sobretodo, no ha sido equitativo. Y cuando el poder económico se encuentra concentrado en pocas manos, la polarización social es su peor consecuencia.

La desafección política de los ciudadanos y la desconfianza que manifiestan en las principales instituciones políticas, dan fe del profundo pesimismo en que se encuentra inmerso este subcontinente. Según el Informe Latinobarómetro 2003 sólo el 28% de los encuestados en América Latina declara "estar satisfecho" y "algo satisfecho" con el funcionamiento de la democracia, mientras que sólo el 11% declara tener "mucha" o "algo" de confianza depositada en los partidos políticos. Igual de sorprendentes son la tasa de confianza en el Congreso o el Poder Judicial, que sólo obtienen puntuaciones del 17 y 20%, respectivamente. Estos son sólo algunos datos que alertan de la animadversión ciudadana con las principales instituciones democráticas. No obstante, el 64% afirma que "la democracia es el mejor sistema de gobierno". A la luz de los datos presentados y de esta aparente contradicción, puede afirmarse que la región latinoamericana no viviría una crisis democrática sino una crisis del modelo de gobernabilidad que ha imperado hasta la fecha. Se requiere, para que nos entendamos, un cambio profundo en el estilo de hacer política.

Otro de los desafíos a los que se enfrentan las democracias latinoamericanas es la falta de capital social. Por capital social se entiende aquellas prácticas de conducta informales basadas en la reciprocidad y la confianza mutua alcanzadas por un conjunto de individuos y actores, públicos y privados. La fluida comunicación e interrelación entre los distintos actores presentes en la vida de un país facilita la puesta en práctica de las distintas políticas gubernamentales y la consolidación de sus instituciones democráticas al dar respuesta eficazmente a las demandas sociales. No obstante, América Latina aún se encuentra lejos de este supuesto ideal. Los datos que arroja el mismo Informe Latinobarómetro en este sentido no son nada alentadores. Sólo el 17% de los encuestados (menos de dos de cada diez personas), como media regional, afirma "que se puede confiar con la mayoría de las personas". 

En este sentido, un sistema educativo de calidad puede contribuir a la conformación de capital social como importante  agente de socialización política. Una educación basada en la cooperación y el diálogo, contribuye a desarrollar actitudes más dirigidas a la comunidad y, por tanto, en beneficio del bienestar colectivo. Pero la educación también desempeña un rol importantísimo para el sustento de las democracias desde otra óptica. El acceso a una educación de calidad ofrece las herramientas a los futuros ciudadanos para estar mejor informados sobre los asuntos públicos que les afecten, para votar el día de mañana con elementos de juicio más completos y, por tanto, para "rendir cuentas" o "castigar" a los representantes políticos que hayan sido incompetentes en el desempeño de sus cargos y responsabilidades. Esto, a su vez, incentiva a los decisores políticos a satisfacer las demandas de esos votantes y gobernantes de acuerdo con las preferencias mayoritarias de la sociedad. La principal consecuencia de una educación digna y de calidad, es que contribuye decididamente a convertir a los ciudadanos en "consumidores sofisticados de política" y, por tanto, individuos más participativos de los asuntos públicos.

Pero no debemos olvidar que familias con altísimas carencias de manutención y salud no tienen incentivos para realizar inversiones a largo plazo y, por tanto, condicionan a los menores a abandonar los estudios e incorporarse tempranamente en el mercado de trabajo para que contribuyan a la subsistencia económica del hogar. Los beneficios de llevar a los niños a la escuela solamente aparecen en el futuro, mientras que los costes que representa para estas familias la escolarización y la consiguiente pérdida del salario de los menores son inmediatos. América Latina es, una vez más, un claro exponente de este panorama. La obsesión por dar cobertura universal en educación ha hecho descuidar, demasiado a menudo, los procesos para lograrlo. La democracia debe, ante todo, garantizar unas condiciones de vida mínimas en bienestar personal que permita a sus ciudadanos realizar perspectivas de futuro que incluya, por extensión, su propia educación. 

Llegados a este punto, conviene poner de relieve la importancia de las instituciones como factor clave en la traducción de la democracia en crecimiento económico y equidad social. Las instituciones son las reglas del juego -formales e informales- de interacción social que pautan el comportamiento e interacción entre los actores estratégicos y, en consecuencia, determinan el tipo de relaciones que se establece entre el poder político, por un lado, y la esfera económica y social, por otra. En este sentido, si por parte del Estado y de dichos actores se fomenta el clientelismo, el patrimonialismo, el corporativismo exacerbado, el tráfico de influencias y la corrupción, por encima de la eficiencia económica y la redistribución de las rentas, se hipoteca el desarrollo del país y la inmoral distribución de la riqueza del país. Las elites políticas deben ser muy conscientes de que es mucho más rentable, no sólo en términos económicos sino también institucionales y de estabilidad, una política de prevención basada en la protección social que tener que intervenir en la contención de problemas de toda índole. 

Una democracia letárgica dónde las desigualdades, la pobreza y la falta de movilidad social se perpetúen lustro tras lustro, está predestinada al fracaso. Excelente caldo de cultivo, tarde o temprano, de populismos e involuciones democráticas. América latina se la juega, pero aún está a tiempo.  

A modo de conclusión

A lo largo de estas líneas hemos querido dejar patente que democracia y desarrollo humano se necesitan y refuerzan mutuamente como si de una relación simbiótica se tratara. El caso de América Latina es el de una democracia débilmente institucionalizada dónde la pobreza, las desigualdades y la inestabilidad política son sus principales rasgos definitorios. He aquí su gran talón de Aquiles. A pesar de que los gobiernos en esta región son escogidos mediante un proceso electoral libre y competitivo, la democracia latinoamericana no ha sido capaz de proporcionar a sus ciudadanos un mayor y más equitativo acceso a las nuevas oportunidades económicas y sociales.

La universalización de los derechos y libertades políticas no son suficientes para la consolidación de la democracia. La nueva conceptualización del desarrollo humano, más centrado en el bienestar de los individuos y de su realización personal, es primordial para avanzar hacia la esencia misma de la democracia. Un sistema democrático es mucho más que una amalgama de reglas y procedimientos formales. Ninguna democracia será sustentable si no es capaz de proporcionar a todos sus ciudadanos una igualdad de oportunidades efectiva para que pueda desarrollar su propia personalidad. Pero también puede hacerse una lectura en sentido opuesto, es decir, el desarrollo humano, en los términos aquí planteados, sólo podrá alcanzarse en un sistema plenamente democrático. Sólo en este contexto, el desarrollo humano podrá desplegar todas sus potencialidades y virtudes.


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