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RF:
¿Qué significado tiene para usted, como
científico social, la llamada "cultura de paz", qué relación guarda
ese concepto con el de "prevención de conflictos" y de qué manera cree
que los científicos sociales podrían promoverla?
Julio Carranza: Ante todo quiero decir que el tema
es tan importante como complejo. Quisiera dejar claro que mis
comentarios están dados a titulo personal, sin comprometer a ninguna
institución nacional o internacional, dicho esto podría decirte que la
solución de las contradicciones a través de la violencia y la fuerza
ha sido probablemente el problema más grave que ha acompañado a la
humanidad durante toda la historia. Alcanzar la paz como la forma
permanente de relación entre las naciones y al interior de las
sociedades ha sido parte de la utopía humana y muchos pensadores y
políticos a través de la historia se han referido a este problema aún
pendiente de solución.
A las ciencias sociales, no solamente encargadas de
estudiar y comprender la dinámica social, sino también de proponer
alternativas e influir en el curso de los acontecimientos, les ha
correspondido también trabajar y pronunciarse acerca del problema de
la paz.
Lo primero, tanto para políticos como para académicos,
así como para cualquier simple ciudadano, es comprender con las
herramientas que tenga a su alcance, las contradicciones que yacen en
la base de la sociedad y del mundo donde viven. Esas contradicciones
tienen un carácter objetivo y son, por definición, fuente de
conflictos de mayor o menor magnitud. La superación progresiva de esas
contradicciones es un proceso histórico largo y complejo, pero sería
un error referirse al empleo de la violencia y la guerra como la
solución final.
Es una responsabilidad de las generaciones presentes
buscar las alternativas que permitan evitar la guerra y la violencia
aún cuando todas las contradicciones que acompañan a la humanidad no
puedan ser totalmente superadas de manera inmediata. Se trataría de
buscar en cada momento salidas negociadas y consensuadas que superen
las dimensiones más agudas de estas contradicciones sin llegar a la
violencia. Esto por supuesto es más complicado y difícil de lograr que
encaminarse a un desenlace violento de las contradicciones. Sin
embargo, al final, es menos costoso que el precio que hay que pagar
por salidas violentas, porque no le llamaría "soluciones violentas".
La violencia nunca llega a ser una solución definitiva.
Es la opción de la vida frente a la opción de la muerte.
Sin embargo, no podemos ser ingenuos. Las
contradicciones que explican la guerra no sólo tienen que ver con una
cultura de la violencia, aunque sin dudas la dimensión cultural de la
violencia tiene un peso importante.
La violencia se desarrolla en presencia de
las desigualdades,
las injusticias, la falta de soberanía,
la ausencia de libertades y de tolerancia,
en presencia del racismo, de la xenofobia, o simplemente de la
pobreza.
Son las condiciones objetivas y subjetivas en las que
vive la sociedad y las dificultades para superarlas las que dan lugar
a salidas violentas, ya sea por parte de los que quieren mantener sus
posiciones ventajosas, o por los que se rebelan ante la injusticia.
Esta realidad debe ser entendida como premisa para
construir una cultura de paz que sustituya a la cultura de la
violencia, lo cual significa que en la agenda de la cultura de paz
debe estar incluida la búsqueda de mayor equidad, soberanía,
tolerancia y respeto por la dignidad humana.
El segundo punto que debe ser comprendido es que la
violencia nos afecta a todos. Es como el deterioro del medio ambiente,
en cualquier estrato social o nacional en que estés colocado puedes
ser alcanzado por sus efectos. De modo que la oposición a la violencia
y a la guerra como forma de solución de los conflictos y las
contradicciones debe ser asumida como un interés universal de la
humanidad.
Sustituir la cultura de la violencia por la cultura de
la paz, o como se plantea con mucha brillantez en el acta constitutiva
de la UNESCO: "crear en la mente de los hombres los baluartes de la
paz", es también trabajar por un mundo más equitativo y justo, menos
discriminatorio, más tolerante y solidario, más ético y democrático,
más culto y más libre, en el sentido más auténtico de esta palabra.
Esto supone además, construir la voluntad política para la solución
negociada de los conflictos, lo cual es incompatible con la
intolerancia o con las pretensiones hegemónicas o de dominación.
Es preciso estar abierto a escuchar y tratar de
entender los intereses, necesidades y posiciones de la otra parte, y a
partir de ahí, buscar alternativas de consenso.
Es imperioso percibir
el valor de la diversidad
y la necesidad de la coexistencia.
También es necesario comprender que no basta con una
aproximación de índole general a esta problemática sino con la
comprensión de la naturaleza de cada conflicto en específico. Una
cultura de la paz, entendida sobre estas bases puede dar lugar a
soluciones y múltiples alternativas para el bien de la humanidad.
RF: ¿Existen ya iniciativas de colaboración entre los
científicos sociales latinoamericanos y caribeños, los gobiernos y
organizaciones multilaterales y las organizaciones de la sociedad
civil para promover una cultura de paz en la región?
JC:
Como dije, este es un problema universal con
expresiones en cada región del planeta y, América Latina y el Caribe
no es, de ninguna manera, una excepción. Vivimos en una región con
múltiples problemas de violencia, tanto al interior de las fronteras
como entre fronteras. Es por ello que se han promovido diversos
mecanismos de concertación, sobre todo a nivel interregional, para la
búsqueda de soluciones pacíficas a esos conflictos. Estos mecanismos
fueron muy importantes, por ejemplo, en la Centroamérica de los años
80 y 90.
Permíteme hacer una precisión, no todos los conflictos
violentos tienen un carácter evidentemente político. Hay mucha
violencia social, violencia doméstica, violencia juvenil y homicidios.
Esos conflictos, que casi siempre son menos atendidos y conocidos que
las guerras civiles, las invasiones o las tensiones entre países
fronterizos, necesitan también ser estudiados, y ser abordados por
instituciones de ciencias sociales que contribuyan a comprender sus
causas y a superarlas. Sobre este asunto hay muchos buenos ejemplos en
América Latina. Los organismos internacionales han realizado también
valiosas contribuciones, sobre todo los del sistema de Naciones
Unidas. Hay muchos ejemplos, pero mencionaré sólo uno reciente. La
UNESCO apoyó un excelente estudio sobre la violencia en las escuelas
del Caribe y sus resultados fueron presentados en el CARICOM, uno de
los principales organismos intergubernamentales de esa región.
Como se puede comprobar, si se revisan múltiples
publicaciones, ha sido muy importante la participación y el aporte de
las ciencias sociales de la región en todos estos procesos, tanto a
través de sus instituciones regionales o subregionales como mediante
diversos centros de investigación y universidades. Se podría destacar
el trabajo de instituciones como CLACSO, FLACSO, CRIES, y muchas
otras. Próximamente se realizará un importante seminario en Republica
Dominicana sobre Cultura de Paz y Resolución de Conflictos en el Gran
Caribe con la participación de destacados académicos y políticos de
esta subregión.
Podría decirte, para sintetizar, que la participación
de las ciencias sociales para la construcción de una cultura de paz y
la búsqueda de soluciones negociadas y de consenso a los diversos
conflictos sociales es imprescindible e insustituible, y que a pesar
de lo que han aportado hasta ahora, deben ir mucho más allá. La
realidad de la región y del mundo así lo exige.
Algo que quisiera destacar,-que es una de las
prioridades del sector de Ciencias Sociales y Humanas de la UNESCO-,
es la necesidad de reforzar los nexos entre ciencias sociales y
política, sin que ninguna de las dos pierda su especificidad en el
papel que le corresponde en la sociedad. Las ciencias sociales, o
mejor dicho, los científicos sociales, deben tener una vocación de
servicio social: poner el nuevo conocimiento a favor de las mejores
causas y alternativas para la solución de los principales problemas
que afectan a cada sociedad y al mundo en su conjunto. Y para esto es
esencial el nexo con la política, entendiendo ésta última en su
sentido más auténtico, o sea, como el espacio donde se debate y se
toman decisiones de interés público, o dicho de otra manera, sobre el
interés de cada pueblo.
Ese vínculo entre las ciencias sociales y la política,
así como el aporte de las ciencias sociales debe ser reforzado de
manera concreta y operativa. Pero advertía antes, que sin perder o
confundir el lugar de cada una. La política y el discurso político
tienen la función de establecer prioridades, de movilizar a la
sociedad, de conducirla en pos de determinados objetivos bajo
determinados liderazgos. El papel de las ciencias sociales y del
discurso académico es crear un conocimiento nuevo, es dar cuenta de la
totalidad de las contradicciones que afectan a la sociedad, sin
importar si es conveniente o no, ponerlas de relieve, identificar y
evaluar alternativas para ponerlas a disposición de aquellos a quienes
desde la política les corresponde considerar su conveniencia y
oportunidad.
RF: ¿Qué conexión ve usted entre el objetivo de
alcanzar un desarrollo sustentable en América Latina y Caribe y la
capacidad regional para prevenir y resolver conflictos de manera
pacífica?
JC: El desarrollo sustentable es un concepto muy
abarcador. Sobre todo si se comprende que no sólo está referido a la
sustentabilidad medioambiental, sino también a la sustentabilidad
económica, política y cultural. Cuando se tiene en cuenta este enfoque
integral, muchos viejos conceptos acerca del desarrollo de las
naciones se ponen en cuestionamiento.
Muchos ambientalistas hablan hoy de la necesidad de
construir indicadores que midan mejor los costos medioambientales de
determinados procesos de crecimiento económico. Pero es preciso
considerar otros factores, por ejemplo, el impacto que sobre la
diversidad cultural tienen hoy la imposición de determinados
paradigmas culturales a nivel internacional. Por otro lado, está
también el problema de cómo colocar adecuadamente a las naciones más
pobres en la dinámica de la globalización, de manera que puedan
aprovechar mejor sus oportunidades y reducir el impacto de sus efectos
negativos. Todo esto constituye un reto enorme para estas naciones y
para el mundo en general.
Pero volviendo específicamente a la pregunta, te diría
que la condición necesaria, aunque no suficiente, para el desarrollo
sustentable es la paz y la cooperación internacional sobre las bases
del derecho, la ética y la solidaridad. Esta no es una premisa
exclusiva para los países de América Latina y el Caribe, sino para
todos los países y regiones del mundo, que como sabemos cada vez son
más interdependientes.
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