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 La cultura de paz y las ciencias sociales

Entrevista

 Entrevista con Julio Carranza

   

El papel de las ciencias sociales
en la construcción de la cultura de paz
juega un papel "imprescindible e insustituible"
nos dice Julio Carranza,
científico social de amplia y diversa experiencia.
Carranza fue el ganador del Premio al Pensamiento Caribeño, otorgado por el Estado de Quintana Roo y la UNESCO en México por el libro "Los dilemas de la globalización en el Caribe,
hacia una nueva estrategia de desarrollo para Cuba
" ,
 coautor con Pedro Monreal,
que fuera publicado por la editorial Siglo XXI en el 2004.

Doctor en Ciencias Económicas,
 con un extenso trabajo en el campo de las ciencias sociales, profesor invitado en varias universidades de América Latina
 y el Caribe, así como en Europa y Estados Unidos,
Carranza es autor de varios libros y artículos sobre problemas económicos, políticos y sociales
de América Latina, el Caribe y Cuba.

Revista Futuros quiso entrevistarlo para conocer los puntos de vista de este conocido científico caribeño y latinoamericano con relación a la construcción de una cultura de paz.

"Es una responsabilidad de las generaciones presentes buscar las alternativas que permitan evitar la guerra y la violencia aún cuando todas las contradicciones que acompañan a la humanidad no puedan ser totalmente superadas de manera inmediata (…)
En la agenda de la cultura de paz debe estar incluida la búsqueda de mayor equidad, soberanía, tolerancia y respeto por la dignidad humana."

 

RF: ¿Qué significado tiene para usted, como científico social, la llamada "cultura de paz", qué relación guarda ese concepto con el de "prevención de conflictos" y de qué manera cree que los científicos sociales podrían promoverla?

Julio Carranza: Ante todo quiero decir que el tema es tan importante como complejo. Quisiera dejar claro que mis comentarios están dados a titulo personal, sin comprometer a ninguna institución nacional o internacional, dicho esto podría decirte que la solución de las contradicciones a través de la violencia y la fuerza ha sido probablemente el problema más grave que ha acompañado a la humanidad durante toda la historia. Alcanzar la paz como la forma permanente de relación entre las naciones y al interior de las sociedades ha sido parte de la utopía humana y muchos pensadores y políticos a través de la historia se han referido a este problema aún pendiente de solución.

A las ciencias sociales, no solamente encargadas de estudiar y comprender la dinámica social, sino también de proponer alternativas e influir en el curso de los acontecimientos, les ha correspondido también trabajar y pronunciarse acerca del problema de la paz.

Lo primero, tanto para políticos como para académicos, así como para cualquier simple ciudadano, es comprender con las herramientas que tenga a su alcance, las contradicciones que yacen en la base de la sociedad y del mundo donde viven. Esas contradicciones tienen un carácter objetivo y son, por definición, fuente de conflictos de mayor o menor magnitud. La superación progresiva de esas contradicciones es un proceso histórico largo y complejo, pero sería un error referirse al empleo de la violencia y la guerra como la solución final.

Es una responsabilidad de las generaciones presentes buscar las alternativas que permitan evitar la guerra y la violencia aún cuando todas las contradicciones que acompañan a la humanidad no puedan ser totalmente superadas de manera inmediata. Se trataría de buscar en cada momento salidas negociadas y consensuadas que superen las dimensiones más agudas de estas contradicciones sin llegar a la violencia. Esto por supuesto es más complicado y difícil de lograr que encaminarse a un desenlace violento de las contradicciones. Sin embargo, al final, es menos costoso que el precio que hay que pagar por salidas violentas, porque no le llamaría "soluciones violentas". La violencia nunca llega a ser una solución definitiva. Es la opción de la vida frente a la opción de la muerte.

Sin embargo, no podemos ser ingenuos. Las contradicciones que explican la guerra no sólo tienen que ver con una cultura de la violencia, aunque sin dudas la dimensión cultural de la violencia tiene un peso importante.

 La violencia se desarrolla en presencia de las desigualdades,
 las injusticias, la falta de soberanía,
 la ausencia de libertades y de tolerancia,
en presencia del racismo, de la xenofobia, o simplemente de la pobreza.

Son las condiciones objetivas y subjetivas en las que vive la sociedad y las dificultades para superarlas las que dan lugar a salidas violentas, ya sea por parte de los que quieren mantener sus posiciones ventajosas, o por los que se rebelan ante la injusticia.

Esta realidad debe ser entendida como premisa para construir una cultura de paz que sustituya a la cultura de la violencia, lo cual significa que en la agenda de la cultura de paz debe estar incluida la búsqueda de mayor equidad, soberanía, tolerancia y respeto por la dignidad humana.

El segundo punto que debe ser comprendido es que la violencia nos afecta a todos. Es como el deterioro del medio ambiente, en cualquier estrato social o nacional en que estés colocado puedes ser alcanzado por sus efectos. De modo que la oposición a la violencia y a la guerra como forma de solución de los conflictos y las contradicciones debe ser asumida como un interés universal de la humanidad.

Sustituir la cultura de la violencia por la cultura de la paz, o como se plantea con mucha brillantez en el acta constitutiva de la UNESCO: "crear en la mente de los hombres los baluartes de la paz", es también trabajar por un mundo más equitativo y justo, menos discriminatorio, más tolerante y solidario, más ético y democrático, más culto y más libre, en el sentido más auténtico de esta palabra. Esto supone además, construir la voluntad política para la solución negociada de los conflictos, lo cual es incompatible con la intolerancia o con las pretensiones hegemónicas o de dominación.

Es preciso estar abierto a escuchar y tratar de entender los intereses, necesidades y posiciones de la otra parte, y a partir de ahí, buscar alternativas de consenso.

Es imperioso percibir el valor de la diversidad
y la necesidad de la coexistencia.

También es necesario comprender que no basta con una aproximación de índole general a esta problemática sino con la comprensión de la naturaleza de cada conflicto en específico. Una cultura de la paz, entendida sobre estas bases puede dar lugar a soluciones y múltiples alternativas para el bien de la humanidad.

RF: ¿Existen ya iniciativas de colaboración entre los científicos sociales latinoamericanos y caribeños, los gobiernos y organizaciones multilaterales y las organizaciones de la sociedad civil para promover una cultura de paz en la región?

JC: Como dije, este es un problema universal con expresiones en cada región del planeta y, América Latina y el Caribe no es, de ninguna manera, una excepción. Vivimos en una región con múltiples problemas de violencia, tanto al interior de las fronteras como entre fronteras. Es por ello que se han promovido diversos mecanismos de concertación, sobre todo a nivel interregional, para la búsqueda de soluciones pacíficas a esos conflictos. Estos mecanismos fueron muy importantes, por ejemplo, en la Centroamérica de los años 80 y 90.

Permíteme hacer una precisión, no todos los conflictos violentos tienen un carácter evidentemente político. Hay mucha violencia social, violencia doméstica, violencia juvenil y homicidios. Esos conflictos, que casi siempre son menos atendidos y conocidos que las guerras civiles, las invasiones o las tensiones entre países fronterizos, necesitan también ser estudiados, y ser abordados por instituciones de ciencias sociales que contribuyan a comprender sus causas y a superarlas. Sobre este asunto hay muchos buenos ejemplos en América Latina. Los organismos internacionales han realizado también valiosas contribuciones, sobre todo los del sistema de Naciones Unidas. Hay muchos ejemplos, pero mencionaré sólo uno reciente. La UNESCO apoyó un excelente estudio sobre la violencia en las escuelas del Caribe y sus resultados fueron presentados en el CARICOM, uno de los principales organismos intergubernamentales de esa región.

Como se puede comprobar, si se revisan múltiples publicaciones, ha sido muy importante la participación y el aporte de las ciencias sociales de la región en todos estos procesos, tanto a través de sus instituciones regionales o subregionales como mediante diversos centros de investigación y universidades. Se podría destacar el trabajo de instituciones como CLACSO, FLACSO, CRIES, y muchas otras. Próximamente se realizará un importante seminario en Republica Dominicana sobre Cultura de Paz y Resolución de Conflictos en el Gran Caribe con la participación de destacados académicos y políticos de esta subregión.

Podría decirte, para sintetizar, que la participación de las ciencias sociales para la construcción de una cultura de paz y la búsqueda de soluciones negociadas y de consenso a los diversos conflictos sociales es imprescindible e insustituible, y que a pesar de lo que han aportado hasta ahora, deben ir mucho más allá. La realidad de la región y del mundo así lo exige.

Algo que quisiera destacar,-que es una de las prioridades del sector de Ciencias Sociales y Humanas de la UNESCO-, es la necesidad de reforzar los nexos entre ciencias sociales y política, sin que ninguna de las dos pierda su especificidad en el papel que le corresponde en la sociedad. Las ciencias sociales, o mejor dicho, los científicos sociales, deben tener una vocación de servicio social: poner el nuevo conocimiento a favor de las mejores causas y alternativas para la solución de los principales problemas que afectan a cada sociedad y al mundo en su conjunto. Y para esto es esencial el nexo con la política, entendiendo ésta última en su sentido más auténtico, o sea, como el espacio donde se debate y se toman decisiones de interés público, o dicho de otra manera, sobre el interés de cada pueblo.

Ese vínculo entre las ciencias sociales y la política, así como el aporte de las ciencias sociales debe ser reforzado de manera concreta y operativa. Pero advertía antes, que sin perder o confundir el lugar de cada una. La política y el discurso político tienen la función de establecer prioridades, de movilizar a la sociedad, de conducirla en pos de determinados objetivos bajo determinados liderazgos. El papel de las ciencias sociales y del discurso académico es crear un conocimiento nuevo, es dar cuenta de la totalidad de las contradicciones que afectan a la sociedad, sin importar si es conveniente o no, ponerlas de relieve, identificar y evaluar alternativas para ponerlas a disposición de aquellos a quienes desde la política les corresponde considerar su conveniencia y oportunidad.

RF: ¿Qué conexión ve usted entre el objetivo de alcanzar un desarrollo sustentable en América Latina y Caribe y la capacidad regional para prevenir y resolver conflictos de manera pacífica?

JC: El desarrollo sustentable es un concepto muy abarcador. Sobre todo si se comprende que no sólo está referido a la sustentabilidad medioambiental, sino también a la sustentabilidad económica, política y cultural. Cuando se tiene en cuenta este enfoque integral, muchos viejos conceptos acerca del desarrollo de las naciones se ponen en cuestionamiento.

Muchos ambientalistas hablan hoy de la necesidad de construir indicadores que midan mejor los costos medioambientales de determinados procesos de crecimiento económico. Pero es preciso considerar otros factores, por ejemplo, el impacto que sobre la diversidad cultural tienen hoy la imposición de determinados paradigmas culturales a nivel internacional. Por otro lado, está también el problema de cómo colocar adecuadamente a las naciones más pobres en la dinámica de la globalización, de manera que puedan aprovechar mejor sus oportunidades y reducir el impacto de sus efectos negativos. Todo esto constituye un reto enorme para estas naciones y para el mundo en general.

Pero volviendo específicamente a la pregunta, te diría que la condición necesaria, aunque no suficiente, para el desarrollo sustentable es la paz y la cooperación internacional sobre las bases del derecho, la ética y la solidaridad. Esta no es una premisa exclusiva para los países de América Latina y el Caribe, sino para todos los países y regiones del mundo, que como sabemos cada vez son más interdependientes.

   

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